La Santa Cena del Señor
Presidente David O. McKay
Segundo Consejero de la Primera Presidencia
La Santa Cena nos brinda una oportunidad sagrada para examinarnos, renovar nuestros convenios y acercarnos a Dios mediante la reverencia, la meditación y la compañía del Espíritu Santo.
Cuando en una ocasión se le preguntó al profeta José Smith qué significaba la fuerza de Sion, respondió:
La fuerza de Sion consiste en vestirse con el poder del sacerdocio D. y C. 113:7–8
Ustedes, hermanos, irradian esa fuerza esta noche. Nadie puede estar en presencia de ustedes, que como poseedores del sacerdocio de la Iglesia llenan este edificio y representan a miles más, sin sentir profunda gratitud por el privilegio de contarse entre ustedes. ¡Que Dios los bendiga!
LA SANTA CENA
Deseo esta noche decir unas palabras acerca de la administración de la Santa Cena. Al hacerlo, no es mi propósito repetir el excelente sermón que el élder Marion G. Romney pronunció ayer sobre ese mismo tema; pero, si puedo ser bendecido con el espíritu de esta reunión y con la inspiración del Señor, deseo complementar aquel oportuno discurso.
El mayor consuelo en esta vida es la certeza de tener una relación estrecha con Dios. Me dirijo a hombres que saben en qué consiste esa experiencia. El momento de la Santa Cena debe contribuir a despertar ese sentimiento de cercanía.
[…] el Señor Jesús, la noche que fue entregado, tomó pan;
y habiendo dado gracias, lo partió y dijo: Tomad, comed; esto es mi cuerpo que por vosotros es partido; haced esto en memoria de mí.
Asimismo tomó también la copa, después de haber cenado, diciendo: Esta copa es el nuevo convenio en mi sangre; haced esto todas las veces que la bebáis, en memoria de mí.
Porque todas las veces que comáis este pan y bebáis esta copa, la muerte del Señor anunciáis hasta que él venga.
De manera que cualquiera que coma este pan o beba esta copa del Señor indignamente será culpable del cuerpo y de la sangre del Señor.
Por tanto, examínese cada uno a sí mismo, y coma así del pan, y beba de la copa 1 Cor. 11:23–28
En la Iglesia de Cristo no se administra ninguna ordenanza más sagrada que la Santa Cena. Se instituyó inmediatamente después de que Jesús y los Doce hubieron participado de la última cena; y los santos de los primeros tiempos siguieron aquella costumbre. Es decir, comían antes de administrar la Santa Cena 1 Cor. 11:20–22 pero esa costumbre se suspendió más adelante por instrucciones de Pablo a los santos de que comieran en casa, para que, al reunirse para adorar, lo hicieran como un grupo de hermanos y hermanas en igualdad de condiciones, a fin de participar de la Santa Cena en memoria de la vida y de la muerte, particularmente de la muerte de su Señor 1 Cor. 11:33–34
EL PROPÓSITO DE LA SANTA CENA
Hay tres cosas de importancia fundamental relacionadas con la administración de la Santa Cena. La primera es el examen de uno mismo. Es la introspección. «Haced esto en memoria de mí» Lucas 22:19 pero debemos participar dignamente, examinándose cada uno en cuanto a su dignidad.
En segundo lugar, se hace un convenio; un convenio, que es aún más que una promesa. Algunos de ustedes han levantado la mano o, si estaban en Inglaterra al firmar un documento, han puesto la mano sobre la Biblia, indicando así el valor de su promesa o del juramento que hicieron. Todo esto indica el carácter sagrado de un convenio. No hay nada más importante en la vida. Hasta que las naciones reconozcan el valor de un convenio y de las promesas, y se comporten de acuerdo con ello, habrá poca confianza entre ellas. En cambio, habrá sospechas, dudas y acuerdos firmados que no serán más que «pedazos de papel», porque no valoran su palabra. Un convenio, una promesa, debe ser tan sagrado como la vida. Ese principio está presente cada domingo cuando participamos de la Santa Cena.
En tercer lugar, hay otra bendición: el sentimiento de una relación estrecha con el Señor. Hay una oportunidad de comunicarse con uno mismo y de entrar en comunión con el Señor. Nos reunimos en la casa que está dedicada a Él; se la hemos entregado; la llamamos Su casa. Pues bien, pueden tener la certeza de que Él estará allí para inspirarnos si venimos debidamente preparados y en armonía para encontrarnos con Él. No estamos preparados para encontrarnos con Él si llevamos a ese recinto nuestros pensamientos sobre los asuntos de nuestros negocios, y especialmente si llevamos a la casa de adoración sentimientos de odio hacia nuestro prójimo, o enemistad y celos hacia las autoridades de la Iglesia. Ciertamente, ninguna persona puede esperar entrar en comunión con el Padre si alberga tales sentimientos. Son tan ajenos a la adoración y, en particular, a la participación en la Santa Cena.
EL VALOR DE LA MEDITACIÓN
Creo que prestamos muy poca atención al valor de la meditación, un principio de devoción. En nuestra adoración hay dos elementos: uno es la comunión espiritual que surge de nuestra propia meditación; el otro es la instrucción que recibimos de otras personas, particularmente de quienes tienen autoridad para guiarnos e instruirnos. De los dos, el más provechoso para la introspección es la meditación. La meditación es el lenguaje del alma. Se define como «una forma de devoción privada, o ejercicio espiritual, que consiste en la reflexión profunda y continua sobre algún tema religioso». La meditación es una forma de oración. Podemos recitar oraciones sin experimentar ninguna respuesta espiritual. Podemos recitar oraciones como el rey inicuo de Hamlet, que dijo: «Mis palabras vuelan hacia lo alto, mis pensamientos permanecen abajo: las palabras sin pensamientos nunca llegan al cielo».
El poeta, al contrastar la forma exterior de la adoración con la oración del alma, dijo:
El Poder, indignado, abandonará el ceremonial,
el canto pomposo, la estola sacerdotal;
pero quizá, en alguna cabaña apartada,
escuche complacido el lenguaje del alma,
e inscriba en Su Libro de la Vida a sus pobres moradores.
(Burns, «La noche del sábado del campesino»).
La meditación es una de las puertas más íntimas y sagradas por las que entramos en la presencia del Señor. Jesús nos dio el ejemplo. En cuanto fue bautizado y recibió la aprobación del Padre: «Este es mi Hijo amado, en quien me complazco» Mateo 3:17 Jesús se retiró a lo que hoy se conoce como el monte de la tentación. Me gusta pensar en él como el monte de la meditación, donde, durante los cuarenta días de ayuno, estuvo en comunión consigo mismo y con Su Padre, y meditó sobre la responsabilidad de Su gran misión. Uno de los resultados de esta comunión espiritual fue una fortaleza tal que le permitió decir al tentador:
Vete, Satanás, porque escrito está: Al Señor tu Dios adorarás y a él solamente servirás Mateo 4:10
Antes de dar a los Doce el hermoso Sermón del Monte, estuvo a solas, en comunión. Hizo lo mismo después de aquel ajetreado día de reposo, cuando se levantó temprano por la mañana, tras haber sido huésped de Pedro. Sin duda, Pedro encontró vacía la habitación del huésped, y cuando lo buscaron lo encontraron solo. Fue aquella mañana cuando Pedro dijo:
[…] Todos te buscan Marcos 1:37
Una vez más, después de que Jesús hubo alimentado a los cinco mil, dijo a los Doce que despidieran a la multitud, pero Jesús se fue al monte para estar a solas. El historiador dice: «cuando llegó la noche, estaba allí solo» Mateo 14:23 ¡Meditación! ¡Oración!
Una vez leí un libro escrito por un hombre muy sabio, cuyo nombre no puedo recordar ahora, que contenía un importante capítulo sobre la oración. El autor no era miembro de la Iglesia, pero evidentemente deseaba mantenerse en estrecha comunión con Dios y quería encontrar la verdad. Entre otras cosas, dijo, en esencia:
Para orar en secreto, entren en la habitación, cierren la puerta, bajen las persianas y arrodíllense en el centro de la habitación. Durante unos cinco minutos no digan nada. Piensen simplemente en lo que Dios ha hecho por ustedes y en cuáles son sus mayores necesidades espirituales y temporales. Cuando sean conscientes de ello y sientan Su presencia, entonces derramen su alma ante Él en acción de gracias.
EL MOMENTO DE LA SANTA CENA ES PARA LA COMUNIÓN CON DIOS
Creo que el breve período de la administración de la Santa Cena es una de las mejores oportunidades que tenemos para esa meditación, y durante ese momento sagrado no debe haber nada que distraiga nuestra atención del propósito de esa ordenanza.
Uno de los servicios más conmovedores a los que he asistido fue con un grupo de más de ochocientas personas a quienes se administró la Santa Cena, y durante aquella administración no se oía sonido alguno, salvo el tictac del reloj: ochocientas almas, cada una de las cuales tenía, por lo menos, la oportunidad de entrar en comunión con el Señor. No había distracciones, ni orquesta, ni cantos, ni palabras. Cada uno tenía la oportunidad de examinarse introspectivamente y considerar su dignidad o indignidad para participar de la Santa Cena. Tenía el privilegio de acercarse más a su Padre Celestial. ¡Eso es lo ideal!
Hermanos, recomendamos que rodeemos esta sagrada ordenanza de mayor reverencia, de un orden perfecto, para que cada uno que venga a la casa de Dios pueda meditar en Su bondad y expresar en silencio y en oración su agradecimiento por la bondad de Dios. Que el momento de la Santa Cena sea una experiencia del día en la que quien adora procure, al menos, comprender en su interior que le es posible entrar en comunión con su Dios.
Han ocurrido grandes acontecimientos en esta Iglesia gracias a esa comunión, gracias a la receptividad del alma a la inspiración del Todopoderoso. Sé que es real. El presidente Wilford Woodruff poseía ese don en gran medida. Podía responder; conocía el «silbo apacible y delicado» 1 Reyes 19:12 que para algunos todavía es desconocido. Descubrirán que esos momentos de mayor inspiración les llegan cuando están a solas con ustedes mismos y con su Dios. Probablemente les lleguen cuando afronten una gran prueba, cuando un muro se interponga en su camino y parezca que se encuentran ante un obstáculo insuperable, o cuando su corazón esté apesadumbrado por alguna tragedia en su vida. Repito: el mayor consuelo que podemos recibir en esta vida es sentir la realidad de la comunión con Dios.
EL TESTIMONIO DE MI PADRE
En esos momentos se han recibido grandes testimonios. Fue precisamente una experiencia así la que tuvo mi padre en el norte de Escocia cuando, como ya he contado a algunos de ustedes, oró a Dios para que apartara de él un espíritu de tristeza y desaliento que lo abrumaba. Después de una noche de preocupación e inquietud, se levantó al amanecer y se dirigió a una cueva a orillas del mar del Norte. Ya había estado allí antes para orar. Allí, justo cuando los rayos de la luz de la mañana comenzaban a extenderse sobre el mar, derramó su alma ante Dios como un hijo que suplica a su padre. La respuesta llegó: «¡Testifica que José Smith es un profeta de Dios!». Al comprender de pronto la causa de su desaliento, dijo en voz alta: «¡Señor, es suficiente!».
Hay personas en esta congregación que conocieron a mi padre y pueden dar testimonio de su integridad y honradez. Un testimonio de esa clase tiene un valor del cien por ciento.
Esas oraciones secretas, esos momentos de meditación concienzuda, esos anhelos del alma por extenderse hasta sentir la presencia de Dios: tal es el privilegio de quienes poseen el Sacerdocio de Melquisedec.
ELIMINAR LOS PENSAMIENTOS QUE DISTRAEN
Ahora bien, sé que algunos de ustedes se están diciendo: «La música ayuda a intensificar ese sentimiento de comunión». Cuando se detienen a considerar el asunto, comprenden que durante la administración de la Santa Cena no hay nada ajeno a ella que sea tan importante como recordar a nuestro Señor y Salvador, nada tan digno de atención como considerar el valor de la promesa que estamos haciendo. ¿Por qué habría de distraernos algo? ¿Hay algo más sublime? Allí estamos testificando, en presencia unos de otros y ante Él, nuestro Padre, que estamos dispuestos a tomar sobre nosotros el nombre de Cristo, que siempre lo recordaremos, siempre, y que guardaremos los mandamientos que Él nos ha dado D. y C. 20:77, 79 ¿Pueden ustedes, puede cualquier persona que viva, si reflexiona por un momento, presentarnos algo más sagrado o de mayor trascendencia en nuestra vida? Si participamos de ella mecánicamente, no somos sinceros o, digámoslo así, estamos permitiendo que nuestros pensamientos se distraigan de una ordenanza sumamente sagrada.
Hace poco hablaba con un hombre acerca de esto. Dijo: «Ah, pero la hermosa música del coro nos ayuda a concentrarnos». ¿Concentrarnos en qué? Cuanto más hermosa sea la música, más atraerá su atención hacia ella, hacia el intérprete o hacia el compositor. Si es música hermosa mal interpretada, entonces la disonancia desvía su atención. Que haya esa música como preparación hasta ese momento, sí; pero cuando se pronuncia la oración y ese joven presbítero habla en nuestro nombre, como lo hace, recuerden entonces que estamos asumiendo un convenio. Lo ideal sería que, durante esos quince minutos, todo hombre, mujer y niño pensara, lo mejor que pudiera, en el significado de esa sagrada ordenanza.
Hay otro punto que podría relacionarse con el reparto de la Santa Cena. Es algo hermoso y conmovedor que nuestros muchachos la administren. Son los siervos; están sirviéndonos a nosotros y sirviendo al Señor Isa. 40:31 y han venido allí porque son dignos de oficiar, si el obispo ha hablado con ellos debidamente.
[…] purificaos los que lleváis los utensilios de Jehová Isa. 52:11
Si cada muchacho pudiera comprender esto, nos repartiría la Santa Cena en silencio y con dignidad. A veces se la llevan primero a la organista, como si no debiera perderse ni un momento antes de que ella comience a distraer nuestra atención. La música comienza de inmediato. Por buena que sea, los sonidos del órgano, si prestamos la debida atención a la organista, desvían nuestra atención de la oración que acaba de ofrecerse.
QUIENES PRESIDEN DEBEN RECIBIR PRIMERO LA SANTA CENA
Más bien, ese joven debe llevar la Santa Cena a quien preside, para honrar el cargo, así como ustedes honraron a nuestro Presidente esta noche. Quien preside puede ser el obispo del barrio; si es así, que el joven lleve la Santa Cena primero al obispo. Después, repártanla uno tras otro a quienes estén sentados a la izquierda o a la derecha de quien preside, sin volver para servir al primer consejero y al segundo, y luego al superintendente. La lección se enseña cuando se lleva la Santa Cena a quien preside. El domingo siguiente quizá esté presente el presidente de estaca, quien será entonces la máxima autoridad eclesiástica. ¿Ven cuál es la responsabilidad de los diáconos y de los presbíteros? Se enseña una lección de gobierno cada día. Es su deber saber quién preside esa reunión ese día. El domingo siguiente podría estar presente una de las Autoridades Generales. Esos jóvenes tendrán presente la pregunta: «¿Quién está hoy y quién es la autoridad que preside?».
LA COMPAÑÍA DEL SANTO ESPÍRITU
Pero la lección que deseo dejar esta noche es esta: Hagamos que ese momento de la Santa Cena sea uno de los medios más conmovedores para entrar en contacto con el Espíritu de Dios. Permitamos que el Espíritu Santo, a cuya compañía tenemos derecho, nos conduzca a Su presencia, y que sintamos esa cercanía y se eleve en nuestro corazón una oración que Él escuchará.
Mi pensamiento queda expresado en parte por Edwin Markham en los siguientes versos:
El constructor que primero tendió un puente sobre la garganta del Niágara,
antes de tender su cable de orilla a orilla,
lanzó sobre el abismo su osada cometa,
que llevaba un fino cordel para que unas manos invisibles
lo asieran en el acantilado opuesto y tiraran
de una cuerda mayor, y luego de otra aún mayor;
hasta que por fin quedó tendido sobre el abismo
el cable, ¡y después el poderoso puente en el aire!
Así podemos enviar nuestro pequeño y tímido pensamiento
a través del vacío, hacia las manos extendidas de Dios;
enviar nuestro amor y nuestra fe a atravesar las profundidades,
pensamiento tras pensamiento, hasta que el pequeño cordel
se haya convertido en una cadena que ningún azar pueda romper,
¡y estemos anclados a lo infinito!
Que Dios nos ayude, hermanos, a vivir de tal manera que podamos sentir esa realidad —y esta noche les doy mi testimonio de que es real— de que podemos entrar en comunión con nuestro Padre Celestial; y si vivimos de manera que seamos dignos de la compañía del Santo Espíritu, Él nos guiará a toda la verdad; nos hará saber las cosas que han de venir Juan 16:13 nos recordará todas las cosas Juan 14:26 y testificará de la divinidad del Señor Jesucristo, como lo hago yo esta noche, y de la restauración del Evangelio, en el nombre del Señor Jesucristo. Amén.


























