Un mensaje a los élderes de la Iglesia
El sacerdocio se honra mediante la fidelidad, el servicio y la participación activa en el cuórum.
Élder Stephen L. Richards
Del Consejo de los Doce Apóstoles“He sentido ese poder. He visto sus efectos. Sé que el profeta José Smith lo recibió de ministros angelicales, y sé que ha sido transmitido a ustedes y a mí para ser utilizado en la bendición de los hijos de Dios y en el establecimiento de Su obra.”
Me gustaría enviar un saludo y un mensaje a los élderes de la Iglesia. Me refiero a aquellos que pertenecen a los cuórumes de élderes, no a todos los que a veces son designados como élderes y que pertenecen a otros cuórumes. Pienso que es necesario hacer llegar este mensaje por medio de ustedes, mis hermanos y hermanas, porque un gran número de poseedores de este sacerdocio no está presente hoy en nuestra conferencia, y muchos quizá ni siquiera estén escuchando las sesiones.
LOS CUÓRUMES DE ÉLDERES
Los élderes constituyen el grupo más numeroso de nuestro sacerdocio. Existen mil treinta y tres cuórumes, con setenta y dos mil novecientos cuatro miembros inscritos, lo que da un promedio de aproximadamente setenta miembros por cuórum.
Los cuórumes están ampliamente distribuidos por las estacas de Sion y en algunas de las misiones de la Iglesia, ofreciendo así una oportunidad adecuada para que todos los hombres que poseen este sacerdocio reciban el servicio de sus respectivos cuórumes.
Los cuórumes están bajo la presidencia y supervisión directa de la presidencia de estaca, la cual determina y ordena la membresía, además de seleccionar y apartar a sus oficiales. De hecho, el mantenimiento de estos cuórumes constituye, quizá, la responsabilidad del sacerdocio más directa y exclusiva que tienen las presidencias de estaca.
La membresía de los cuórumes está integrada por hombres jóvenes, de mediana edad y mayores. Muchos de los jóvenes están sirviendo en misiones, preparándose para servir o han regresado recientemente de ellas. Algunos ingresan al cuórum con miras al matrimonio, y otros simplemente como parte de su progreso desde el Sacerdocio Aarónico.
A todos estos jóvenes les extiendo mis felicitaciones. Hermanos, han alcanzado una posición elevada y una gran distinción en la Iglesia de Dios. Han recibido este reconocimiento por su fe, su vida limpia y su digno deseo de ser siervos de nuestro Señor. El honor que ha llegado a ustedes, junto con las responsabilidades y oportunidades que surgen de este elevado llamamiento, es inconmensurable, como procuraré demostrar. Ruego al Señor que bendiga a ustedes, jóvenes élderes, para que su aprecio y entusiasmo por este sacerdocio recién recibido crezcan y se profundicen con los años y con sus experiencias, y que jamás dejen de considerarlo como su posesión más valiosa.
EL GRAN HONOR DEL LLAMAMIENTO DE ÉLDER
Y ahora me dirijo a los miembros de los cuórumes de élderes que han pertenecido a ellos durante cinco, diez, veinte años o más. Hermanos de este grupo, ¿alguna vez pensaron, cuando siendo jóvenes fueron ordenados élderes para prepararse para una misión o para casarse en el templo, que cinco, diez o veinte años después perderían el aprecio por ese gran honor y por el precioso don que habían recibido? ¿Pensaron alguna vez que llegaría el día en que ya no desearían la compañía y la fraternidad de sus hermanos del cuórum? ¿Pensaron entonces que dejarían de responder a los llamamientos que les llegaran por medio de su cuórum para prestar un servicio bondadoso a un compañero o a su familia, o a otras personas necesitadas? ¿Se les ocurrió alguna vez, en aquellos días de juventud, cuando este Santo Sacerdocio reposaba sobre ustedes y llevaron a su joven amada al santo templo, donde su matrimonio fue sellado y santificado y comenzó su hogar, con la resolución en su joven corazón de alcanzar mediante su fidelidad aquellas sublimes bendiciones pronunciadas sobre ustedes; se les ocurrió entonces que cinco, diez o veinte años después habrían olvidado esas solemnes resoluciones, abandonado sus aspiraciones y entristecido y decepcionado a su querida compañera?
Estoy seguro de que nunca pensaron que en aquellos primeros días de su condición de élderes llegarían a suceder tales cosas.
¿Cómo ha ocurrido esto con demasiados miembros de este gran cuerpo del sacerdocio? Creo que quizá pueda decirles cómo, o al menos intentarlo.
PÉRDIDA DEL INTERÉS
Algunos de ustedes comenzaron a desviarse cuando permitieron que otros asuntos y otros compromisos los alejaran de las reuniones del cuórum. Empezaron a preferir otras compañías antes que la de sus compañeros del cuórum. Dejaron el trabajo del cuórum en manos de esos pocos caballos de batalla, firmes y siempre dispuestos a seguir adelante. Subordinaron el cuórum a otras cosas que consideraban más importantes. Poco a poco perdieron el deseo de recibir la instrucción y aprovechar las oportunidades que este les brindaba. Y luego, después de haberse apartado de la cálida y estimulante influencia de sus hermanos del cuórum, comenzaron a volverse críticos, críticos de las enseñanzas, de las lecciones y de los procedimientos, hasta llegar a la conclusión de que todo aquello era un asunto más bien aburrido, quizá sin darse cuenta de que ustedes y otros como ustedes podrían haber hecho que fuera sumamente interesante y provechoso.
Y entonces olvidaron otra cosa que nuestro hermano, quien ofreció la oración en la sesión de esta mañana, nos recordó. Olvidaron que, cuando fueron ordenados, se depositó en ustedes una gran confianza y responsabilidad, y olvidaron que debían ser fieles a esa confianza. La descuidaron.
Recuerdo haber oído hace años acerca de una presidencia de un cuórum de élderes jóvenes que decidió visitar a todos los miembros de su cuórum. Llegaron a la casa de uno de ellos, un hombre maduro que había alcanzado considerable éxito en los negocios, y llamaron a su puerta. Él salió a recibirlos. Le dijeron quiénes eran, que su nombre figuraba en el registro de miembros y que habían venido a visitarlo. Él respondió, y estas fueron sus palabras: “Bien, caballeros, pueden pasar si así lo desean, pero debo decirles de antemano que hace mucho tiempo perdí el interés en la obra que ustedes representan. Me he arrepentido de algunas de las locuras de mi juventud” —había servido una misión— “y ahora me dedico a cosas más sustanciales”.
Naturalmente, quedaron desalentados ante semejante recibimiento y estaban a punto de marcharse cuando escucharon la voz de la esposa de aquel hombre, quien al parecer había oído la conversación. Ella les llamó diciendo: “Hermanos, por favor, vuelvan otra vez”.
En gran medida como respuesta al ruego de ella, estos jóvenes cobraron ánimo para regresar una y otra vez, y con el tiempo, en parte gracias a sus esfuerzos y en parte por la influencia persuasiva de su esposa, aquel hombre se arrepintió de las verdaderas locuras que había cometido desde su juventud, volvió a la actividad en la Iglesia y llegó a desempeñar un cargo de responsabilidad.
DEBILIDADES DE LOS MIEMBROS
Entonces, hermanos míos de los cuórumes, hicieron otras cosas que también los alejaron. Sin la ayuda ni el estímulo de sus hermanos, cedieron a ciertas debilidades. Si fumaban antes de su ordenación, volvieron a hacerlo. Si nunca habían fumado, comenzaron a relacionarse con hombres que sí lo hacían y adoptaron ese hábito para sentirse uno con ellos, según pensaban. Algunos empezaron a beber un poco por la misma razón. Se afiliaron a los clubes y sociedades de esos hombres del mundo, e incluso, en algunos casos, a sus logias. Se reían de bromas de mal gusto acerca del sacerdocio. Compartían con ellos sus diversiones y pasatiempos los domingos. Cuando podrían haber estado ejerciendo su sacerdocio, jugaban golf con ellos; iban de caza y de pesca; y, al cabo de un tiempo, algunos de ustedes olvidaron, olvidaron que pertenecían a un cuórum, que estaban unidos a sus hermanos por lazos sagrados; olvidaron incluso que habían sido apartados y revestidos de un poder santo para hacer de ustedes hombres “diferentes” de los demás hombres del mundo.
Ahora bien, reconozco que este quizá no haya sido el camino seguido por todos los que se han vuelto inactivos en los cuórumes de élderes de la Iglesia. Ocupaciones absorbentes, en algunos casos; desilusiones; diferencias reales o imaginarias con las Autoridades de la Iglesia; y la simple pereza pueden haber contribuido también. Pero, al reflexionar seriamente, hermanos míos, creo que estarán de acuerdo en que el curso que he descrito es el que muchos han seguido.
UN MENSAJE PARA LOS INACTIVOS
Este es el mensaje que envío a ustedes, élderes de la Iglesia, que están inactivos en sus asuntos y son indiferentes a sus responsabilidades y oportunidades. Examínense a ustedes mismos. Vuelvan con el pensamiento a los días en que recibieron el sacerdocio. Procuren revivir el gozo y el orgullo que este les proporcionó. Sigan la línea de su autoridad y descubran cuán cerca están de la restauración del sacerdocio en esta dispensación. Nunca menosprecien, ni siquiera en su propia estima, el oficio de élder en la Iglesia de Cristo. Recuerden que esta Iglesia fue organizada por dos élderes, el primer y el segundo élder de la Iglesia, y que ese fue el primer oficio establecido en ella. Ningún sacerdocio superior al de élder es necesario para ser ministro del evangelio y predicar a las naciones de la tierra. Ningún sacerdocio superior se requiere para entrar en el santo templo y recibir las sublimes bendiciones que allí se confieren. Ningún sacerdocio superior se necesita para entrar en el convenio eterno del matrimonio y llegar a ser la cabeza de un gran hogar.
Recuerdo haber oído al presidente Joseph F. Smith decir, en el Salón de Asambleas, durante una de las reuniones especiales del sacerdocio celebradas con motivo de la conferencia general de la Iglesia, que si todo el sacerdocio de la Iglesia fuera eliminado y solo quedara un único élder, este tendría el derecho y el poder inherentes, bajo el debido llamamiento, para reorganizar toda la Iglesia con todos sus oficios.
Siéntanse orgullosos de ser élderes. Enriquezcan su vida mediante una estrecha asociación con los miembros de su cuórum. Hagan de los cuórumes de élderes los mejores clubes y fraternidades de este mundo.
¿Saben, hermanos míos, que el mayor reservorio de poder y fortaleza de toda la Iglesia se encuentra en estos cuórumes de élderes? Pongan ese poder al servicio de la Iglesia, y esta avanzará a pasos agigantados.
El último ruego que les hago, hermanos míos, es que no decepcionen ni entristezcan a sus esposas y a sus familias. Toda mujer Santo de los Últimos Días fiel y comprensiva sabe que las más grandes bendiciones que pueden llegar a ella y a sus hijos deben venir por medio del sacerdocio. Ella sabe que no puede haber perpetuación de la familia en la eternidad sin un esposo y padre que honre el Santo Sacerdocio. Muchas buenas esposas y madres viven hoy llenas de preocupación y tristeza debido al descuido y la conducta del élder que preside su hogar.
Por amor a ellas, por el bien de sus hijos y de los hijos de otros hombres, les suplico que abandonen los hábitos mundanos, la indiferencia, el descuido y la crítica, y regresen a la compañía de sus hermanos que los aman.
LA DIVINIDAD DEL SACERDOCIO
Ustedes saben, si se detienen a reflexionar, que el sacerdocio que poseen es verdadero. Muy pocos de ustedes se han apartado tanto como para perder ese testimonio. Puede estar adormecido, pero no está muerto. Volverá a encenderse con su renovada actividad y bendecirá su vida con una felicidad y un gozo indescriptibles.
Yo sé que el sacerdocio que tenemos el honor de portar es verdadero y divino. Sé que es mucho más que un nombre. Sé que en él hay una esencia de fuerza y de poder. No puedo explicarlo, pero sé que existe en él una realidad que algún día comprenderemos plenamente, y que emana de Dios mismo.
He sentido ese poder. He visto sus efectos. Sé que el profeta José Smith lo recibió de ministros angelicales, y sé que ha sido transmitido a ustedes y a mí para ser utilizado en la bendición de los hijos de Dios y en el establecimiento de Su obra. Yo procuraré honrar ese sacerdocio. ¿Lo harán ustedes también, hermanos míos?
Ruego que así sea y que Dios nos ayude a hacerlo, en el nombre del Señor Jesucristo, de quien somos siervos. Amén.


























