Los frutos de una vida recta
Presidente J. Reuben Clark, hijo
Primer Consejero de la Primera Presidencia
Una vida recta nos permite recibir por medio del Espíritu Santo un testimonio de Jesucristo que nos brinda paz, consuelo y confianza en medio de las pruebas.
Mis hermanos y hermanas, sinceramente espero contar con el sostén de su fe y sus oraciones para que lo que diga hoy nos eleve, nos edifique y nos aliente. Si no puedo lograrlo, como instrumento en las manos del Señor, entonces el tiempo que dedique habrá sido en vano.
EL TESTIMONIO DE JOB
Estos son tiempos difíciles, tiempos que ponen a prueba el alma de todos nosotros. Todos necesitamos ayuda, aun los más felices de nosotros. Un manto de tristeza, temor e inquietud nos ensombrece, y solo hay una manera de encontrar alivio. Job, en la antigüedad, al responder a las crueles acusaciones de sus tres amigos, dijo:
Yo sé que mi Redentor vive, y que al final se levantará sobre el polvo.
Y después de deshecha esta mi piel, aún he de ver en mi carne a Dios,
a quien yo veré por mí mismo, y mis ojos lo verán, y no otro, aunque mi corazón se consume dentro de mí Job 19:25–27
En esa gran declaración, Job nos dio una imagen completa de Jesús el Cristo, el Mesías, el Redentor, de Su muerte, de Su Expiación mediante ella y de Su resurrección, todo lo cual tuvo plena vigencia para Job y, al igual que para Job, para todo el resto de la humanidad. Todos morirán, todos yacerán en la tumba; todos resucitarán, salvo únicamente quienes sean «arrebatados» 1 Tes. 4:17 a Su venida. Ese es el mensaje; ese conocimiento de Job es el conocimiento que en estos días de tristeza nos dará paz y consuelo. Como dijo el Salvador:
La paz os dejo, mi paz os doy; yo no os la doy como el mundo la da. No se turbe vuestro corazón ni tenga miedo Juan 14:27
Todos podemos tener el conocimiento que tenía Job. En verdad, los Santos de los Últimos Días no solo tienen el derecho, sino también el deber de obtener ese conocimiento. Cuando no obtenemos ese conocimiento, dejamos de cosechar los frutos y de disfrutar de las bendiciones que el Evangelio tiene para nosotros; y esa bendición, esos frutos, nos llegarán si vivimos como debemos.
LOS TESTIMONIOS DE LOS SANTOS DE LA ANTIGÜEDAD
A menudo he pensado en varios casos que indican que se poseía aquel testimonio de Job, casos relacionados con la vida del Salvador en el Viejo Mundo; casos en los que hombres y mujeres sabían quién era Jesús y cuál era Su misión. Uno de los primeros, después de Su nacimiento y tras la visión y la visita de los pastores, fue lo que ocurrió en el templo cuando llevaron allí a Jesús para cumplir los requisitos de la ley de Moisés. En aquel momento llegó al templo un hombre llamado Simeón, a quien el Espíritu Santo había revelado que no vería la muerte antes de haber visto al Cristo del Señor Lucas 2:25–26 Y cuando llegó al templo y vio al niño Jesús, lo tomó
[…] en sus brazos, y bendijo a Dios, diciendo:
Ahora, Señor, despide a tu siervo en paz, conforme a tu palabra,
porque han visto mis ojos tu salvación,
la cual has preparado en presencia de todos los pueblos;
luz para revelación a los gentiles y gloria de tu pueblo Israel Lucas 2:28–32
Así recibió un testimonio semejante al de Job.
Ana, en aquella misma ocasión, aquella buena mujer que había permanecido durante años en el templo y sus alrededores, se acercó y declaró que veía la redención que vendría al mundo Lucas 2:36–38
Poco después de que Jesús comenzara Su misión, recordarán que escogió a algunos de Sus apóstoles, entre ellos a Simón, llamado después Pedro, y a Andrés, su hermano. Los había conocido antes de escogerlos. Pero aquel día pasó junto a ellos mientras echaban sus redes al mar, porque eran pescadores, y les dijo, al parecer mientras se adentraban en el agua:
[…] Venid en pos de mí, y os haré pescadores de hombres Mateo 4:19
Y sin cuestionar, llenos del mismo testimonio que tenía Job, dejaron sus redes y siguieron a Jesús, hasta aquel día, después de Su muerte, en que Pedro y otros, pensando que la obra había concluido, fueron a pescar Juan 21:3
LA FE DEL CENTURIÓN
Pienso en la experiencia del centurión cuyo siervo estaba enfermo. Al parecer, apenas conocía al Salvador; sin embargo, envió a buscarlo y, por medio de los judíos a quienes mandó a llevar el mensaje, le dijo que su siervo estaba enfermo y que deseaba que fuera sanado. Jesús se dirigió hacia la casa, pero el centurión le envió este mensaje Lucas 7:1–5
Señor, no te molestes, porque no soy digno de que entres bajo mi techo;
por lo que ni aun me tuve por digno de ir a ti; pero di la palabra, y mi siervo será sanado.
Porque también yo soy hombre puesto bajo autoridad y tengo soldados bajo mis órdenes; y digo a este: Ve, y va; y al otro: Ven, y viene; y a mi siervo: Haz esto, y lo hace.
y Jesús dijo a quienes lo rodeaban:
Os digo que ni aun en Israel he hallado tanta fe Lucas 7:6–9
El siervo fue sanado Lucas 7:10 ¡Otro testimonio que contenía los elementos del de Job!
Recuerdo también el relato de la mujer griega, la sirofenicia cuya hija estaba afligida. El diálogo entre el Salvador y esta mujer constituye, creo, el único caso en que se le planteó al Salvador una pregunta para la cual no tuvo alguna respuesta. Ella le pidió que sanara a su hija. Al principio, Él no le respondió palabra. Entonces ella lo adoró Mateo 15:21–25 y Él dijo:
[…] No está bien tomar el pan de los hijos y echarlo a los perrillos.
Ella respondió:
[…] Sí, Señor; pero aun los perrillos comen de las migajas que caen de la mesa de sus amos.
Y Jesús dijo:
[…] Oh mujer, grande es tu fe; hágase contigo como quieres Mateo 15:26–28
Ella también tenía un testimonio semejante al de Job.
EL TESTIMONIO DE PEDRO EN CESAREA DE FILIPO
Y después viene el episodio de Pedro, el gran Pedro, como yo lo considero, a quien el Salvador dio el nombre de Cefas. Después de que Jesús y los apóstoles habían recorrido Galilea visitando lugares, llegaron a la región de Cesarea de Filipo y, al parecer, se detuvieron a descansar. Jesús les dijo, aparentemente dirigiéndose a Pedro:
[…] ¿Quién dicen los hombres que es el Hijo del Hombre? Y ellos dijeron:
Unos, Juan el Bautista; y otros, Elías; y otros, Jeremías o alguno de los profetas.
Él les dijo: Y vosotros, ¿quién decís que soy yo?
Pedro, al parecer sin vacilar ni expresarse de manera ambigua, respondió y dijo:
[…] Tú eres el Cristo, el Hijo del Dios viviente.
Entonces, respondiendo Jesús, le dijo: Bienaventurado eres, Simón hijo de Jonás, porque no te lo reveló carne ni sangre, sino mi Padre que está en los cielos Mateo 16:13–17
LAS BENDICIONES DE UN TESTIMONIO
Desde entonces hasta ahora, ese mensaje ha resonado a través de los siglos, indicándonos cómo podemos obtener ese consuelo y ese alivio a los que tiene derecho cada hijo de Dios, y sin los cuales no podemos ser felices ni alcanzar nuestra exaltación. Ese fue el testimonio que sostuvo a quienes fundaron esta Iglesia, desde el profeta José en adelante, y a todos los que creen, hasta el último que haya sido ordenado entre nosotros. Es el testimonio que sostuvo a los santos mientras atravesaban el desierto para llegar a este lugar desértico, a lo largo de sus pruebas, tribulaciones y persecuciones en Ohio, Illinois y Misuri; es el testimonio que sostiene hoy a nuestros santos en Europa en medio de todas sus penurias y desolación, tan graves como las que hayan sobrevenido a cualquiera de los hijos de los hombres, en lo que respecta al sufrimiento y al dolor físicos. Nuestros informes indican que muchos, y en algunas regiones la mayoría, carecen de hogar. Muchos, de hecho todos en algunas regiones, padecen hambre y carecen de ropa. Sin embargo, se han aferrado a sus testimonios, de los cuales han surgido el buen ánimo, la resignación y la fidelidad. Han adorado al Señor; han guardado Sus mandamientos, aun en las circunstancias más terribles.
LAS COSAS DE DIOS SE CONOCEN POR EL ESPÍRITU DE DIOS
Es nuestro derecho, como ya he dicho, y en verdad nuestro deber, obtener ese testimonio por nosotros mismos. Algunos podrán burlarse, algunos podrán dudar, algunos podrán declarar que nuestros principios son falsos, pero la verdad nunca se convierte en error porque alguien la niegue. Les recomiendo leer lo que yo había pensado leerles, pero no hay tiempo: el versículo once y los siguientes del segundo capítulo de Primera Corintios, en los cuales Pablo dice:
Porque, ¿quién de los hombres sabe las cosas del hombre, sino el espíritu del hombre que está en él? Así tampoco nadie conoce las cosas de Dios, sino el Espíritu de Dios 1 Cor. 2:11
Debemos estar preparados, como Pablo indica allí a los corintios, para que se nos considere insensatos, pues nos dice que las cosas de Dios son locura para los hombres 1 Cor. 2:12–16 Pero nosotros, que tenemos el testimonio del Espíritu, sabemos que lo que para los hombres es locura puede ser la mayor sabiduría para Dios; y sabemos que podemos disfrutar de esa bendición y conocimiento espirituales si tan solo vivimos de tal manera que el Espíritu Santo pueda revelarnos al Padre y al Hijo, y el testimonio de Ellos, y traernos aquella paz a la que ya me he referido y que Jesús prometió:
EL CONOCIMIENTO DE DIOS TRAE PAZ
La paz os dejo, mi paz os doy; yo no os la doy como el mundo la da. No se turbe vuestro corazón ni tenga miedo Juan 14:27
Que el Señor nos conceda este testimonio, que les declaro que es mi testimonio, para que podamos vivir en paz y felicidad, para que nuestro corazón cobre ánimo en este tiempo de tensión y dificultades, para que podamos mirar hacia el futuro con confianza, serenos y seguros al saber que Dios nos conoce, que somos Sus hijos y que nos bendecirá si guardamos Sus mandamientos, lo ruego humildemente en el nombre de Jesús. Amén.


























