Símbolos y Sombras: Descubriendo una Comprensión Más Profunda de la Expiación


Capítulo 22

Amor, poder y sacrificio: claves de la Expiación


El amor y el poder eran elementos necesarios de la expiación; y el sacrificio era el medio necesario. Cristo encarnó perfectamente estos tres elementos. Él trajo a la tierra amor perfecto, ejerció poder completo y ofreció el sacrificio supremo.

Su sacrificio fue posible gracias a su amor y a su poder. Si hubiera tenido amor pero no poder, no habría podido ofrecer un sacrificio de proporciones infinitas. Si hubiera tenido poder pero no amor, quizá no habría estado dispuesto. Afortunadamente, en Jesucristo —y solo en él— somos bendecidos con una combinación perfecta de amor y poder, que se unieron en el sacrificio de todos los sacrificios.

Estos elementos de la misión del Salvador se enseñan claramente en el Libro de Mormón: Otro Testamento de Jesucristo y se destacan en los discursos de Nefi, el rey Benjamín, Abinadí y Alma, así como del mismo Salvador en Tercer Nefi. Por ejemplo, Nefi vio una maravillosa visión de la misión del Mesías mortal, en la cual comenzó a comprender “la condescendencia de Dios”, es decir, el descenso de Dios desde sus reinos celestiales hasta la tierra caída. Su creciente comprensión se caracterizó por este testimonio: “Sé que ama a sus hijos; sin embargo, no sé el significado de todas las cosas”.

Más adelante, en la misma visión, Nefi registró: “Vi que salió ministrando al pueblo, con poder y gran gloria… Y vi multitudes de personas que estaban enfermas… y eran sanadas por el poder del Cordero de Dios”.

Finalmente, en cuanto al sacrificio, escribió: “Y yo… vi al Cordero de Dios, que fue tomado por el pueblo; sí, el Hijo del Dios eterno fue juzgado por el mundo… Y yo, Nefi, vi que fue levantado sobre la cruz y muerto por los pecados del mundo” (1 Ne. 11:16–17, 28, 31–33; énfasis añadido).

Abinadí vio la misma combinación de sacrificio, poder y amor. El Hijo de Dios, dijo, “padece tentaciones y no cede a la tentación, sino que permite que se burlen de él, que lo azoten, que lo echen fuera y que sea repudiado por su pueblo… [y] será llevado, crucificado y muerto”. Este mismo ser ejercería poder, dijo Abinadí, realizando “muchos grandes milagros entre los hijos de los hombres” y obtendría “la victoria sobre la muerte; dando al Hijo poder para interceder por los hijos de los hombres”. Después de haber hecho esto, ascendería a lo alto en amor, “teniendo entrañas de misericordia; lleno de compasión hacia los hijos de los hombres” (Mosíah 15:5–9; énfasis añadido).

El presidente Ezra Taft Benson dijo acerca de estos elementos esenciales del carácter de Cristo: Ningún ser mortal tenía el poder o la capacidad para redimir a todos los demás mortales de su condición perdida y caída, ni podía ningún otro ofrecer voluntariamente su vida y así hacer posible una resurrección universal para todos los demás mortales.

Solo Jesucristo fue capaz y estuvo dispuesto a realizar un acto redentor de amor de tal magnitud.

Quizá nunca entendamos ni comprendamos en la mortalidad cómo logró lo que hizo, pero no debemos dejar de comprender por qué hizo lo que hizo.

Todo lo que hizo fue motivado por su amor desinteresado e infinito por nosotros.

El presidente Benson también dijo: “Él pudo cumplir su misión porque era el Hijo de Dios y poseía el poder de Dios. Estuvo dispuesto a cumplir su misión porque nos ama”.

Amor, poder, sacrificio: este capítulo considerará cada uno de estos elementos esenciales de la misión de Cristo por separado.

El amor de Cristo

Jesús estaba lleno de amor perfecto tanto por Dios como por el hombre, y ese amor era un componente esencial de su misión de redención. Cuando Nefi vio la visión que incluía el árbol de la vida, aprendió que representaba “el amor de Dios” (1 Ne. 11:22, 25). Ese árbol (o el amor de Dios) fue presentado en el contexto de la misión y el sacrificio de Cristo. “Y yo, Nefi, vi que fue levantado sobre la cruz y muerto por los pecados del mundo” (1 Ne. 11:33). Más adelante, Nefi enseñó que Jesús sufriría pruebas, humillaciones —y la muerte— a manos de otros “por motivo de su amorosa bondad y su longanimidad hacia los hijos de los hombres” (1 Ne. 19:9).

Las Escrituras dan varios ejemplos de sacrificio personal motivado por el amor. Cuando el pueblo de Israel hizo el becerro de oro y le ofreció sacrificios, Moisés les dijo: “Habéis cometido un gran pecado; pero ahora subiré al Señor; quizá haré expiación por vuestro pecado”. En su compasión, Moisés suplicó ante el Señor, diciendo: “Que perdones ahora su pecado; y si no, ráeme ahora de tu libro que has escrito” (Éx. 32:30–32). Moisés estuvo dispuesto a renunciar a su lugar en la eternidad en su sincero deseo de ayudar a salvar la vida espiritual de su pueblo.

Otro ejemplo útil puede verse en la historia de los guerreros jóvenes en el libro de Alma. Como parte de su arrepentimiento por pecados graves del pasado, los padres de estos jóvenes habían hecho un juramento de que nunca volverían a tomar armas contra un enemigo. Sin embargo, los lamanitas amenazaban, y la muerte parecía ser el resultado seguro. Los guerreros jóvenes, que no habían hecho ese juramento, fueron a la guerra para proteger a su pueblo, aun cuando era razonable esperar que algunos, o muchos, morirían (Alma 53:10–18).

El Libro de Mormón ofrece otro poderoso ejemplo de este principio. Los hijos de Mosíah, como parte de su propio arrepentimiento y como un acto de amor puro, decidieron que debían predicar el evangelio a los lamanitas. Otros les advirtieron del peligro extremo de su empresa (Alma 26:23–24), porque iban a predicar a “un pueblo salvaje, endurecido y feroz; un pueblo que se deleitaba en asesinar a los nefitas” (Alma 17:14). Aun así, los hijos de Mosíah fueron a predicar, haciéndolo en similitud de su Salvador, con el deseo de salvar las almas de aquellos a quienes llegaron a amar, incluso arriesgando sus propias vidas.

El amor del Salvador fue prefigurado por simbolismos proféticos del pastor y las ovejas, las alas protectoras de la gallina, el padre y su hijo, y el esposo y la esposa. Por ejemplo, Isaías registró: “Como pastor apacentará su rebaño; en su brazo llevará los corderos y en su seno los llevará; pastoreará suavemente a las recién paridas” (Isa. 40:11). La imagen aquí es significativa. Cristo no solo irá a buscar la oveja perdida, como sabemos que haría un buen pastor. Él la alimentará. La llevará en sus brazos, sosteniéndola cerca de sí. La guiará suavemente con su amor.

Jesús manifestó constantemente amor en sus interacciones con los demás: al enseñar, sanar y ministrar. Cuando la palabra compasión se usa en el Nuevo Testamento, se traduce de un término griego que apunta a una compasión divina, o al puro amor de Cristo. La compasión de Cristo, por tanto, no proviene del amor común, ni siquiera del extraordinario amor humano. Proviene del amor divino. En los Evangelios vemos a Cristo tener compasión de los dos ciegos junto al camino (Mat. 20:34), del leproso en Galilea (Mar. 1:41), de la viuda de Naín (Luc. 7:13), de una gran multitud que tenía enfermos entre ellos (Mat. 14:14), de una multitud que había estado con él por tres días y no tenía comida (Mar. 8:2), y de muchos otros.

Una historia que demuestra de manera particular el amor puro de Cristo es el relato de la resurrección de Lázaro de entre los muertos: “Había entonces un hombre enfermo llamado Lázaro, de Betania”. Y sus hermanas, María y Marta, enviaron a decir a Jesús: “Señor, he aquí, el que amas está enfermo”. Y el relato añade: “Y amaba Jesús a Marta, a su hermana [María] y a Lázaro”.

Sabemos que Jesús demoró su ida a Betania para que el poder de Dios se manifestara. Cuando finalmente llegó y vio el dolor de esta familia que amaba, “se estremeció en espíritu y se conmovió, y dijo: ¿Dónde lo pusisteis? Le dijeron: Señor, ven y ve. Jesús lloró. Dijeron entonces los judíos: ¡Mirad cómo lo amaba!… Jesús, profundamente conmovido otra vez, vino al sepulcro” (Juan 11:1–5, 33–38; énfasis añadido).

Él mandó que quitaran la piedra que bloqueaba la cueva y luego ordenó a Lázaro que saliera. Las emociones expresadas en este conmovedor relato dejan claro que Jesús realmente amaba a aquellos a quienes servía.

El poder de Cristo

La historia de Lázaro es un ejemplo no solo de gran amor, sino también de gran poder. Los profetas habían anunciado que Jesús vendría con poder. Por ejemplo, como se mencionó anteriormente, el rey Benjamín profetizó: “He aquí, viene el tiempo… en que con poder el Señor Omnipotente [omnipotente significa ‘todopoderoso’]… descenderá del cielo entre los hijos de los hombres… y saldrá entre los hombres, obrando grandes milagros” (Mosíah 3:5; énfasis añadido).

Los Evangelios registran el cumplimiento de esas profecías. Marcos escribió: “El Hijo del Hombre tiene potestad en la tierra para perdonar pecados” (Marcos 2:10; énfasis añadido). Lucas escribió: “Y Jesús volvió en el poder del Espíritu a Galilea… Y se admiraban de su doctrina, porque su palabra era con poder” (Lucas 4:14, 32; énfasis añadido). Lucas también registró: “Entonces reunió a sus doce discípulos y les dio poder y autoridad sobre todos los demonios, y para sanar enfermedades” (Lucas 9:1; énfasis añadido). Jesús no solo tenía gran poder, sino que también podía compartirlo con otros.

Juan registró lo que Jesús dijo en oración al Padre, refiriéndose a sí mismo: “Le has dado potestad sobre toda carne” (Juan 17:2; énfasis añadido).

El poder de Cristo se manifestó repetidamente en los muchos milagros que realizó. Y se concentró de manera particular cuando llevó a cabo la expiación infinita en el Jardín de Getsemaní.

Era necesario que el Expiador tuviera poder sobre Satanás. Este poder fue profetizado casi desde el principio mismo de la existencia de la tierra. Después de que Satanás, en forma de serpiente, tentó a Adán y Eva, y después de que nuestros primeros padres cayeron, el Señor pronunció una maldición y una bendición. Incluso antes de dar las consecuencias a Adán y Eva, habló a la serpiente (o Satanás): “Por cuanto has hecho esto, maldita serás entre todo el ganado y entre todos los animales del campo; sobre tu pecho andarás y polvo comerás todos los días de tu vida… y pondré enemistad entre tu simiente y la simiente de la mujer; y él herirá tu cabeza, y tú herirás su talón” (Moisés 4:20–21; énfasis añadido).

Los ejemplos en las Escrituras manifiestan repetidamente el poder incomparable de Cristo. Vemos su poder en las obras de sus siervos Moisés, Josué, Elías, Eliseo, Nefi, Ammón y muchos otros, todos los cuales recibieron su poder de lo alto. Lo vemos en el poder de Cristo durante su ministerio terrenal al calmar las aguas, alimentar a la multitud y sanar la mano seca. Con tal poder, Cristo puede vencer incluso a los mayores enemigos de todos: la muerte y el pecado.

“Yo soy Alfa y Omega, Cristo el Señor”, ha dicho Jesús en nuestros días, “sí, yo soy el principio y el fin, el Redentor del mundo. Yo, habiendo cumplido y terminado la voluntad de aquel de quien soy, es decir, el Padre, concerniente a mí —habiendo hecho esto para poder someter todas las cosas a mí mismo— reteniendo todo poder, incluso para destruir a Satanás y sus obras al final del mundo” (D. y C. 19:1–3).

El sacrificio de Jesucristo

El amor y el poder de Jesucristo se unieron en su sacrificio. Ese sacrificio tuvo tres partes: (1) la condescendencia de Jehová, (2) una vida de pruebas, (3) el sacrificio expiatorio infinito de un Dios.

La condescendencia de Jehová es el comienzo de la historia de todas las historias. El Creador del universo, el mismo Dios del Antiguo Testamento, desciende a la tierra para morar como hombre, comenzando su vida como un infante indefenso y terminándola en un sacrificio increíble e incomprensible ofrecido por toda la humanidad.

Supongamos que oyeras que el Hijo literal de Dios, el Dios de todo el universo, iba a nacer. ¿Qué esperarías? Probablemente esperarías que Dios eligiera enviar a su Hijo a un mundo de rectitud, uno que lo honrara.

Podría parecer lógico que Dios enviara a su Hijo con tales manifestaciones celestiales y terrenales que todo el mundo supiera sin duda alguna que el Hijo de Dios había nacido.

Probablemente imaginarías que Dios enviaría a su Hijo a una ciudad prominente en una nación prominente y a una familia de riqueza y prestigio. Quizá pensarías que enviaría a su Hijo para ser el hijo mortal del mayor emperador de la tierra.

Podrías pensar que Dios enviaría a su Hijo a vivir en una época de comodidad y en un tiempo en que las artes y las ciencias estuvieran en su apogeo.

Podrías suponer que Dios enviaría a su Hijo al mejor hospital en la historia de la tierra, con el mejor equipo, un ambiente limpio y médicos y enfermeras magníficamente preparados.

Podrías pensar que Dios enviaría a su Hijo a un tiempo y lugar donde pudiera recibir la mejor formación y educación que jamás hubieran estado disponibles.

Por supuesto, en la sabiduría de Dios y en su amor por sus hijos, nada de esto era apropiado para la misión del Hijo Unigénito del Padre. Un bosquejo de la condescendencia del gran Jehová resalta el sacrificio que ofreció simplemente al venir a la tierra para vivir como hombre mortal:

  • Llegó a la tierra como un bebé indefenso, completamente dependiente del cuidado de otros.
  • Nació en una cueva, en absoluta pobreza y oscuridad.
  • Nació con una supuesta mancha sobre la legitimidad de su origen.
  • Nació en un país insignificante, una de las naciones menores sometidas al gran poder mundial.
  • Se convirtió en refugiado en una tierra extranjera siendo aún un infante.
  • Fue criado como hijo de padres pobres, aprendiendo un oficio con sus manos.
  • Creció en una pequeña aldea lejos del centro de poder de su país, el cual estaba lejos del centro de poder del imperio gobernante.
  • Permaneció en la oscuridad durante sus primeros treinta años.
  • Se convirtió en un predicador itinerante sin hogar, dependiente de la bondad de otros para su alimento y alojamiento.
  • Fue perseguido durante todo su ministerio, amenazado de muerte, escupido, maldecido y acusado de tener un demonio.
  • Fue traicionado por uno de sus colaboradores más cercanos.
  • Fue negado por uno de sus amigos más cercanos.
  • Fue abandonado por sus discípulos.
  • Fue condenado a muerte con acusaciones falsas, sentenciado a morir como un criminal.
  • Sufrió una muerte sumamente dolorosa y humillante.
  • Fue sepultado en una tumba prestada.

¡Tal fue la condescendencia de Cristo!

Jesús sufrió toda una vida de pruebas. Sabemos que su sufrimiento en el Jardín de Getsemaní está más allá de nuestra comprensión. Pero aquello fue la culminación de muchos años de pruebas que lo precedieron. Alma escribió que él sufriría “dolores, aflicciones y tentaciones de toda clase” y que tomaría sobre sí los dolores, enfermedades y debilidades de la mortalidad (Alma 7:11).

Y el testimonio de Isaías nunca deja de conmover nuestros corazones:

Fue despreciado y desechado entre los hombres; varón de dolores, experimentado en quebranto… fue despreciado, y no lo estimamos.

Ciertamente llevó él nuestras enfermedades y sufrió nuestros dolores; y nosotros le tuvimos por azotado, por herido de Dios y abatido.

Mas él fue herido por nuestras rebeliones, molido por nuestros pecados…

Angustiado él, y afligido. (Isa. 53:3–7)

Amor, poder y sacrificio: las últimas horas de Jesús

El amor, el poder y el sacrificio del Salvador se unieron de una manera extraordinaria durante sus últimas horas. (Los dos últimos días de Cristo, incluida una explicación detallada de Getsemaní y el Calvario, se analizan con mayor detalle en los capítulos 16 y 17). Durante esas horas, el amor puro de Cristo se manifestó claramente. Por ejemplo, mostró amor desinteresado y considerado hacia sus discípulos en la Última Cena, sabiendo que pronto realizaría la terrible expiación. Después de haber cenado, se levantó de la mesa, se quitó sus vestiduras y se ciñó una toalla alrededor de la cintura. Luego vertió agua en una vasija, lavó los pies cansados de sus discípulos y los secó con la toalla. Entonces el apóstol Juan escribió: “Así que, después que les hubo lavado los pies, tomó sus vestidos, volvió a la mesa y les dijo: ¿Sabéis lo que os he hecho?… Pues si yo, el Señor y el Maestro, he lavado vuestros pies, vosotros también debéis lavaros los pies los unos a los otros… Porque el siervo no es mayor que su señor, ni el enviado mayor que el que le envió” (Juan 13:12–16; véanse también vv. 4–5).

Aquí Cristo tenía sobre sus hombros la carga del mundo. Sabía que en pocas horas ofrecería un sacrificio más doloroso y más difícil (por un factor exponencial) que cualquier otro ofrecido en cualquier otro tiempo o lugar. Sin embargo, tomó tiempo para servir de manera personal y privada, para bendecir y fortalecer a sus discípulos. Se tomó el tiempo para mostrar tiernamente su amor.

La gran Oración Intercesora de Jesús, ofrecida poco después del lavamiento de pies, fue una expresión pura de amor. Mientras el Salvador suplica por las bendiciones de la eternidad para aquellos que creen en él y lo siguen, menciona la palabra amor o la idea de la unidad divina cerca de veinte veces (véase Juan 17).

Hubo otras manifestaciones de gran amor desde la cruz. Juan registró: “Cuando vio Jesús a su madre, y al discípulo a quien él amaba, que estaba presente, dijo a su madre: Mujer, he ahí tu hijo. Después dijo al discípulo: He ahí tu madre. Y desde aquella hora el discípulo la recibió en su casa” (Juan 19:26–27).

En las horas anteriores, Jesús había sufrido incomprensiblemente en el Jardín de Getsemaní. Había sido burlado, golpeado, azotado y escupido. Mientras estaba clavado en una cruel cruz, su corazón aún se extendía con amor y preocupación hacia su madre, buscando hacer lo único que podía para bendecirla.

En su amor, también se preocupó por sus atormentadores: “Y Jesús decía: Padre, perdónalos, porque no saben lo que hacen” (Lucas 23:34).

En el gran testimonio de Nefi, él observó que el amor sería la fuerza que permitiría a Jesús soportar con perfecta paciencia el abuso que sufriría en sus últimas horas: “Y el mundo, a causa de su iniquidad, lo juzgará como cosa de ningún valor; por tanto, lo azotan, y él lo sufre; y lo hieren, y él lo sufre. Sí, escupen sobre él, y él lo sufre, por motivo de su amorosa bondad y su longanimidad hacia los hijos de los hombres” (1 Ne. 19:9–10; énfasis añadido).

Además del amor, el sacrificio expiatorio de Cristo representa la demostración más increíble de poder que este mundo haya visto jamás.

La expiación requirió el poder de resistir todo mal. En su mensaje a los hebreos, Pablo escribió: “Puestos los ojos en Jesús, el autor y consumador de la fe; el cual por el gozo puesto delante de él sufrió la cruz, menospreciando el oprobio, y se sentó a la diestra del trono de Dios… Porque aún no habéis resistido hasta la sangre, combatiendo contra el pecado” (Heb. 12:2, 4). (Como lo expresa la Nueva Versión Internacional: “En vuestra lucha contra el pecado, aún no habéis resistido hasta el punto de derramar vuestra sangre”). Esto parece ser una alusión a la poderosa lucha de Jesús en el Jardín de Getsemaní. Nosotros no resistimos el pecado hasta el punto de sangrar por los poros, pero Jesús sí lo hizo. Aunque el adversario desató sobre él el mayor ataque jamás dirigido contra el hombre, Jesús “resistió hasta la sangre, combatiendo contra el pecado”, por nosotros. Debido a su poder, él no solo fue el autor de nuestra fe, sino también quien la perfeccionó, cumpliendo todo lo necesario hasta que finalmente pudo decir: “Consumado es” (Juan 19:30).

La expiación requirió el poder para que Jesús recibiera en sí mismo todo dolor y sufrimiento mortal —voluntariamente— y sobreviviera. No hay nada que los mortales puedan sufrir que Jesús no haya vencido. Como escribió el presidente Benson: “Fue en Getsemaní donde Jesús tomó sobre sí los pecados del mundo; en Getsemaní su dolor fue equivalente a la carga acumulada de todos los hombres; en Getsemaní descendió por debajo de todas las cosas para que todos pudieran arrepentirse y venir a Él.

“La mente mortal no logra comprender, la lengua no puede expresar, la pluma del hombre no puede describir la amplitud, la profundidad y la altura del sufrimiento de nuestro Señor, ni su infinito amor por nosotros”. El presidente Howard W. Hunter añadió que “el Hijo de Dios sin pecado” tomó sobre sí “no solo los pecados y las tentaciones de cada alma humana que se arrepienta, sino también todas nuestras enfermedades, pesares y dolores de toda clase. Sufrió estas aflicciones como nosotros las sufrimos, según la carne. Las sufrió todas. Lo hizo para perfeccionar su misericordia y su capacidad de elevarnos por encima de toda prueba terrenal [Alma 7:11–12]”.

La expiación requirió el poder para enfrentarse al poder del adversario. Las Escrituras ofrecen indicios de ese poder oscuro. En Efesios 6, Pablo advirtió acerca del poder del diablo y dijo: “Porque no tenemos lucha contra sangre y carne, sino contra principados, contra potestades, contra los gobernadores de las tinieblas de este siglo, contra huestes espirituales de maldad en las regiones celestes” (Ef. 6:12). En otra parte, Satanás es descrito como “un gran dragón rojo” y “la serpiente antigua, que se llama Diablo”, lleno de “gran ira” (Apoc. 12:3, 9, 12). Y Pedro lo describió como “un león rugiente, que anda alrededor buscando a quien devorar” (1 Ped. 5:8). Jesús pudo enfrentarse a ese gran adversario y vencerlo con poder.

La expiación requirió que Cristo tuviera el poder de poner su vida y volverla a tomar, algo que nunca había sucedido antes en la historia del mundo. Debido al poder que Cristo ejerció en su expiación, obtuvo la victoria sobre “ese monstruo, la muerte y el infierno” (2 Ne. 9:10). Y gracias a esa victoria, por medio de Cristo, seremos resucitados como él lo fue, y, si así lo deseamos, también podremos vencer el pecado.

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