Confíen en el Señor
Élder Joseph F. Smith
Patriarca de la Iglesia
Debemos confiar en el Señor y guardar Sus mandamientos en nuestra vida personal y cívica, defendiendo los principios constitucionales que protegen la libertad y el albedrío.
Mis hermanos y hermanas, ¿me sostendrán con su fe y se unirán a mí en oración para que pueda estar a la altura de esta asignación?
Anteanoche, en la reunión de bienestar, el Presidente de la Iglesia señaló que nosotros, como pueblo, habíamos sufrido relativamente poco durante la guerra y sugirió que reflexionáramos sobre ello. He estado pensando en ello desde que nos lo hizo notar. Este país ha sufrido relativamente poco. Por dolorosas que hayan sido nuestras pérdidas de seres queridos, la gente de este país no ha carecido de alimentos; no ha sufrido privaciones. Es bueno que pensemos en estas cosas y en las razones de ello.
La clave de la verdadera educación
En la gran revelación que contiene aquel célebre axioma «mormón», «La gloria de Dios es la inteligencia» D. y C. 93:36 leemos lo siguiente:
El Espíritu de verdad es de Dios. Yo soy el Espíritu de verdad, y Juan dio testimonio de mí, diciendo: Él recibió la plenitud de la verdad, sí, de toda la verdad; y ningún hombre recibe la plenitud, a menos que guarde sus mandamientos D. y C. 93:26–27
Esa, me parece, es la clave de la verdadera educación. Ningún hombre puede recibir una plenitud de la verdad a menos que guarde los mandamientos de nuestro Padre Celestial. El conocimiento no es sabiduría. Se nos ha inducido erróneamente a pensar que la adquisición de conocimientos es el fin supremo de la educación. La verdadera educación debe dar como resultado la sabiduría. El conocimiento que hay en el mundo es grande. Nos quedamos sin aliento ante la multitud de maravillas de la ciencia. La sabiduría del mundo es insignificante. Basta ver la devastación de la guerra. ¿Me permiten tomar un momento para leer un versículo de Segundo Nefi que he citado a menudo con respecto a este asunto del conocimiento? En esta conferencia se ha hecho referencia a la insensatez de los llamados sabios.
[…] ¡Oh las vanidades, y las flaquezas, y las necedades de los hombres! Cuando son instruidos se creen sabios, y no escuchan el consejo de Dios, porque lo menosprecian, suponiendo que saben por sí mismos; por tanto, su sabiduría es locura, y de nada les sirve; y perecerán 2 Ne. 9:28
En medio del mayor conocimiento que el mundo jamás haya visto, hemos presenciado la mayor destrucción de vidas que el mundo jamás haya visto, y nuestro mayor conocimiento se ha utilizado para destruir a los hijos de Dios. «Pero bueno es ser instruido, si hacen caso de los consejos de Dios» 2 Ne. 9:29 Una vez más, ningún hombre recibe la plenitud de la verdad —ningún hombre puede ser verdaderamente educado— a menos que guarde los mandamientos de nuestro Padre Celestial. Esta gran revelación concluye con esta declaración:
Y de cierto os digo que es mi voluntad que os deis prisa para traducir mis Escrituras y para adquirir conocimiento de la historia, de los países, de los reinos, de las leyes de Dios y de los hombres, y todo esto para la salvación de Sion. Amén D. y C. 93:53
Acontecimientos históricos
Quisiera dedicar unos momentos esta mañana a considerar algunos acontecimientos históricos. Al tratar con los jóvenes, encuentro, lamentablemente, que entre los estudiantes de secundaria las dos materias que más desagradan al mayor número de alumnos son, primero, el inglés y, segundo, la historia. Nuestro sistema educativo haría bien en reflexionar sobre ello. Si queremos ser sabios, debemos saber cómo hemos llegado a ser lo que somos. Solo un estudio genuino de la historia real puede lograrlo. Este país, una tierra escogida sobre todas las demás, y sus habitantes han disfrutado de bendiciones inmensas. Este país requirió una larga preparación. No puedo esbozar toda la historia. Quisiera mencionar solo uno o dos acontecimientos importantes.
Allá por 1215, cuando los barones arrancaron al rey Juan la Carta Magna, tuvimos el comienzo moderno de la verdadera democracia. Tiempo después, en 1517, Lutero clavó sus célebres tesis en la puerta de su iglesia en Wittenberg y, no mucho después, en 1555, la célebre Paz de Augsburgo otorgó libertad de culto a los protestantes, quebrantando la tiranía de Roma. Más adelante, un grupo de puritanos, al verse perseguidos en Inglaterra por sus creencias religiosas, fue a Holanda y, después de doce años en tierra extranjera, entre personas de lengua extranjera, decidió partir hacia el Nuevo Mundo, en busca de verdadera libertad religiosa; y en 1620 se dirigió hacia el oeste, cruzando el océano Atlántico. El gran gobernador William Bradford dijo de ellos:
Así dejaron aquella buena y agradable ciudad que había sido su lugar de descanso durante doce años; pero sabían que eran peregrinos y no fijaron demasiado la mirada en aquellas cosas, sino que alzaron los ojos a los cielos, su patria más querida, y serenaron sus espíritus.
Su confianza en el Señor fue su mayor salvaguarda.
El Pacto del Mayflower
Después de aquel memorable y fatigoso viaje a través del océano, mientras su pequeño barco permanecía anclado en la bahía de Cabo Cod, se enfrentaron a una insurrección. Se enfrentaron a una posible anarquía, porque entre ellos había quienes estaban decididos a que hubiera anarquía. Los más sabios comprendían que la anarquía conduciría inevitablemente al caos. Pero se reunieron en el camarote del barco y, confiando en su Padre Celestial, redactaron aquel célebre documento, el Pacto del Mayflower, «el comienzo de la democracia estadounidense». Quisiera tomar un minuto para leérselo. Fíjense bien en las primeras palabras:
En el nombre de Dios. Amén. Nosotros, cuyos nombres figuran al pie, leales súbditos de nuestro venerado señor soberano, el rey Jacobo, por la gracia de Dios rey de Gran Bretaña, Francia e Irlanda, defensor de la fe, etc., habiendo emprendido, para la gloria de Dios, el progreso de la fe cristiana y el honor de nuestro rey y nuestra patria, un viaje para establecer la primera colonia en las regiones septentrionales de Virginia, por la presente, solemne y mutuamente, en presencia de Dios y unos de otros, pactamos y nos unimos en un cuerpo político civil para nuestro mejor ordenamiento y conservación y para promover los fines antes mencionados; y en virtud de ello, promulgar, establecer y formular, cuando sea necesario, aquellas leyes, ordenanzas, disposiciones, constituciones y cargos justos y equitativos que se consideren más apropiados y convenientes para el bien general de la colonia, a los cuales prometemos toda la debida sumisión y obediencia. En testimonio de lo cual hemos firmado nuestros nombres al pie, en Cabo Cod, el 11 de noviembre, en el año decimoctavo del reinado de nuestro señor soberano, el rey Jacobo, de Inglaterra, Francia e Irlanda, y el quincuagésimo cuarto de Escocia. Año del Señor de 1620
La Declaración de Independencia
Ahí tienen los comienzos de un gobierno verdaderamente democrático: personas unidas para formular leyes justas que ellas mismas observarían, bajo la guía del Señor. Y más adelante se redactó la Declaración de Independencia. Después de exponer las razones de la separación, enumerando sus agravios, Jefferson, hablando en nombre de las colonias, concluye así:
Por lo tanto, nosotros, los representantes de los Estados Unidos de América, reunidos en Congreso General, apelando al Juez Supremo del mundo por la rectitud de nuestras intenciones, en nombre y por autoridad del buen pueblo de estas colonias, publicamos y declaramos solemnemente que estas Colonias Unidas son, y por derecho deben ser, estados libres e independientes; que quedan absueltas de toda lealtad a la Corona británica, y que toda conexión política entre ellas y el Estado de Gran Bretaña queda, y debe quedar, totalmente disuelta; y que, como estados libres e independientes, tienen pleno poder para hacer la guerra, concertar la paz, contraer alianzas, establecer el comercio y realizar todos los demás actos y cosas que los estados independientes pueden hacer por derecho. Y en apoyo de esta Declaración, con firme confianza en la protección de la Divina Providencia, comprometemos mutuamente nuestras vidas, nuestras fortunas y nuestro sagrado honor.
«Dios gobierna en los asuntos de los hombres»
Este país ha disfrutado de las bendiciones que tiene por haber confiado en el Señor. Solo un año después —1787— se redactó nuestra gran Constitución. Me pregunto cuántos de esta congregación han leído la Constitución en los últimos diez años. Quiero decirles, hermanos y hermanas, que es la carta fundamental que se interpone entre nosotros y la esclavitud, y sería bueno que reflexionáramos sobre ello. Permítanme leer lo que Benjamin Franklin dijo al respecto. Lo dijo en un momento en que el debate era acalorado y había disensión en el Congreso:
He vivido, señor, mucho tiempo, y cuanto más vivo, más pruebas convincentes veo de esta verdad: que Dios gobierna en los asuntos de los hombres. Y si un gorrión no puede caer a tierra sin que Él lo advierta Mateo 10:29–31 ¿es probable que un imperio pueda surgir sin Su ayuda?
Se nos ha asegurado, señor, en las Sagradas Escrituras, que «Si Jehová no edifica la casa, en vano trabajan los que la edifican» Sal. 127:1 Creo firmemente en esto; y también creo que, sin Su ayuda, no tendremos más éxito en esta edificación política que los constructores de Babel. Nos dividiremos por nuestros pequeños intereses locales y parciales; nuestros proyectos quedarán confundidos, y nosotros mismos nos convertiremos en motivo de reproche y escarnio para las generaciones futuras. Y, lo que es peor, a partir de este desafortunado ejemplo, la humanidad podría perder en lo sucesivo la esperanza de establecer gobiernos mediante la sabiduría humana y dejarlo al azar, a la guerra y a la conquista.
Por lo tanto, solicito permiso para proponer que, de ahora en adelante, todas las mañanas, antes de proceder a nuestros asuntos, se ofrezcan en esta asamblea oraciones implorando la ayuda del Cielo y Sus bendiciones sobre nuestras deliberaciones, y que se pida a uno o más clérigos de esta ciudad que oficien en ese servicio
La valoración que hace el Señor de la Constitución
Ahora bien, hay quienes en el país nos dicen, y en particular a nuestros hijos, que la Constitución era muy buena en su época, pero que está anticuada. «Hemos dejado atrás “los días del caballo y el carruaje”; es hora de que nos modernicemos». Quisiera tomar un momento para leer lo que el Señor dice acerca de la Constitución de los Estados Unidos:
[…] de nuevo os digo, los que habéis sido esparcidos por vuestros enemigos, es mi voluntad que sigáis insistiendo en que se os haga justicia y se os redima, por mano de aquellos que os son puestos por gobernantes y tienen autoridad sobre vosotros,
de acuerdo con las leyes y la constitución del pueblo, las cuales he permitido que se establecieran, y que deben preservarse para los derechos y la protección de toda carne, conforme a principios justos y santos; a fin de que todo hombre obre en doctrina y principio pertenecientes a lo futuro, de acuerdo con el albedrío moral que yo le he dado, para que todo hombre responda por sus propios pecados en el día del juicio D. y C. 101:76–78
Cuando el Profeta ofreció la oración dedicatoria del templo de Kirtland, una oración que le fue dada por revelación, dijo lo siguiente:
Ten misericordia, oh Señor, de todas las naciones de la tierra; ten misericordia de los gobernantes de nuestra tierra; que aquellos principios que nuestros padres defendieron tan honorable y noblemente, a saber, la Constitución de nuestra tierra, sean establecidos para siempre D. y C. 109:54 Historia de la Iglesia, tomo II, pág. 424).
Y en la sección noventa y ocho de Doctrina y Convenios, el Señor dice lo siguiente acerca de la Constitución:
Y la ley del país que es constitucional, que apoya ese principio de libertad en la preservación de derechos y privilegios, pertenece a toda la humanidad, y es justificable ante mí.
Por tanto, yo, el Señor, os justifico a vosotros y a vuestros hermanos de mi iglesia en apoyar la que fuere la ley constitucional del país;
y en cuanto a la ley del hombre, lo que sea más o menos que esto, del mal proviene D. y C. 98:5–7
Apoyen a los hombres que protegerán la Constitución
Ahora bien, esas son las palabras del Señor. Entre algunos Santos de los Últimos Días ha habido una tendencia a decir, incluso cuando se menciona la Constitución: «Ahí está otra vez hablando de política». No estoy hablando de política. Estoy citando las palabras del Señor. Ciertamente, no es apropiado que introduzcamos la política en La Iglesia de Jesucristo de los Santos de los Últimos Días; pero, con igual certeza, es apropiado que todo miembro de La Iglesia de Jesucristo de los Santos de los Últimos Días lleve la doctrina de Cristo a su actividad política y que evalúe a todo candidato y todo programa, bajo cualquier bandera política, a la luz del Evangelio de Jesucristo. Si hay alguien que quiera destruir o debilitar la Constitución de los Estados Unidos, ¡opónganse a él hasta el límite de sus derechos constitucionales! Por el contrario, debemos apoyar a los candidatos y promover los programas de cualquier partido que protejan la sagrada Constitución de los Estados Unidos: ese justo documento de gobierno que fue inspirado por Dios.
Me pregunto con qué frecuencia se pide ayuda al Señor en nuestros diversos consejos de hoy. Quisiera saber si ha habido un solo caso en toda la historia de los conflictos laborales estadounidenses en que los industriales y los líderes sindicales, al reunirse para resolver sus problemas, hayan pedido al Señor que los guiara. Quisiera saber si ha habido un solo caso. Bien sabemos que las oraciones son poco frecuentes en las conferencias cívicas y nacionales. Es hora de que aprendamos que la sabiduría de los hombres es insensatez cuando piensan que saben por sí mismos y se niegan a confiar en el Señor.
¿Me permiten recurrir al segundo discurso inaugural de Abraham Lincoln? Leo hacia el final:
[…] «¡Ay del mundo por los tropiezos! Porque es necesario que vengan tropiezos; pero, ¡ay de aquel hombre por quien viene el tropiezo!» Mateo 18:7 Si suponemos que la esclavitud en los Estados Unidos es uno de esos tropiezos que, en la providencia de Dios, necesariamente debían venir, pero que, habiendo continuado durante el tiempo que Él determinó, ahora es Su voluntad eliminar, y que Él da tanto al Norte como al Sur esta terrible guerra como el sufrimiento que corresponde a quienes causaron el tropiezo, ¿discerniremos en ello alguna desviación de aquellos atributos divinos que los creyentes en un Dios viviente siempre le atribuyen? Con profundo anhelo esperamos y fervientemente oramos para que este poderoso azote de la guerra pase pronto. Sin embargo, si Dios quiere que continúe hasta que se haya consumido toda la riqueza acumulada por los doscientos cincuenta años de trabajo no remunerado del esclavo, y hasta que cada gota de sangre derramada por el látigo sea pagada con otra derramada por la espada, como se dijo hace tres mil años, todavía habrá que decir: «los juicios de Jehová son verdad, todos justos» Sal. 19:9
Confíen en el Señor
La Guerra Civil se libró para preservar la Constitución, para abolir la esclavitud; y, sin embargo, la esclavitud se va apoderando de nosotros en este día, en el año del Señor de 1946. Durante las guerras no padecimos necesidad, pero ahora comienza a haber verdadera necesidad en este país. En los últimos dos o tres días he escuchado varios relatos de personas indigentes, sin ropa y sin alimentos, porque están sufriendo esclavitud económica. Ahora bien, hermanos y hermanas, ciertamente, como Santos de los Últimos Días, es hora de que cada uno de nosotros, en toda su labor —en su ocupación, en el ejercicio de sus derechos cívicos, al presidir su familia, en todo lo que haga—, confíe en el Señor. Es hora de que las organizaciones cívicas, económicas y nacionales comiencen a confiar en el Señor, tal como lo hicieron nuestros antepasados. Permítanme concluir con aquellas célebres palabras de Abraham Lincoln, particularmente apropiadas en este momento:
Sin malicia hacia nadie, con caridad para todos, con firmeza en lo correcto, según Dios nos permita discernir lo correcto, esforcémonos por terminar la obra en la que estamos empeñados, por vendar las heridas de la nación, por cuidar de quien haya soportado la batalla, y de su viuda y de su huérfano, por hacer todo lo que pueda lograr y preservar una paz justa y duradera entre nosotros y con todas las naciones. (Segundo discurso inaugural).
Ruego que, ciertamente, al menos los Santos de los Últimos Días hagan todo lo que esté a su alcance para preservar esa clase de gobierno, esa clase de confianza del gobierno en la Providencia que hasta este momento nos ha asegurado nuestras bendiciones y que, si abandonamos, nos llevará a una esclavitud cada vez mayor, en el nombre de Jesucristo. Amén.


























