Conferencia General Abril 1946


Discurso de clausura

Presidente George Albert Smith

El Evangelio de Jesucristo y las organizaciones de Su Iglesia nos bendicen, nos enseñan a amar y servir a los demás y nos preparan para la vida eterna.


Faltan exactamente cinco minutos para las tres… en San Francisco. (Risas). Ha sido una experiencia sumamente grata para mí estar en esta conferencia, a pesar de que algunos de los amigos más queridos que he tenido, que estaban aquí hace un año, hoy ya no están. Hemos escuchado a los miembros del Cuórum de los Doce, y me doy cuenta de que, por cada uno de los que ahora integran ese cuórum, ha fallecido un amigo muy querido y miembro de ese grupo. Sus lugares han sido bien ocupados. Estos hermanos son verdaderamente siervos del Señor, pero extraño a los hombres que se han ido. La tía Augusta Grant ha estado presente durante esta conferencia y ha asistido a la mayoría de las reuniones. Esa bendita mujer estuvo al lado del presidente Grant, lo ayudó a criar a su familia y bendijo a esta comunidad. Estoy agradecido de verla aquí hoy. Estoy seguro de que hay aquí bastantes personas de edad avanzada de cuya presencia algunos de nosotros no estamos enterados. Menciono a la tía Augusta Grant porque el presidente Grant estuvo aquí hace poco tiempo. La tía Mary, esposa del presidente Joseph F. Smith, también está aquí y siempre asiste a nuestras reuniones, al igual que muchas otras personas a quienes amamos. Estoy seguro de que son bendecidas por estar aquí, y nosotros somos bendecidos por su presencia. No pasará mucho tiempo antes de que muchos de nosotros partamos de esta vida. Probablemente no todos dejaremos una trayectoria tan admirable como algunas de las personas a quienes me he referido, pero es maravilloso contar con esa clase de compañía a lo largo de la vida.

El solo hecho de mirar sus rostros y ver la dedicación con que viven es un gozo, porque esa dedicación está escrita en sus semblantes. Quiero decir a muchos de ustedes, a quienes conozco personalmente, que nunca podré recompensar su bondad y la ayuda que me han brindado de tantas maneras. Digo nunca; mejor diré que no puedo hacerlo en esta vida, pero creo que nuestra vida es eterna y que quizás algunas de estas deudas pendientes de aquí puedan saldarse en el más allá.

LA GRANDEZA PERDURABLE DEL PROFETA JOSÉ SMITH

En esta conferencia se ha hablado mucho acerca del profeta José Smith. No hay mucho que yo pudiera decir de él que no fuera bueno. Muchos de los beneficios y las bendiciones que he recibido me han llegado por medio de aquel hombre que dio su vida por el evangelio de Jesucristo. Ha habido quienes lo han menospreciado, pero quisiera decir que quienes lo han hecho serán olvidados y sus restos volverán a la madre tierra, si es que aún no han vuelto, y el hedor de su infamia nunca desaparecerá, mientras que la gloria, el honor, la majestad, el valor y la fidelidad manifestados por el profeta José Smith estarán ligados a su nombre para siempre. Por tanto, no tenemos por qué disculparnos.

Es maravilloso vivir en una época como esta, en la que se están resolviendo tantos problemas. También es una época inquietante para vivir, cuando las personas se complacen en tratar con dureza y crueldad a quienes procuran bendecir a la humanidad.

AMISTADES SELECTAS EN LA IGLESIA

Me alegra pertenecer a una Iglesia que ha producido hombres y mujeres como los que esta Iglesia ha producido. He recorrido aproximadamente un millón de millas por el mundo en favor del evangelio de Jesucristo. He estado en muchos climas, en muchas tierras y en muchas naciones, y nunca he visto lugar alguno que me pareciera tan rico en las dulces relaciones de la vida como lo que he encontrado en los valles de estas grandes montañas y en las organizaciones de la Iglesia establecidas en otras partes del mundo. Es maravilloso tener tales amistades con hombres y mujeres buenos, veraces, honorables, bondadosos y fieles. A menudo he dicho que ningún hombre en el mundo ha sido más bendecido que yo. Desde mi infancia, desde que tengo memoria, nunca me he visto obligado a relacionarme con personas malvadas. He tenido la fortuna de que las circunstancias de mi vida me permitieran escoger como compañeros a los mejores hombres y mujeres que pudieran encontrarse en el mundo. Esto ha enriquecido mi vida, y estoy agradecido.

LA ASOCIACIÓN DE LA PRIMARIA

Pienso en mis primeras experiencias en la Asociación de la Primaria. Mencionar la Primaria me hace recordar que es una institución maravillosa. Fue el Salvador del mundo quien dijo: «[…] Dejad a los niños venir a mí y no se lo impidáis, porque de los tales es el reino de Dios». Marcos 10:14 En esta organización hay un programa para el desarrollo de los niños pequeños y para brindarles los beneficios de una educación, un refinamiento y una cultura iguales, si no superiores, a los de cualquier otro programa del mundo. Personalmente, hoy siento el deseo de agradecer a los líderes generales y a los líderes de estaca y de barrio de esta organización que dedican su tiempo al desarrollo de estos pequeños. Lo recuerdo porque ayer y hoy he visto a bastantes de estos niños sentados en los pasillos, en los escalones y en otros lugares, prestando atención y escuchando lo que ha sucedido. Es hermoso tener aquí a tantos niños pequeños, y me hace sentir a gusto tenerlos entre los presentes. El Señor los ama, y estoy seguro de que nosotros los amamos.

LA ESCUELA DOMINICAL

También tenemos nuestra gran organización de la Escuela Dominical. No hay en todo el mundo una organización de escuela dominical como la que tenemos en La Iglesia de Jesucristo de los Santos de los Últimos Días. Es maravilloso lo que se ha logrado, y su enseñanza se ha adaptado de tal manera que cualquier persona, mayor o joven, puede encontrar en ella desarrollo y edificación. Por tanto, quisiera agradecer a quienes han hecho posible que, en la Primaria y en la Escuela Dominical, me relacione con hombres y mujeres cuyos ideales son verdaderos ideales cristianos, sin fingimiento, y que enseñan a quienes están bajo su cuidado a andar rectamente ante el Señor, a honrar a su padre y a su madre, a amarse unos a otros, a ser honrados, verídicos, castos y benevolentes. Estas son grandes organizaciones.

LAS ASOCIACIONES DE MEJORAMIENTO MUTUO

Pienso en lo que la Asociación de Mejoramiento Mutuo ha hecho por mí. Es una de las organizaciones más extraordinarias de todo el mundo, preparada y adaptada para los mayores de doce años. Me ha brindado, al igual que las otras organizaciones, la compañía de un grupo de un poco más de edad, pero de la misma excelente calidad, con fe en Dios, amor por sus padres y sus madres, y honra y respeto hacia quienes los presiden en la Iglesia y los gobiernan en el estado y la nación. ¡Qué maravillosa ayuda ha sido para mí la Asociación de Mejoramiento Mutuo! Siento el deseo de agradecer y bendecir a quienes hicieron posible que disfrutara de esas amistades. Hoy hay entre los presentes hombres y mujeres con quienes me he relacionado en ese gran grupo durante muchos, muchos años, y quisiera que supieran que agradezco su amor y su bondad.

LA SOCIEDAD DE SOCORRO

Hay otra excelente organización en la Iglesia, la Sociedad de Socorro, organizada bajo la dirección de un profeta de Dios para el desarrollo de las mujeres. Ninguna organización de mujeres en todo el mundo supera a esta. Qué maravilloso es tener en cada uno de nuestros barrios y ramas a estas madres de hombres y mujeres que dedican su vida a elevar y bendecir las comunidades donde viven. ¡Qué bendición son y han sido para esta Iglesia, y seguirán siéndolo!

LA SOCIEDAD GENEALÓGICA

La Sociedad Genealógica es otra organización maravillosa. Tiene la tarea de reunir los nombres de quienes fallecieron hace generaciones y llevarlos a un gran archivo donde puedan ordenarse y clasificarse, para que podamos rastrear nuestra ascendencia. Un día le dije a un hombre: «Puede averiguar todo acerca de sus antepasados si viene conmigo a la Biblioteca Genealógica». Él dijo: «No quiero saber nada de ellos». Yo tampoco querría si pensara que mi ascendencia pudiera remontarse a un orangután o a un babuino. Pero, al igual que William Jennings Bryan, no permitiré que quienes se enorgullezcan de esa clase de ascendencia me incluyan en su árbol genealógico. Quiero decir que no apreciamos debidamente lo que esta gran organización ha hecho al recopilar nuestra genealogía y al enlazar todas las líneas familiares que se habían interrumpido y perdido.

EL PROGRAMA DE BIENESTAR DE LA IGLESIA

Tenemos nuestro programa de bienestar. Hace poco tiempo que se organizó y, sin embargo, hoy está en condiciones de enviar vagones enteros de alimentos, ropa, ropa de cama y otros artículos, reunidos por esa gran organización, a hombres, mujeres y niños al otro lado del mar que están muriendo de hambre y de frío por carecer de las diversas cosas que nosotros tenemos en abundancia.

Si hay algo en este mundo que nos prepare para el reino de los cielos, es esta Iglesia y su organización. Por eso, hoy, al estar aquí y mirar sus rostros, comprendo lo que el evangelio de Jesucristo ha hecho por mí. No tengo palabras para expresar mi gratitud a Dios por el servicio de esta Iglesia y por las bendiciones que sus miembros me han brindado personalmente; luego multipliquen eso por lo que ha hecho por todos los demás.

Es maravilloso transitar por la vida de la mano del Maestro de los cielos y de la tierra, y esta Iglesia se acerca tanto a brindarme ese privilegio como cualquier cosa puede hacerlo en la vida terrenal. Estoy agradecido al contemplar a este grupo y ver lo que Dios ha hecho por nosotros, y doy gracias a estos hombres y mujeres de edad avanzada que han soportado la carga en el calor del día y han seguido adelante, para que quienes hemos venido después pudiéramos tener la bendición de conocer el propósito de la vida a fin de prepararnos para la felicidad eterna.

EL SISTEMA EDUCATIVO DE LA IGLESIA

Tenemos nuestras grandes instituciones educativas, nuestras escuelas y seminarios, donde nuestros hijos e hijas no solo pueden aprender los conocimientos básicos de la educación, sino también los fundamentos de la felicidad eterna. Estoy agradecido de que Karl G. Maeser, cuando yo era apenas un niño, incorporara a mi vida una parte de aquello que conforma la organización del gran sistema educativo de La Iglesia de Jesucristo de los Santos de los Últimos Días. Hay muchas cosas que podría mencionar, pero estas son solo algunas de las que me vienen a la mente mientras estoy aquí.

NUESTRAS OPORTUNIDADES MISIONALES

Al acercarnos a la conclusión de esta gran conferencia, solo tengo buena voluntad en mi corazón hacia la humanidad. No tengo animosidad en mi corazón hacia ningún ser humano viviente. Conozco a algunos que desearía que se comportaran un poco mejor de lo que lo hacen, pero son ellos quienes pierden, no yo. Si puedo rodearlos con mi brazo y ayudarlos a volver al camino de la felicidad al enseñarles el evangelio de Jesucristo, mi felicidad aumentará por ello. Ese es el propósito de la obra misional de esta gran Iglesia. Quisiera decir a los hermanos que son presidentes de misión que tienen una verdadera responsabilidad en sus respectivos campos de labor. Aún no tienen muchos misioneros de Sion, pero están llegando. Quiero decirles que tendrán bastante trabajo al atenderlos, capacitarlos y ayudarlos a desarrollarse, así como al ayudar a los miembros locales que han sido tan fieles y serviciales durante estos largos tiempos de prueba. La carta del hermano Benson que leímos hoy indica que muchas personas de allá están casi muriendo de hambre y de frío, pero, al parecer, según lo indica su carta, no están pensando en cómo tener un palacio en la tierra, sino en cómo ayudar a otras personas a disfrutar de una mansión en lo alto. Eso es lo que el Evangelio hace por nosotros. No es lo que tenemos lo que nos hace felices; no son las cosas materiales de la vida las que enriquecen nuestra existencia, sino lo que somos. Cuanto más nos asemejamos a nuestro Padre Celestial y a Su Hijo Amado Jesucristo, más felices somos. Por tanto, seguramente ningún hombre ni ninguna mujer que escuche mi voz, ni nadie en el mundo que comprenda esto, vacilará en salir a enseñar a quienes no lo comprenden y en irradiar alegría. No se puede obligar a las personas a hacer lo correcto, pero sí se las puede conducir a hacerlo mediante el amor, si el ejemplo que ustedes dan les permite ver que son sinceros en lo que dicen.

GRATITUD POR LA AYUDA DE MIS COMPAÑEROS

Doy gracias a mis hermanos y a mis compañeros por su ayuda y su bondad. Cuando pienso en lo débil y frágil que soy para haber sido llamado a estar al frente de esta gran Iglesia, comprendo cuánto necesito la ayuda de cada alma que forma parte de ella para tener éxito; por eso doy gracias a mis hermanos, mis fieles consejeros, que me han ayudado en la singular experiencia de acostumbrarme a una gran responsabilidad. Estoy agradecido a mis hermanos del Cuórum de los Doce, al Patriarca, a los Ayudantes de los Doce, al Primer Consejo de los Setenta y al Obispado Presidente; a todos estos hombres que son siervos del Señor y que procuran guardar Sus mandamientos y enseñarnos el camino de la vida eterna. Estoy agradecido a ellos e invoco sobre ellos y sobre todos ustedes, los hijos de mi Padre, aquí o dondequiera que se encuentren, las bendiciones de paz, amor y gozo, la compañía del Espíritu de Dios y, al final, la vida eterna en el reino celestial. Ruego que ese sea nuestro privilegio. Cuando se abra el libro de la vida del Cordero y se registren los nombres de quienes han de heredar el reino celestial, espero y ruego que ustedes y todos sus seres queridos, todos estos hijos e hijas de nuestro Padre Celestial que se relacionan con ustedes aquí, tengan sus nombres inscritos allí, sin que falte ninguno. Si así fuera, ¡qué felices seremos por las edades de la eternidad! Gracias a los profetas de la antigüedad, a nuestro Padre Celestial que los envió; gracias a Su Hijo Amado Jesucristo, que murió para que pudiéramos volver a vivir; gracias a José Smith, cuyo nombre ha sido menospreciado por algunos ignorantes del mundo; es decir, han procurado menospreciarlo, pero no pueden. Gracias a él, que estuvo dispuesto a dar su vida y sellar su testimonio con su sangre como evidencia de que sabía de lo que había hablado. Dios los bendiga, mis hermanos y hermanas; que la paz more en sus corazones y en sus hogares. Ámense unos a otros; amen a la humanidad; tiendan la mano a quienes los necesiten. Si lo hacemos, disfrutaremos de una felicidad que no puede encontrarse de ninguna otra manera.

Que Dios conceda que así sea, lo pido humildemente en el nombre de Jesucristo, nuestro Señor. Amén.

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