Actuar por voluntad propia conforme a principios correctos
Élder Richard L. Evans
Del Primer Consejo de los Setenta
El Señor espera que usemos nuestro albedrío para asumir responsabilidades y hacer mucho bien por voluntad propia, guiados por principios correctos, sin esperar que se nos mande en todas las cosas.
Ante todo, quisiera expresar mi gratitud a mi Padre Celestial por ser miembro de esta Iglesia y por mi hermandad con ustedes, que están aquí, y con aquellos a quienes representan por todo el mundo.
Ha estado acudiendo a mi mente una frase de Doctrina y Convenios, resaltada por algunos aspectos del informe estadístico presentado aquí ayer por la mañana, al cual me referiré en un momento. Esta frase aparece en varios lugares:
[…] no me importunes más sobre este asunto D. y C. 130:15
Y en un lugar va seguida de este recordatorio adicional:
Aprended, más bien, que el que hiciere obras justas recibirá su galardón, sí, la paz en este mundo y la vida eterna en el mundo venidero D. y C. 59:22–23
Esta frase, «no me importunes más sobre este asunto», que, como se ha dicho, aparece en varios lugares, parecería haber sido una indicación del Señor al profeta José Smith y a sus colaboradores de que, una vez que se habían dado los principios y se habían dado a conocer al Profeta la disposición y la voluntad del Señor, él y su pueblo debían proceder de acuerdo con esos principios, sin buscar innecesariamente más instrucciones ni seguir importunando al Señor acerca de cosas que ya sabían.
Este pensamiento se relaciona con otra serie de versículos de Doctrina y Convenios que se cita con frecuencia:
Porque he aquí, no conviene que yo mande en todas las cosas; porque el que es compelido en todo es un siervo perezoso y no sabio; por tanto, no recibe galardón alguno. De cierto digo que los hombres deben estar anhelosamente consagrados a una causa buena, y hacer muchas cosas de su propia voluntad y efectuar mucha justicia; porque el poder está en ellos, y en esto vienen a ser sus propios agentes. Y en tanto que los hombres hagan lo bueno, de ninguna manera perderán su recompensa. Mas el que no hace nada hasta que se le manda, y recibe un mandamiento con corazón dudoso y lo cumple desidiosamente, ya es condenado D. y C. 58:26–29
«Estar anhelosamente consagrados a una causa buena»
Es una gran satisfacción para los padres, y es una gran satisfacción para quienes ocupan puestos de liderazgo, cuando nuestros hijos, o quienes trabajan en alguna asignación de la que somos responsables, hacen exactamente lo que se les pide, de la manera en que se les pide hacerlo. Pero hay un gozo aún mayor que experimentan los padres y quienes ocupan puestos de liderazgo: cuando nuestros hijos o nuestros colaboradores hacen algo bueno por su propia voluntad, algo que no se les ha pedido específicamente, pero que emprenden de acuerdo con los principios que se les han enseñado y que saben que son verdaderos. Ese es uno de los grandes gozos de ser padre o madre: cuando un hijo a quien se le han enseñado principios correctos procede a actuar por sí mismo de acuerdo con esos principios y a realizar buenas obras y efectuar justicia.
Creo que, si preguntáramos a los líderes de la industria y del comercio, y a quienes son responsables del bienestar económico y de otras actividades de nuestra nación, cuál es una de las cosas más difíciles de encontrar, entre las que ocuparían los primeros lugares de la lista, si no el primero, estaría la dificultad de encontrar jóvenes, y también personas mayores, dispuestos a asumir el liderazgo y la responsabilidad, a tomar decisiones y a llevar los asuntos hasta su conclusión y resolución definitivas con integridad, con capacidad y de acuerdo con principios previamente establecidos y convenidos. Y creo, además, que cualquier joven que asuma el liderazgo y la responsabilidad con integridad e inteligencia puede conseguir casi todo lo que desee.
La obligación de gobernarnos mediante principios correctos
Ahora, como siempre, hay dos fuerzas que obran en este mundo, como las había en los cielos antes de que comenzara el tiempo. Está la fuerza que procuraría acostumbrar a los hombres al servilismo y al control rígido, que los disuadiría de pensar y actuar por sí mismos. Y luego está la fuerza que, habiendo establecido principios sólidos de conducta, haría posible que los hombres actuaran como agentes libres y los alentaría a hacerlo, y a utilizar su inteligencia y las energías que Dios les ha dado para realizar buenas obras y cumplir propósitos rectos.
Para llevar esto a su aplicación en la Iglesia de hoy, ayer escuchamos en el informe estadístico que hay ciento cincuenta y cinco estacas, treinta y ocho misiones, más de mil doscientos barrios y ramas independientes, y casi un millón de personas; y sabemos que ya ha llegado el momento —y llegó hace mucho— en que los hombres que ocupan cargos en los barrios y las estacas deben, más que nunca, asumir responsabilidades, tomar decisiones, llevar sus asignaciones hasta una conclusión satisfactoria, proceder a realizar buenas obras y efectuar muchas cosas con rectitud por su propia voluntad, de acuerdo con los planes que se han establecido y sin importunar demasiado acerca de principios que ya han sido establecidos y convenidos.
Así como el Señor instruyó al Profeta en varias ocasiones que no lo importunara más acerca de ciertos asuntos, el Profeta, a su vez, aun siendo la Iglesia tan pequeña como lo era en su época, hizo prácticamente lo mismo con sus colaboradores. Explicó que enseñaba a su pueblo principios correctos y dejaba que se gobernara a sí mismo. Y con frecuencia, como consta en la Historia documental de la Iglesia, cuando alguien de otra rama o de otra parte de la Iglesia, algo distante del lugar donde se encontrara el Profeta en aquel momento, le escribía y le preguntaba cómo proceder ante cierto problema o situación —y tenían muchos problemas graves y situaciones difíciles—, él a menudo respondía recordándoles los principios por los cuales debían guiarse, contestando directamente algunas de sus preguntas cuando consideraba que necesitaban respuesta y aconsejándoles después que procedieran según su mejor criterio y que resolvieran la situación por sí mismos.
El uso del albedrío
Esta generación, en muchos lugares del mundo, ha sido deliberadamente condicionada para someterse a un control rígido, y estoy seguro de que las fuerzas comprometidas con el principio del albedrío del hombre y de su acción inteligente y responsabilidad por sí mismo deben ser más vigorosas que nunca para contrarrestar esa influencia opuesta. No conozco nada, por ejemplo, que haga perder más tiempo o que sea más destructivo para la individualidad que obligar a las personas a esperar largas horas en largas filas. No diría que siempre pueda evitarse, pero ciertamente no debe convertirse en nuestra manera de vivir. Sin duda, no debe permitirse que estas cosas se perpetúen más allá de lo realmente necesario, para que nuestra vida no quede reducida a un patrón inflexible.
Quisiera suplicarles, mis hermanos y hermanas, y rogar a nuestro Padre Celestial, que, como individuos, como pueblo y como nación, dediquemos todas nuestras energías a efectuar mucha justicia; que no retengamos nuestro trabajo; que pongamos manos a la obra y hagamos lo que se necesita hacer, y que trabajemos y aportemos nuestras fuerzas de manera constructiva a la creación y producción de las cosas que el mundo tanto necesita; que procedamos con íntegro propósito de corazón de acuerdo con los principios que sabemos que son verdaderos; y que asumamos responsabilidades, tomemos decisiones y efectuemos mucha justicia por nuestra propia voluntad, sin esperar que se nos mande en todas las cosas, pues el camino está claro ante nosotros, y nuestros deberes, obligaciones y responsabilidades no nos están ocultos. Que Dios nos ayude a proceder así, lo pido en el nombre del Señor Jesucristo. Amén.


























