José Smith, profeta del Dios viviente
Élder Clifford E. Young
Ayudante del Consejo de los Doce Apóstoles
Los testimonios de quienes conocieron personalmente a José Smith afirman su integridad y su llamamiento divino, pese a las acusaciones y los malentendidos acerca de sus motivos.
Siento la necesidad de su fe y sus oraciones, mis hermanos y hermanas, al presentarme ante ustedes esta tarde. Deseo agregar mi testimonio a los muchos testimonios contundentes de esta conferencia.
La historia del período de Nauvoo
Recientemente estaba leyendo una biografía publicada durante este año que abarca los años de guerra de Abraham Lincoln. Esta biografía fue escrita por J. G. Randall, profesor de historia de la Universidad de Illinois, y, al presentar los antecedentes del período de guerra de la vida de Lincoln, se remonta al Illinois de principios de la década de 1840, una época que conocieron los Santos de los Últimos Días de aquel entonces, y hace una o dos observaciones precisas:
En 1840, pocas poblaciones de Illinois tenían más de dos mil habitantes. Es un hecho curioso que, a mediados de la década de 1840, el asentamiento más grande de Illinois, con mucha diferencia, fuera la ciudad mormona de Nauvoo, situada en un hermoso paraje junto al ancho Misisipí, a unas cien millas al noroeste de Springfield. Aquí, en la década de 1840, cuando Chicago era una aldea incipiente de menos de cinco mil habitantes y Springfield un pequeño pueblo fangoso recientemente establecido en la pradera, se alzaba la ciudad más grande de Illinois, una comunidad de más de veinte mil habitantes. […] Centro del mormonismo, Nauvoo contaba con miles de viviendas y un gran templo en cuya construcción se había invertido un millón de dólares. (Lincoln, el presidente, J. G. Randall).
Describe además algunas de las condiciones que existían en aquella época y dice, citando a uno de los historiadores de Illinois, que este fue un período de anarquía en la historia de nuestra nación y que Illinois participaba de esa anarquía. El gobernador Ford, en su Historia de Illinois —escrita en la década de 1840—, trata extensamente el «espíritu de violencia de las turbas» en Illinois, y Lincoln habla de ello y advierte sobre sus peligros con estas palabras: «Que todo hombre recuerde que violar la ley es pisotear la sangre de sus padres y desgarrar la carta de su propia libertad y la de sus hijos». (Randall, página 22). Al leer esto pensé: sin duda, nuestro pueblo sabía lo que aquello significaba. Ellos también sufrieron a causa de esas condiciones.
Beveridge, en su biografía de Lincoln, describe algunas otras cosas interesantes que muestran que en aquel tiempo las normas no eran como las de hoy. Escribe:
Se consumían grandes cantidades de whisky; todos bebían, incluidas las mujeres y los predicadores. Los hombres se apresuraban a pelear, y las peleas eran brutales. El lenguaje profano era generalizado y enfático; sin embargo, un amor innato por la justicia, la veracidad y el trato equitativo impregnaba muchas de las comunidades, y la hospitalidad generosa y solícita era del más alto nivel. A pesar de estas cosas, la religión también era una parte vital de sus vidas. Se organizaban iglesias tan pronto como había suficientes colonos para formar pequeñas congregaciones. La predicación era rudimentaria, directa y vociferante, pero constituía una fuerza eficaz para el bien. Las escuelas, aunque rudimentarias, se establecían casi al mismo tiempo que las iglesias. De hecho, la iglesia y la escuela ejercían una influencia conjunta en favor de la decencia, el conocimiento y la moralidad en la vida de los pioneros. Muchas veces, las relaciones sociales eran poco estrictas y carecían de disciplina.
Y luego continúa hablando de los dialectos de la época, que eran sumamente rudimentarios. Beveridge hace referencia a una acusación que se hizo contra Lincoln mientras este debatía sobre los derechos de los estados con Stephen A. Douglas, según la cual Lincoln defendía el matrimonio entre blancos y negros. Lincoln, por supuesto, se sintió ofendido por ello y, en su respuesta, dijo que el hecho de que procurara la libertad de esas personas y defendiera que pudieran comer el pan que se ganaban no era razón para que se cuestionaran sus motivos.
Los motivos de José Smith fueron malinterpretados
Al leer esto, mis hermanos y hermanas, mi mente volvió al profeta José. Él también fue víctima del cuestionamiento de sus motivos. Era una época en que las personas cuestionaban los motivos de los demás, en que muchas veces eran maliciosas en sus imputaciones, y el Profeta y nuestro pueblo fueron víctimas de eso mismo; y, al mirar hoy hacia el pasado, no es de extrañar que la gente malinterpretara al profeta José. No supieron interpretar correctamente sus motivos; no supieron percibir el impulso de su vida recta, y cuando él defendía prácticas y doctrinas que contravenían lo aceptado en aquella época, los hombres cuestionaban lo que defendía y, en particular, el motivo que había detrás de ello. Así, el profeta José fue víctima de esta impugnación de sus motivos, y mucho de ello contribuyó a su martirio. Los hombres no lo conocieron entonces, y los hombres y las mujeres de nuestros días no se han esforzado por conocerlo. Eso es lamentable.
La valoración acertada de los primeros conversos
Si se me permite una referencia algo personal, mi abuelo, junto con sus cuatro hermanos y su padre, se unió a la Iglesia en 1832. Mi bisabuelo tenía entonces casi setenta años. Los cinco hermanos, con excepción de Lorenzo Young, eran mayores que José Smith y, sin embargo, cuando llegaron a Kirtland reconocieron en él a un profeta del Dios viviente. Eran hombres inteligentes; eran hombres capaces de analizar al profeta José Smith y valorar los principios que defendía. Creían plenamente en él y, después de aceptar la verdad tal como se la habían enseñado los primeros misioneros, nunca vacilaron hasta el día de su muerte. Todos fueron fieles a la fe. Eso fue característico de muchos. John Taylor se destaca como un faro de luz. Había venido de Inglaterra siendo joven. Es cierto que era menor que el Profeta, pues nació en 1808. Había llegado de Inglaterra en 1832 y se había establecido en Canadá. Y en 1836, Parley P. Pratt lo encontró y le predicó el Evangelio, que posteriormente aceptó. Más adelante fue a Kirtland para visitar al Profeta. Era un tiempo de apostasía; era un tiempo de persecución, pero nunca vaciló, porque el Señor le había testificado que aquel era un profeta del Dios viviente.
Después de esta visita, John Taylor regresó a Canadá y, posteriormente, José Smith lo visitó en compañía de otros. Más adelante, en el otoño de 1837, se le pidió e indicó a John Taylor que pusiera en orden sus asuntos y se uniera al conjunto de los santos. Al llegar a Kirtland, se enteró de que el Profeta estaba en Far West, por lo que continuó su viaje hacia Misuri. Bien pueden imaginar lo que significaría aquello en esa época, con viajes lentos y sin caminos, en condiciones rudimentarias y primitivas, semejantes a las que mencioné al principio, descritas por el profesor Randall. Sin embargo, al llegar a Far West, donde también había apostasía, eso no cambió nada para John Taylor. Él sabía, y eso era todo lo necesario; desde entonces consagró su vida a una devoción y un servicio casi sin igual en esta nueva dispensación. Estuvo con el Profeta en su martirio y nunca vaciló. Su vida se lee como una novela y, sin embargo, lleva el sello de la verdad por su lealtad y su fe.
Así pues, mis hermanos y hermanas, al leer acerca de estas condiciones primitivas, pensé en lo fácil que era cuestionar los motivos; en lo fácil que es hoy, cuando los hombres no conocen ni comprenden el alma humana, dejar de responder a esa alma cuando expresa su testimonio de la divinidad de esta gran obra.
El regreso de Oliver Cowdery a la Iglesia
Quisiera mencionar dos cosas más antes de concluir. Siempre me ha impresionado, como a ustedes, leer acerca de Oliver Cowdery y David Whitmer. Fue por medio de Phineas Young que Oliver Cowdery regresó a la Iglesia. Eran cuñados, pues Phineas se había casado con la hermana de Oliver. Oliver Cowdery dejó la Iglesia en 1838 y fue excomulgado junto con David Whitmer. Anduvo de un lugar a otro y finalmente regresó a Richmond, Misuri. Phineas Young le escribió a Oliver, rogándole que volviera a la Iglesia. Oliver respondió con sentimiento que se le había tratado injustamente y que los hermanos habían juzgado mal sus motivos. Nuestro pueblo en Misuri había sufrido persecución. Habían perdido sus tierras y, en muchos casos, sus hogares. Uno se maravilla, al leer sobre ello, de que no hubiera un alejamiento mayor de la Iglesia, porque aquella parte de la Iglesia estaba muy lejos de sus líderes y era fácil que los hombres se desviaran del camino.
Pues bien, Oliver Cowdery sentía que se habían cuestionado sus motivos, de modo que escribió a Phineas Young que creía que los santos no lo recibirían. Phineas respondió que Oliver debía volver a la Iglesia, que sabía que era verdadera y que allí era donde él pertenecía. En 1848, mientras se celebraba una conferencia en Council Bluffs, Oliver acudió a ella y, durante una de las reuniones, pidió hablar; ustedes conocen el relato. Proclamó nuevamente su testimonio del Libro de Mormón y su fe en el profeta José.
Después de la conferencia compareció ante el sumo consejo. «No pido que se me restituya a mi posición anterior», dijo. Había sido el segundo élder de la Iglesia. «Todo lo que pido es que se me permita volver a la Iglesia, porque sé que es verdadera». El sumo consejo que lo había excomulgado llevó a cabo una votación, lo cual se ajustaba al debido orden, y votó a favor de recibirlo en la Iglesia; posteriormente fue bautizado y ordenado élder. Se hicieron preparativos para que viniera a Utah, pero antes de que pudiera realizarse, enfermó gravemente y falleció. Pero murió, como dijo después David Whitmer, siendo el hombre más feliz que jamás había visto, porque estaba de nuevo en la Iglesia, donde pertenecía.
David Whitmer se mantuvo fiel a su testimonio
Y así fue también con David Whitmer. Entre los anuncios de fallecimientos que se leyeron aquí ayer figuraba el de James H. Moyle, padre de Henry Moyle, presidente del comité de bienestar. Tuve la buena fortuna, siendo muchacho, de recibir la influencia del hermano Moyle al trabajar con él en la Mutual, y desde entonces he sentido amor por él en mi corazón y aprecio por su devoción a la Iglesia. Recuerdo que relataba su entrevista con David Whitmer, cómo él, recién salido de la universidad, quería saber —era un joven y tenía ante sí aquel desafío—, quería saber. Sus padres se habían unido a la Iglesia en Inglaterra y habían emigrado a Sion, pero él mismo quería saber si había algo de verdad en aquello llamado «mormonismo». Al enterarse de que David Whitmer aún vivía, fue a Richmond para entrevistarlo, y el hermano Moyle escribe que jamás en su vida interrogó a nadie tan rigurosamente como a David Whitmer.
Cuando el hermano Moyle lo relató, fortaleció mi fe y, al reflexionar sobre ello desde entonces, he pensado en lo fácil que habría sido para David Whitmer decir: «Muchacho, eso fue hace cincuenta y dos años. Estábamos equivocados; éramos jóvenes. José Smith ejercía influencia sobre nosotros y estábamos equivocados». Pero no dijo eso. Podría haberlo dicho, porque anteriormente la Enciclopedia Británica lo había citado como alguien que había negado su testimonio. No dijo eso, pero sí dijo: «Quiero decirle de una vez por todas que el testimonio que di entonces es tan verdadero hoy como lo fue el día en que lo expresamos» L. de M., Testimonio de Tres Testigos. Eso ocurrió en la década de 1880, más de cincuenta años después de que el testimonio de los Tres Testigos se hubiera inscrito en una de las hojas iniciales del Libro de Mormón.
José Smith es un verdadero profeta
Mis hermanos y hermanas, mi tiempo ha terminado. El profeta José vive hoy y es un profeta viviente tan real como lo fue siempre. Sus motivos fueron malinterpretados entonces; se malinterpretan ahora, pero no hay duda en cuanto a su integridad ni a su llamamiento divino. Cuando hombres como John Taylor, los Young, los Kimball y otros acudieron a él y se relacionaron con él, Oliver Cowdery y David Whitmer, que fueron excomulgados de la Iglesia, que lo conocieron y se relacionaron íntimamente con él —repito—, cuando hombres como estos se relacionaron con él y reconocieron en él a un profeta del Dios viviente, entonces podemos decir que quienes critican al Profeta hoy también deben tener en cuenta estos testimonios, así como los de los hombres que cuestionaron sus motivos y lo difamaron y calumniaron, como lo hicieron los apóstatas de su época y como lo hacen en nuestros días quienes no tienen el espíritu del Evangelio.
Que Dios nos bendiga y nos ayude a comprender que él fue un profeta del Dios viviente, lo ruego en el nombre de Jesucristo. Amén.


























