El deseo de servir en una misión
Élder S. Dilworth Young
Del Primer Consejo de los Setenta
Los jóvenes pueden obtener un testimonio firme y responder con verdadero deseo al llamamiento del profeta de servir en una misión y llevar el Evangelio al mundo.
Al contemplar esta inmensa cantidad de Santos de los Últimos Días, comienzo a entender y a comprender un poco por qué no reconozco a las personas cuando camino por la calle durante una conferencia. He conocido a tantos de ustedes durante el año pasado y me han recibido con tanta amabilidad que me he esforzado, he luchado un poco, por reconocerlos cuando los veo. Es una tarea casi imposible. Permítanme agradecerles sus muchas bondades y expresar la esperanza de que comprendan si, al encontrarlos en la calle, no recuerdo su nombre. Si parezco un poco desconcertado, quisiera que hicieran como Earl J. Glade, quien dijo que nunca se acerca a un hombre a quien ha conocido sin saludarlo de esta manera: «Yo lo conozco. Lo conocí en tal lugar». Hagan lo mismo conmigo. Si me dicen: «Yo lo conozco. Aquí fue donde lo vi», entonces creo que podré recordar mejor.
Quisiera esta noche dar voz a algunos que no saben cómo expresarse; quisiera hablar en nombre de los muchachos de veinte, veintiuno, veintidós y veintitrés años. También quisiera hablarles a ellos, si me lo permiten y si el Señor me concede sabiduría, porque necesitan que se les hable, además de que se hable en su nombre.
UN SERMÓN INSPIRADOR
Hace muchos años leí algunas cosas que elevaron grandemente mi espíritu. Leí en un libro que un hombre llamado Wilford Woodruff decía que en una ocasión estuvo en una reunión en la que se encontraba Parley P. Pratt. El hermano Pratt dijo que había cabalgado una larga distancia para llegar al lugar de la reunión. Su tema era: «¿Se unirán a nosotros en el Campo de Sion para ir a rescatar a los santos de Misuri?». Cuando pidió el privilegio de hablar, indicó que solo hablaría unos minutos, pues estaba muy cansado. Comenzó a la hora de encender las primeras velas, como se decía en aquellos días, y habló hasta después de medianoche. El hermano Woodruff permaneció sentado durante todo aquel largo sermón, conmovido e inspirado. Dijo, aproximadamente, estas palabras:
Me sentí tan conmovido que todo el oro del mundo no habría podido impedirme ir con aquella compañía.
Pensé para mis adentros que a mí también me habría gustado sentirme conmovido de esa manera.
LA CONVERSIÓN DE WILFORD WOODRUFF Y LORENZO SNOW
Y también leí que un hombre llamado Lorenzo Snow asistía a la Universidad de Oberlin, en Ohio. Escribió a su hermana y le dijo:
Si no hay nada mejor que lo que se encuentra aquí en la Universidad de Oberlin, adiós a todas las religiones.
Le dijo que allí no había absolutamente nada para él; pero más adelante, cuando escuchó hablar a los élderes y reconoció en su testimonio las palabras de salvación, se sintió conmovido y deseó unirse a la Iglesia cuanto antes.
De muchacho miraba las fotografías de Wilford Woodruff y Lorenzo Snow, hombres de barba canosa en los últimos años de su vida, y pensaba para mis adentros: «Eso habría sido fácil para ellos. Sabían que el Evangelio es verdadero. Les habría resultado muy fácil aceptarlo». Cuando más adelante supe que Wilford Woodruff tenía solo veintiséis años cuando vivió aquella experiencia con Parley P. Pratt, y que Lorenzo Snow tenía solo veintidós, entonces comencé a vislumbrar alguna esperanza para los jóvenes.
Aquellos hombres tomaron sus decisiones cuando eran tan jóvenes como ustedes, muchachos. No se quedaron esperando a que les llegara un testimonio poco a poco. Desde muy jóvenes habían estado estudiando durante algunos años las palabras de Cristo en la Biblia y, cuando llegó el momento de escucharlo, estuvieron dispuestos a aceptarlo. Oraron fervientemente para recibir un testimonio, para recibir el Espíritu Santo, y lo recibieron. A Lorenzo Snow le llegó con tal ímpetu y poder que, según dijo, durante varias noches pudo oír susurros y sonidos suaves, y le parecía estar bañado en fuego. Su mente fue elevada y comprendió las Escrituras como nunca antes.
LA BÚSQUEDA DE UN TESTIMONIO
Eso me agrada, y les digo a ustedes, jóvenes, que pueden tener la misma experiencia si la desean. Todo lo que tienen que hacer es desearla con suficiente intensidad, porque no pueden estar oscilando de un lado a otro en esto; o es así o no lo es. Si se deciden a creer que es así y le piden al Señor que les dé un testimonio, si lo piden con sinceridad y de verdad, recibirán ese testimonio. Aquellos hombres obedecieron al profeta de Dios. Ustedes pueden obedecer al profeta de Dios de nuestros días y experimentar la misma emoción y felicidad al hacerlo. Él necesita valor para seguir adelante, al igual que ustedes, y también lo necesitan los hombres que han sido sostenidos en esta conferencia como profetas, videntes y reveladores, dieciséis en total. Tienen sus momentos de desaliento, pero lo que les da valor para seguir adelante es la fidelidad de ustedes.
UN TRIBUTO A MARK AUSTIN
Sentimos el mayor respeto por los ancianos. Nosotros, los jóvenes, sabemos que han sido probados y no han sido hallados faltos. Permanecerán firmes y sostendrán el tabernáculo mientras sea necesario sostenerlo.
He aprendido una lección durante el año pasado y voy a transmitírsela: Al ver al presidente Smith recorrer esta Iglesia, me ha parecido que hay hombres firmes, con los brazos extendidos, que mantienen tensas las cuerdas del tabernáculo para que los vientos no puedan llevárselo. Durante toda su vida han demostrado con sus obras que sostienen al Presidente y a la Iglesia. He visto a un hombre así y quisiera señalarlo. Voy a hacer una referencia personal, y espero que la persona de quien voy a hablar me perdone si la avergüenzo.
He observado al hermano Mark Austin desempeñarse en la obra de bienestar. Tiene más de ochenta años. Durante muchos, muchos años ha sido un baluarte para los hermanos que presiden esta Iglesia. Sin importar lo que le pidieran que hiciera, lo hacía. Al observarlo, yo, un hombre joven, he cobrado renovado ánimo para llegar, de alguna manera, a cumplir tan fielmente como él lo ha hecho y lo sigue haciendo. No permite que la edad sea un impedimento cuando el hermano Romney le asigna ir a una conferencia en una misión de fin de semana. Allí está, sin importar lo lejos que sea ni cuántas incomodidades tenga que soportar. Es un verdadero caballero. Nunca interfiere; nunca estorba a nadie, sino que cumple discretamente con lo que se le asigna, para la gloria de Dios y para honrar el sacerdocio de la Iglesia, en nombre del profeta de Dios.
Nosotros, los jóvenes, y ustedes, que tienen veinte, veintiuno y veintidós años, podemos aprender a imitar esa clase de ejemplo. No se logra fácilmente; se necesitan unos sesenta años para llegar a ese punto, pero, una vez que se llega, se tiene una serenidad de conciencia y una felicidad que no tienen igual sobre la tierra.
Estos dieciséis hombres a quienes sostenemos son honrados. Son sostenidos como profetas del Dios viviente. Ustedes también pueden ser honrados de igual manera si obedecen las palabras de los profetas de Dios. Como ven, un profeta no puede profetizar mucho sin alguien a quien dirigir sus palabras, y no puede pedir ayuda a menos que tenga a alguien a quien pedírsela. Esas personas son ustedes. Son ustedes quienes deben escuchar la palabra y luego salir a obedecerla.
LOS PRIMEROS MISIONEROS DIERON EL EJEMPLO
Mencionamos con mucha frecuencia a Brigham Young y a Heber C. Kimball, dos hombres tan unidos como hermanos. A menudo hablamos de Parley P. Pratt, Orson Pratt, David W. Patten, el primer gran mártir, y de otros como ejemplos de grandes hombres. Pero entre ustedes también hay quienes son grandes.
¿Han oído hablar de Zera Pulsipher? Muchos no; algunos quizá sí. Al leer la Historia de la Iglesia, aprendo acerca de muchos de los grandes hombres que se destacaron y cuyas biografías se han escrito; pero, si uno lee los libros con atención, verá que una gran proporción de ellos escuchó el Evangelio por primera vez por medio de Zera Pulsipher y que, muy probablemente, él fue quien los bautizó. Su nombre se menciona repetidamente en las historias como el de un hombre que andaba predicando el Evangelio. ¿Saben algo acerca de él? Nadie sabe. No le correspondía llegar a ser Presidente de la Iglesia; no era su prerrogativa presidir ninguno de los grandes consejos de la Iglesia; pero, siendo un joven de unos veintidós años, al escuchar la voz del Profeta, obedeció y salió a difundir las buenas nuevas entre los hijos de los hombres. Porque lo creía, porque era sincero en ello, el Señor lo bendijo y fue el instrumento por medio del cual muchos grandes hombres llegaron a la Iglesia.
Han oído decir en esta conferencia, y supongo que lo oirán varias veces más, que bendecido es aquel, y cuán feliz será, que logre un converso en el reino de nuestro Padre D. y C. 18:15 Si recuerdo bien, Heber C. Kimball y sus compañeros convirtieron a unas tres mil personas durante los primeros meses que estuvieron en Preston, Inglaterra. Pero ¿conocen los nombres de los cinco jóvenes que llevaron el Evangelio a Brigham Young y a Heber C. Kimball? Uno se llamaba Eliot Strong. Otro se llamaba Eleazer Miller. Los otros tres eran Alpheus Gifford, Enos Curtis y Daniel Bowen. Cuánto gozo tendrán en el reino de su Padre junto a los grandes profetas del Señor, los tres mil conversos de Preston y los muchos miles más de Inglaterra que aquellos conversos, a su vez, convirtieron. Esa es la posibilidad que tiene cada joven que está ante mí esta noche y cada joven de la Iglesia si escoge obedecer el llamamiento. Puede experimentar un gozo semejante al salir y, aunque nunca llegue a ser grande en la Iglesia como organizador, puede llegar a ser grande en ella por las personas a quienes convierta al Evangelio.
EL LLAMAMIENTO DE LOS JÓVENES A SERVIR EN MISIONES
Bendecido es el muchacho que, creyendo, sale al mundo por el llamamiento del profeta y busca a los de corazón sincero de la tierra. Apenas habrá un hombre en este recinto cuyos padres o abuelos no sean el resultado de esa labor. Quisiera hacer un llamado a los jóvenes, respaldando lo que escuché en la última conferencia. El presidente Smith hizo un llamado general para que los jóvenes de la Iglesia respondieran a los llamamientos misionales. A muchos de esos jóvenes sus padres y las autoridades de su barrio les han enseñado en el pasado que los llamamientos no suelen llegar mediante una invitación general. Con ello quiero decir que creen que deben permanecer tranquilamente en casa y esperar a que la inspiración del Señor impulse a los obispos a ir a visitarlos y llamarlos. Si lo entiendo correctamente, creo que el presidente Smith quiere que todo joven sienta que puede ir a su obispo y ofrecerse, diciendo: «Estoy dispuesto a ir». Creo que esa es la manera de interpretarlo. En cualquier caso, si algún joven no lo entiende así y piensa que debe esperar a que vaya el obispo, creo que el obispo debe ir a ver a todo joven del barrio que lleve una vida limpia y recta y haya regresado de la guerra, sin importar cuánto tiempo lleve en casa, y hablar con él al respecto, deliberando con él y con su familia.
Todo joven digno de esta Iglesia tiene derecho a ser llamado a una misión, todos y cada uno. Creo que ningún hombre que ocupe un cargo de presidencia en un barrio o una estaca tiene derecho a pasar por alto a ningún muchacho por las razones que solemos dar y hemos dado durante este año. He oído a muchos decir, en muchos lugares donde he estado: «Bueno, nuestros muchachos han estado fuera mucho tiempo; deberían estar en casa un tiempo. Denles un descanso. Permítanles pasar unos meses en casa antes de que se les vuelva a llamar a salir». Les digo que no quedarán muchos muchachos en casa, los llamen o no. No se van a quedar en casa. Han dejado el hogar para siempre. Volverán a visitarlo, es cierto, pero van a estudiar, o van a casarse, o van a hacer muchas otras cosas. Pero no se van a quedar en casa. Así que esa no es una razón. Si un muchacho puede servir en una misión, debe dársele la oportunidad. Que la rechace si quiere, pero no tomen la decisión por él. Asegúrense de que no quiere ir antes de dejar de invitarlo.
¿Creen que no hay necesidad? ¿Creen que no podemos emplearlos en la obra? En la misión en la que serví hace veinticinco años, un año después de la Primera Guerra Mundial, había doscientos misioneros. Ese número había salido al campo misional. Hoy, en esa misma misión, hay menos de cuarenta, un año después del fin de esta guerra. Es cierto que muchos muchachos están respondiendo, y en este momento algunas de nuestras instalaciones están al límite de su capacidad para atenderlos; pero no están respondiendo con suficiente rapidez y no se les está invitando con suficiente rapidez. Muchísimos muchachos siguen adelante con su vida sin que se les haya invitado a servir en una misión. Tienen en la mente y en el corazón el deseo de estudiar, y deben estudiar. Pueden estudiar, pero creo que no hay ninguna institución educativa sobre la tierra que no pueda esperar dos años mientras se lleva la palabra del Señor por toda la tierra. No conozco mejor escuela para ningún muchacho que salir al mundo en busca de los humildes, defender a su Iglesia, aprender a llevarse bien con las personas y enseñar las cosas del reino de Dios a su propio corazón y al de los demás. Regresará como un hombre más fuerte y mejor. Entonces podrá proseguir sus estudios y aprovecharlos mucho más, sabiendo que ha hecho la voluntad del Señor y ha actuado como Su siervo sobre la tierra a petición del profeta de Dios.
EL DESEO DE SERVIR EN UNA MISIÓN
Esa es la posibilidad que tiene cualquier joven que quiera hacerlo. No importa quién sea. Pero les diré una frase a ustedes, los jóvenes de toda esta Iglesia: Tienen que querer hacerlo. Lo repito: Tienen que querer hacerlo. El Señor puede poner en el corazón de la Presidencia de la Iglesia y del Cuórum de los Doce el llamarlos a una misión si están dispuestos a aceptarla, pero tienen que querer aceptarla.
Últimamente he hablado con muchos jóvenes que quieren aceptar el llamamiento. Wilford Woodruff quería aceptarlo. Quería unirse al Campo de Sion; se le advirtió que podía morir, que probablemente perdería la vida. Dijo: «No me importa. De todos modos quiero ir». Lorenzo Snow quería servir en una misión. En cuanto fue bautizado y confirmado y se le confirió el Sacerdocio Aarónico, preparó su maleta y fue a pie en busca de los misioneros; tienen que querer ir.
Mis jóvenes amigos, para que tengamos suficientes misioneros, ustedes también tienen que querer ir. No a medias, no con el sentimiento de: «Iré si me llaman; quizá lo disfrute, quizá no», sino más bien: «En el nombre del Dios viviente llevaré Su palabra y, con Su poder sobre mis hombros, iré por toda la tierra, adondequiera que se me envíe, y daré testimonio al mundo de que el Evangelio ha sido restaurado, de que José Smith fue un profeta, de que el presidente George Albert Smith es un profeta y de que esta Iglesia es el verdadero reino de Dios». Si lo hacen, nunca se arrepentirán mientras vivan, y la Iglesia crecerá a pasos agigantados. Antes de que se den cuenta, llenará toda la tierra. Que Dios conceda que eso suceda pronto. Lo pido en el nombre de Cristo. Amén.


























