La apostasía de la verdad
La Gran Apostasía hizo necesaria la restauración de la Iglesia y del evangelio de Jesucristo.
Élder Ezra Taft Benson
Del Consejo de los Doce Apóstoles“Dios ha vuelto a hablar desde los cielos después de un largo período de apostasía, y ha restaurado nuevamente a la tierra el Santo Sacerdocio y la verdadera organización de Su Iglesia por medio del profeta José Smith.”
Mis amados hermanos y hermanas: Hace seis años, en la conferencia de octubre de la Iglesia, ustedes me sostuvieron como una de las Autoridades Generales. A pesar de mis debilidades y limitaciones, hoy estoy aquí para testificarles del gozo y la felicidad que han sido míos durante esos seis gloriosos años. Durante cuatro años y medio de esos seis, he tenido la oportunidad de viajar entre las estacas de Sion, reuniéndome con las presidencias de estaca, los sumos consejos, los obispados y los santos, así como de visitar las misiones de la Iglesia y conocer a las personas allí. Ha sido una experiencia de un valor incalculable. En ningún otro lugar del mundo puede alguien disfrutar del privilegio de asociarse con hombres y mujeres tan excelentes como los que constituyen el liderazgo de las estacas y los barrios de Sion, así como de las misiones y ramas de la Iglesia. Estoy profundamente agradecido por toda su bondad.
Como si eso no fuera suficiente, he tenido el glorioso privilegio de una estrecha e íntima asociación con los líderes de la Iglesia, las Autoridades Generales. Siempre los he amado, pero nunca los había amado tanto como los amo hoy. Cualquiera de ellos daría todo lo que tiene, incluso la vida misma si fuera necesario, por el establecimiento de esta gran obra y el fortalecimiento del reino. Con todo mi corazón los sostengo, los amo y les recomiendo a ustedes, mis hermanos y hermanas, su ejemplo y su consejo.
Hace algunos meses, después de una conferencia general de la Iglesia, recibí una carta de un joven de esta ciudad. Había quedado impresionado por algo que se dijo acerca de la obra misional. En su carta hacía la siguiente pregunta —después de indicar que no era miembro de la Iglesia—: “¿Por qué ustedes, los de la fe mormona, envían misioneros por todo el mundo, especialmente a las naciones cristianas? ¿Por qué no limitan su programa a los pueblos no cristianos?”.
Si el Señor me bendice, quisiera intentar responder a esa pregunta dentro del tiempo disponible y de mis propias limitaciones personales.
LA IGLESIA ESTABLECIDA POR CRISTO
Es una creencia común entre todas las denominaciones que profesan el cristianismo que Jesucristo estableció Su Iglesia divina aquí en la tierra durante Su ministerio entre los hombres. Él vino durante un período de relativa paz. El mundo religioso estaba dividido en dos grandes grupos: los paganos de diversas sectas y los judíos. Solo los judíos adoraban al Dios verdadero y viviente. Aun entre ellos existían divisiones, siendo los principales grupos los fariseos, los saduceos y los esenios. También existía una mezcla de filosofías judías y paganas entre los samaritanos.
Pero Cristo vino con Su mensaje, indicando que la ley de Moisés había sido cumplida en Él. Trajo una ley superior, una ley de amor, el evangelio del amor, y estableció Su Iglesia. Escogió oficiales. Leemos acerca de los apóstoles, los setenta, obispos, élderes, presbíteros, maestros y diáconos; y uno de los miembros de ese cuerpo de líderes declaró posteriormente que estos oficiales debían permanecer en la Iglesia con el propósito de: “… perfeccionar a los santos para la obra del ministerio, para la edificación del cuerpo de Cristo, hasta que todos lleguemos a la unidad de la fe”.
El Maestro escogió a Sus Doce. Los llamó por nombre y los envió con el mensaje: “el reino de los cielos se ha acercado”. Fueron enviados primero a las ovejas perdidas de la casa de Israel y, más adelante, por dirección divina, también a los gentiles. Otros fueron llamados, y los setenta, después de su primera misión, regresaron gozosos porque aun los demonios se les sujetaban en el nombre de Jesucristo.
Había un espíritu de unidad entre los miembros, un espíritu de hermandad; había un espíritu de unión. Disfrutaban de abundantes dones espirituales. Se efectuaban ordenanzas sencillas por hombres que poseían autoridad y habían sido debidamente comisionados. El ministerio apostólico estaba caracterizado por toda evidencia de que quienes participaban en él tenían autoridad divina para llevar el mensaje del Evangelio y administrar los asuntos del reino. Salían libremente, sin recibir paga, porque el Maestro había dicho: “de gracia recibisteis, dad de gracia”. Pedro, aparentemente el apóstol de mayor antigüedad, dirigía las actividades de la Iglesia.
En el año 44 d. C. se convocó un concilio de los miembros de la Iglesia en Jerusalén, con Pedro presidiendo. Según los registros, en esa conferencia se resolvieron ciertas diferencias bajo la inspiración del Espíritu Santo. Más tarde, los apóstoles se dispersaron; la persecución cayó sobre ellos, y hasta donde sabemos, nunca volvieron a reunirse en una conferencia general de la Iglesia. Las actividades de Pablo se centraron en Antioquía, pero entre los años 68 y 100 d. C. parece que la mayoría, si no todos, de los apóstoles originales que poseían la autoridad para dirigir el reino y los asuntos de la Iglesia habían partido de la tierra.
EL COMIENZO DE LA APOSTASÍA
Las olas de persecución continuaron, surgieron las disensiones y comenzó a manifestarse la influencia política. Según los escritores del segundo siglo, cuyos testimonios suelen ser ignorados por muchos dirigentes religiosos del mundo actual, las enseñanzas permanecieron bastante ortodoxas durante el primer siglo e incluso en parte del segundo siglo después de la venida del Salvador. Sin embargo, aun durante ese período ya existían evidencias de que la apostasía estaba comenzando. Cuando Constantino llegó al trono del Imperio Romano, mostró un espíritu de tolerancia hacia todos los grupos religiosos. Finalmente, esa tolerancia hacia los cristianos aumentó hasta el punto de que el propio Constantino llegó, en cierta medida, a apoyar su causa.
Ahora se observaban grandes cambios. Algunos quieren hacernos creer que el obispo de Roma llegó a ser, por esa época, la cabeza de la Iglesia. Existían muchos obispos que presidían congregaciones locales, llamadas iglesias, pero ninguno de ellos poseía la autoridad que se había conferido a los Doce para dirigir los asuntos de la Iglesia. De hecho, los registros indican que al menos dos obispos de Roma murieron mientras Juan el Apóstol todavía vivía entre los hombres. Evidentemente, uno de ellos aún vivía cuando Juan recibió la gran revelación registrada en el libro de Apocalipsis. Ninguno de ellos tenía la autoridad, ni reclamó tenerla, para dirigir la Iglesia establecida por Cristo y Sus apóstoles.
En el concilio convocado por el emperador Constantino en el año 325 d. C. (el Concilio de Nicea), que aparentemente fue la primera conferencia celebrada después de la realizada en Jerusalén en el año 44 d. C., se nos dice que solo alrededor de una sexta parte de los obispos asistieron, y que el obispo de Roma estuvo ausente de esa importante reunión. El emperador dirigió el concilio aunque ni siquiera había sido bautizado. Según los registros que poseemos, evidentemente no hubo unidad ni inspiración del Espíritu en aquella reunión; más bien, se emplearon la fuerza y la intriga con el propósito de lograr unidad política para fines políticos. De hecho, nuestras mejores autoridades parecen indicar que aproximadamente hasta el año 354 d. C. Pedro el Apóstol no fue mencionado como obispo.
SE CAMBIARON LOS PRINCIPIOS Y LAS ORDENANZAS
Pero mucho antes de esa época ya se observaban evidencias de apostasía. La corrupción de los sencillos principios del Evangelio, la introducción de filosofías paganas, la incorporación injustificada y no autorizada de ceremonias creadas por los hombres, los cambios en la organización y en el gobierno de la Iglesia; todo esto, y mucho más, era evidente.
No hay tiempo para entrar en una discusión detallada de todos los cambios realizados, pero podemos tomar como ejemplo la sencilla ordenanza del bautismo, efectuada por inmersión por quienes poseían autoridad, tras la cual se imponían las manos del sacerdocio sobre la cabeza de los bautizados para conferirles el Espíritu Santo. Poco después de la muerte de los apóstoles, esta ordenanza fue modificada profundamente. Se cambió la forma del bautismo. Llegó un momento en que el bautismo era reconocido aunque quienes lo administraban no poseyeran ni siquiera reclamaran autoridad. Incluso se llegó a sostener que la autoridad no era necesaria. Se introdujo el bautismo de infantes. Los adultos que eran bautizados eran tratados como niños y alimentados con leche y miel durante un tiempo. También se introdujo el uso del aceite en la ordenanza.
La sagrada ordenanza de la Santa Cena también fue alterada, aquella sencilla e impresionante ordenanza instituida por el Maestro. Se enseñó la doctrina de la transubstanciación y se introdujeron la verdadera idolatría y la adoración de los emblemas. También se modificó la forma de seleccionar a los oficiales. Antes, los nombramientos eran hechos por los apóstoles que poseían esa autoridad. El principio del consentimiento común, que había formado parte de la Iglesia primitiva, dejó de practicarse y seguirse. A los miembros de la Iglesia se les prohibió leer las Escrituras, a pesar de que el Maestro había dicho: “Escudriñad las Escrituras, porque a vosotros os parece que en ellas tenéis la vida eterna”.
SE INTROJERON PRÁCTICAS ABOMINABLES
Se introdujeron muchas otras prácticas. Una de las más graves, y estoy seguro de que una de las más abominables a la vista de Dios, fue la venta de indulgencias. Esta práctica se basaba en la falsa teoría de que existía un tesoro de méritos; es decir, que ciertos santos y otras personas, mediante sus obras, habían hecho más de lo necesario para alcanzar su propia salvación y, por tanto, había un excedente del cual podían beneficiarse otros que, debido a sus vidas impías, no alcanzaban los requisitos para la salvación. La doctrina de la infalibilidad, la veneración de reliquias, la introducción del boato, de ceremonias y misterios, el uso del incienso, el culto a los mártires, los aplausos para demostrar la popularidad relativa de los oradores en la Iglesia e incluso la compra de cargos eclesiásticos fueron aprobados y practicados. La rivalidad, la contienda y la desunión eran desenfrenadas, alcanzando probablemente su punto culminante cuando el obispo de Roma excomulgó al patriarca de Constantinopla y este, a su vez, excomulgó al obispo.
Solo quedaron entonces iglesias humanas, sin autoridad, que se habían excomulgado unas a otras. Ciertamente, la apostasía ya era completa.
LA APOSTASÍA FUE PREDICHA
Como Iglesia restaurada, afirmamos que, con el fin de la era apostólica, la Iglesia cayó en una condición de apostasía, que la sucesión del sacerdocio fue interrumpida y que la Iglesia, como organización terrenal que actuaba bajo dirección divina y poseía autoridad para oficiar en las ordenanzas espirituales, dejó de existir. La historia da testimonio de ello. También afirmamos que todo esto fue previsto y predicho por los apóstoles mientras aún vivían, e incluso por el mismo Maestro durante Su ministerio. La apostasía había comenzado ya en los días de los apóstoles y ellos se refirieron a ella con frecuencia.
Ustedes conocen las palabras de Pablo cuando, al reunirse por última vez con los élderes de Éfeso, dijo:
“Porque yo sé que después de mi partida entrarán en medio de vosotros lobos rapaces que no perdonarán al rebaño”.
Luego, en su carta a los tesalonicenses escribió: “Nadie os engañe en ninguna manera; porque no vendrá aquel día —la segunda venida del Maestro— sin que antes venga la apostasía”.
A los gálatas, Pablo se refirió a la apostasía que ya estaba en marcha y expresó su asombro de que tan pronto se hubieran apartado del que los había llamado para seguir otro evangelio. Los reprendió por hacerlo y señaló que solo existía un único plan del Evangelio.
Pedro habló de: “… falsos profetas que hubo también entre el pueblo, como habrá entre vosotros falsos maestros, que introducirán encubiertamente herejías destructoras… y atraerán sobre sí mismos destrucción repentina”.
De hecho, en la gran visión concedida a Juan mientras se encontraba en la isla de Patmos, él describió a las pocas iglesias dignas de mención como “ni frías ni calientes”. En cuanto a la restauración del Evangelio, el pasaje citado con tanta frecuencia constituye una clara evidencia de que la apostasía llegaría a ser completa, porque cuando Juan recibió esa revelación acerca del futuro, vio a un ángel volando por en medio del cielo, “que tenía el evangelio eterno para predicarlo a los moradores de la tierra”.
Aun en el Antiguo Testamento, los profetas habían profetizado de manera semejante. Isaías indicó que la tierra sería: “… contaminada por sus habitantes, porque traspasaron las leyes, falsearon el derecho y quebrantaron el convenio sempiterno”.
En ninguna parte se habla de la ley de Moisés como un convenio sempiterno. El convenio sempiterno es el evangelio de Jesucristo. Amós también habló de un tiempo en que habría hambre en la tierra, no de pan ni de agua, sino “de oír la palabra de Jehová”, y que la gente “andaría errante buscando la palabra de Jehová, y no la hallaría”.
No solo por la historia, que es bastante concluyente, sino también por medio de la profecía, hemos sido informados claramente de que hubo y habría una apostasía completa de la verdad. Muchos de los primeros reformadores reconocieron este hecho al levantarse contra las falsas enseñanzas y prácticas de su época. Wesley, fundador del metodismo, lamentó que “los cristianos habían vuelto a ser paganos y solo les quedaba una forma muerta de religión”. Incluso aquí, en América, Roger Williams, fundador de la congregación bautista más antigua del país, reconoció, al abandonar el ministerio, que no existía sobre la faz de la tierra ninguna Iglesia ni autoridad divinamente establecidas, y que no existirían hasta que surgiera una Iglesia que tuviera apóstoles y otros oficiales como los que existían en la Iglesia establecida en el Meridiano de los Tiempos.
LA APOSTASÍA: UN HECHO ATESTIGUADO
Es un hecho comprobado que cuando José Smith, siendo un humilde muchacho, entró en el bosque para orar en aquella hermosa mañana de primavera de 1820, el mundo —cristiano y no cristiano— se encontraba en un lamentable estado de apostasía. La respuesta que recibió constituye para mí la mayor evidencia que existe en el mundo de que realmente había ocurrido una apostasía de la verdad. Cuando contempló a aquellos dos gloriosos Seres, uno señaló al otro y dijo: “Este es mi Hijo Amado. ¡Escúchalo!”. Después de que José preguntó: “¿Cuál de todas las sectas era la verdadera?”, ¿cuál fue la respuesta que recibió? Estas son sus propias palabras:
“Se me contestó que no debía unirme a ninguna de ellas, porque todas estaban equivocadas… enseñaban como doctrinas los mandamientos de los hombres, teniendo apariencia de piedad, pero negaban el poder de ella.
Él [el Hijo] nuevamente me prohibió unirme a cualquiera de ellas”.
LA VERDADERA IGLESIA FUE RESTABLECIDA
Más adelante, el profeta José Smith recibió el mandamiento de salir como instrumento en las manos de Dios para organizar la Iglesia y publicar al mundo, como un testimonio adicional de la divinidad de Jesucristo, el Libro de Mormón, que fue traducido de los registros sagrados. La Iglesia fue organizada y, por revelación, recibió su nombre: La Iglesia de Jesucristo de los Santos de los Últimos Días, como lo mencionó anteriormente el presidente Smith. Después de transcurridos algunos meses, mientras los élderes se encontraban reunidos en una conferencia especial considerando la publicación de las revelaciones recibidas hasta entonces, el Señor habló por medio del Profeta y dio una revelación muy significativa, indicando que debía servir como prefacio del Libro de Mandamientos del Señor. En esa revelación encontramos estas importantes palabras, refiriéndose a los siervos del Señor que tendrían la responsabilidad de llevar el mensaje al mundo y establecer el reino. Dijo el Señor:
“Y también a aquellos a quienes fueron dados estos mandamientos, para que tuvieran poder para poner los cimientos de esta iglesia y hacerla salir de la obscuridad y de las tinieblas, la única iglesia verdadera y viviente sobre la faz de toda la tierra, con la cual yo, el Señor, estoy bien complacido, hablando a la iglesia colectiva y no individualmente”.
Estas no son nuestras palabras. Son las palabras de Aquel que estableció Su Iglesia en la antigüedad y por cuyo ministerio ha sido nuevamente restablecida y restaurada en la dispensación en la que vivimos.
UN MENSAJE PARA EL MUNDO
Ahora bien, mis hermanos y hermanas, esa es la razón por la cual enviamos misioneros por todo el mundo, porque este es un mensaje para todo el mundo. Es la verdad restaurada. El Señor declaró este hecho en esa misma revelación, en su versículo inicial, cuando dijo:
“Oíd, pueblo de mi iglesia, dice la voz de aquel que mora en las alturas y cuyos ojos están sobre todos los hombres; sí, de cierto digo: Oíd, pueblos lejanos; y vosotros que estáis sobre las islas del mar, escuchad juntamente.
Porque de cierto, la voz del Señor es para todos los hombres, y no hay quien escape…”.
Esta restauración del Evangelio, este retorno de la luz y de la verdad, está destinada al beneficio y la bendición de todos los hijos de Dios. Por eso, con humildad y gratitud, nuestros misioneros salen al mundo para proclamar que hubo una apostasía de la verdad, pero que, por la bondad de Dios, los cielos se han abierto nuevamente y el Evangelio ha sido revelado otra vez al hombre por medio del profeta José Smith.
Estoy agradecido por este conocimiento. Para mí es lo más precioso que existe en el mundo. ¡Cómo desearía que todos los que oyen mi voz, y todos los hijos de Dios dondequiera que se encuentren, pudieran conocer la dulzura del Evangelio y comprender lo que significa poseer el sacerdocio y sentir la hermandad y el compañerismo que disfrutamos en la Iglesia; sí, conocer la seguridad que llega al corazón del hombre cuando el testimonio de la verdad es confirmado en su alma!
TESTIMONIO
Les testifico hoy que estas cosas son verdaderas, que esta es la obra de Dios. Doy este testimonio sabiendo perfectamente que algún día tendré que comparecer ante el tribunal de Dios, así como ustedes, mis hermanos y hermanas, también deberán hacerlo. Testifico con toda humildad que Dios ha vuelto a hablar desde los cielos después de un largo período de apostasía; que ha levantado un profeta; que José Smith fue el instrumento en Sus manos para restaurar nuevamente a la tierra el Santo Sacerdocio, la verdadera organización de la Iglesia con todas las bendiciones que se disfrutaban en tiempos antiguos, y aun mayores, porque esta es la Dispensación del Cumplimiento de los Tiempos. Les doy este testimonio con toda humildad y con gratitud en mi corazón, en el nombre del Señor Jesucristo. Amén.


























