El cumplimiento de las profecías
El cumplimiento de las profecías fortalece el testimonio y nos advierte contra los engaños de Satanás en los últimos días.
Obispo LeGrand Richards
Obispo Presidente“Que Dios nos ayude a reconocer el poder del mal en el mundo, a apartarnos de él y a servir al Dios viviente.”
Habría estado muy complacido de ceder mi tiempo al élder Cowley. Estoy seguro de que todos habríamos podido escuchar otra hora de sus maravillosas experiencias mientras estuvo fuera y disfrutar del espíritu que trae de regreso entre nosotros. Amo el espíritu de esta obra. Lo he amado toda mi vida. Pienso que es la obra más maravillosa de todo el mundo.
EL RECOGIMIENTO DE ISRAEL
Para mí, uno de los mayores milagros que el mundo haya presenciado ha sido el cumplimiento de las palabras de los profetas en el recogimiento del Israel de los últimos días y nuestro establecimiento aquí, en las cimas de estas montañas, (Isaías 2:2–3), este hermoso templo que se levanta en esta manzana, nuestros fértiles valles y nuestra misma presencia aquí; porque el Señor dijo que estaba desposado con Israel (Isaías 49:14–19; Isaías 54:1–6), hablando del Israel de los últimos días:
“…y os tomaré uno de cada ciudad y dos de cada familia, y os traeré a Sion;
Y os daré pastores según mi corazón, que os apacienten con conocimiento y con inteligencia.” (Jeremías 3:14–15).
Y esa es la razón por la que nos hemos reunido en esta gran conferencia el día de hoy: para ser alimentados de esa manera.
Tuvimos el privilegio de asistir a una reunión en el templo hace una semana, ayer, todos los Autoridades Generales, como preparación para esta conferencia. Uno de los hermanos, al expresar su testimonio, comentó que cuando era niño, él y su hermano hablaban acerca de las profecías, y dijo, en esencia: “Si alguna vez vivo para ver a los judíos reunidos nuevamente en Jerusalén, entonces sabré que los profetas sabían de lo que hablaban”.
Pues bien, hoy eso es una realidad evidente. Sabemos que, a pesar de que Jesús dijo que de su gran templo no quedaría piedra sobre piedra (Mateo 24:2), que aquella tierra sería arada como un campo (Jeremías 26:18), y que serían esparcidos, como indicaron los profetas, entre todas las naciones, convirtiéndose en objeto de escarnio y burla (1 Nefi 19:14), sin embargo, la promesa del Señor reposaba sobre esa tierra: que sería reconstruida, que ellos serían nuevamente recogidos y que llegaría a ser una gran ciudad (Éter 13:5; Doctrina y Convenios 77:15). Comparemos esto por un momento con la profecía de Isaías respecto de la gran ciudad de Babilonia.
PROFECÍAS CUMPLIDAS
Isaías había declarado que Babilonia sería destruida y que jamás volvería a ser edificada; que llegaría a ser morada de reptiles y animales salvajes, y que el árabe nunca más levantaría allí su tienda (Isaías 13:19–21). Hoy nadie se atrevería a afirmar que la ciudad más grande del mundo, si fuera destruida, jamás volvería a levantarse. Sin embargo, Babilonia, la ciudad más grande de su época, nunca ha sido reconstruida; los árabes no han levantado allí sus tiendas porque sus ruinas están llenas de reptiles y animales salvajes. Pero Jerusalén, según el decreto del Señor, sería reconstruida, y hoy está siendo reconstruida.
El hermano Kimball, cuya asignación está entre los indígenas, comentó que el presidente Woodruff indicó que, de todas las profecías, las más difíciles de creer y comprender para él eran aquellas relacionadas con la manera en que el Señor cumpliría todas Sus promesas respecto de los indígenas (Journal of Discourses, 15:282). Sin embargo, cuando vemos la obra que la Iglesia está llevando a cabo hoy y la respuesta que recibe, semejante en cierto modo a la que el hermano Cowley acaba de informar desde las islas, podemos comprender fácilmente cómo el Señor cumplirá, en todo el sentido de la palabra, las promesas hechas a esta gran rama de la casa de Israel.
EL LIBRO DE MORMÓN ES VINDICADO
Algunos de nosotros recordamos cómo el presidente Grant, desde este mismo púlpito, solía hablar de un amigo suyo que se graduó como médico. Él le dijo al presidente Grant, en esencia: “No puedo aceptar su Libro de Mormón porque está lleno de mentiras”. Luego comenzó a hablar del hecho de que el Libro de Mormón afirmaba que los antiguos habitantes de este continente eran expertos en el uso del cemento. Decía: “Todo el mundo sabe que eso es falso. El cemento es un producto moderno”.
El presidente Grant, teniendo un firme testimonio de que el Libro de Mormón era verdadero, respondió: “Si mis hijos no viven para ver confirmada la verdad de que ellos edificaban con cemento y dominaban su uso, mis nietos vivirán para verlo”. Y él mismo vivió para ver cómo se descubrían aquellas grandes carreteras y edificaciones de cemento en Centro y Sudamérica, vindicando así la veracidad de las palabras del Libro de Mormón. ¿Cómo se habría atrevido José Smith a escribir tales cosas cuando el libro fue publicado en 1830, si él hubiera sido realmente su autor?
Y otra de las afirmaciones contenidas en el Libro de Mormón que el amigo médico del presidente Grant no creía era aquella en la que el Salvador apareció en esta tierra de América después de Su resurrección. El relato dice que Su voz fue oída por toda la tierra, y este médico decía: “Usted sabe que eso no puede ser cierto, porque la voz de un hombre no puede alcanzar más que unos pocos cientos de pies”. Sin embargo, hoy, mientras hablamos desde este Tabernáculo, nuestra voz llega a miles y miles de kilómetros. Así, hemos vivido para ver confirmada también la veracidad de esa declaración.
CONDICIONES PROFETIZADAS
Hay otra declaración en el Libro de Mormón que, a mi juicio, ningún hombre podría haber hecho en la época en que el Libro de Mormón fue publicado con algún grado de certeza de que estaba diciendo la verdad. Me refiero a la declaración que se encuentra en 2 Nefi acerca de la obra del diablo. Quisiera leer unas palabras del capítulo 28 de 2 Nefi:
Porque el reino del diablo debe temblar, y los que pertenecen a él deben ser incitados al arrepentimiento, o el diablo los sujetará con sus cadenas eternas; y serán incitados a la ira y perecerán;
Porque he aquí, en aquel día él enfurecerá el corazón de los hijos de los hombres y los incitará a la ira contra lo que es bueno.
Y a otros los pacificará y los adormecerá con una seguridad carnal, de modo que dirán: Todo está bien en Sion; sí, Sion prospera, todo está bien; y así el diablo engaña sus almas y los conduce cuidadosamente hacia el infierno.
Y he aquí, a otros los halaga y les dice que no hay infierno; y les dice: Yo no soy el diablo, porque no lo hay; y así les susurra al oído hasta sujetarlos con sus terribles cadenas, de las cuales no hay liberación. (2 Nefi 28:19–22).
Dudo que hubiera un solo ministro cristiano en todo el mundo que, cuando el Libro de Mormón fue publicado en 1830, hubiera dicho que no existía el diablo. Sin embargo, cuando la Escuela de Religión de la Universidad Northwestern envió un cuestionario en 1934 a quinientos ministros cristianos, de esos quinientos, el cincuenta y cuatro por ciento, es decir, doscientos setenta de ellos, respondieron: “No existe el diablo”. El treinta y nueve por ciento, o ciento noventa y cinco, dijo que no habría un día del juicio; y el ochenta por ciento se oponía a enseñar que el infierno fuera un lugar de tormento ardiente.
SATANÁS ENGAÑA AL MUNDO
Si el mundo pudiera simplemente deshacerse del diablo, probablemente sería un mundo muy diferente. La mayoría no comprende cuánto se hace sentir su influencia y su poder, porque, en las palabras de Isaías, él decretó que exaltaría su trono por encima de las estrellas de Dios y que sería semejante al Altísimo (Isaías 14:12–15). Juan el Revelador contempló la historia de este mundo desde su comienzo, cuando hubo guerra en el cielo, y vio a Satanás, junto con la tercera parte de las huestes celestiales, ser arrojado a esta tierra; también vio que él engañaría al mundo entero (Apocalipsis 12:4, 7, 9).
Eso no deja fuera a muchas personas; y después de escuchar hoy a los hermanos, comprendemos que debemos ser muy cuidadosos si no queremos ser engañados; y, según las palabras del Libro de Mormón:
“…así les susurra al oído hasta sujetarlos con sus terribles cadenas, de las cuales no hay liberación.” (2 Nefi 28:22).
Recordarán la experiencia del Salvador cuando salió al desierto y encontró a un hombre poseído por un espíritu maligno. Nadie necesitó presentar al Salvador, porque ya se conocían desde el mundo de los espíritus. Como Satanás conservaba el conocimiento que había adquirido allí, dijo, en esencia: “¿Por qué has venido a atormentarnos antes de tiempo, Jesús, Hijo del Dios Altísimo?” (véase Marcos 5:7–13).
Luego recordarán la conversación que siguió y cómo el Salvador expulsó al espíritu. Le preguntó su nombre, y él respondió: “Legión”, porque muchos espíritus habían entrado en el cuerpo de aquel hombre. A petición de ellos, Jesús les permitió entrar en una piara de cerdos, y los cerdos se precipitaron al agua y se ahogaron.
EXPERIENCIAS EN HOLANDA
Me gustaría relatar una experiencia que tuve junto con dos de mis compañeros misioneros en Ámsterdam, Holanda. Entramos en una casa para cenar. La madre no era miembro de la Iglesia; su hijo y su hija sí lo eran. Cuando terminamos de comer, le pregunté por qué nunca se había unido a la Iglesia.
—Bueno —respondió—, presidente Richards (yo era entonces presidente de la misión), me resulta demasiado difícil vivir el Evangelio. Simplemente no puedo obedecer la Palabra de Sabiduría.
Comencé a explicarle que el Señor no nos había dado la Palabra de Sabiduría para privarnos de algo que debiéramos tener o que fuera bueno para nosotros, sino para protegernos de aquellos elementos destructivos que acabarían con la vitalidad de nuestros cuerpos. En ese mismo instante un espíritu se apoderó de ella y, en lugar de la dulce y amable persona que era, comenzó a poner los ojos en blanco, me miró fijamente y, con la voz más burlona que jamás había escuchado dirigida hacia mí, dijo:
—¿Quién eres tú?
Respondí:
—Soy un siervo del Señor.
Entonces se volvió hacia su hija y preguntó:
—¿Y quién eres tú?
Ella respondió:
—Soy la hija de esta casa.
Luego volvió a mirarme y repitió la misma pregunta. Cuando respondí nuevamente que era un siervo del Señor, dijo:
—Pues, si eres un siervo del Señor, entonces yo no tengo nada que hacer aquí.
En ese momento llamé a mis compañeros. Pusimos nuestras manos sobre su cabeza, reprendimos a los espíritus malignos y les mandamos que salieran de ella y de aquella casa. Entonces cayó sin fuerzas al suelo. La llevamos a la cama y, después de darle algo de beber, al poco tiempo volvió a ser completamente ella misma.
La hija nos contó que su madre y su padre habían venido a América algunos años antes y que allí habían tenido alguna relación con el espiritismo. Dijo:
—Ahora los espíritus vienen por la noche y la atormentan, golpeando las paredes hasta que no puede dormir.
También tuvimos otro amigo en La Haya, Holanda, que nos contó que, por haberse interesado en el espiritismo, si alguna noche se acostaba sin orar, los espíritus literalmente lo levantaban de la cama y lo obligaban a arrodillarse para orar.
No hay tiempo para tratar este asunto con mayor amplitud, pero quiero decirles que existe un espíritu del maligno en este mundo, y que él procura destruir las almas de los hombres y reunirlas en sus redes. También está tratando de hacerlo con nuestros jóvenes.
Quisiera leer unas palabras de un artículo que apareció en una de nuestras revistas recientes para mostrar cómo el diablo, susurrando al oído de las personas, procura apartar a hombres y mujeres y atraparlos en sus redes, tal como enseñó Nefi.
LA CASTIDAD
Leeré el primer párrafo del artículo titulado “¿Ha pasado de moda la castidad?”
Hoy hablamos del sexo con una franqueza desprovista de vergüenza que habría llenado de asombro y horror a nuestros abuelos. Esta nueva libertad para hablar tiene su equivalente en la conducta. En muchos círculos, las restricciones tradicionales sobre la conducta sexual son consideradas anticuadas y pasadas de moda. La castidad, dicen muchas personas modernas, ha quedado obsoleta. (Woman’s Home Companion, septiembre de 1949).
¿Qué podría desear más el diablo, enemigo de toda justicia, que lograr que nuestros jóvenes crean que la castidad ha pasado de moda? Para conseguirlo, debe hacerles creer que no existe el diablo, que no hay infierno ni día del juicio. Así, “les susurra al oído hasta sujetarlos con sus terribles cadenas, de las cuales no hay liberación” (2 Nefi 28:22).
Ahora quiero citar otro artículo reciente de una revista titulado “El error”. Este artículo relata la historia de un joven y una muchacha que cometieron un error la noche de su graduación de la escuela secundaria, error que fue seguido por el nacimiento de un hijo. Quiero leer el último párrafo de ese artículo, el cual muestra cómo Satanás les susurró al oído que todo podía ocultarse, pero cómo descubrieron, por su propia experiencia, que eso no era cierto, porque él es el padre de toda mentira.
—Lo siento, querida, por todo.
—No lo sientas —respondió él—. Estamos juntos en esto, y juntos saldremos adelante.
Pero más tarde, ya en el piso de arriba, mucho después de que él se hubiera dormido y cuando la casa y la calle estaban completamente en silencio, Janet volvió la cabeza y hundió el rostro en la almohada para ahogar el sonido de sus sollozos. Porque no era verdad, como la gente decía, que uno podía cometer un error y luego simplemente pagar por él. Uno cometía un error y después se resignaba, como estaban haciendo ella y Ken, a vivir con él durante el resto de su vida.
Leí un artículo en el periódico al finalizar la guerra que indicaba que en Alemania había trece mil niños nacidos fuera del matrimonio cuyos padres eran soldados estadounidenses.
¿Creen ustedes que, en los mundos eternos, esos jóvenes podrán alguna vez perdonarse por haber traído al mundo hijos e hijas —su propia carne y sangre— a quienes jamás reconocieron como suyos y por quienes nunca cumplieron con su deber de padres? Debemos recordar las palabras del profeta Alma a su hijo Coriantón y enseñarlas a nuestros hijos:
“¿No sabes, hijo mío, que estas cosas son una abominación a la vista del Señor; sí, las más abominables de todos los pecados, salvo el derramar sangre inocente o negar al Espíritu Santo?” (Alma 39:5).
Ahora bien, hermanos y hermanas, Satanás está obrando de todas las maneras posibles para inducirnos a desobedecer los mandamientos de Dios. Les digo que él quisiera que todo hombre y toda mujer profanaran aquello que es sagrado; quisiera que todos vivieran una vida inmoral; quisiera que todos despreciaran cada uno de los mandamientos del Señor, si pudiera hacerlo, a fin de cumplir el propósito que se propuso: exaltar su trono por encima de las estrellas de Dios y llegar a ser semejante al Altísimo (Isaías 14:12–15).
Que Dios nos ayude a reconocer el poder del mal en el mundo, a apartarnos de él y a servir al Dios viviente. Lo ruego en el nombre del Señor Jesucristo. Amén.


























