Conferencia General Octubre 1949

La obra de nuestro Padre

La obra de Dios invita a todos Sus hijos a venir a Cristo, vivir con rectitud y recibir las bendiciones del Evangelio.

Presidente George Albert Smith

“Esta es la obra de nuestro Padre. Esta es la Iglesia del Cordero de Dios. Quienes sabemos eso tenemos una responsabilidad que ningún otro pueblo del mundo posee.”


El uso de la radio ha hecho necesario hacer algunos anuncios que no era preciso hacer cuando todos los que venían al edificio podían ver y oír. No solo este edificio está ahora lleno a su máxima capacidad, sino que también hay miles de personas escuchando desde el exterior. Además, muchas personas están presenciando esta reunión por televisión.

UNA ÉPOCA MARAVILLOSA

Vivimos en una época maravillosa. Me pregunto si realmente apreciamos lo que significa vivir hoy con todas las ventajas obtenidas durante los casi seis mil años transcurridos desde que nuestros primeros padres vinieron al mundo. Aquí estamos, en la cima de estas colinas eternas, en este edificio que fue levantado cuando el pueblo era muy pobre y sufría grandes dificultades. Sin embargo, este edificio sigue siendo insuperable en todo el mundo como casa de adoración, donde la voz de una persona puede ser escuchada por tantos.

Durante las últimas semanas hemos recibido aquí a muchos visitantes, algunos de ellos de renombre nacional y otros de renombre internacional. Han entrado en esta estructura que nuestros antepasados prepararon; la han recorrido y han dicho: “Esto no se parece a nada que haya visto antes”.

Algunos de ellos han comentado: “Aquí se siente una influencia diferente”. Y así debe ser. Esta casa es la casa del Señor. Fue dedicada a Él por el pueblo después de haber luchado para construirla. Le fue presentada una vez que estuvo completamente pagada y, desde entonces, todos los que han entrado en esta casa lo han hecho como invitados de nuestro Padre Celestial.

Digo todos. En ocasiones algunas personas me han preguntado si aquellos que no son miembros de la Iglesia tienen permitido venir aquí. Siempre me ha complacido responderles: “Todos los hijos de nuestro Padre son bienvenidos en Su casa”.

Hoy no nos hemos reunido simplemente por curiosidad. No hemos venido solo porque sea una costumbre. Espero que hayamos venido con espíritu de adoración y con el deseo de que todo lo que aquí se diga sea inspirado por nuestro Padre Celestial.

“VENID Y VED”

Nuestras hermanas han cantado maravillosamente esta mañana. El gran órgano las ha acompañado. Nosotros, que hemos venido a adorar, debemos pensar seriamente en el propósito de la vida, porque este mundo se encuentra en una condición lamentable. A pesar de que nuestro Padre Celestial, a lo largo de las edades, ha aconsejado y guiado a Sus hijos mediante hombres a quienes levantó para ese propósito, profetas de Dios, aun así ha habido controversias. Incluso en los días del Salvador, entre Sus propios discípulos, existían desacuerdos. Las personas han desconfiado unas de otras. No han creído lo que han oído ni han estado dispuestas a hacer lo que Felipe, uno de los discípulos del Salvador, recomendó a Natanael cuando conversaba con él. Felipe dijo: “El Señor ha venido”.

Y lo describió, y Natanael preguntó: “¿De dónde viene?”.

Felipe respondió: “Viene de Nazaret”. Entonces aquel buen hombre dijo: “¿De Nazaret puede salir algo bueno?”. Felipe simplemente respondió: “Ven y ve”.

A Natanael se le había enseñado a creer que de Nazaret no podía salir nada bueno y, sin embargo, fue el mismo hombre a quien el Salvador describió más tarde como un verdadero israelita, sin engaño; un buen hombre, pero engañado por las historias que había oído.

Pero una vez que aprendió, una vez que aceptó la invitación de los discípulos de “Venid y ved”, vino y vio.

Nosotros hemos sentido un gran gozo bajo la influencia de Su Espíritu. Deseamos que todos disfruten de esa bendición y, por eso, cuando nos han preguntado: “¿Qué clase de personas son estas?”, nuestra respuesta siempre ha sido: “Venid y ved”. Esta mañana estamos aquí como hijos de nuestro Padre Celestial: miembros de La Iglesia de Jesucristo de los Santos de los Últimos Días y también otras personas; todos son bienvenidos a Su casa, todos son invitados del Señor. Y debemos disfrutar plenamente de esta ocasión.

Piensen en nuestros privilegios y en nuestras bendiciones. Piensen en las innumerables guerras y destrucciones que, a lo largo de los siglos, han exterminado pueblos enteros y han borrado naciones completas de muchas partes del mundo y, sin embargo, por alguna razón, todavía hay muchas buenas personas que, como Natanael, no pueden creer la verdad.

Alguien ha dicho que las personas del mundo prefieren creer una mentira y perderse antes que aceptar la verdad. Es una afirmación bastante severa, pero quizá pueda aceptarse como cierta. No hay nada en el mundo más perjudicial para la familia humana que el odio, el prejuicio, la sospecha y la actitud de falta de bondad que algunas personas manifiestan hacia sus semejantes.

DOS INFLUENCIAS

El espíritu del adversario es el espíritu de destrucción. Hay dos influencias en el mundo. Una es la influencia de nuestro Padre Celestial y la otra es la influencia de Satanás. Podemos escoger en cuál de esos dos territorios queremos vivir: el de nuestro Padre Celestial o el de Satanás.

Muchas veces he repetido lo que decía mi abuelo. Él también habló desde este púlpito y fue quien me dio su nombre. Al aconsejar a su familia decía: “Existe una línea de demarcación claramente definida. A un lado de esa línea está el territorio del Señor. Al otro lado está el territorio del diablo”. Y añadía: “Si permanecen del lado del Señor, estarán completamente seguros, porque el adversario de toda justicia no puede cruzar esa línea”.

¿Qué significa eso? Para mí significa que quienes viven una vida recta, guardando todos los mandamientos de nuestro Padre Celestial, están completamente seguros; no así quienes toman a la ligera Sus consejos y advertencias.

LOS DIEZ MANDAMIENTOS

Los Diez Mandamientos son tan necesarios para nosotros hoy como lo fueron para Israel cuando fueron dados a Moisés en el desierto.

Si los habitantes de este mundo guardaran los Diez Mandamientos y los honraran, no habría guerras. No existirían las penas y aflicciones que hoy aquejan a la humanidad. Pero debido a que son tantos los que no pueden decidirse a vivir una vida recta, el mundo vive en confusión y sufrimiento.

Este edificio, como he dicho, fue dedicado al Señor. Algunas personas han criticado, aunque sea en su interior, el hecho de que haya estado abierto a personas de otras religiones, de otras iglesias y de otras creencias que, según ellas, tenían un mensaje para nosotros. Estoy seguro de que si ustedes hubieran vivido en los días de Jesús de Nazaret y lo hubieran seguido, como hicieron muchas personas por los campos y los caminos, habrían descubierto que la mayoría de ellas no creía en Su misión hasta que fueron tocadas por Su Espíritu; entonces llegaron a ser Sus discípulos.

Ellos fueron bienvenidos, y por eso digo que todos los hijos de nuestro Padre son bienvenidos aquí. Esperamos que cuando vengan lo hagan con una mente receptiva y con una oración en el corazón, como la que esta mañana ofreció nuestro hermano de Canadá.

UN MUNDO ENFERMO

Vivimos en un mundo enfermo, en un tiempo en que, como leemos en las Escrituras, la sabiduría de los sabios perecerá y el entendimiento de los entendidos será ocultado. Esa es la condición del mundo en la actualidad. Muchos de los dirigentes de las naciones desean hacer aquello que beneficie a su país o al grupo al que pertenecen, pero el egoísmo caracteriza con frecuencia su conducta y el resultado es que, en lugar de paz, tenemos dolor y aflicción.

Solo hay un camino. Podemos legislar hasta el fin de los tiempos, pero eso no hará justos a los hombres. Será necesario que quienes viven en las tinieblas se arrepientan de sus pecados, corrijan sus vidas y vivan con tanta rectitud que puedan disfrutar del Espíritu de nuestro Padre Celestial.

Piensen en la hermosa oración ofrecida por Jesús de Nazaret, quien dio Su vida por nosotros, quien representó a un pueblo que era despreciado por otras naciones y vino al mundo para traer una bendición. Cuando le pidieron: “Enséñanos a orar”, ¡qué oración tan hermosa y sencilla les dio! Cualquiera puede repetirla y, si la pronuncia con el corazón en armonía con el Espíritu del Señor, puede sentir la influencia que emana de ella.

No pasó mucho tiempo antes de que fuera cruelmente asesinado, como lo fueron los profetas de Dios casi desde el principio. Sin embargo, el hecho permanece: durante todo ese tiempo nuestro Padre Celestial ha tenido sobre la tierra hombres y mujeres justos que han procurado hacer Su voluntad y guardar Sus mandamientos.

EL MENSAJE DEL EVANGELIO

Muchos de ustedes que están aquí hoy provienen de tierras extranjeras o son descendientes de quienes vinieron de otros países. Muchos de ustedes, o sus antepasados, han escuchado el evangelio tal como lo ha enseñado La Iglesia de Jesucristo de los Santos de los Últimos Días durante poco más de cien años. A veces lo escucharon en una calle, donde un humilde misionero enseñaba aquello que el Señor lo había llamado a enseñar.

Había algo que conmovía el corazón de quienes escuchaban. Yo mismo he tenido experiencias en el campo misional. He visto grupos de personas detenerse para escuchar a un humilde misionero explicar el propósito de la vida, hablarles y exhortarlos a arrepentirse de sus pecados. En ocasiones he oído decir a algunas personas: “Nunca antes había sentido una influencia como la que siento mientras escucho hablar a ese hombre”.

Aprovecho esta oportunidad para expresar mi gratitud por el privilegio de estar aquí y por la bendición de asociarme con hombres y mujeres como los que están presentes esta mañana. Estoy agradecido por haber sido criado en esta parte del mundo bajo un gobierno que Dios mismo declaró que había sido preparado por hombres a quienes Él levantó precisamente para ese propósito. Me refiero a la Constitución de los Estados Unidos.

Estoy agradecido por todas mis bendiciones y les doy las gracias a ustedes, mis hermanos y hermanas, quienes día tras día y año tras año, a medida que he recorrido la vida, me han animado a seguir adelante y a procurar representar, en mi propia vida, los deseos de nuestro Padre Celestial, para así recibir abundantes bendiciones.

Existe una ley irrevocablemente decretada en los cielos antes de la fundación de este mundo, sobre la cual se basa toda bendición, y si no obedecemos esa ley, no podremos recibir la bendición correspondiente. El Señor mismo nos lo ha dicho. Si las personas no están de acuerdo con nosotros, si otros hijos de nuestro Padre no creen en el evangelio de Jesucristo restaurado en estos últimos días por medio del profeta José Smith, eso no debe despertar nuestro desagrado. Más bien debe despertar nuestra compasión, porque si sabemos, como Felipe sabía cuando testificó del hombre que venía de Nazaret, entonces podemos invitar a nuestros amigos a venir y ver. Si estamos tan seguros de ello, dejaremos que nuestra luz brille de tal manera que otros, al ver nuestras buenas obras, glorifiquen a nuestro Padre que está en los cielos.

ACEPTAR LA VERDAD

He viajado mucho por el mundo, aproximadamente un millón de millas, predicando el evangelio de Jesucristo restaurado en estos últimos días. He encontrado buenas personas en todas partes: personas maravillosas, bondadosas y amistosas. Sin embargo, mientras no recibieron un conocimiento de la verdad y no conformaron sus vidas a las enseñanzas de nuestro Padre Celestial, no estaban aprovechando plenamente todas sus oportunidades. Cuando llegó ese momento y aceptaron la verdad, añadieron a todo lo bueno que ya poseían.

Cuando salimos al mundo para hablar con los demás hijos de nuestro Padre, no les pedimos que abandonen ninguna verdad que ya posean. No les pedimos que renuncien a aquello en lo que han creído, si es verdadero.

En la actualidad tenemos aproximadamente cinco mil misioneros recorriendo las naciones de la tierra y diciendo a los demás hijos de nuestro Padre: “Venid y ved. Conservad todo el bien que ya tenéis. Permitidnos sentarnos con vosotros y añadir a lo que ya poseéis para vuestra felicidad y vuestro bienestar, sin dinero y sin precio”.

Ese es el espíritu del evangelio de Jesucristo, y les aseguro que estoy profundamente agradecido por el conocimiento que tengo de que es verdadero. Me ha brindado consuelo y satisfacción, y alabo el nombre de Aquel que es el Autor de nuestra existencia, porque hoy se nos permite ser Sus invitados en Su casa.

LAS BENDICIONES DEL EVANGELIO

Esta mañana disfrutamos de paz y tranquilidad a nuestro alrededor; sin embargo, en muchas partes del mundo hay angustia, sufrimiento, amenazas de guerra y toda clase de disturbios. Muchas personas han salido del mundo por causa del evangelio y han venido a los valles de estas montañas respondiendo a la promesa:

“Mas buscad primeramente el reino de Dios y su justicia, y todas estas cosas os serán añadidas”.

Les doy testimonio de que esa promesa se ha cumplido en los hombres y mujeres fieles que vinieron a esta parte del mundo por causa del evangelio.

Ruego que durante esta conferencia podamos regocijarnos juntos, que sintamos la influencia que nos hace felices cuando la poseemos. Y cuando las reuniones de la conferencia hayan concluido y regresemos a nuestros hogares, ruego que sintamos que hemos sido alimentados con el pan de vida, para vivir como nuestro Padre Celestial desea que vivamos y dedicar nuestro tiempo como Él espera de nosotros. Entonces, como verdaderos cristianos, como verdaderos hijos e hijas del Dios Viviente, tendamos la mano para alcanzar a quienes aún no han recibido las bendiciones que nosotros hemos recibido y ofrezcámosles la oportunidad de disfrutar de aquello que tanto valoramos.

TESTIMONIO

Esta es la obra del Señor. Esta es la Iglesia de Jesucristo, nombre que le fue dado por nuestro Padre Celestial. No lo digo con jactancia. Espero que nadie presente esta mañana piense que soy arrogante por pertenecer a La Iglesia de Jesucristo de los Santos de los Últimos Días. No siento tal cosa. Lo que siento es humildad, gratitud y agradecimiento por la compañía de hombres y mujeres como los que están aquí y por los hombres y mujeres del mundo con quienes he viajado y convivido durante tantos años, muchos de los cuales aún no han podido comprender el evangelio de Jesucristo. Espero, por el bien de ellos y de quienes aman, que algún día reciban esa bendición, y si llega a ellos, tendrá que venir del Autor de nuestra existencia por medio de la inspiración de Su Espíritu.

Repito una vez más: esta es la obra de nuestro Padre. Esta es la Iglesia del Cordero de Dios. Quienes sabemos eso tenemos una responsabilidad que ningún otro pueblo del mundo posee. Si vivimos rectamente, si nuestros hogares y nuestras vidas están en orden, el Espíritu de nuestro Padre Celestial estará siempre con nosotros. Las personas se regocijarán en nuestra compañía y, cuando pasemos al otro lado del velo, encontraremos nuestros nombres inscritos en el Libro de la Vida del Cordero. Eso nos dará derecho a una herencia eterna en el reino celestial, y esta tierra llegará a ser ese reino. De ello les doy testimonio en el nombre de Jesucristo, nuestro Señor. Amén.

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