Un testimonio de Jesucristo
Jesucristo es el Salvador eterno, cuya Expiación y Evangelio hacen posible la resurrección, la exaltación y el regreso a la presencia de Dios.
Élder Milton R. Hunter
Del Primer Consejo de los Setenta“Jesús es el Cristo, el Salvador del mundo, nuestro Redentor, nuestro Señor, nuestro Abogado ante el Padre, el Autor del plan de salvación, el Juez de esta tierra; y, juntamente con el Padre, Él es nuestro Señor, nuestro Dios y nuestro Rey.”
Mis queridos hermanos y hermanas, al contemplar los rostros de esta vasta congregación, me siento verdaderamente humilde. Ruego a nuestro Padre Celestial que dirija las palabras que voy a expresar.
LA DIVINIDAD DE JESUCRISTO
Cada vez que escucho el himno “Sé que vive mi Redentor”, todo mi ser se estremece. Esta mañana deseo dar testimonio de la divinidad de Jesucristo y destacar algunos aspectos de Su gran misión. Sé, con la misma certeza con la que sé que estoy de pie aquí esta mañana —y estoy completamente convencido de ese hecho—, que Jesús es el Cristo, el Salvador del mundo, nuestro Redentor, nuestro Señor, nuestro Abogado ante el Padre, el Autor del plan de salvación, el Juez de esta tierra; y que, juntamente con el Padre, Él es nuestro Señor, nuestro Dios y nuestro Rey.
Leemos en la revelación moderna que Jesucristo fue y es nuestro Hermano Mayor, el “Primogénito” del Padre. Como Santos de los Últimos Días, aceptamos las enseñanzas de los profetas de que Jesús de Nazaret fue el Unigénito del Padre Eterno en la carne; por lo tanto, la revelación a la que me he referido señala un nacimiento anterior, un nacimiento en el mundo de los espíritus. Usted y yo fuimos hijos e hijas de nuestros Padres Eternos en el mundo espiritual. De hecho, todas las personas que han venido a este mundo pertenecían a esa familia, y Jesucristo fue el Primogénito.
LA VIDA PREMORTAL
Durante Su vida premortal, Jesucristo alcanzó la condición de Dios. En aquel tiempo fue preordenado para ser el Salvador de este mundo. El padre Abraham tuvo el privilegio de contemplar en visión el gran concilio celebrado en los cielos antes de que esta tierra fuera poblada, y vio, tal como el Señor se lo mostró, “muchos de los nobles y grandes”. El Señor le señaló:
“A éstos los haré mis gobernantes… Abraham, tú eres uno de ellos; fuiste escogido antes de nacer”.
José Smith nos dice que, en ese gran concilio, el Dios Supremo de todos los dioses convocó la asamblea con el propósito de presentar un plan mediante el cual Sus hijos vendrían a la tierra mortal, tendrían la experiencia de la mortalidad y luego regresarían a la presencia de Dios. El Padre Eterno explicó a Sus hijos que, una vez que dejaran Su presencia y vinieran a la mortalidad, olvidarían sus experiencias premortales y las verdades del Evangelio y, por lo tanto, necesitarían un Salvador para que esas verdades les fueran enseñadas nuevamente. También declaró que no tendrían el poder para romper las ligaduras de la muerte ni efectuar la resurrección, y que por esa razón también necesitarían un Salvador.
Mientras explicaba estas cosas, preguntó a quién debía enviar para ser el Salvador. Abraham vio que, en medio del gran concilio celestial, había uno “semejante a Dios”. Ese respondió diciendo: “Heme aquí, envíame”. Declaró que vendría a esta tierra para dar a los hombres su albedrío,
“Y a los que guarden su primer estado les será añadido; … y los que guarden su segundo estado tendrán gloria añadida sobre sus cabezas para siempre jamás”,
y que toda la honra y toda la gloria serían dadas al Padre.
LA MISIÓN DE JESUCRISTO
Abraham vio que el Padre Eterno se complació grandemente con aquel que era semejante a Él y dijo que lo enviaría. En ese momento ordenó a Jesucristo —o, como solemos decir, lo preordenó— para Su gran misión. Lo ordenó para ser el gran Sumo Sacerdote de esta tierra y le confirió las llaves del sacerdocio. Dios dio a Su Unigénito el mismo poder que poseía Él, el Padre Eterno: el poder para realizar todas las obras del Padre, con el Padre y para el Padre. Elohim dio a ese sacerdocio el nombre de Su Hijo Unigénito. En relación con esta tierra, habría de llamarse: “…el Santo Sacerdocio según el Orden del Hijo de Dios”.
Ese fue el nombre que llevó entre los mortales hasta la época de Abraham y Melquisedec.
El Padre Eterno también dijo a Su Hijo que pondría Su nombre al plan de salvación. Entonces lo llamó el evangelio de Jesucristo. Y en aquella ocasión salió un decreto eterno desde el trono de Dios: que no habría otro nombre dado bajo el cielo por el cual la humanidad pudiera ser salva, sino el nombre de Jesucristo. Con ese decreto eterno sabemos que la verdadera Iglesia debe llevar ese nombre en todas las épocas.
Hay dos grandes aspectos en la Expiación, o en la misión confiada al Salvador. El primero consistía en romper las ligaduras de la muerte y otorgar a todo ser humano la inmortalidad, es decir, la resurrección. El segundo consistía en enseñar un plan del Evangelio mediante el cual, si usted, yo y todos los demás mortales obedecíamos sus principios, no solo recibiríamos la inmortalidad, sino que también seríamos llevados de regreso a la presencia de Dios. Allí recibiríamos la exaltación junto con Él, compartiendo con nuestro Padre y con Su Hijo Unigénito la misma clase de gloria, poder, honor y felicidad que Ellos poseen.
EL PLAN DEL EVANGELIO ES REVELADO
Poco después de que Adán y Eva llegaron a ser seres mortales —o en ese mismo tiempo— Jesucristo comenzó Su misión activa sobre esta tierra como el Salvador del mundo, como el Mediador entre los cielos y la tierra, como Aquel que habría de llevar el Evangelio a la humanidad; en otras palabras, comenzó Su obra para llevar a cabo la Expiación. Lo hizo revelando al padre Adán y a la madre Eva el plan del Evangelio de salvación. Como habían entrado en la mortalidad, un velo había sido colocado sobre sus mentes, tal como el Señor había predicho; por consiguiente, quedaron espiritualmente muertos; es decir, olvidaron sus experiencias premortales y las doctrinas del Evangelio, y fueron separados de la presencia de Dios. Volvieron a la vida espiritual al poner en práctica el mensaje que recibieron de su Salvador. Durante la dispensación de Adán y a lo largo de los tiempos del Antiguo Testamento, Jesús fue conocido como Jehová. En ocasiones habló con Adán desde el Jardín de Edén. A veces se apareció al primer hombre y, en otras ocasiones, envió ángeles para enseñar al padre de la familia humana las verdades eternas, hasta que Adán recibió la plenitud del evangelio de Jesucristo, de la misma manera en que usted y yo, como Santos de los Últimos Días, disfrutamos de la plenitud del Evangelio en nuestra dispensación. En cierta ocasión, después de que Adán recibió el mandamiento de ofrecer sacrificios, ocurrió este acontecimiento. Cito:
“Y después de muchos días, un ángel del Señor se apareció a Adán y le dijo: ¿Por qué ofreces sacrificios al Señor? Y Adán le respondió: No lo sé, sino que el Señor me lo mandó.
Entonces el ángel habló, diciendo: Esto es una semejanza del sacrificio del Unigénito del Padre, lleno de gracia y de verdad.
Por tanto, harás todo cuanto hagas en el nombre del Hijo, y te arrepentirás e invocarás a Dios en el nombre del Hijo para siempre”.
LA SALVACIÓN POR MEDIO DE JESUCRISTO
Poco después de que ocurrió ese acontecimiento, la voz del Señor vino a Adán, según consta en la Perla de Gran Precio, y le dijo que en el meridiano de los tiempos Su Unigénito vendría al mundo, viviría y enseñaría al hombre cómo debía vivir, moriría para romper las ligaduras de la muerte y llevar a cabo la Expiación. Entonces la voz de Dios señaló a Adán que el nombre de Su Unigénito sería:
“…Jesucristo, el único nombre que se dará bajo el cielo, mediante el cual vendrá la salvación a los hijos de los hombres”.
Por lo tanto, aun desde el principio, en la primera dispensación del Evangelio, salió ese mismo decreto eterno de que el nombre de Jesucristo sería el único por medio del cual usted y yo podríamos esperar la salvación, o más aún, la exaltación en el reino de Dios.
Después de los días de Adán, Jesucristo continuó sirviendo como el Mediador entre los cielos y la tierra al revelar el Evangelio a los numerosos profetas de las distintas dispensaciones del Evangelio. En varias ocasiones incluso se apareció a algunos de los grandes profetas.
LA MISIÓN TERRENAL
Finalmente, tal como los santos profetas lo habían predicho, en el meridiano de los tiempos Jesucristo vino a este mundo. Los Santos de los Últimos Días aceptamos la doctrina de que Él fue verdadera y literalmente el Hijo, el Heredero en la carne, de Dios el Padre Eterno. Nació de la virgen María. Fue el único hombre que vino a la mortalidad siendo engendrado por el Padre Eterno. Como ya he señalado, usted y yo somos todos hijos e hijas de Dios en el mundo de los espíritus; pero el nacimiento mortal de Cristo, siendo verdaderamente el Hijo de Dios, le otorgó ese poder divino adicional que era necesario para ser el Salvador del mundo. En otras palabras, el hecho de ser el Unigénito le dio el poder para romper las ligaduras de la muerte. Así, el Padre lo dotó del poder sobre la vida y la muerte. Además, es el único hombre perfecto que ha vivido sobre la tierra, mostrándonos el camino por el cual usted y yo también podemos llegar a ser perfectos si seguimos Su ejemplo.
Después de vivir treinta y tres años de esa vida perfecta, tres de los cuales dedicó a una intensa obra misional, el Hombre de Galilea fue crucificado. Tres días después resucitó del sepulcro, tal como los profetas lo habían anunciado, convirtiéndose así en las “primicias” de la resurrección. Rompió las ligaduras de la muerte y no solo hizo posible que todos los hombres resucitaran, sino que hizo la resurrección absolutamente inevitable. Sin importar cuán rectamente vivan las personas en la mortalidad, o cuán perversamente lo hagan, todo hombre, mujer y niño tiene la promesa de la inmortalidad, es decir, de la resurrección. Todos deberán salir del sepulcro y comparecer ante el tribunal de Jesucristo para ser juzgados por las obras que realizaron mientras vivieron sobre esta tierra.
LA IGLESIA ES ORGANIZADA
Como el hermano Benson señaló tan hermosamente ayer, mientras Cristo vivió entre los mortales organizó una Iglesia. Llegó a ser una gran Iglesia, especialmente en número de miembros. Pero, como también explicó el hermano Benson, con el paso del tiempo aquella Iglesia cayó en la oscuridad. Miles y miles de paganos se unieron a ella e introdujeron sus prácticas, ideas y doctrinas paganas favoritas, las cuales eran invenciones humanas y, en muchos casos, bastante burdas. Así mezclaron el paganismo con las enseñanzas que el Salvador había dado, adulterando el cristianismo. El resultado fue lo que conocemos como la Gran Apostasía. Naturalmente, el Salvador no podía aceptar como Suya una iglesia adulterada de esa manera. Entonces retiró Su Santo Sacerdocio, dejando al mundo andar a tientas en las tinieblas durante cientos y cientos de años.
LA RESTAURACIÓN DEL EVANGELIO
Pero los profetas habían contemplado el curso del tiempo y habían predicho que, en los últimos días, Dios volvería a extender Su mano para restaurar el Evangelio sobre la tierra; la dispensación del Evangelio conocida como la Dispensación del Cumplimiento de los Tiempos, el día en que todas las ordenanzas, principios, doctrinas, poderes y sacerdocios que habían existido desde el principio del mundo serían restaurados en preparación para la venida del Señor.
Doy mi solemne testimonio, tal como lo han hecho otros aquí hoy, de que esa restauración tuvo lugar hace aproximadamente cien años. Comenzó aquella memorable mañana de primavera de 1820, cuando el profeta José Smith entró en la Arboleda Sagrada para orar. En respuesta a esa oración, Dios el Padre Eterno y Su Hijo Unigénito se aparecieron a ese joven profeta en toda Su gloria. El Padre señaló al Hijo y dijo: “Este es Mi Hijo Amado. ¡Escúchalo!”. Entonces Jesucristo volvió a ocupar Su legítimo lugar como Mediador entre el Padre y la humanidad, como el Salvador del mundo, al hablar con José Smith y decirle que la verdadera Iglesia no se hallaba sobre la tierra y que, si vivía dignamente, había sido escogido y preordenado para ser el instrumento en las manos de Dios mediante el cual esa Iglesia sería establecida. Cristo también dijo a José que los ministros (“profesores de religión”) del mundo se acercaban a Dios con los labios, pero su corazón estaba lejos de Él; y que enseñaban como doctrinas los mandamientos de los hombres.
REVELACIONES POSTERIORES
Después de que tuvo lugar esa gloriosa visión —y permítanme decir que fue una de las manifestaciones más grandiosas que jamás hayan ocurrido sobre esta tierra— Jesucristo de Nazaret continuó desempeñando Su misión como Salvador de la humanidad apareciéndose al Profeta en varias ocasiones más y enviando también a grandes ángeles —hombres que habían vivido sobre esta tierra en épocas anteriores— para conferir al profeta José Smith todas las llaves, poderes y autoridad que habían existido en otras dispensaciones. Revelación tras revelación llegó al profeta José Smith hasta que vino la plenitud, tal como había sido predicho. En una de esas ocasiones, cuando José Smith tuvo el privilegio de contemplar una visión, la gran revelación conocida como “La Visión”, o “Los grados de gloria”, José Smith y Sidney Rigdon contemplaron los tres grados de gloria y también la perdición, y registraron algunas de las cosas que allí vieron. Me gustaría leer unas palabras del testimonio de José:
“Y mientras meditábamos sobre estas cosas, el Señor tocó los ojos de nuestro entendimiento, y fueron abiertos, y la gloria del Señor resplandeció en derredor.
Y contemplamos la gloria del Hijo, a la diestra del Padre, y recibimos de su plenitud;
Y vimos a los santos ángeles y a los santificados delante de su trono, adorando a Dios y al Cordero, a quien adoran para siempre jamás.
Y ahora, después de los muchos testimonios que se han dado de él, éste es el testimonio, el último de todos, que nosotros damos de él: ¡Que vive!
Porque lo vimos, sí, a la diestra de Dios; y oímos la voz testificar que él es el Unigénito del Padre;
Que por él, por medio de él y de él los mundos son y fueron creados, y sus habitantes son engendrados como hijos e hijas para Dios”.
LA SEGUNDA VENIDA
Los Santos de los Últimos Días esperamos con anhelo el día, predicho por los profetas, en que Jesucristo vendrá a la tierra para reinar como Señor de señores y Rey de reyes. Esperamos el día en que esta tierra sea limpiada de toda maldad, en que la justicia prevalezca y en que los niños nazcan en rectitud y crezcan sin pecado. En ese tiempo vivirán, criarán a sus hijos y, cuando alcancen la edad de un árbol, pasarán de la mortalidad a la inmortalidad en un abrir y cerrar de ojos.
Cuando Jesucristo venga por segunda vez para reinar sobre la tierra como Señor y Dios, tendrá lugar “el grande y terrible día del Señor”. Será un gran día para los justos y un día terrible para los inicuos. Los profetas predijeron que en ese día la tierra “arderá como un horno; y todos los soberbios, y todos los que hacen maldad serán estopa”; además, “los elementos se derretirán con ardiente calor”.
Nosotros, como miembros de la Iglesia verdadera, esperamos ese gran día en que Jesucristo vendrá a los Suyos y el diablo será atado por mil años y dejará de tener el poder que hoy ejerce sobre el corazón de los hijos de los hombres, como se explicó ayer. Al finalizar esos mil años, el diablo será soltado por un corto tiempo y la maldad volverá a prevalecer en el mundo. Entonces llegará el día en que Lucifer y todas sus huestes malignas serán expulsados de esta tierra. Irán a la perdición y permanecerán como almas perdidas para siempre.
LA TIERRA SANTIFICADA
En ese día la tierra será santificada. Morirá, según el Señor reveló al profeta José Smith, y luego resucitará. Llegará a ser un mundo nuevo. Se convertirá en una esfera celestializada preparada para los miembros de “la Iglesia del Primogénito”. Jesucristo juzgará a todos los habitantes de esta tierra. Aquellos que hayan vivido dignamente desde los días de Adán hasta el fin del Milenio recibirán la asignación de morar sobre esta tierra para siempre, como seres celestializados junto a Jesucristo; así recibirán su gloria celestial. Todos los que hayan vivido sobre esta tierra comparecerán ante el tribunal de Jesucristo y serán destinados al reino donde vivirán eternamente. Algunos recibirán gloria terrestre, otros gloria telestial y otros incluso la perdición. Muchos Santos de los Últimos Días no alcanzarán la gloria celestial porque no obedecieron los mandamientos de Dios; por ello serán muy desdichados al darse cuenta de que no obtuvieron la vida celestial que pudo haber sido suya.
El Padre dirá a Su Hijo Unigénito: “Este es Tu mundo, debido a la gran obra que realizaste al ser su Redentor. Ahora Tú serás el Señor, Tú serás el Dios y Tú serás el Rey de este mundo para siempre. Este es Tu reino”. Bajo la dirección del Padre, quien posee muchos otros reinos, Jesucristo presidirá aquí como su Dios y mi Dios, si vivimos dignos de la gloria celestial.
Los miembros de La Iglesia de Jesucristo de los Santos de los Últimos Días somos herederos de este gran reino con la condición de obedecer las enseñanzas del Evangelio reveladas a la tierra por medio del profeta José Smith. Como el hermano Romney señaló tan hermosamente ayer, hoy es el día para que usted y yo nos preparemos para ese gran día del juicio, cuando esta tierra llegue a ser una esfera celestializada. Entonces, si somos hallados dignos, escucharemos la voz de Jesucristo decirnos que entremos en nuestra exaltación y moremos con Él para siempre sobre esta tierra.
Que usted y yo vivamos limpios y puros, seamos hombres y mujeres de oración, seamos humildes y vivamos de acuerdo con toda palabra que ha salido de la boca de Dios, para que ese sea nuestro feliz destino. Lo ruego humildemente, en el nombre de Jesucristo. Amén.


























