Conferencia General Octubre 1949

Delegación de responsabilidades

El Señor fortalece Su obra al delegar responsabilidades y desarrollar a Sus hijos mediante la confianza y el servicio.

Élder Richard L. Evans
Del Primer Consejo de los Setenta

“El Señor nos permite avanzar como avanzamos porque Su obra y Su gloria consisten en llevar a cabo nuestra inmortalidad y vida eterna; y si Él recurriera a algunos de esos atajos, tal vez la obra se realizaría, pero el individuo no se desarrollaría.”


Estoy seguro de que nunca me doy plena cuenta de cuánto necesito ayuda hasta que llego precisamente a este momento y a este lugar, y espero sinceramente recibirla.

EL CONSEJO DADO A MOISÉS

Como prefacio a las pocas observaciones que deseo hacer, quisiera leer algunos versículos del capítulo dieciocho de Éxodo:

Y aconteció que al día siguiente se sentó Moisés a juzgar al pueblo; y el pueblo estuvo delante de Moisés desde la mañana hasta la tarde. Y viendo el suegro de Moisés todo lo que él hacía con el pueblo, dijo: ¿Qué es esto que haces con el pueblo? ¿Por qué te sientas tú solo, mientras todo el pueblo permanece delante de ti desde la mañana hasta la tarde?

Y Moisés respondió a su suegro: Porque el pueblo viene a mí para consultar a Dios.

Cuando tienen algún asunto, vienen a mí; y yo juzgo entre uno y otro, y les doy a conocer los estatutos de Dios y Sus leyes.

Entonces el suegro de Moisés le dijo: No está bien lo que haces.

Desfallecerás del todo, tú y también este pueblo que está contigo; porque el trabajo es demasiado pesado para ti; no podrás hacerlo tú solo.

Escucha ahora mi voz; yo te daré consejo, y Dios estará contigo. Sé tú el representante del pueblo delante de Dios…

Y enséñales las ordenanzas y las leyes, y muéstrales el camino por donde deben andar y la obra que han de hacer.

Además, escoge de entre todo el pueblo hombres capaces, temerosos de Dios, hombres veraces, que aborrezcan la avaricia; y ponlos sobre el pueblo por jefes de millares, de centenas, de cincuentenas y de decenas.

Ellos juzgarán al pueblo en todo tiempo; y todo asunto grave lo traerán a ti, pero todo asunto pequeño lo juzgarán ellos. Así aliviarás tu carga, y ellos la llevarán contigo.

Si haces esto, y Dios así te lo manda, podrás sostenerte; y también todo este pueblo irá en paz a su lugar.

Y Moisés escuchó la voz de su suegro e hizo todo lo que él le había dicho. (Éxodo 18:13–24).

DELEGACIÓN DE RESPONSABILIDADES

Hay una profunda sabiduría en esta antigua enseñanza acerca de la delegación de autoridad, de responsabilidad y de trabajo. Sin duda debe ser evidente para toda persona reflexiva que llega un momento en que, por muy capaz o dispuesto que sea un hombre, ya no puede extender más su labor en lo que respecta al trato y esfuerzo personal con cada individuo. A medida que esta Iglesia crece, debe resultar evidente para todos que un mayor sentido de responsabilidad debe descansar sobre todos los que forman parte de ella y que, precisamente por ser miembros, tienen responsabilidad por su progreso.

En una ocasión anterior llamé la atención sobre el número de días que razonablemente puede esperar vivir una persona, suponiendo que a cada uno de nosotros se nos concediera la medida bíblica de setenta años. Si toman lápiz y papel y multiplican setenta por trescientos sesenta y cinco, obtendrán aproximadamente veinticinco mil días. Esto significa que, si dedicáramos un solo día a cada una de veinticinco mil personas diferentes, nuestra vida habría terminado. Esto demuestra el límite de nuestra capacidad personal para dedicar tiempo a cada individuo. Sin embargo, podemos extender nuestra influencia de otras maneras. Hoy la extendemos mediante la televisión. Durante muchos años la hemos extendido por medio de la radio. Podemos extenderla por medio de la palabra impresa, de todos los demás medios de comunicación masiva y también delegando responsabilidades a otras personas. Pero en cuanto a las entrevistas personales, tanto dentro como fuera de esta Iglesia, existe un límite hasta donde un hombre puede llegar. Esa es una verdad que el suegro de Moisés descubrió y expresó hace muchos siglos, y que en nuestros días resulta aún más urgente conforme la Iglesia y sus responsabilidades continúan creciendo.

LA ACTIVIDAD DE LOS MIEMBROS

Uno de los grandes elementos de fortaleza de esta Iglesia es la actividad de sus miembros, el testimonio individual y la responsabilidad personal de cada uno de ellos, tanto en los quórumes del sacerdocio como en cualquier otra organización. Y, por supuesto, debemos delegar autoridad y responsabilidad. El Señor lo ha hecho con nosotros; Él ha confiado en nosotros, y nosotros debemos confiar de igual manera en nuestros hermanos y semejantes. Todos cometeremos errores, pero si el Señor, con Su paciencia y Su sabiduría, ha soportado durante tanto tiempo nuestros tropiezos y vacilaciones; si Él puede observar a Sus hijos mientras procuran llevar a cabo su propia salvación, ciertamente nosotros también podemos permitirnos observar el esfuerzo de los demás mientras cada uno procura alcanzar su propia salvación y asumir la responsabilidad de la obra de la Iglesia en conjunto y de la salvación unos de otros.

Recuerdo que hace algunos meses, cuando el hermano George Q. Morris fue llamado a presidir la Misión de los Estados del Este, una de las juntas generales de la M.I.A. le ofreció una despedida. En esa ocasión se le obsequió un libro y, según recuerdo, la hermana Emily Bennett, quien hacía la presentación, se disculpó diciendo que no sabía si él ya tenía ese libro en su biblioteca, pero que de todos modos deseaban entregárselo. El presidente Clark habló después de ella y comentó, medio en broma, aunque creo que también con bastante seriedad: “¿Por qué no preguntaron a la Primera Presidencia si el hermano Morris ya tenía ese libro en su biblioteca? Parece que algunos no vacilan en preguntarles casi cualquier cosa”.

Ahora bien, creo sinceramente que la Primera Presidencia y todos los demás hermanos están muy dispuestos a hacer cuanto puedan, hasta el límite de su tiempo y de sus fuerzas. Y ciertamente, cuando las personas tienen preguntas o problemas, deben sentirse libres de acudir a alguien para obtener respuestas. Nadie debería cargar con una duda sin resolver y dejar que esta lo consuma interiormente sin buscar una respuesta. Pero estoy convencido de que, a medida que la Iglesia continúe extendiéndose, las entrevistas personales con la Primera Presidencia y con las demás Autoridades Generales serán proporcionalmente menos frecuentes. Cada vez más, y de manera más amplia, la responsabilidad de todos nosotros, desde el más joven hasta el menos experimentado, deberá ser la consigna para lograr las cosas que es necesario realizar.

LOS ATAJOS

No sé por qué el Señor está dispuesto a permitir que avancemos por los medios lentos, o al menos aparentemente lentos, con los que a veces progresamos. Pero el hecho de que Él esté dispuesto a que avancemos tan lentamente debe tener un significado, y quizá algunos de los atajos que a veces se sugieren no serían buenos para nosotros, ni individualmente ni como Iglesia.

Recuerdo que una personalidad de extraordinaria inteligencia llamada Lucifer propuso algunos atajos muy drásticos, y nuestro Padre Celestial los rechazó.

También recuerdo otra historia acerca de un atajo que mi competente compañero en la Manzana del Templo, el hermano Marion D. Hanks, llamó mi atención hace algún tiempo. Era un relato del fallecido juez Sutherland, de la Corte Suprema de los Estados Unidos. Él recordaba que, años atrás, un grupo de hombres había subido al Arco del Triunfo en París, y uno de ellos, un joven muy brillante, comenzó a teorizar sobre las diferentes maneras de bajar. Estaban las escaleras, por las cuales podían descender lenta y trabajosamente; o bien, uno podía lanzarse por el borde del monumento y así llegar abajo mucho más rápido. Entonces aquel brillante joven decidió demostrar su teoría: saltó por el borde y, al día siguiente, lo enterraron.

Creo que algunos de los atajos que hoy se proponen en el mundo (y quizá algunos de los que se sugieren entre nosotros) pertenecen a esa misma categoría. Evidentemente, sirve a los propósitos de Dios obrar por medio de los hombres, imperfectos como son. Sin duda hay muchas cosas que Él podría realizar mucho más rápidamente que permitiéndonos hacerlas de nuestra manera torpe y vacilante. Ciertamente podría enviar ejércitos de ángeles para llevar a cabo las tareas que ha puesto sobre nuestros hombros, si así lo deseara. Jesús dijo a los de Su generación que Dios podía levantar hijos a Abraham aun de las piedras. Creo que todo esto nos conduce a una sola conclusión, una conclusión fundamental en esta Iglesia: que el Señor permite que avancemos como avanzamos porque Su obra y Su gloria consisten en llevar a cabo nuestra inmortalidad y vida eterna; y si Él recurriera a algunos de esos atajos, tal vez la obra se realizaría, pero el individuo no se desarrollaría.

“NOSOTROS, EL PUEBLO”

Los hombres alcanzan su mejor desempeño y su mayor eficacia únicamente bajo condiciones de cooperación voluntaria, y nunca bajo condiciones de coerción. Cuando el presidente Smith mencionó esta mañana la Constitución de los Estados Unidos, vino a mi mente la primera línea de su preámbulo:

“Nosotros, el pueblo de los Estados Unidos, a fin de formar una unión más perfecta…”.

“Nosotros, el pueblo”. No fue un decreto emitido desde una alta torre ordenando que una multitud hiciera algo sin importar sus propios deseos. “Nosotros, el pueblo”, hacemos esto. Los hombres son más eficaces cuando actúan mediante la cooperación voluntaria, y ese es uno de los grandes pilares de fortaleza de esta Iglesia. El albedrío del hombre es un principio fundamental. Estamos comprometidos con él, y junto con ese principio está nuestra iniciativa personal y nuestra disposición voluntaria para cooperar en una gran causa.

No tengo ninguna preocupación respecto a la capacidad de nuestro Padre Celestial para cumplir Sus propósitos en la tierra. Él podría levantar hijos a Abraham aun de las piedras. Podría enviar ejércitos de ángeles. Podría recurrir a estos y a muchos otros atajos. Sin duda podría hacer muchas cosas mucho más rápidamente. Pero Él está interesado en nosotros, en nuestra iniciativa, en nuestro desarrollo, en nuestro albedrío y en nuestra disposición voluntaria para cooperar unos con otros y avanzar hacia Sus propósitos, tanto para la salvación de nuestra propia alma como para el progreso de Su obra sobre la tierra.

Ruego que cada uno de nosotros llegue a comprender su responsabilidad en el mundo y en la Iglesia, y que quienes tenemos alguna responsabilidad en cualquier parte de la obra aprendamos a delegar los detalles cuando las circunstancias así lo requieran, y a confiar en estos hombres, nuestros hermanos, y en estas mujeres, nuestras hermanas, para que cumplan su parte en el avance de las cosas que deben hacerse, sintiendo todos un verdadero sentido de responsabilidad por llevar adelante esta obra.

Quisiera dejar con ustedes mi firme convicción acerca de la veracidad y del destino final de aquellas cosas a las que estamos consagrados en esta Iglesia, la cual aceptamos sinceramente como la Iglesia de Jesucristo. Lo hago en el nombre del Señor Jesucristo. Amén.

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