El valor de los grandes hombres
Élder Albert E. Bowen
Del Consejo de los Doce Apóstoles
La fe en Jesucristo y en la veracidad de la Restauración brinda estabilidad frente al escepticismo y los ataques que buscan desacreditar los ideales y a los grandes hombres.
Durante los últimos tres días hemos oído muchas referencias al estado de agitación del mundo. El hermano Widtsoe señaló el punto neurálgico de todo ello. Nos dijo que se debe a un sentimiento de incertidumbre que aflige la mente de los hombres. Creo que esa incertidumbre se debe al quebrantamiento de la fe en los principios por los cuales los hombres han vivido hasta ahora. Ya no están seguros de que esos principios sean válidos y, al no tener nada que los sustituya, andan a la deriva, sin convicciones firmes. En tales circunstancias, la vida no puede ser estable, y la inestabilidad significa debilidad e inquietud. Para ser hombres fuertes, debemos tener fe en la solidez de algo. Colectivamente, los hombres deben tener esa fe si han de formar comunidades fuertes o naciones perdurables. Debido a la ausencia de convicciones profundas, tenemos inquietud, cambios constantes e incertidumbre, y esa condición se refleja en todos los asuntos de los hombres: sus asuntos políticos, morales y religiosos.
LA INESTABILIDAD DEL MUNDO
No hace falta demostrar que todas las naciones de hoy son, políticamente, una masa en ebullición de inquietud e inestabilidad. En lo moral, la situación es prácticamente la misma, y por la misma causa.
Al desaparecer las creencias y no haber nada que las reemplace, muchos han dado por sentado que todos los valores morales han desaparecido y que cada cual queda libre para fijar sus propias normas y vivir conforme a los deseos de su corazón. Eso significa anarquía moral. Es una idea demasiado extendida por la tierra en la actualidad.
Otros aceptan la falacia de que los hombres pueden vivir según códigos éticos y de que la llamada ética cristiana puede separarse de la religión cristiana en la cual se fundamenta. Vemos el resultado de seguir cualquiera de estas ideas falaces. La maldad y la corrupción se destruyen a sí mismas. Contienen en sí las semillas de su propia ruina. Envilecen y destruyen todo lo que tocan. Los códigos éticos, por su parte, deben obtener su fortaleza de la religión en la cual se han fundado. Intentar separarlos de ella es como separar la rama de la raíz de la que ha recibido su alimento. Eso es cierto en cuanto a la llamada ética cristiana, que se difundió, fue aceptada, echó raíces y dio fruto como parte de la religión que Cristo estableció.
Del quebrantamiento de la fe, con la consiguiente incertidumbre y el derrumbe de las convicciones, solo hay un pequeño paso hasta un cinismo que se burla de todos los ideales. Se prepara el camino para los destructores de ideales, y estos no han tardado en aprovechar su ventaja.
LOS CÍNICOS DESACREDITAN A LOS GRANDES HOMBRES
Solo de vez en cuando aparece un gran hombre en el escenario de este mundo o de una nación. Presta un servicio tan destacado que, después de que ha caído el telón de su vida y ha quedado lo suficientemente lejos en el pasado para que el tiempo haya suavizado algunas de las asperezas e imperfecciones que se manifestaron mientras desempeñaba su papel, sus agradecidos compatriotas, o tal vez el mundo, lo erigen como símbolo de los ideales que encarnó y le rinden homenaje. Quizás tejan algunas leyendas en torno a su nombre, pero ¿qué importa eso, puesto que, de todos modos, ha llegado a ser más un símbolo que una persona? Como ideal, se convierte en una inspiración para las generaciones venideras a lo largo del tiempo. En este país hemos tenido dos hombres así en el escenario político. Uno de ellos es George Washington. Era humano; por tanto, debió de haber tenido defectos, pero estos quedaron reducidos a la insignificancia ante la imponente majestad de sus virtudes y de su legado a la humanidad. Por etapas que conmueven el alma, fue pasando progresivamente por diversos puestos de mando hasta llegar a la elevada cumbre donde ocupa un lugar de honor intachable, digno de la reverencia de todos los hombres que valoran el patriotismo puro, aman la justicia y atesoran la libertad. Pero los cínicos han estado trabajando en su contra.
Hace cuatro o cinco años, un desconocido escribió lo que él llama una historia. Se dice que es profesor en una institución de enseñanza superior y que, por tanto, puede prescribir su libro como texto y asegurarse de que se lea. Ha descubierto que Washington era un hombre mediocre, vanidoso y ávido de gloria, que aparentaba una modestia que no era más que una pose para causar impresión, sin capacidad militar ni el menor indicio de aptitud para el gobierno. Dice que Washington «nunca tuvo una concepción clara de la fuerza dinámica de las ideas» y que «nunca formuló teorías coherentes de gobierno».
Este recién llegado al firmamento también ha dirigido su fría y luminosa mirada hacia Abraham Lincoln. Lo ha traspasado con su mirada penetrante y no ha encontrado sustancia alguna. Con un diestro giro de la muñeca, ha arrancado el manto al «honrado Abe» y lo ha dejado desnudo, expuesto a la mirada cruel del público. Su gran corazón comprensivo y humanitario se encoge, y queda reducido a un intelecto apenas suficiente para las necesidades de un rústico. Pues nuestro nuevo genio encuentra que los debates entre Lincoln y Douglas fueron «tediosos» y que «Lincoln mismo era poco sincero, cambiante, contradictorio, evasivo, oportunista, engañoso; con un intelecto propio de un campesino, incapaz de comprender un problema económico o constitucional complejo; sin capacidad para entender jamás las fuerzas que había detrás del partido que representaba; cuya prosa era lúcida y hermosa, pero cautivaba por su estilo más que por su contenido, y cuyas conclusiones eran inferencias ilógicas e indefendibles». Así, de manera sumaria, se despacha al hombre de quien un colega, al contemplar su cuerpo inmóvil en el ataúd, dijo: «Ahora pertenece a los siglos».
No conozco nada tan apropiado para aplicar aquí como la observación del presidente Coolidge. Unos hombres indignados le exigieron que hiciera algo para detener a los difamadores de Washington. Mirando por la ventana hacia donde la elegante columna se elevaba contra el azul del cielo, el presidente Coolidge dijo sencillamente: «Veo que el monumento sigue en pie».
SE ESTÁ ENSEÑANDO LA IRRELIGIÓN
Así será siempre con las reputaciones fundadas sobre la roca.
Pero, por atrevido que sea este historiador, queda empequeñecido en comparación con la ambición de otro que no vacila en alzar la mano y hacer descender a Dios mismo de Su trono. Este nos dice que «un mundo nuevo debe nacer del mundo muerto del pasado». Quiere un único Estado mundial que lo abarque todo, establecido mediante un contrato social, que asuma el control completo de la vida humana y en el cual los padres, los maestros y la iglesia sean meros agentes encargados de cumplir la voluntad suprema del Estado, donde el «mito de Dios, de la Biblia y de Jesucristo sea reemplazado por la realidad de la hermandad mediante el contrato social». ¿Ha oído alguien alguna vez que se critique el autoritarismo en la religión?
Otro de ellos nos dice:
No se descubrirán las cosas de mayor valor para la experiencia individual y para las normas éticas de los Estados Unidos mientras los líderes intelectuales mantengan una sensibilidad hacia el significado sobrenatural de la mitología cristiana, o un apego personal y sentimental a la figura de Jesús. Bien harían los educadores estadounidenses en reconocer francamente que los días de la cohesión cultural cristiana en los Estados Unidos han terminado.
Ahora conocemos lo peor. Los Estados Unidos ya no han de ser una nación cristiana.
Todo esto concuerda con la conducta de un maestro que, evidentemente decidido a contribuir a eliminar el «mito de Dios», con el pretexto de aplicar lo que llamó una «prueba de madurez», planteó dos preguntas: primera, «¿Cree usted en un Ser Supremo?»; segunda, «¿Recurre a Él en busca de ayuda?». El alumno respondió «sí» a ambas, y el maestro lo calificó de inmediato como lamentablemente inmaduro. Sin duda, este mismo maestro reaccionaría con gran indignación si alguien enseñara religión en la escuela, pero no tiene suficiente respeto por la ley, ya sea escrita o basada en un código de honor, para abstenerse de violar él mismo su espíritu al enseñar la irreligión, incluso hasta el punto de enseñar la incredulidad en la Deidad.
No puede demostrar que el alumno estuviera equivocado; sin embargo, sin vacilar, así lo califica y así lo declara. Luego algunas personas se quejan del autoritarismo en la religión. Ese maestro tampoco es muy inteligente, pues el alumno, cuya graduación depende de su capricho, pronto aprende qué clase de respuesta quiere el maestro y se la da, aunque no crea una sola palabra de ella.
Ahora bien, para que nadie piense que esto pretende ser una acusación general contra los maestros, me apresuro a aclarar que no es así. Sé que en las escuelas hay muchas personas sumamente honorables y escrupulosas, que reverencian a Dios y practican la religión verdadera; pero los casos aislados, como los que he mencionado, muestran a qué fuerzas deben hacer frente la iglesia, el hogar y la sociedad si desean preservar el poder estabilizador de la fe religiosa. Los padres, por lo menos, deben conocer la tarea que les corresponde.
LA IGLESIA SE FUNDAMENTA EN LO TRASCENDENTE
Desde hace dos mil años, los hombres han regido su vida por las enseñanzas de Jesús. Estas ejercen su influencia entre quinientos millones de personas civilizadas. ¿Suponen ustedes que quinientos millones de personas civilizadas se han mantenido unidas y han ordenado su vida por un mito? Los impostores no hacen historia. Lo trascendente puede estar más allá de nuestra plena comprensión, pero ningún hombre que haya vivido en este mundo puede cerrar los ojos ante el hecho de que diariamente debemos aceptar muchas, muchísimas cosas que no podemos explicar. El hecho de que una proposición no pueda analizarse, descomponerse, examinarse y reconstruirse a partir de sus partes no demuestra que no sea una realidad.
Esta Iglesia se fundamenta en lo trascendente; también se fundamentaba en ello la Iglesia cristiana primitiva. Jesús era el Mesías anunciado. Resucitó de entre los muertos. Ningún hombre puede explicar eso. Pablo tuvo una visión en el camino a Damasco. He leído que se dice que fue una visión espiritual, pero también oyó una voz. Hechos 9:4 ¿Qué fue aquello?
Que fuera espiritual o alguna otra forma de visión no cambia absolutamente nada para mí. ¡Tuvo una visión! Y esta Iglesia descansa en la declaración de que José Smith tuvo una visión del cielo, que seres celestiales lo visitaron y le enseñaron, y que, sobre la base de sus enseñanzas, estableció esta Iglesia. Tiene aproximadamente un millón de miembros. Otros cientos de miles han muerto. Quizás, en el transcurso del tiempo, cerca de dos millones de miembros hayan creído en la veracidad de sus declaraciones. Algo así no surge de una impostura. Los hombres pueden equivocarse, pueden ser engañados, pero esta Iglesia no podría crecer a partir de la falta de sinceridad.
ATAQUES INFUNDADOS CONTRA EL PROFETA JOSÉ SMITH
Durante el último medio siglo, quizás media docena de escritores hayan citado un acta judicial que supuestamente demuestra que José Smith hizo declaraciones que revelan su falta de sinceridad y su impostura. Y toda esa acusación se basa en esa presunta acta judicial. Cuando uno la examina, no se presenta acta judicial alguna. Lo que se presenta es un artículo de una enciclopedia, escrito por alguien cuya identidad nadie conoce y evidentemente lleno de malicia, o escrito por un autor lleno de malicia, y que incluye lo que pretende ser un acta judicial. ¿Por qué quien basa una acusación en un acta judicial no presenta el acta? Incluso esa enciclopedia eliminó, en una edición posterior, la parte del artículo que contenía la presunta acta judicial, presumiblemente porque no había fundamento suficiente para incluirla.
Hay otra cosa peculiar acerca de esa presunta acta. Pretende ser un acta de un tribunal de un juez de paz. Todo el que sabe algo de tribunales sabe que los tribunales de los jueces de paz no son tribunales de registro. Por lo general, no recogen ni conservan como parte del expediente el testimonio de los testigos. Hay ciertas cosas esenciales. Debe constar la acusación. Debe constar que los testigos prestaron juramento. Deben constar las conclusiones y la sentencia. Esta presunta acta contiene todo menos lo que debería contener. Contiene una formulación de la acusación que es objetable porque enuncia dos delitos, o intenta hacerlo. Es bien sabido que ningún hombre tiene que declarar contra sí mismo en una causa judicial. Ningún hombre acusado de un delito tiene que declarar antes de que se hayan presentado pruebas en su contra; pero esta presunta acta comienza con José Smith, como primer testigo, declarando en su propia defensa antes de que nadie haya declarado contra él.
No hay constancia de que algún testigo haya prestado juramento. Se anuncia que fue declarado culpable, pero no se dice de cuál de las acusaciones, y no hay sentencia alguna. Esa acta no pudo haberse redactado a medida que transcurría el supuesto juicio. El orden de los acontecimientos lo impide. No tiene mejor fundamento que las declaraciones juradas sin valor en cuyo apoyo se la saca a relucir; y así podríamos seguir y, poco a poco, hacer trizas los hilos de evidencia con los que se afirma demostrar que se perpetró la presunta impostura.
Dejemos de pensar que todo tiene que ser verdad porque está escrito en un libro. El hecho de que algo se imprima no lo hace sagrado. No tiene mayor validez que la honradez del pensamiento que lo sustenta.
Les pido disculpas por haberme extendido a costa de su tiempo, y ruego que las bendiciones de Dios descansen sobre ustedes, en el nombre de Jesús. Amén.


























