Conferencia General Abril 1946


Mantener encendida la luz del Evangelio

Élder Thomas E. McKay
Ayudante del Consejo de los Doce Apóstoles

La obediencia a los mandamientos mantiene viva nuestra espiritualidad y nos permite recibir, mediante el Espíritu de Dios, un testimonio de Jesucristo y de Su Iglesia.


Presidente Smith y consejeros, y mis hermanos y hermanas: Amo la música. Quisiera aprovechar esta oportunidad para felicitar al comité de música, o a quienes hayan sido responsables de organizar la música inspiradora que hemos tenido durante esta conferencia. La hermosa y apropiada música que ofrecieron las Madres Cantoras el viernes nos acercó a todos a nuestro Padre Celestial, y ayer nos conmovieron aquellas más de cien voces jóvenes del distrito de Manti de la Estaca South Sanpete. Hace unas semanas asistí a una conferencia en esa estaca y quedé tan impresionado por el canto de aquella joven solista que pregunté por ella al presidente de estaca. Me informaron que es una de trece hijos; de hecho, es la decimotercera, un número muy afortunado en su caso, diría yo. Y luego está la inspiración que recibimos de este gran Coro del Tabernáculo, del órgano y de nuestro inigualable hermano Evans, a quien tanto queremos. Nadie puede calcular el bien que está haciendo esta gran organización. Me uno al hermano Kirkham para sugerir que demos mayor importancia a la música en nuestras organizaciones, barrios y estacas. Debería haber un coro en cada barrio, coros diversos, coros del Sacerdocio Aarónico, coros de jovencitas y otros. Sé cuán valiosos son nuestros coros en el campo misional. Decenas de familias están hoy en la Iglesia gracias a nuestros coros. Se invita a nuestros amigos que aman la música y saben cantar a unirse al coro y, después de cantar los cantos de Sion durante algún tiempo y relacionarse con los misioneros y los miembros, comienzan a estudiar el Evangelio y luego, con bastante frecuencia, solicitan el bautismo. Estos contactos cambian sus vidas. Como expresó un joven en una reunión de testimonios, en la que fue confirmado miembro de la Iglesia, el haber conocido a los misioneros y a los miembros, y especialmente el cantar los cantos de Sion, había cambiado por completo su perspectiva de la vida. Dijo: «Realmente es como salir de las tinieblas a la luz».

El Salvador declaró:
Yo soy la luz del mundo; el que me sigue no andará en tinieblas, sino que tendrá la luz de la vida Juan 8:12

RELEVADO COMO PRESIDENTE INTERINO DE LA MISIÓN EUROPEA

Con el nombramiento del élder Ezra Taft Benson como presidente de la Misión Europea, recibí una carta muy amable y elogiosa, firmada por la Primera Presidencia, en la que se me relevaba de mi muy interesante servicio al cuidado de la Misión Europea. Debido a la guerra, he tenido que llevar a cabo mi labor principalmente por correspondencia.

Quisiera aprovechar esta oportunidad para expresar públicamente mi sincero agradecimiento y aprecio por la maravillosa oportunidad que este nombramiento, y también, y especialmente, mis otras misiones en Europa, me han brindado. Estas misiones, por los intervalos entre ellas, me han dado una oportunidad excepcional de observar el funcionamiento práctico del Evangelio: ver qué bendición es realmente para todos los que aceptan y obedecen sus enseñanzas, verlos llegar a la luz después de andar en tinieblas.

LABORES EN LAS MISIONES EUROPEAS

Mi primera misión fue de 1900 a 1903. Estuve en casa seis años y luego fui honrado nuevamente con otro llamamiento, esta vez como presidente de la Misión Suizo-Alemana, que en aquel entonces —de 1909 a 1912— comprendía Suiza, Alemania, Austria-Hungría y Francia. Descubrí que una ausencia de seis años había producido una diferencia considerable; muchos de los niños que habían sido, por ejemplo, alumnos de la Escuela Dominical, eran ahora oficiales y maestros de ella. Vi el desarrollo de estos jóvenes, así como de todos los demás miembros que habían aceptado el Evangelio y lo estaban viviendo. La aceptación del Evangelio también había dado a estas personas una perspectiva completamente distinta de la vida.

Veinticinco años después de esta segunda misión, tuve nuevamente el privilegio de regresar a Europa, con mi sede otra vez en la hermosa Suiza. Los niños que eran alumnos de la Escuela Dominical en 1900, y oficiales y maestros de ella en 1909, ahora estaban casados, al menos muchos de ellos, y tenían sus propios hijos; algunos eran o habían sido misioneros; algunos habían emigrado. Como digo, estas tres misiones, por los intervalos entre ellas, me dieron una oportunidad maravillosa de ver lo que la obediencia al Evangelio de Jesucristo realmente puede hacer por las personas. Había influido en todos los aspectos de su vida. Sus actividades recreativas supervisadas habían influido en ellos socialmente; los cursos de estudio y los bosquejos para los cuórums del sacerdocio y las organizaciones auxiliares, especialmente la Escuela Dominical de la Iglesia, les habían brindado magníficas oportunidades educativas. Habían recibido una influencia en lo económico mediante el gran sistema de diezmos y las ofrendas de ayuno. Algunos que antes gastaban su dinero en tabaco, cerveza, vino y bebidas alcohólicas ahora lo utilizaban para comprar mejor ropa, más comodidades para el hogar y mejores diversiones, y, como resultado, había más amor en el hogar. El Evangelio también influía en ellos, y especialmente, en lo moral y espiritual. Por supuesto, algunos no tenían la fortaleza suficiente para cambiar su manera de vivir y vencer los hábitos de toda una vida; estos, como se ha dicho, por razones que ellos conocen mejor que nadie, habían encontrado demasiado exigentes los requisitos. Vemos que eso también ocurre aquí, en nuestra tierra, incluso más, creo yo, que en el campo misional. Es tan fácil, por ejemplo, encontrar otras cosas que hacer el domingo en vez de asistir a las reuniones. Esto parece haber sido siempre así; al menos encuentro la siguiente amonestación en uno de los sermones del presidente Brigham Young sobre el día de reposo:

Ahora bien, recuerden, mis hermanos, que quienes van a patinar, a pasear o de excursión en el día de reposo —y esto se practica mucho— son débiles en la fe. Gradualmente, poco a poco, poco a poco, el espíritu de su religión se va escapando de su corazón y de sus afectos y, con el tiempo, comienzan a ver faltas en sus hermanos, faltas en las doctrinas de la Iglesia, faltas en la organización y, por último, abandonan el reino de Dios y van a la destrucción. (Discursos, pág. 225, primera edición; pág. 165, edición de 1943).

Cuando leí esta frase: «Gradualmente, poco a poco, poco a poco, el espíritu de su religión se va escapando de su corazón y de sus afectos», pensé en una declaración que leí recientemente, que dice:
Nunca perdemos nuestra religión por un reventón; por lo general, es solo una fuga lenta.

Y también esta:
Muchos tratan su religión como una rueda de repuesto: nunca la usan salvo en casos de emergencia.

LOS MANDAMIENTOS SE DAN PARA NUESTRO DESARROLLO

Lo que el presidente Young dice con respecto a santificar el día de reposo es igualmente cierto con respecto a quebrantar la Palabra de Sabiduría, dejar de asistir a las reuniones sacramentales y del sacerdocio, tomar el nombre del Señor en vano y no pagar los diezmos y las ofrendas. Para muchos, el diezmo es uno de los ejercicios espirituales más difíciles que se nos pide realizar. ¿Y saben por qué? Porque ataca una de las armas más eficaces que utiliza Satanás para destruir a la humanidad, a saber, el amor al dinero. Una persona o una nación que pague un diezmo íntegro nunca adorará al oro en lugar de a Dios. Se nos dice que el amor al dinero es la raíz de todos los males. En todo caso, todos sabemos que el amor al dinero, al poder y al dominio del mar, así como de la tierra y de las personas mismas, ha causado muchas de nuestras guerras; sí, el principio del diezmo, comprendido y vivido debidamente, contribuiría en gran medida a acabar con las guerras. Este mandamiento y todos los demás que ha dado nuestro Padre Celestial son para nuestro desarrollo espiritual, para nuestra felicidad y gozo en esta vida. Tienen por objeto mantenernos vivos y creciendo espiritualmente; son nuestras señales indicadoras. Son reflectores a lo largo del camino de la vida para evitar que nos perdamos o, para citar a una conocida voz de la radio:

Somos muy semejantes a viajeros que conducen de noche por una carretera. Allí se han colocado cuidadosamente señales reflectantes para advertir de curvas arriesgadas y cruces peligrosos. La luz de nuestros automóviles ilumina las señales, y estas nos reflejan su advertencia o indicación, ¡si tenemos luz! Pero, si nuestra luz está apagada, las señales están oscuras. No tienen significado alguno para los faros apagados.

Estos mandamientos a los que me he referido, y otros, se nos dan como medios para mantener encendida la luz y seguir vivos espiritualmente. Uno de los sermones en una frase del doctor Karl G. Maeser dice:
Quien ha perdido el Espíritu del Señor está espiritualmente muerto.

EL EVANGELIO ES APRECIADO EN LOS PAÍSES DEVASTADOS POR LA GUERRA

El Evangelio ciertamente ha sido una luz que brilla en las tinieblas para nuestros miembros de los países devastados por la guerra, y también, y especialmente, para nuestros hombres y mujeres de las fuerzas armadas durante los terribles años de guerra que acaban de terminar; al menos esperamos que hayan terminado. Se han recibido decenas de cartas que testifican del consuelo y de las bendiciones del Evangelio. Dedicaré tiempo a mencionar solo una o dos. He aquí un párrafo escrito por uno de nuestros capellanes mormones, dirigido al comité para miembros de las fuerzas armadas:

Hace pocos días tuve una experiencia profundamente espiritual que me dio una prueba adicional del poder del Evangelio para hacer de los hombres hermanos espirituales. Por casualidad leí en uno de los boletines de noticias del teatro de operaciones el informe de un programa navideño organizado por capellanes alemanes protestantes y católicos, prisioneros de guerra destinados en el Hospital de Campaña n.º 99, cerca de Pisa. La noticia indicaba que la música especial había sido presentada por la orquesta de prisioneros de guerra y un solista vocal «mormón». Al día siguiente fui en busca de aquel prisionero de guerra «mormón» y, con la ayuda de un capellán estadounidense, lo encontré: un antiguo misionero del Distrito de Dresde, que sirvió durante un año y medio bajo la dirección del presidente Rees en la Misión de Alemania Oriental, el élder Hans Karl Schade, con domicilio en la calle Sebnitzer 25, Dresde, Alemania. Unos días antes de nuestro encuentro, el capellán del teatro de operaciones, el coronel Frank Brown, había conocido al élder Schade en un servicio religioso y, al enterarse de que era Santo de los Últimos Días, le dio mi nombre. Por eso, cuando vi por primera vez al élder Schade en la clínica oftalmológica donde ahora trabaja, extendió la mano derecha y, mientras caminaba hacia mí, dijo: «Hermano Braithwaite, gracias a Dios por este encuentro». Nunca olvidaré aquella expresión, ni al élder Schade. En presencia de otro capellán y de mi intérprete, hablamos con completa libertad y con una comprensión que destruye la desconfianza, la venganza o el odio. Nos encontramos sobre un terreno común y dimos gracias a Dios por nuestra hermandad en el Evangelio. Fue cuando le pedí que cantara para mí y para nuestros hombres, y que asistiera a nuestros servicios de los Santos de los Últimos Días en Livorno, que me recordó que era prisionero de guerra. Sin embargo, ni siquiera las restricciones que ello implicaba parecieron crear barreras en nuestra relación. Un comandante comprensivo le dio permiso para cantar para nosotros y para que fuéramos a su oficina a visitarlo.

La labor del ejército de ocupación pone a prueba la entereza moral de nuestros hombres como quizá no fue puesta a prueba durante la guerra. Las tentaciones son grandes y numerosas. Se requiere comprender claramente por qué estamos aquí, y tener paciencia, autodisciplina y dominio propio. Nuestra tarea es importante y, en general, los hombres Santos de los Últimos Días están a la altura de lo que se les exige.

UNA CARTA DA TESTIMONIO DE LA FE DE LOS SANTOS EUROPEOS

Lo siguiente se cita de una carta del élder Ezra Taft Benson, presidente de la Misión Europea, fechada el 14 de marzo de 1946 en Basilea, Suiza. Espero que me perdonen por leer este primer párrafo; es bastante personal, pero lo aprecio muchísimo:

Estimado presidente McKay:

Como verá, estoy aquí, en el lugar que usted tanto amaba, con las personas que lo quieren tanto. Dondequiera que hemos estado, hemos encontrado a muchas personas que lo conocen y lo quieren, que han preguntado por usted y han mostrado su decepción porque no está aquí.

Como probablemente sepa, ya hemos hecho un viaje a Francia, Bélgica, Holanda, Noruega, Suecia y Dinamarca, y ahora estamos aquí, en Suiza, preparándonos para realizar un recorrido completo por las zonas ocupadas. El domingo pasado ya asistimos a la conferencia de distrito en Karlsruhe. Durante las próximas dos semanas y media estaremos en las zonas militares y en Checoslovaquia. Desde allí regresaremos a Basilea y luego continuaremos nuevamente hacia París, Bélgica y Holanda antes de regresar a Londres.

No comentaré las condiciones que encontramos, salvo para decir que la profunda fe de los santos de estas misiones ha sido una fuente de gozo y satisfacción. El servicio voluntario y la vida limpia y ejemplar de los muchos militares Santos de los Últimos Días que han estado entre los pueblos de Europa han dejado una magnífica impresión por aquí.

Sí, el Evangelio es una luz que brilla en este mundo devastado por la guerra, y también mostrará el camino hacia una paz permanente si los «hijos de nuestro Padre», como el presidente Smith se refiere con tanta bondad y tolerancia a sus semejantes, tan solo hicieran la voluntad del Padre. Él nos ama; Él es nuestro Padre y todos somos Sus hijos; y nos ha dado el Evangelio para nuestra felicidad y gozo en esta vida. Podríamos tener un cielo en la tierra si tan solo guardáramos los mandamientos de Dios.
[…] existen los hombres para que tengan gozo 2 Ne. 2:25

El Salvador dice:
El que quiera hacer la voluntad de él conocerá si la doctrina es de Dios o si yo hablo por mí mismo Juan 7:17

EL TESTIMONIO VIENE POR MEDIO DEL ESPÍRITU DE DIOS

Yo no puedo darles un testimonio de la divinidad de la obra; ustedes no pueden darme uno a mí: debe venir por medio del Espíritu de Dios. Hay leyes que rigen estos asuntos espirituales, así como los físicos y los mentales. El presidente Grant solía citar muy a menudo:
Hay una ley, irrevocablemente decretada en el cielo antes de la fundación de este mundo, sobre la cual todas las bendiciones se basan; y cuando recibimos una bendición de Dios, es porque se obedece aquella ley sobre la cual se basa D. y C. 130:20–21

Y el testimonio de la divinidad de la Iglesia se recibe únicamente mediante la obediencia a la ley espiritual: «El que quiera hacer la voluntad de él conocerá». Eso significa estudiar, trabajar, orar y guardar los mandamientos, y nuestro Padre Celestial nos revelará a cada uno de nosotros, como lo hizo con Pedro, la divinidad de Su Hijo. Cuando Jesús le preguntó a Pedro: «Y vosotros, ¿quién decís que soy yo?», Pedro respondió: «Tú eres el Cristo, el Hijo del Dios viviente». Fíjense en lo que respondió Jesús: «Porque no te lo reveló carne ni sangre» —Cristo era carne y sangre—, «sino mi Padre que está en los cielos» Mateo 16:15–17

Me siento muy humilde y sumamente agradecido de poder darles un testimonio semejante. Yo también sé que Dios vive, que Jesús es el Cristo, que esta es Su Iglesia, La Iglesia de Jesucristo de los Santos de los Últimos Días, no la iglesia de José Smith. Él fue, sin embargo, el siervo, el profeta llamado por Dios para establecer la Iglesia en esta dispensación, con la misma organización que existía en la época del Salvador; y está aquí por última vez, para nunca más ser quitada ni dada a otro pueblo Dan. 2:44 hasta que el Salvador venga a gobernar y reinar en persona. Que mantengamos aceite en nuestras lámparas, que mantengamos encendida la luz, para que otros, al ver nuestras buenas obras, nuestro ejemplo, glorifiquen a nuestro Padre que está en los cielos Mateo 5:16 Lo ruego en el nombre de Jesús. Amén.

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