Vencer el egoísmo para amar a nuestro prójimo
Élder Antoine R. Ivins
Del Primer Consejo de los Setenta
Al vencer el egoísmo y buscar la guía del Espíritu de Dios, podemos amar a nuestro prójimo como a nosotros mismos y contribuir a la paz y al bienestar de todos.
Mis amados hermanos y hermanas, les ruego que me sostengan con su fe y sus oraciones durante el breve tiempo que estaré ante ustedes. Siento que, sin ese apoyo y sin el Espíritu de Dios, sería inútil que intentara decir una palabra de consuelo a cualquiera de nosotros.
Hasta ahora he disfrutado muchísimo de lo que se ha hecho y dicho en esta conferencia. Asimismo, disfruto mucho del privilegio que he tenido de estrechar la mano de tantos hombres y mujeres a quienes considero mis amigos, y desearía que fuera posible estrecharles la mano a todos y conocerlos bien. Nos brinda gran consuelo estar entre ustedes cuando visitamos las estacas y procuramos transmitir un mensaje que les sea de ayuda.
Los dos grandes mandamientos
Estos son tiempos muy difíciles, difíciles para todos nosotros, supongo, y ya se ha dicho en esta conferencia que ningún hombre parece ser lo suficientemente sabio como para decirnos exactamente qué hacer para solucionar nuestros problemas. Desearía saber la respuesta. Sin embargo, creo que el Salvador nos dijo lo que debíamos hacer si queríamos vivir en paz y felicidad y llevar una vida de éxito. Anoche escuchamos un informe sobre la labor que está realizando nuestra organización de bienestar de la Iglesia, una expresión de devoción abnegada a un ideal. Cristo dijo que el gran mandamiento es amar a Dios y que el segundo es amar a nuestros semejantes como a nosotros mismos Mateo 22:37–40 Veo en ello la sencilla declaración de que debemos desterrar de nuestro corazón todo egoísmo, porque, hasta que nos deshagamos del egoísmo, difícilmente podremos amar a nuestro prójimo como a nosotros mismos.
Se necesita el Espíritu de Dios en los asuntos de los hombres
Al estudiar la historia, creo ver que toda gran guerra de agresión que el mundo ha sufrido ha sido motivada por la avaricia, la codicia y los deseos egoístas, a veces no por parte de todo el pueblo, pero al menos por parte de quienes tienen el poder de llevar a los demás a emprender acciones agresivas contra sus vecinos; y creo que la guerra que acabamos de vivir y la que la precedió fueron desatadas sobre el mundo únicamente por la codicia, la avaricia y el egoísmo. No espero vivir para ver el tiempo en que las personas dejen de hacer esas cosas, pero quizá llegue algún día en que se pueda alcanzar un acuerdo que impida la agresión de una nación contra otra, de una nación fuerte contra una indefensa. Si ese tiempo llega alguna vez, será porque el Espíritu de Dios inspirará a los hombres a formular políticas para impedirlo.
No solo tenemos problemas internacionales de esa índole, sino también problemas entre estados que surgen de los mismos motivos y que a veces nos afectan de manera muy directa y personal. Creo que estos también desaparecerían si las personas pudieran obtener el Espíritu de Dios y actuar bajo Su inspiración. Si nuestros legisladores pudieran dedicarse a los deberes de su cargo, si nunca hubiera un motivo egoísta en lo que hacen, quizá se pudieran elaborar mejores leyes. Si los hombres que controlan las grandes empresas de la nación comprendieran que su propio bienestar depende del bienestar de las personas a quienes emplean, quizá podrían ayudar de esa manera. Y si, a su vez, el empleado comprendiera que su bienestar depende del de su empleador, quizá podrían llegar a un entendimiento con un espíritu de mayor colaboración y se podrían erradicar algunos de estos males.
La abnegación es esencial en el servicio en la Iglesia
Entonces, si nosotros, en las estacas y los barrios, pudiéramos desterrar de nuestro corazón y de nuestra alma el espíritu de egoísmo, podríamos cumplir con nuestro deber pensando únicamente en ayudar a la gran organización de la que formamos parte. Asimismo, podríamos contribuir a que llegara ese día; pero somos humanos, profundamente humanos, y se nos dice que la conservación de uno mismo es la primera ley de la naturaleza. Hay egoísmo en ello, y es debido a la tremenda lucha que se requerirá para desterrarlo de nuestra alma que el amor al prójimo adquirió tanta prominencia en las enseñanzas de Cristo. Probablemente, llegar a ser completamente abnegados sea la mayor lucha que tengamos que librar con nosotros mismos. Pero esperamos que las cosas que hacemos redunden en nuestra propia honra y nuestra propia gloria, y con frecuencia medimos nuestra disposición a hacerlas según ese criterio. Eso no está bien.
Una vez escuché a un joven que, al dirigirse a una convención de los setenta en Barratt Hall, dijo: «No hay límite para el bien que un hombre puede hacer si no le preocupa quién recibe el reconocimiento». Ese es un gran y glorioso principio de acción. Creo que, si las naciones trabajaran por el bienestar del conjunto, y si los sectores gobernantes dentro de las naciones pudieran trabajar por el bienestar del conjunto; si quienes trabajan pudieran hacerlo por el bienestar de todos, el Espíritu de Dios tendría la oportunidad de obrar en sus almas y hacer de ellos mejores hombres y mejores mujeres, trayendo paz, prosperidad y alivio a todo sufrimiento. Es una tarea maravillosa; quizá sea la mayor de todas, y nunca se llevará a cabo sin que el Espíritu de Dios la impulse. Nunca obtendremos ese Espíritu hasta que desarraiguemos de nuestros hábitos los vicios de los que ha hablado el hermano Merrill esta tarde. Quizá, si llegáramos a llevar una vida casta y recta, tendríamos entonces derecho a pedir a Dios Su Espíritu; y recibir Su Espíritu nos ayudaría a llegar a ser abnegados; y, al llegar a ser abnegados, podríamos amar a nuestro prójimo como a nosotros mismos. Me imagino a este grupo de hombres y mujeres saliendo de este edificio con la firme resolución de desterrar de su corazón todo vestigio de egoísmo y de dedicarse con mayor sacrificio al bienestar de sus hermanos y hermanas, de sus padres y madres, de sus vecinos y de toda la nación. Desearía que Dios nos concediera este Espíritu. Si todos los que estamos aquí y todos los que escuchan el sonido que transmiten las ondas de radio se dedicaran a ese único propósito, entonces esta conferencia cumpliría el propósito para el cual fue convocada. El mundo sería mejor y Dios reinaría en el corazón de los hombres. Que Él nos ayude a hacerlo, lo ruego en el nombre de Jesucristo. Amén.


























