La fe bajo la bomba atómica
Élder John A. Widtsoe
Del Consejo de los Doce Apóstoles
La fe en Dios y en la naturaleza y el destino divinos del ser humano, cultivada conjuntamente en el hogar, la escuela y la iglesia, puede vencer el temor y orientar la energía atómica hacia fines pacíficos.
Una nueva era comenzó cuando se lanzó la bomba atómica sobre los desiertos de Nuevo México. Desde entonces, el hombre podía liberar las fuerzas que, bajo el poder creador de Dios, forman nuestro mundo material. Por primera vez, se podía hacer que la tierra firme «cediera bajo nuestros pies». Un sueño aparentemente imposible se había hecho realidad.
UN PODER QUE DESCONCIERTA
Esto ocurrió en medio de la locura asesina que llamamos la Segunda Guerra Mundial. Los corazones de los hombres ya sangraban por las heridas de largos años de guerra. Ahora, el nuevo poder parecía un horror adicional e indescriptible que anunciaba una nueva forma de destrucción tan espantosa que los corazones de los hombres desfallecían. Las cenizas que se elevaban de Hiroshima y Nagasaki parecían holocaustos ofrecidos a la encarnación del mal del mundo.
Ante las posibles consecuencias de este poder, nos encontramos desconcertados. Nos imaginamos nuestras ciudades, nuestros hogares y nuestros seres queridos arrasados por una fuerza irresistible y despiadada. Una tristeza impotente y desesperanzada nubla el futuro. Un temor nunca antes conocido acecha los pasos de las personas reflexivas. Es cierto que no hay peligro de que el mundo entero estalle y quede reducido a la nada. Hasta ahora, solo el uranio 235 puede transformarse en fuerzas imponderables, pero la energía que puede liberarse de las cantidades limitadas disponibles basta, si se dirige a ese fin, para destruir a toda la humanidad. Se razona que, en las guerras futuras, puesto que el secreto de la bomba atómica pronto será de conocimiento general, la importancia de los ejércitos y los armamentos disminuirá. En toda contienda vencerá quien alcance primero al enemigo. En vista de la historia de la humanidad, llena de contención y derramamiento de sangre, ¿puede confiarse semejante poder al mundo de los hombres sin peligro? Esa es la pregunta persistente que hoy nos inquieta.
LOS TEMORES NACEN DE LA DESCONFIANZA EN EL HOMBRE
Tal pregunta y tales temores nacen de la desconfianza en el hombre. En realidad, nos tememos a nosotros mismos. Hemos perdido la fe en la humanidad y miramos con sospecha todo acto humano. Olvidamos que el hombre fue hecho a imagen de Dios, no solo en su forma corporal, sino en su naturaleza misma. Las chispas de la divinidad se encuentran en toda alma humana, a la espera de convertirse en llama. Recuerden las palabras de Jehová Dios: «[…] He aquí el hombre ha llegado a ser como uno de nosotros, conociendo el bien y el mal» Gén. 3:22 Y, en lo más profundo de todos nosotros, preferimos vivir bajo la voluntad y la amorosa bondad de Dios. Si pudiéramos recuperar la fe en nosotros mismos, desaparecería el terror a la bomba atómica.
También hemos tendido a olvidar a Dios o a honrarlo solo de labios. Demasiados de nosotros lo aceptamos como una fuerza o figura misteriosa, distante de nosotros, que exige ser apaciguada un día a la semana, en competencia con nuestro golf y nuestro béisbol. No creemos que se interese por nuestras necesidades diarias ni por los asuntos constantes de nuestra vida. Si eso es fe, es una fe enclenque, sin vigor e inútil.
Sin embargo, nada es más cierto que el hecho de que Dios en los cielos vela por Sus hijos en la tierra y se interesa por cada uno de nuestros actos. Permite que ocurran acontecimientos, pero hay límites que la humanidad, con toda su insensatez, no puede traspasar. Dios sigue siendo el Gobernante del universo. Su obra en la tierra aún no ha terminado, y no permitirá que Sus hijos que están aquí perezcan, a pesar de cualquier descubrimiento o invento del hombre. La fe plena en Dios destierra todo temor.
LA NECESIDAD DE RESTABLECER LA FE
Nuestro problema, entonces, el mío y el de ustedes, es cómo restablecer la fe en Dios y en el hombre bajo la amenaza de la bomba atómica; y cómo reeducar, o regenerar, si lo prefieren, la voluntad del hombre para que el formidable poder del núcleo atómico desintegrado se utilice únicamente al servicio constructivo de la humanidad.
En realidad, deberíamos alegrarnos de que haya llegado la bomba atómica, de que sepamos cómo liberar las energías del universo para rivalizar con los relámpagos del cielo. Debería constituir un desafío para nosotros. Si ha surgido un nuevo peligro, debemos revestirnos de la fortaleza correspondiente para afrontarlo y obligarlo a servirnos. En realidad, la llegada de la bomba atómica simplemente exige, con mayor énfasis, una revisión de los ideales, la conducta y la fe de los seres humanos.
La reeducación o regeneración para la fe quizá no sea fácil. Hacer que la humanidad pase del mal al bien, del error a la verdad y del odio al amor implica una batalla contra muchas fuerzas contrarias. La batalla será a menudo contra tradiciones falsas, pero bien arraigadas y cubiertas por el musgo de los años, que ocultan u oscurecen la verdad eterna; y con igual frecuencia contra apetitos malsanos del cuerpo o de la mente que satisfacen placeres momentáneos o gratificaciones pasajeras, pero nos alejan de las realidades espirituales.
LA IMPORTANCIA DEL HOGAR
La obra de regenerar al mundo para la fe debe comenzar en el hogar. Todo hombre vive, en espíritu y en hechos, las enseñanzas de su niñez. En el hogar nace y cobra vida la fe, o se siembra la incredulidad. Como sean los hogares de una nación, así serán sus generaciones. Para bien o para mal, no hay un sustituto eficaz del hogar. La vida y su seguridad en la era de la energía atómica dependerán de que el hogar acepte plenamente sus responsabilidades y obligaciones. Que los hogares lo hagan es la clamorosa exigencia de un mundo hambriento de paz y del disfrute de la abundancia de la tierra.
Lamentablemente, hay que admitir que, en estos tiempos de inquietud, el hogar atraviesa días difíciles. Con demasiada frecuencia se olvida su propósito. Los padres recurren cada vez más a otros medios para que cumplan sus deberes naturales. El círculo familiar se ha reducido, por la limitación del número de hijos y la multiplicidad de actividades asumidas, hasta parecer incapaz de cumplir sus funciones naturales. Especialmente bajo la amenaza de la bomba atómica, asumir con descuido las obligaciones del hogar se vuelve peligroso.
En esto debemos cambiar de rumbo. En el hogar deben enseñarse las cosas más importantes de la vida: la fe en Dios, la confianza en uno mismo y nuestra debida conducta hacia los demás. Debe haber un acercamiento diario a Dios. Eso engendrará confianza en Él y el deseo de amarlo. Mediante la oración familiar diaria, con cada integrante de rodillas, se establecerá el hábito de entrar en comunión con los poderes del mundo invisible, a los cuales están sujetos la energía atómica y todos los demás poderes. Estar en contacto con el Autor de todas las cosas hará más que todos los gobiernos de la tierra para cambiar del mal al bien el corazón de los hombres y proteger a la débil humanidad. Quien piensa en Dios y acude a Él diariamente no tiene lugar para pensamientos de destrucción.
Pero no se puede amar a Dios sin amar a los hijos de Dios y confiar en ellos. Que un hogar adopte la práctica de hablar bien de los demás y de buscar sus virtudes. Pronto, esa familia descubrirá las virtudes de otras naciones y hablará bien de ellas. Inevitablemente, si esto se hiciera en todas partes, el sol de la buena voluntad calentaría los corazones de los hombres y la paz cubriría la tierra. Mediante personas así, y quizá solo mediante tales métodos, la bomba atómica será dominada para fines útiles.
LAS ESCUELAS DEBEN PREPARAR A LOS JÓVENES PARA UNA VIDA MÁS AMPLIA
Asimismo, la escuela, estrecha aliada del hogar, debe volver su rostro hacia una luz mayor. Debe preparar valientemente a nuestros hijos para una vida más amplia. Durante los largos años de la niñez y la juventud, a nuestros hijos se les ha enseñado toda clase de conocimientos, desde los átomos hasta los cúmulos de estrellas, desde las amebas hasta los monos. Pero su debida conducta entre sus semejantes y ante Dios se menciona, si acaso, de manera superficial en reuniones ocasionales. La geografía y la aritmética han sido elevadas a la calidez y dignidad de disciplinas obligatorias de la mente, pero la ética, por no hablar de la religión, que determinan la conducta humana y siempre actúan como freno al mal, permanecen, sin ser bienvenidas, temblando ante la puerta cerrada del aula. No se pretendía imponer semejante tabú peligroso cuando se acordó que, en nuestro país, no debía enseñarse religión confesional en las escuelas públicas. Con el método actual, nuestras escuelas están formando generaciones de hombres de poca fe, que no tienen presentes sus obligaciones eternas.
El hogar y la escuela, juntos, podrían eliminar pronto el temor del corazón de los hombres y establecer el día de paz sobre la tierra, frente a cualquier nuevo poder que el hombre pudiera descubrir.
LA IGLESIA COMPARTE LA RESPONSABILIDAD
La iglesia también tiene parte de la culpa. Podría habernos dado más valor para afrontar tiempos como estos si hubiera enseñado la verdadera dignidad del ser humano como auténtico hijo de Dios, con un destino divino. El orgullo por su ascendencia ha salvado a muchas almas de desviarse por senderos prohibidos.
¿Cuál es nuestra verdadera relación con Dios? Se nos dice, con cierta ligereza, que somos hijos de Dios, de Su imagen y de Su naturaleza. La divinidad se encuentra en cada uno de nosotros. Entonces, dice el hombre moderno, buscando en su propia alma respuestas eternas, debemos ser más que figuras moldeadas de barro; debemos ser de la sustancia misma de Dios. Nuestra historia debe remontarse a épocas incomprensibles para la mente humana, al ámbito de la existencia premortal. Nuestro cuerpo podrá ser del polvo, pero nuestra esencia es de Dios. Ese concepto explica la naturaleza divina del hombre. Eso cambia toda nuestra perspectiva de la vida. Como verdaderos hijos e hijas de Dios, sentimos una nueva cercanía a Él y una nueva responsabilidad por nuestros actos. Nuestras obras deben ser de carácter divino; de lo contrario, somos infieles a nuestro origen divino. Entonces, al contemplar la bomba atómica con mirada clara, sabemos qué hacer: debe utilizarse como Dios la utilizaría, porque somos Sus verdaderos hijos.
Quizá tampoco hayamos dado al hombre que se esfuerza y lucha con las profundas preguntas del alma una comprensión clara de su destino. Viviremos después de la muerte. ¿Y entonces? En aquel otro mundo poseeremos en mayor grado todos los poderes de los que hemos disfrutado en la tierra. Se utilizarán activamente en una existencia interminable y progresiva. Si los utilizamos debidamente en la tierra y en las eternidades de la vida venidera, mediante pequeños pasos, gracia sobre gracia, nos acercaremos cada vez más a la semejanza de Dios, nuestro propio Padre. Elevarnos hacia tales alturas, desde aquel remoto comienzo, siempre ha sido nuestro destino. Todo acto justo ha fomentado ese progreso; todo acto injusto lo ha retardado. El conocimiento de nuestro destino divino y de sus condiciones tendería a regular nuestro proceder en la tierra. Hemos de ser líderes contra todo mal, los vencedores finales de la tierra. No nos atrevemos a obstaculizar nuestro destino de progreso y ascenso. Por tanto, se encuentran respuestas sensatas a las preguntas de la vida. ¿Me ayudará este acto en mi existencia de progreso eterno? Entonces lo realizaré. ¿Me lo impedirá? Entonces no tendré nada que ver con él. No puedo utilizar la energía atómica para destruir o asesinar a los hombres, porque eso me haría retroceder en mi progreso eterno hacia la semejanza de Dios.
ES VITAL ACEPTAR LA PALABRA DE DIOS
Quizá todo pueda decirse en una sola frase. La aceptación de la palabra de Dios, tal como se expone en el Evangelio cristiano, convertirá el temor en gozo y hará de la bomba atómica nuestra humilde sierva.
Para ese fin, el hogar, la escuela y la iglesia deben colaborar.
Pero se objeta que no puede hacerse, que es un sueño vano. Esa es la respuesta de quienes no quieren aceptar la verdad y ponerla a prueba. El sincero deseo de hacer el bien que hay en todo corazón humano puede estar cubierto por la incertidumbre y la indiferencia que la sigue; pero está allí. Por mucho que nos hayamos desviado, en cada uno de nosotros hay un sentimiento de repulsión hacia el mal. Los verdaderos hijos de Dios no pueden sentir de otra manera. Si tan solo unos pocos viven la ley, harán fermentar toda la masa 1 Cor. 5:6
Tenemos derecho a creer que el hombre, que aprendió a liberar la energía atómica y fabricó la bomba atómica, la utilizará para nuestro beneficio. Nuestra tarea es enseñar la fe en Dios, en nosotros mismos y en nuestros semejantes, en el hogar, en la escuela y en la iglesia. Entonces transformaremos el mundo para la paz. Recordemos el sutil poder de las palabras. Dejemos de hablar de la guerra. Alcemos nuestras voces en todas partes con fe en favor de la paz. Entonces los corazones que ahora temen al futuro estarán tranquilos. Con el tiempo, la bomba atómica se convertirá en nuestra sierva para embellecer la vida del hombre en la tierra.
Que así sea, lo ruego en el nombre de Jesús el Cristo. Amén.


























