El modelo del martirio
Élder Spencer W. Kimball
Del Consejo de los Doce Apóstoles
Los mártires sellan con su sangre su testimonio del Evangelio de Jesucristo, y su fidelidad continúa dando testimonio de la verdad después de su muerte.
Mis hermanos y hermanas: Esta es una experiencia inspiradora. He escuchado con gran interés los testimonios y las palabras de mis hermanos. Estoy seguro de que hoy hay muchos cientos de miles de Santos de los Últimos Días por todo el mundo, representados por ustedes, que, junto con ustedes y con nosotros, están dando testimonio de la divinidad de esta gran obra.
Algunos de los hermanos han mencionado nuestro gran legado y a nuestros antepasados que nos lo dejaron. El hermano Widtsoe mencionó a los muchos miles de miembros que cruzaron las llanuras a costa de grandes sacrificios personales. Miles de ellos murieron entre Nauvoo y el valle del Lago Salado y sellaron sus testimonios con su sangre. Fueron mártires de una gran causa, como lo fue su profeta, vidente y revelador.
Mártires de una gran causa
Deseo decir unas palabras acerca de los mártires. Webster dice que un mártir es alguien que sufre voluntariamente la muerte por negarse a renunciar a su religión.
Unos ciento cincuenta años antes del nacimiento de Cristo, apareció entre los descendientes de Lehi un profeta llamado Abinadí Mosíah 11:20–25 Sin temor predicó el arrepentimiento al rey Noé y a su pueblo infiel, culpables de todos los crímenes conocidos por los hombres. Denunció con valentía sus inmoralidades y los llamó al arrepentimiento. «[…] Llevaos a este hombre», había mandado el rey, «y matadlo; porque, ¿qué tenemos que ver con él? Pues está loco» Mosíah 13:1 Intentaron ponerle las manos encima, pero él les advirtió que Dios no permitiría que le hicieran daño hasta que hubiera comunicado su mensaje Mosíah 13:4–5
Y habló con poder y autoridad de Dios Mosíah 13:6
Entonces Abinadí profetizó la venida del Mesías, Su vida, Su ministerio y Su muerte. El rey mandó que lo ataran y lo echaran en la cárcel, y lo amenazó:
[…] serás ejecutado, a menos que te retractes de todas las palabras que has hablado de mal concernientes a mí y a mi pueblo Mosíah 17:8
Abinadí respondió que no se retractaría de nada y que, habiendo sido enviado por Dios para comunicar un mensaje, continuaría hasta que su misión hubiera terminado. Cuando hubo dado plenamente su testimonio, lo golpearon y lo quemaron en la hoguera, mártir de una gran causa.
Luego estuvo Esteban, uno de los siete hombres llamados por los apóstoles para atender la obra de bienestar de la iglesia. Y estaba «lleno de fe y de poder, [y] hacía grandes prodigios y milagros entre el pueblo» Hechos 6:8 Pero fue arrestado. «Y pusieron testigos falsos» Hechos 6:13 que testificaron contra él con toda clase de acusaciones. Pronunció una extensa advertencia, citando las Escrituras, llamándolos al arrepentimiento y testificando de su Redentor y Señor, recordándoles la participación que habían tenido en Su traición y crucifixión. Los hombres no soportan que se denuncien sus pecados. Lo echaron fuera de la ciudad y lo apedrearon Hechos 7:1–60
Estuvo Pablo, quien había consentido en el martirio de Esteban Hechos 8:1 y quien también habría de sellar su testimonio con su sangre, pues, según la tradición, fue atacado por una turba en Iconio Hechos 14:1–5 apedreado en Listra, arrastrado por las calles y abandonado como muerto Hechos 14:19–21 encarcelado y azotado en Filipos Hechos 16:12–24 maltratado en Tesalónica Hechos 17:1–5 arrestado en Jerusalén Hechos 21:17–38 y enviado a Roma, donde estuvo preso durante dos años. En la cárcel Mamertina languideció durante nueve meses junto con Pedro y, finalmente, fue decapitado con la espada por orden de Nerón.
Pedro, quien presenció gran parte del ministerio del Señor, Su transfiguración, Su muerte y resurrección, y llegó a ser el líder de la iglesia, también habría de sellar su testimonio con su sangre. Encarcelado muchas veces y sometido a muchos maltratos físicos, según los escritores fue crucificado en Roma después de nueve meses de prisión allí, y escogió ser crucificado cabeza abajo porque se consideraba indigno de afrontar la muerte en la misma posición que su Señor.
El martirio de Jesús el Cristo
El martirio de Jesús el Cristo está bien documentado: siguió de cerca el modelo. Su vida fue perfecta. Sus enemigos, al no encontrar culpa alguna en Él, recurrieron a la violencia de las turbas para acabar con Su vida. Respondió a todas sus preguntas, realizó milagros que los asombraron e hizo el bien por todas partes, pero los reprendió y amonestó por su adulterio, falta de sinceridad y embriaguez. Amenazaba su vanagloriosa manera de vivir; los llamó hipócritas, víboras y asesinos de profetas. Había restaurado el Evangelio y establecido Su reino. Era inevitable que muriera para testificar eternamente de su divinidad. Se criticaba cada una de Sus palabras; se le acusó de ser un engañador, un comilón, un bebedor de vino, una persona común que se relacionaba con publicanos y pecadores. Lo llamaron profanador del día de reposo, usurpador de autoridad y evasor de impuestos. Lo acusaron de herejía y sedición. Se decía que era un ignorante, un blasfemo, y se le acusó de haber nacido de fornicación. Fue arrestado, escupido, herido con espinas, escarnecido y golpeado. Fue apresado por una turba vil, encabezada por uno de Su círculo íntimo que había planeado maliciosamente traicionarlo. Los principales sacerdotes y los ancianos «deliberaron contra Jesús para entregarle a la muerte» Mateo 27:1 Los magistrados no hallaron culpa alguna. El gobernador interrogó al prisionero, pero se lavó las manos, diciendo:
[…] Inocente soy yo de la sangre de este justo. ¡Allá vosotros! Mateo 27:24
Y Judas finalmente se había arrepentido y había exclamado:
[…] Yo he pecado entregando sangre inocente Mateo 27:4
El Salvador había hablado a Sus seguidores de Su próxima muerte. Debía morir por los pecados del mundo y para sellar Su testimonio. Él lo sabía. Su hora había llegado. Lo crucificaron a Él, el Hijo de Dios, en el Calvario.
El testimonio de José Smith sellado con su sangre
Amanece otro día: una nueva dispensación; los cielos se abren. El Padre y el Hijo dan testimonio nuevamente a la tierra. Otros visitantes celestiales restauran bendiciones inestimables a los hombres, y otro mártir entrega su preciosa vida para testificar a un mundo sin fe, escéptico e incrédulo que vive un Dios personal; que Jesús, Su Hijo, es el Redentor; y que la verdad ha sido restaurada de nuevo. Los detalles de la vida de José Smith nos son familiares. Dio a conocer de inmediato su gloriosa visión del Padre y del Hijo y enseguida fue oprimido y perseguido. Los escribas y fariseos modernos han publicado cientos de libros y artículos difamatorios, lo encarcelaron unas cuarenta y tantas veces, lo cubrieron de brea y plumas, le dispararon e hicieron todo lo que estuvo a su alcance para destruirlo. A pesar de todos sus esfuerzos por quitarle la vida, sobrevivió a más de veinte años de persecución encarnizada y violenta para cumplir su misión, hasta que llegara su hora.
¡Sufrió veinticuatro años de infierno, pero también disfrutó de veinticuatro años de éxtasis al conversar con Dioses y otros seres inmortales! Su misión había terminado: el cielo y la tierra estaban unidos de nuevo; la Iglesia estaba organizada; Brigham Young y otros grandes líderes habían sido preparados para continuar; y él había conferido sobre los Doce toda llave y poder pertenecientes al apostolado que él mismo poseía, y les había dicho:
He puesto los cimientos y ustedes deben edificar sobre ellos, porque sobre sus hombros descansa el reino.
Y había llegado su hora de sellar con su sangre su testimonio, que tantas veces había dado ante multitudes de amigos y enemigos. Su Judas salió de su propio círculo: el gobernador Ford fue su Poncio Pilato; Nauvoo, su Getsemaní; y Carthage, su Calvario. También hubo fariseos modernos que instigaron a las turbas, y otro mártir dio testimonio.
Los mártires vivieron hasta completar su obra
Alguien ha dicho: «Cualquiera puede fundar una religión», y Talleyrand respondió: «Sí, si está dispuesto a morir por ella». Y el mártir está dispuesto a hacer precisamente eso. Pero los poderes de la tierra y del infierno no pueden arrebatarle la vida hasta que «la hora ha llegado» Juan 12:23
Abinadí, cuando fue amenazado por los soldados de Noé, exclamó:
No me toquéis, porque Dios os herirá si me echáis mano, porque no he comunicado el mensaje que el Señor me mandó que diera […] por tanto, Dios no permitirá que yo sea destruido en esta ocasión Mosíah 13:3
Veis que no tenéis poder para matarme, por tanto, concluyo mi mensaje […] y entonces no importa a dónde vaya, con tal de que yo sea salvo Mosíah 13:7–9 (cursiva del autor).
La vida había sido agradable, pero ni siquiera la muerte era amarga, pues, como Dios ha dicho:
[…] los que mueran en mí no gustarán la muerte, porque les será dulce D. y C. 42:46
Se recordará que Pedro fue liberado de la cárcel por un ángel y protegido de muchas maneras hasta que terminó su obra Hechos 5:18–19 Hechos 12:1–11 Y Pablo también Hechos 16:23–40 Ningún acto de violencia podía quitarle la vida hasta que hubiera dado su testimonio en Roma, Grecia y otras tierras. Pero finalmente hizo esta declaración profética a Timoteo:
Porque yo ya estoy para ser sacrificado, y el tiempo de mi partida está cercano. He peleado la buena batalla, he acabado la carrera, he guardado la fe 2 Tim. 4:6–7
No había temor en su aproximación a la eternidad, sino únicamente certeza y serena resignación ante el inevitable martirio que afrontaba. No quería morir, pero estaba dispuesto a sellar así su testimonio del Redentor.
Aunque el Salvador había estado numerosas veces en situaciones sumamente peligrosas, era evidente que no se le podía quitar la vida hasta que Su obra hubiera terminado. Una gran multitud lo había rodeado, y había mucho alboroto en el templo.
[…] procuraban prenderle; pero ninguno le echó mano, porque aún no había llegado su hora Juan 7:30
Y nuevamente:
[…] andaba Jesús en Galilea, pues no quería andar en Judea, porque los judíos procuraban matarle Juan 7:1
Sus hermanos intentaron disuadirlo y le dijeron:
[…] Sal de aquí y vete a Judea, para que también tus discípulos vean las obras que haces […] Si estas cosas haces, manifiéstate al mundo. Pues ni aun sus hermanos creían en él. Entonces Jesús les dijo: Mi tiempo aún no ha llegado Juan 7:3–6
Pero cuando la obra estuvo establecida, la Iglesia organizada, las llaves entregadas y los apóstoles preparados, había dicho a Sus hermanos:
[…] Id a la ciudad, a cierto hombre, y decidle: El Maestro dice: Mi tiempo está cerca; en tu casa celebraré la pascua con mis discípulos Mateo 26:18
Entonces el Señor había ido a Getsemaní para derramar Su corazón ante Dios. Allí había dicho nuevamente a Sus amados Pedro, Santiago y Juan, quienes habían permanecido sentados, somnolientos, mientras Él oraba:
[…] Dormid ya y descansad. He aquí ha llegado la hora, y el Hijo del Hombre es entregado en manos de pecadores Mateo 26:45
José Smith también había reconocido la incapacidad de sus enemigos para poner fin prematuramente a su ministerio. Dijo:
Todos los enemigos sobre la faz de la tierra pueden rugir y ejercer todo su poder para causar mi muerte, y nada podrán lograr, a menos que algunos de entre nosotros, que han disfrutado de nuestra compañía —que nos han llamado hermanos y nos han saludado con un beso—, mediante la falsedad y el engaño susciten la ira y la indignación contra nosotros; tenemos un Judas entre nosotros.
Su hora había llegado, su ministerio había terminado. Ahora sus enemigos podían prevalecer.
Los mártires entregaron su vida voluntariamente
En el modelo del martirio aparece el aspecto voluntario. En cada caso, el mártir podría haber salvado su vida renunciando a su causa. A Abinadí se le había dicho que sería ejecutado. Pero respondió:
[…] no me retractaré de las palabras que os he hablado […] porque son verdaderas; y para que sepáis que son ciertas, he permitido que yo caiga en vuestras manos. Sí, y sufriré aun hasta la muerte, y no me retractaré de mis palabras; y quedarán como testimonio contra vosotros. Y si me matáis, derramaréis sangre inocente; y esto también quedará como testimonio contra vosotros en el postrer día Mosíah 17:9–10
El Salvador había dicho:
[…] pongo mi vida por las ovejas […] Nadie me la quita, sino que yo la pongo de mí mismo. Tengo poder para ponerla, y tengo poder para volverla a tomar Juan 10:15, 18
Cuando Pedro, en el huerto, le cortó la oreja a uno de los siervos del sumo sacerdote, Jesús le dijo:
[…] Vuelve tu espada a su lugar […] ¿Acaso piensas que no puedo ahora orar a mi Padre, y que él no me daría más de doce legiones de ángeles? Mateo 26:52–53
Los últimos acontecimientos de la vida de José Smith
José Smith no quería morir. Tenía tanto por lo cual vivir: su familia, sus amigos, su interés en el reino que se expandía; y todavía era un hombre joven. Pero, aunque esperaba y oraba para que la copa pudiera pasar, sabía que era inevitable. Dijo:
Voy como cordero al matadero; pero me siento tan sereno como una mañana veraniega; tengo la conciencia libre de ofensas contra Dios y contra todos los hombres. Moriré inocente, y aún se dirá de mí: Fue asesinado a sangre fría D. y C. 135:4
¡Cuánto deseaba vivir! Se detuvo al pasar por su granja y dijo con tristeza:
Si algunos de ustedes tuvieran una granja como esta y supieran que no volverían a verla, ¿no querrían contemplarla detenidamente por última vez?
Y al salir de Nauvoo, sus ojos llenos de añoranza contemplaron la hermosa ciudad.
Este es el lugar más hermoso y el mejor pueblo bajo los cielos; poco saben de las pruebas que les esperan.
Su despedida del hermano Wells estuvo llena de conmovedora tristeza: «Deseo que atesore mi recuerdo». Y mientras esperaba el infame golpe en la cárcel de Carthage, había dicho:
Apoye la cabeza sobre mi brazo a modo de almohada, hermano Fullmer; sí quisiera volver a ver a mi familia; quiera Dios que pudiera predicar a los santos en Nauvoo una vez más.
Este era su Gólgota; parecía saberlo. Había dicho:
Muchachos, si no regreso, cuídense. Voy como cordero al matadero.
¡Y fue una matanza! ¡Resonaron los disparos! Y corrió libremente la sangre de los mártires, pues Hyrum, su hermano mayor, había escogido permanecer con él. Esa preciosa sangre empapó la tierra, sellando un testimonio imperecedero e irrefutable que continuó resonando en mentes y corazones.
Él dio testimonio:
Efectivamente había visto una luz, y en medio de la luz vi a dos Personajes, los cuales en realidad me hablaron […] He visto una visión; y ¿quién soy yo para oponerme a Dios?, o ¿por qué piensa el mundo hacerme negar lo que realmente he visto? Porque había visto una visión; yo lo sabía, y sabía que Dios lo sabía; y no podía negarlo, ni osaría hacerlo JS—H 1:25
Se acercó a su tragedia y la afrontó de hecho. Sus últimas palabras fueron: «¡Oh Señor, Dios mío!».
El testamento entra en vigor por la muerte del testador
En las últimas horas de la vida del mártir llega una calma serena que desconcierta toda explicación humana. Es un desafío irrefutable para quienes quisieran racionalizarlo todo y restarle significado mediante explicaciones.
Abinadí afrontó triunfalmente a sus enemigos:
[…] no se atrevieron a echarle mano, porque el Espíritu del Señor estaba sobre él; y su rostro resplandecía con un fulgor extraordinario, así como el de Moisés en el monte de Sinaí mientras hablaba con el Señor Mosíah 13:5
Lo ataron y «le azotaron la piel con haces de leña encendidos»; y cuando las llamas comenzaron a quemarlo, profetizó acerca de ellos y exclamó:
«¡Oh Dios, recibe mi alma!». Murió y selló la verdad de sus palabras con su muerte Mosíah 17:13–20
Y cuando la sentencia de muerte cayó sobre Esteban:
[…] todos los que estaban sentados en el concilio, al fijar los ojos en él, vieron su rostro como el rostro de un ángel Hechos 6:15
Mientras la brutal turba arrojaba piedras con saña para arrebatar aquella vida inocente, el joven mártir alzó la vista, vio los cielos abiertos y contempló:
[…] la gloria de Dios, y a Jesús que estaba a la diestra de Dios Hechos 7:55
y cuando su cuerpo golpeado y ensangrentado había llegado al límite de su resistencia física, cayó de rodillas y clamó a gran voz: «¡Señor, no les tomes en cuenta este pecado!» Hechos 7:60 y otra alma había sellado su testimonio con sangre.
El Salvador soportó la humillación, las burlas y el dolor físico con paciencia y tolerancia, pero no quería morir. Amaba la vida a pesar de Sus persecuciones. Oró:
[…] Padre mío, si es posible, pase de mí esta copa; pero no sea como yo quiero, sino como tú Mateo 26:39
Y luego habían llegado Su traición, Sus juicios, aunque no fueron más que una farsa, y Su ejecución.
Aunque aquellos degenerados sin escrúpulos le estaban arrebatando Su preciosa vida:
[…] Jesús decía: Padre, perdónalos, porque no saben lo que hacen Lucas 23:34
Mientras Su vida se extinguía, clamó a gran voz:
Padre, en tus manos encomiendo mi espíritu Lucas 23:46
Pablo dijo después:
Porque donde hay testamento, es necesario que intervenga la muerte del testador. Porque el testamento con la muerte se confirma, pues no es válido entre tanto que el testador vive. De donde ni aun el primer convenio fue instituido sin sangre Heb. 9:16–18
Pero habían dado testimonio; la verdad había quedado establecida; se había derramado sangre; y el testimonio permanecería eternamente contra quienes rechazaron la verdad y fueron los malvados de aquellas tragedias.
La sangre de los mártires es la semilla de la Iglesia
Pero los mártires no mueren. Siguen viviendo sin cesar. Cuando el Salvador dijo: «¡Consumado es!» Juan 19:30 se refería a Su experiencia mortal, pues Su crucifixión no fue más que un hito en Su poder siempre creciente. Cientos de millones de personas han recibido una influencia para bien de aquella vida perfecta y aquella muerte de mártir. Él mismo había dicho:
Y el que pierda su vida en mi causa, por amor de mi nombre, la hallará otra vez D. y C. 98:13
Su obra continúa extendiéndose hasta el día de hoy.
La sangre de los mártires es la semilla de la Iglesia.
Esteban muerto es más grande que Esteban vivo. Sus sermones continúan inspirando a sus lectores.
Se dice que, cuando Nerón envió a los otros cristianos a los leones, envió a Pablo, el ciudadano romano, al verdugo y al tajo. Quizá, pero carece de importancia. Pablo camina y habla en cada hogar de la cristiandad. (Libro del valor).
Y José Smith, nuestro Profeta:
Podría haber cedido y perecido, pero, al mantenerse firme, vive para siempre.
Su obra no se perdió. Su testimonio sigue avanzando constantemente, hasta el infinito. Así como Alma había llevado la antorcha de Abinadí y los apóstoles la del Salvador, ahora llegaron Brigham Young y los Doce para continuar la obra de la Restauración.
Los hombres no entregan la vida para perpetuar falsedades. El martirio disipa toda duda en cuanto a la sinceridad del mártir. Las personalidades no sobreviven a los siglos. Surgen como una estrella fugaz, brillan intensamente por un momento y desaparecen de la vista, pero un mártir de una causa viva, como el sol, sigue brillando para siempre. Grandes personalidades, estudiantes, hombres de negocios y científicos siguieron al joven profeta hasta su muerte. No fueron engañados. Lo perdieron en el martirio, pero, inspirados por la divinidad de la Causa, siguieron adelante sin vacilar. Miles entregaron vidas que podrían haber salvado, en Misuri, Illinois y al cruzar las llanuras; y hoy un gran pueblo, reconocido por su educación, su sentido práctico y su virtud, se levanta para dar testimonio de que el martirio de José Smith, al igual que el de los mártires que lo precedieron, es otra de las pruebas infalibles de la divinidad del Evangelio de Jesucristo, restaurado en su plenitud por medio de aquel humilde profeta.


























