Conferencia General Abril 1946


El equilibrio entre lo espiritual y lo temporal

Élder Marvin O. Ashton

Primer Consejero del Obispado Presidente

Debemos equilibrar nuestras responsabilidades espirituales y temporales, evitar la codicia y procurar el bienestar de los demás mediante el servicio y la bondad.


Algunos de ustedes nunca sabrán cuánta humildad nos invade a algunos de nosotros unas dos veces al año. Sinceramente espero que todo lo que diga esté en armonía con esta conferencia y con el espíritu que aquí se siente. Alguien ha hablado de que «se le pone a uno la piel de gallina». Me he sentido tan conmovido en esta conferencia que creo que esa expresión es acertada. Deseo expresar en este momento mi agradecimiento a mi Padre Celestial por el Evangelio y por la emoción que experimentamos al contemplarlo.

SUGERENCIAS DE LOS OBISPOS

En las últimas conferencias de estaca a las que he asistido, me he tomado la libertad, si me lo permiten, de pedir a cada obispo que participe en la reunión de líderes y plantearle esta pregunta: «Si usted estuviera en nuestra posición, es decir, en la de quienes estamos dirigiendo esta conferencia, ¿qué le gustaría que se tratara en las reuniones que siguen?».

Uno hizo una sugerencia y otro hizo otra. Un obispo dijo lo siguiente: «De vez en cuando creo que es bueno recordarles a los miembros cuánto aprecia la Iglesia lo que están haciendo». Ahora bien, supongo que eso no tiene nada de nuevo; pero es muy, muy oportuno.

ELOGIO A LOS MIEMBROS DE LA IGLESIA

Todos hemos venido aquí para «recargar las baterías», como suele decirse. Quiero que ustedes, los de las estacas y los barrios, sepan que nosotros, quienes vamos a visitarlos, recargamos nuestras baterías gracias a ustedes. La inspiración sube por la escalera y también baja por ella. Recibimos inspiración de la vida de ustedes cuando vemos los diezmos que pagan, los centros de reuniones que construyen, las ofrendas de ayuno que dan, las donaciones al programa de bienestar y tantas y tantas otras cosas. La lista sigue y sigue. Pero permítanme decirles esto: No se preocupen nunca por ello. El otro día hablaba con un ferroviario. Me dijo: «Lo más peligroso sobre los rieles es una locomotora con un vagón de carbón». Con ello quería decir lo siguiente —supongo que se refería a la observación que ha hecho el hermano Callis—: a veces vamos con poca carga, y ahí está nuestro problema. Una locomotora y un vagón de carbón que intenten tomar una curva a cincuenta o sesenta millas por hora no podrán hacerlo y volcarán.

No se preocupen si llevan una carga demasiado pesada. Les hará bien. Eso es lo que el mundo necesita. Siempre encontrarán personas que se acerquen a compadecerlos, y muchas personas que no hacen nada, sino que van por ahí buscando motivos para ofenderse. Alguien ha dicho:
Pueden apostar que, cuando alguien lleva una astilla sobre el hombro, tiene más madera un poco más arriba.

MENSAJES DE LOS LÍDERES

La reunión de ayer por la mañana me impresionó profundamente de dos maneras: primero, el mensaje de nuestro querido Presidente, ese mensaje que suele dar. Él es su personificación. No intento colmarlo de elogios; no creo en esas cosas. Me refiero a su mensaje de buena voluntad: que este es un mundo inmenso, un gran escenario, y que todas las personas que lo habitan son hijos de Dios. Si tan solo pudiéramos grabarlo para siempre en nuestro interior, todos estaríamos mejor. Ese es el aspecto espiritual de las cosas.

Segundo, cuando escucharon al presidente Clark leer el informe financiero, lo leyó como alguien que sabía de lo que hablaba. Y así es. Su mensaje nos transmitió estabilidad. Indicó claramente una vigilancia cuidadosa del gasto de los fondos de la Iglesia. En los mensajes de nuestros dos líderes se nos recordó el equilibrio entre lo espiritual y lo temporal. Cuando esta Iglesia no piense más que en el dinero, estará «perdida». Cuando esta Iglesia piense solo en las cosas espirituales, sin tener los pies en la tierra ni una situación financiera sólida, estaremos en terreno peligroso. Demos gracias al Señor por ese equilibrio de esta Iglesia, y que siempre sea así.

ES NECESARIO UN EQUILIBRIO PRÁCTICO

Lo que es cierto para la Iglesia lo es también para una persona. ¿Son ustedes equilibrados? ¿Soy yo equilibrado? El hombre que no piensa más que en el más allá y tropieza con las cosas prácticas de la vida es todo un cuadro. Es triste. No hablo del hombre que tiene dificultades económicas; hablo del hombre que mira constantemente más allá del horizonte y nunca presta atención a dónde pisa. Ese individuo, en un caso extremo, es una sanguijuela. Es como el cuco, que pone sus huevos en el nido de otro pájaro. Sí, otros tienen que incubar los huevos y criar a esas crías adicionales. El sentido práctico del que carece ese individuo poco práctico tiene que aportarlo alguien más.

Saben, en los últimos dos meses nada me ha resultado tan interesante como esa cosa que llaman muérdago. El muérdago se encuentra sobre todo en Texas, Nuevo México y Arizona. Supongo que por aquí también se encuentra a veces. Pero se ven algunos árboles cubiertos de muérdago; ese muérdago es una sanguijuela. No sé por qué lo relacionaron con el afecto, porque cada vez que ese muérdago le da un beso al árbol, si hay suficientes muérdagos haciendo lo mismo, el árbol está «perdido». Sí, hablando en términos del muérdago, pueden despedirse del árbol con un beso. Y ese será el problema de nuestra nación si no tenemos mucho cuidado. Vi algunos árboles en Texas que no eran más que una masa de muérdago. Un árbol con semejante carga acabará fuera de combate. Esas cosas son sanguijuelas. Un hombre que carece de equilibrio práctico es como el muérdago; es como el cuco. Por otra parte, un hombre que no piensa más que en dinero, dinero y dinero también está «perdido».

CONSEJO CONTRA LA CODICIA DE RIQUEZAS

La observación que quisiera hacerles aquí es que muchas personas que ocupan cargos en nuestra Iglesia están contrayendo esa obsesión por el dinero. Me quito el sombrero ante el hombre que tiene un seguro y se prepara para los días difíciles. Un hombre es un cobarde si no lo hace. Hablo del hombre que ha acumulado abundancia y contrae esa enfermedad u obsesión, de modo que siempre anda tras más, más y más, y en esa búsqueda descuida sus deberes. Algunos hombres dedican la flor y nata de sus energías a ganar dinero, y cuando llegan a la obra del Señor no les queda más que leche descremada, y parte de ella está terriblemente aguada.

Quien anhela ser rico es como un hombre que bebe agua de mar: cuanto más bebe, más sed tiene, y no deja de beber hasta que perece.

Recuerdo un relato de las Escrituras. Fue una observación de Cristo. Cierto hombre construyó enormes graneros y los llenó hasta el tope de grano y de lo necesario para la vida. Tenía suficiente para muchos años. Se aisló del mundo, se sentó y se regocijó para sus adentros por tener tanto Lucas 12:16–19 Creo que fue entonces cuando Dios le dijo:
Necio, esta noche vienen a pedir tu alma Lucas 12:20

Saben, me gustan las caricaturas: dicen mucho sin hablar interminablemente. En Arizona vi esta caricatura:

Representaba a un caballero anciano en su lecho de muerte. Supongo que, para su consuelo, había colocado sus acciones, sus bonos y su dinero alrededor de la cama. Apenas se le veía entre todas sus posesiones. La imagen entera contaba que el fin estaba cerca. El médico, con el reloj en la mano, le tomaba el pulso al anciano, y la enfermera, por la expresión de su rostro, estaba preparada para el desenlace. En aquel momento de tensión, tan vívidamente representado, el anciano, con las manos sobre su oro, soltó con obstinación: «Doctor, no me iré hasta que pueda llevarme esto conmigo».

Ahora bien, cuando se vayan, lo dejarán todo. Algunos hombres concentran tanto su mente en el ganado, tanto en las acciones y los bonos, tanto en las ovejas, que no dejan espacio para nada más. Algunos de los líderes de nuestras organizaciones contraen esa enfermedad. Una vez oí de un hombre que llegó a encariñarse tanto con las ovejas que no hacía más que acaparar, acaparar y acaparar, hasta que finalmente se celebró un tribunal del obispo para determinar a quién pertenecía cierto rebaño. Y el tribunal falló en su contra. Cuando terminó el juicio, agitó el puño y dijo: «Bueno, ustedes tienen las ovejas, pero yo tendré esas ovejas en el otro mundo». Pues bien, no sé mucho de esas cosas, pero apostaría a que, si tiene esas ovejas en el otro mundo, tendrá que ponerles unas mantas de asbesto para que soporten el calor.

Algunas personas arraigan tanto en sí mismas este hábito de acaparar que se les vuelve una segunda naturaleza acaparar, acaparar y acaparar. Impregna de tal manera su ser que actúa en ellas como un reflejo. ¿Me perdonan una pequeña repetición? Permítanme ilustrar lo que quiero decir:
Un hombre con esa disposición a acaparar trabajaba con una sierra de corte longitudinal en un aserradero. Mientras cortaba una tabla de dos por cuatro pulgadas, «¡zas!», perdió un dedo. En vez de permitir que sus compañeros del aserradero lo llevaran rápidamente a recibir primeros auxilios, se empeñó en escarbar entre el aserrín para encontrar el dedo perdido. Pero, en sus esfuerzos por recuperar aquel dedo, «¡zas!», perdió otro. A pesar de los esfuerzos de sus compañeros por apartarlo para que no muriera desangrado, ahora se empeñaba con más afán que nunca en encontrar entre el aserrín los dos dedos perdidos.

En ese punto del relato llegó al lugar un trabajador que conocía las capacidades de su amigo acaparador. Les preguntó qué ocurría. Se lo dijeron. Él respondió: «Si eso es todo lo que les preocupa, puedo conseguirlo muy fácilmente». El recién llegado se metió la mano en el bolsillo, sacó una moneda de veinticinco centavos y la lanzó al aserrín; y los dos dedos perdidos salieron y agarraron la moneda. A eso lo llamo yo un acto reflejo.

Algunas organizaciones prosperan a pesar de los hombres que están al frente, a pesar de lo que hacen y de lo que dejan de hacer. Recuerdo una caricatura de un anciano negro pescando. A veces se dice que la labor del Evangelio es como la pesca. Estaba pescando, medio dormido. El sedal dio un tirón y el hombre negro se puso de pie por la tremenda sacudida. Sintió que la barca era arrastrada en dirección al gran pez que estaba al otro extremo del sedal. El pez era tan grande que nuestro pescador negro estaba dando realmente un vertiginoso paseo alrededor de aquel lago. En su desconcierto, miró el chapoteo que producía el pez y exclamó: «¿Estoy yo pescando, o estás tú arrastrando a este negro?». Algunos de ustedes que ocupan altos cargos no están pescando; simplemente se dejan arrastrar como aquel negro. Algunos quieren los títulos, el honor, pero se quedan dormidos sosteniendo el sedal.

AYUDAR ES UN DEBER

Quiero volver a este pensamiento: las cosas que cuentan en este mundo están escritas más allá del horizonte. Seamos bondadosos unos con otros y pensemos en algo además del dinero y la ambición. Ese es el problema del mundo.

Ike Eisenhower, el querido general, estaba dirigiendo unas palabras a los muchachos de la Marina el otro día e hizo esta observación:
Cultiven la comprensión mutua con toda persona con la que tengan que convivir.

Un buen escritor, al comentar al respecto —ojalá pudiera recordar su nombre para reconocer su autoría—, contó esta pequeña parábola que les dejo. La parábola dice así:
Un periodista entrevistó a un agricultor que había ganado muchos primeros premios por su cultivo de maíz. El periodista dijo: «Tengo entendido que usted ha ganado algunos primeros premios». «Sí». «Pero —dijo— lo que no entiendo es que, cuando gana un primer premio, toma su maíz selecto y lo reparte entre sus vecinos, que compiten contra usted por los premios. ¿Qué sentido tiene eso?». El anciano respondió: «Estos vecinos que me rodean han estado cultivando maíz, y si no les doy maíz selecto, su maíz malo va a polinizar mi maíz bueno».

Leí un curioso relato de un hombre llamado Pheister. Mientras experimentaba con el cultivo de maíz híbrido, cuando el maíz estaba en la etapa de floración o de formación de espigas, ató bolsas de papel alrededor de las espigas para poder controlar su polinización.

No se puede hacer eso en la vida. Sus vecinos están ahí esparciendo, por así decirlo, su polen, o su influencia, y ustedes también: viven con ellos. Al ayudarlos, ellos los ayudan a ustedes.

[…] den al mundo lo mejor que tengan, y lo mejor volverá a ustedes. (El espejo de la vida).

Hace un mes, mientras nos dirigíamos hacia la frontera mexicana, allá donde las lagartijas, como dice el muchacho, se acuestan de espaldas y se abanican, nos detuvimos en un pequeño local de comidas. No obtuvimos mucho alimento para el cuerpo, pero sí salimos con algo de alimento para la mente que estaba colgado en las paredes. Primero:
Qué maravilloso sería este mundo si yo amara a los demás como me amo a mí.

El que lo acompañaba decía:
Algunas personas piensan que, cuando echan su pan sobre las aguas, este debería volver tostado y con mantequilla.

Ahora, esperen un momento. Quizá les parezca algo bastante ridículo. Aquel hombre que enviaba su maíz, su maíz selecto, a sus vecinos estaba echando pan sobre las aguas, pero lo recuperaba tostado y con mantequilla.

Que el Señor nos ayude a ser bondadosos. Recordemos lo que tenemos por delante. No andemos sombríos en estos días. Afrontemos nuestros problemas. Nuestros abuelos lo hicieron. Mantengamos el rostro alzado hacia el sol y afrontemos lo que venga. Interpretamos nuestras mejores melodías en tiempos de dificultad, y ahí está el desafío. Cumplan ustedes con su deber; déjenme cumplir con el mío; y sonriamos: sonrían aunque les cueste la vida; y a algunas personas sonreír les costaría la vida.

Que el Señor nos bendiga. Amén.

Volver al Inicio

Esta entrada fue publicada en Arrepentimiento, perdón y conversión. Guarda el enlace permanente.

Deja una respuesta