Conferencia General Octubre 1949

Preservemos Nuestra Herencia

Preservar la herencia espiritual y temporal del Evangelio mediante la fe, el trabajo, la educación y el cuidado de la tierra.

Élder John A. Widtsoe
Del Consejo de los Doce Apóstoles

“Con estos principios rectores: fe, educación, diligencia y cooperación, y con nuestros pies firmemente plantados sobre la tierra, estaremos seguros. Ningún desastre podrá vencernos.”


Mis queridos hermanos y hermanas, confío y ruego que, mientras hable, sea guiado por el Santo Espíritu de Dios, para que al menos algunas de mis palabras lleguen al corazón de quienes me escuchan.

Es bueno reunirnos en estas grandes conferencias. Miles de nosotros somos de una misma mente, de una misma fe y de un mismo propósito. Siempre es bueno dar testimonio de la realidad de la restauración del evangelio del Señor Jesucristo. Yo doy ese testimonio por mí mismo: que esta es verdaderamente la obra de Dios; que no estamos siguiendo un camino equivocado, sino que caminamos a la luz de la verdad, y que más de cien años de existencia de esta Iglesia restaurada han demostrado la veracidad, la integridad y la realidad de la obra iniciada bajo dirección divina por el profeta José.

UNA GRAN HERENCIA

Nosotros, los Santos de los Últimos Días, poseemos una gran herencia: una herencia de doctrina, de práctica y de tradición. No conozco ninguna otra igual. Así como estas conferencias semestrales son algo único en la historia del mundo, también lo es aquello que hemos heredado de quienes nos precedieron. Es igualmente único y distintivo. Es nuestro deber respetar esa herencia, honrarla y utilizarla. Las cosas que no se usan están muertas. Tienen poco o ningún valor para la humanidad. Solo mediante el uso el conocimiento y todas las posesiones del hombre florecen y cobran vida, llegando a ser de verdadero valor.

Si esta fuera una reunión de testimonios, habría miles aquí que darían testimonio de su conocimiento de la verdad de esta obra. Un testimonio es algo vivo. Como todo ser viviente, debe alimentarse, nutrirse y cuidarse para que realmente preste servicio y tenga valor en la vida humana y en el cumplimiento de los propósitos del Señor. Del mismo modo, la herencia, aquello que se nos ha dado, debe ponerse en práctica para llegar a ser eficaz en la edificación del reino de Dios.

Hemos recibido nobles tradiciones del pasado. Desde hace algún tiempo mi mente ha estado ocupada con una de ellas. Algunos podrían decir que esta tradición no es espiritual y, por lo tanto, no forma parte del evangelio. Sin embargo, el mismo Señor dijo a algunos de Sus siervos en los primeros días que delante de Él todas las cosas son espirituales, siempre que, según entiendo, se utilicen para la edificación del reino de Dios.

UN PUEBLO QUE AMA LA TIERRA

Nosotros, los Santos de los Últimos Días, somos un pueblo que ama la tierra. Creemos en la tierra. Somos un pueblo que la cultiva y la aprovecha. La mayoría de nosotros somos agricultores, directa o indirectamente. Hace algunos años —no hace tantos—, un censo reveló que aproximadamente el sesenta y cinco por ciento, por lo menos, de nuestro pueblo se dedicaba a la agricultura, al cultivo del suelo o al aprovechamiento de los recursos que crecen en las montañas, en los valles y en los desiertos. Eso nos ha dado fortaleza. Espero que como pueblo nunca nos apartemos de esa tradición. Quienes poseen la tierra y la trabajan serán, al final, quienes determinen el futuro de la humanidad. Ese futuro no dependerá de quienes trabajan en las fábricas ni de quienes viven en ciudades congestionadas; de aquellos cuyos pies están firmemente plantados sobre la tierra surgirán los grandes factores que moldearán el destino humano. Así ha sido en el pasado y así será en el futuro. Los Santos de los Últimos Días debemos recordar siempre la santidad y el carácter sagrado de la tierra que el Padre nos ha dado. En la tierra hay seguridad.

UNA NUEVA ERA INDUSTRIAL

La mayoría de nosotros vivimos en la parte occidental de los Estados Unidos. En todos estos estados del oeste, y en Utah, la madre de todos ellos, se está abriendo una nueva era: una era industrial. La naturaleza ha depositado en estos territorios occidentales grandes cantidades de materias primas, muchas de ellas —quizá la mayoría— de carácter no metálico. En el futuro esos recursos serán utilizados cada vez más. Habrá un creciente esfuerzo por satisfacer las necesidades de la humanidad mediante el aprovechamiento de esas materias primas, cuyos grandes depósitos la naturaleza ha formado a lo largo de los siglos. Me temo que muchos de nosotros nos veremos tentados a decir: “Me uniré al avance industrial. Me olvidaré de la tierra”. Damos la bienvenida a esta era industrial; no hay duda de ello. Pero, a medida que se desarrolle, debemos mantener nuestra mente firmemente centrada en la antigua y establecida tradición de que somos un pueblo que ama y trabaja la tierra. Debemos recordar que la propia industria prospera mejor en medio de una comunidad agrícola. Basta observar los problemas sociales de nuestros días en nuestra propia nación. Analícenlos, y pronto descubrirán que, si hubiéramos edificado como los Santos deseaban hacerlo hace un siglo, habríamos evitado muchas de esas dificultades, principalmente por haber atendido el llamado de la tierra.

FORTALEZA QUE PROVIENE DEL SUELO

Cuando José Smith diseñó su ciudad ideal hace muchos años, la planificó de tal manera que, aunque las granjas rodearan la ciudad, cada hogar tuviera un huerto en la parte posterior de la casa y un jardín de flores al frente. Había una enorme sabiduría en ello. Los hombres, sin importar cuál sea su trabajo o cuáles sean sus ocupaciones diarias, si mantienen un contacto constante y vigoroso con la tierra, aunque sea en una pequeña parcela o incluso en un patio trasero, recibirán de ese contacto fortaleza espiritual. Hay algo en el suelo y en la madre tierra que fortalece a todos los que hacen crecer algo sobre ella.

Uno de los grandes hombres de nuestra historia, Henry Ford, comprendiendo esta realidad, emprendió hace algunos años un plan mediante el cual todos los empleados de una de sus fábricas pudieran tener un hogar rodeado de un pequeño terreno, donde sus propietarios pudieran trabajar o recrearse durante todo el año y así aliviar la monotonía que acompaña al trabajo en una fábrica. Ese plan solo se ha llevado a cabo parcialmente hasta ahora, pero los hombres reflexivos consideran esa dirección como una fuente de seguridad social.

Hace algunos años, durante la época de la Primera Guerra Mundial, emprendimos en Salt Lake City, al igual que en otras ciudades, el esfuerzo de producir todos los alimentos posibles en los terrenos baldíos y en los patios traseros de la ciudad. No logramos convertir todos esos espacios en pequeñas huertas, pero sí una cantidad considerable. Cuando terminó la temporada y evaluamos lo que habíamos hecho, descubrimos que se habían producido alimentos por un valor de seiscientos mil dólares en los patios traseros y terrenos baldíos de Salt Lake City. Aquello constituyó una verdadera contribución a las necesidades de guerra de aquellos días.

RECUPERACIÓN DE TIERRAS

Nuestros jóvenes dicen con frecuencia: “Ya no queda tierra; no hay ninguna para nosotros”. A mi oficina llegan con bastante regularidad hombres, por lo general jóvenes, que desean saber adónde pueden ir para encontrar nuevas tierras. Todavía hay mucha tierra disponible en el oeste. Podemos crear aún más si así lo deseamos, porque casi todos estos estados occidentales dependen del riego. Confío en que ustedes, los habitantes de Utah, no se sientan incómodos cuando les diga que el agua que actualmente se utiliza en el estado de Utah podría servir para regar el doble de la superficie que hoy se cultiva. Está en nuestras propias manos, con los canales, embalses y las condiciones existentes, duplicar el área de tierras cultivadas solo en este estado. Lo mismo ocurre en casi todos los estados del oeste. Además, es lamentable que los cientos de proyectos pioneros de irrigación en este y en los estados vecinos, construidos por los pioneros en medio de su pobreza, con escasos recursos y herramientas rudimentarias, permanezcan inconclusos. Solo en el estado de Utah tenemos cientos de proyectos pioneros de irrigación esperando que pioneros modernos los terminen con equipos y recursos modernos. Ese es el desafío del espíritu pionero tanto para los jóvenes como para los mayores. Estamos fijando demasiado la vista en los grandes proyectos. Ellos llegarán, pero mientras tanto, los pequeños proyectos dispersos por todo este país occidental deben ser nuestra primera obligación como individuos y como comunidades. Los estados y el gobierno federal se encargarán, y deben encargarse, de los proyectos de mayor envergadura.

LA FERTILIDAD DEL SUELO

También he observado, con pesar, a lo largo de una vida ya bastante extensa, que la fertilidad de nuestros suelos parece estar disminuyendo. Nuestros rendimientos agrícolas ya no son los mismos que hace algunos años, aun utilizando los mismos métodos de entonces. Parece haber una disminución. Esa no es la manera de preservar nuestra herencia. Cuando los pioneros llegaron al oeste, encontraron vastas extensiones de tierra enriquecidas por siglos de sol, viento, lluvia, heladas y calor estival. Los nutrientes para las plantas estaban, por así decirlo, sobre la superficie del suelo. Los hemos utilizado, pero no hemos devuelto a la tierra lo que de ella hemos tomado. Tanto en los asuntos espirituales como en los temporales, la ley de pagar por aquello que el hombre recibe siempre prevalece.

Ustedes, agricultores que están aquí, e hijos de agricultores, entienden lo que quiero decir. El suelo es un siervo dispuesto. Produce para el agricultor cuando este lo trata correctamente. Hace cuarenta y nueve o cincuenta años, en el mes de junio, visité la gran Estación Experimental Agrícola de Rothamsted, la madre de los cientos de estaciones experimentales que existen en el mundo. El director de la estación tuvo la amabilidad de dedicarme un día entero. Me llevó a una colina ondulada, o más bien a dos colinas con un valle entre ellas, y me mostró unas diez franjas sembradas originalmente con el mismo cultivo, que entonces estaban en plena floración. Una era roja, otra azul y otra amarilla; cada una mostraba un color diferente. Mientras contemplábamos aquel paisaje bajo el hermoso sol de junio en Inglaterra, me dijo: “Todo esto ha sucedido porque hemos pedido al suelo que haga determinadas cosas de una manera determinada, y el suelo ha respondido. Aquello con lo que comenzamos ha desaparecido bajo la influencia de nuestro cultivo”. Cerca de allí había otro campo donde se había cultivado trigo de forma continua durante cincuenta años. El suelo todavía hacía todo lo posible por cumplir con su deber, pero la cosecha era escasa. En un campo cercano, manejado correctamente, el trigo crecía alto y vigoroso, comparable con el mejor.

El hombre tiene dominio sobre la tierra. El Señor nos ha dado ese dominio. No somos siervos sobre la faz de la tierra. Debemos utilizar ese dominio para preservar nuestra herencia. Tal vez este tema no parezca directamente espiritual, pero es importante para ayudarnos en nuestra vida espiritual, quizá tan importante como cualquier otra cosa a la que dediquemos nuestra atención como pueblo.

PRINCIPIOS RECTORES

Me regocijo por los testimonios que se han expresado aquí hoy y ayer. Los he disfrutado profundamente. Me han conmovido. Pude percibir a lo largo de los discursos los antiguos principios que nos han convertido en lo que somos hoy: un gran pueblo, nuevos testigos de Cristo. Vi en esos mensajes las piedras fundamentales de esta obra, mencionadas una tras otra por quienes hablaron ayer. La fe siempre ha sido la piedra angular más importante de nuestra vida en el evangelio de Jesucristo. Es fundamental saber que Dios vive, que la historia de José Smith es verdadera, que el Señor nos ama y que tiene un gran destino preparado para nosotros. Todos los oradores hicieron referencia a ello. Otra piedra fundamental es que debemos buscar inteligencia, educación, aprendizaje y conocimiento. Me emocionó la cita que hizo ayer el presidente Levi Edgar Young, al describir cómo aquellos primeros agricultores, de manos endurecidas y de mediana edad o mayores, se reunían después de la jornada de trabajo para estudiar latín, griego y otras disciplinas intelectuales. No debemos abandonar la tradición de la educación. Nuestros padres también establecieron la doctrina de la diligencia. No hay lugar para la ociosidad. El ocioso, el que deliberadamente rehúye el trabajo, no tiene un verdadero lugar en el reino de Dios. Todos estos principios han sido unidos por otra piedra fundamental: ayudarnos mutuamente, lo que en el lenguaje moderno llamamos “cooperación”. No podemos ser miembros de la Iglesia que se basten a sí mismos. El solo hecho de pertenecer a la Iglesia y poseer un testimonio nos obliga a pensar en nuestro prójimo mientras recorremos el camino de la vida. Con estos principios rectores —fe, educación, diligencia y cooperación—, y con nuestros pies firmemente plantados sobre la tierra, estaremos seguros. Ningún desastre podrá vencernos.

Ahora bien, estos principios y otros más fueron mencionados ayer. Siempre se mencionan. No hay nada nuevo en el antiguo evangelio que el Señor enseñó al padre Adán cuando comenzó la historia del hombre sobre la tierra.

Estoy agradecido de ser miembro de esta Iglesia y de ser uno con ustedes. Confío en que realmente sea uno con ustedes. Estoy agradecido por las bendiciones que reciben quienes permanecen fieles en esta gran obra. Ruego que todos seamos fieles y dignos de las bendiciones que necesitamos y deseamos, en el nombre del Señor Jesucristo. Amén.

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