Conferencia General Abril 1946


Tomar sobre nosotros el nombre de Jesucristo

Élder Joseph L. Wirthlin
Segundo Consejero del Obispado Presidente

La salvación viene únicamente por medio de Jesucristo, cuyo nombre lleva Su Iglesia restaurada y cuyos discípulos deben honrar al vivir dignamente como Santos de los Últimos Días.


Siempre que se me llama, mis hermanos y hermanas, a cumplir esta gran tarea, pido al Señor que vivifique mi mente y desate mi lengua, y espero que hoy esa oración encuentre eco en sus corazones en favor mío.

MUCHAS EVIDENCIAS DE LA DIVINIDAD DE CRISTO

Con frecuencia oímos preguntar: «¿Qué encierra un nombre?». Y al pensar en los nombres, siempre pensamos primero en los apellidos. Pensamos en los grandes nombres de los campos de la educación, la industria y el gobierno, pero ¿qué hay de los nombres del vasto ámbito de la religión? Al mirar hacia el pasado, muchos acuden a nuestra mente: los nombres de Confucio, de Buda, de Mahoma y de Jesucristo. Al pensar en los tres primeros, sus nombres los identifican como hombres que procuraron enseñar a sus seguidores ciertas filosofías, filosofías de los hombres que contenían algunos elementos de verdad. Pero ¿qué hay de Jesucristo y Sus enseñanzas? Y, además, ¿qué encontramos en Su nombre? Al mencionar Su nombre, también se establece de inmediato una relación mental con la Trinidad. Sus seguidores proclamaron que Él era el Hijo de Dios, pues leemos:

En el principio era el Verbo, y el Verbo estaba con Dios, y el Verbo era Dios. Este estaba en el principio con Dios. Todas las cosas por medio de él fueron hechas, y sin él nada de lo que ha sido hecho fue hecho. En él estaba la vida, y la vida era la luz de los hombres. Y la luz resplandece en las tinieblas, y las tinieblas no la comprendieron. […] Y el Verbo se hizo carne y habitó entre nosotros, y vimos su gloria, gloria como del Unigénito del Padre, lleno de gracia y de verdad. Juan 1:1–5, 14

Para los primeros seguidores de Jesucristo, Él estaba con Dios en el principio. Él era Dios, y se le dio la gran comisión de crear la tierra y todas las cosas que ahora hay sobre ella. Además, debido a que Su plan de salvación fue aceptado en los concilios de los cielos durante la existencia preterrenal, se manifestó a la humanidad en la carne, como el Unigénito del Padre. Al analizar esta declaración y compararla con las teorías y enseñanzas de Confucio, Buda y Mahoma, encontramos una gran diferencia entre las afirmaciones de estos grandes maestros religiosos.

La declaración anterior de Juan debe necesariamente estar respaldada por evidencias tangibles de que Jesucristo era el Hijo de Dios, un miembro de la Trinidad que se manifestó a la humanidad en la carne con el propósito de redimirla del pecado de Adán. La gran evidencia que sustenta esas afirmaciones se encuentra en una promesa que hizo el Salvador, en la que declaró:
Pero cuando venga el Consolador, a quien yo os enviaré del Padre, el Espíritu de verdad, el que procede del Padre, él dará testimonio de mí. Juan 15:26

La gran diferencia entre Jesucristo, el Hijo de Dios, y los demás grandes maestros religiosos del mundo era que, después de que Él dejara la tierra, el tercer miembro de la Trinidad, el Espíritu Santo, testificaría a los pueblos de la tierra acerca de la misión divina del Señor Jesucristo.

Han transcurrido casi dos mil años desde que Cristo estuvo sobre la tierra, pero incontables miles de personas han recibido la revelación del Espíritu Santo de que Su misión era divina. Un profeta de nuestros días, Brigham Young, declara de la manera más enfática que cualquier persona que busque sinceramente la verdad puede saber que Jesús era el Cristo del mismo modo en que Pedro lo supo. Como recordarán, el Salvador viajaba por la región con Sus discípulos y, volviéndose hacia ellos, les hizo esta pregunta: «[…] ¿Quién dicen los hombres que es el Hijo del Hombre?». Al imaginar aquella escena, veo a Sus seguidores atónitos, respondiendo con cierta vacilación: «Unos, Juan el Bautista; y otros, Elías; y otros, Jeremías o alguno de los profetas». Por segunda vez, el Salvador hizo la pregunta: «Y vosotros, ¿quién decís que soy yo?». Pedro, el humilde pescador, declaró sin reserva alguna: «¡Tú eres el Cristo, el Hijo del Dios viviente!», y de inmediato llegó la respuesta del Salvador: «Bienaventurado eres, Simón hijo de Jonás, porque no te lo reveló carne ni sangre, sino mi Padre que está en los cielos». Mateo 16:13–17 ¿Cómo pudo Pedro responder a esta pregunta sin vacilación ni reserva alguna? Fue posible porque el Espíritu Santo le reveló esta gran verdad, y en este acontecimiento vemos que el Espíritu Santo sí revela el hecho de que Jesucristo es el Unigénito del Padre en la carne, el Hijo de Dios, el Redentor del mundo.

Una vez más hacemos la pregunta: «¿Qué encierra un nombre?». En el nombre de Jesucristo hay salvación y exaltación para los hijos de nuestro Padre Celestial, pues leemos en los Hechos de los Apóstoles:
Y en ningún otro hay salvación, porque no hay otro nombre debajo del cielo, dado a los hombres, en que podamos ser salvos. Hechos 4:12

Durante Su ministerio, Cristo enseñó a las personas a aceptar Su nombre, a tomar Su nombre sobre sí. En cuanto a la oración, dijo:
Y todo lo que pidáis al Padre en mi nombre, esto haré, para que el Padre sea glorificado en el Hijo. Juan 14:13

PRINCIPIOS QUE ENSEÑÓ EL SALVADOR

En cuanto a la creencia y la fe, dijo:
Mas a todos los que le recibieron, a los que creen en su nombre, les dio potestad de llegar a ser hijos de Dios. Juan 1:12

Enseñó el principio del arrepentimiento y declaró enérgicamente, según leemos en Lucas:
Y que se predicase en su nombre el arrepentimiento y la remisión de pecados en todas las naciones, comenzando desde Jerusalén. Lucas 24:47

Juan el Bautista, precursor de Cristo, enseñó el evangelio del arrepentimiento y el bautismo por inmersión para la remisión de los pecados y, en el curso de esos acontecimientos, el Salvador se presentó para solicitar el bautismo. La historia eclesiástica declara que, cuando salió del agua, los cielos fueron abiertos y el Espíritu Santo apareció en forma de paloma, y la multitud reunida oyó la voz del Padre que decía: «[…] Este es mi Hijo amado, en quien me complazco». Mateo 3:17 Así se proclamó nuevamente la gran verdad de que Jesucristo era el Hijo de Dios, el Redentor del mundo.

[…] Por tanto, id y haced discípulos a todas las naciones, bautizándolos en el nombre del Padre, y del Hijo, y del Espíritu Santo. Mateo 28:19

La entrada en el reino mediante el bautismo, Juan 3:5 tal como el Salvador lo declaró a Nicodemo, se efectuaba en el nombre de la Trinidad, incluido el nombre del Salvador. Juan 3:18 Otras promesas que hizo en Su nombre fueron:
El que crea y sea bautizado será salvo; pero el que no crea será condenado. Y estas señales seguirán a los que crean: En mi nombre echarán fuera demonios; hablarán nuevas lenguas; tomarán serpientes en las manos y, si beben cosa mortífera, no les dañará; sobre los enfermos pondrán sus manos, y sanarán. Marcos 16:16–18

LA VERDADERA IGLESIA DE CRISTO LLEVA SU NOMBRE

Al contemplar el gran ministerio de nuestro Señor, Su nombre se destaca de manera preeminente como el único nombre debajo del cielo por el cual los hijos de los hombres pueden disfrutar de las bendiciones de la salvación y la exaltación. De hecho, Su nombre es la contraseña de entrada al reino de nuestro Padre Celestial.

Pablo, al predicar a los efesios, declaró que Jesús constituyó a unos apóstoles, a otros profetas, a otros evangelistas, a otros pastores y a otros maestros. Efesios 4:11 Permítanme señalarles también que en el Nuevo Testamento hay abundantes pasajes de las Escrituras que demuestran, sin lugar a dudas, que se escogió a sumos sacerdotes, setentas, élderes, presbíteros, maestros, diáconos y obispos, y que estos oficios se convirtieron en parte integral de la gran organización de la Iglesia. Después de la selección de los oficiales de la Iglesia y de su organización, ¿llevaba la Iglesia un nombre? Y, si lo llevaba, ¿cuál era su nombre hace dos mil años? ¿Llevaba el nombre de Pedro? ¿Era la iglesia de Juan o de Mateo? No lo era; llevaba el nombre de su gran organizador, el Señor Jesucristo. Lean, si lo desean:
Y él es la cabeza del cuerpo que es la iglesia; él que es el principio, el primogénito de entre los muertos, para que en todo tenga la preeminencia. Colosenses 1:18 Se deduce lógicamente que, si el Salvador había de tener la preeminencia en todas las cosas, lo más preeminente de todo ello sería esta gran organización llamada la Iglesia, la cual debía llevar Su nombre. Leemos:
Porque el marido es cabeza de la esposa, así como Cristo es cabeza de la iglesia, y él es el Salvador del cuerpo. Así que, como la iglesia está sujeta a Cristo, así también las casadas lo estén a sus maridos en todo. Efesios 5:23–24

Vemos en esta comparación que la Iglesia debía tomar el nombre de Jesucristo, su cabeza, y sujetarse a Él, así como la esposa toma el apellido de su esposo y se sujeta a él. Por tanto, la Iglesia en los días de Jesucristo llevaba Su nombre.

Durante el juicio del Salvador, cuando compareció ante Poncio Pilato, el gobernante romano declaró que no encontraba engaño alguno en aquel hombre, pero, para apaciguar a los judíos, sus súbditos, ordenó la crucifixión. Hizo algo más para complacer a sus súbditos, pues Juan declaró:

Y escribió también Pilato un título que puso sobre la cruz; y el escrito era: JESÚS NAZARENO, REY DE LOS JUDÍOS. Juan 19:19

Poco comprendía Poncio Pilato, cuando por orden suya aquel nombre fue clavado en la cruz de la que pendía el Hijo de Dios, que ese nombre llegaría a ser el más conocido entre los hijos de los hombres, el único nombre debajo de los cielos por el cual podríamos disfrutar de un lugar en Su reino.

Mientras el cuerpo del Salvador yacía en el sepulcro, Pedro nos dice que Su espíritu visitó a los espíritus de quienes, en tiempos de Noé, habían sido un pueblo desobediente sobre la tierra y habían sido arrasados por el diluvio, 1 Pedro 3:20 y les enseñó la importancia de Su nombre y que, mediante la obediencia al Evangelio que Él había proclamado sobre la tierra, ellos también podrían disfrutar de la salvación.

APOSTASÍA DE LA IGLESIA DE CRISTO

Según los registros que se encuentran en Tercer Nefi, en el Libro de Mormón, Jesucristo, como ser resucitado, se apareció a los habitantes del continente americano y les enseñó a tomar sobre sí Su nombre y, además, que las ordenanzas del Evangelio debían efectuarse en Su nombre. 3 Nefi 27:7 Poco después de que el Salvador resucitado dejara la tierra, Pablo declaró a los santos de Galacia:
Estoy maravillado de que tan pronto os hayáis alejado del que os llamó por la gracia de Cristo, para seguir un evangelio diferente. No es que haya otro, sino que hay algunos que os perturban y quieren pervertir el evangelio de Cristo. Mas si aun nosotros, o un ángel del cielo, os anunciare otro evangelio diferente del que os hemos anunciado, sea anatema. Gálatas 1:6–8

Esta declaración es una evidencia de que se estaban enseñando otros principios y doctrinas, de que la gran apostasía de la Iglesia de Cristo ya estaba en marcha y, además, de que, como resultado de la apostasía, el nombre de Jesucristo había perdido su significado entre los hombres. Se enseñó a las personas a orar en los nombres de hombres y mujeres que, a partir de las doctrinas alteradas del Salvador, llegaron a ser los llamados santos, quienes se interponían entre las personas de esta tierra y Dios, en lugar de Jesucristo. Durante este período ya no oímos hablar de apóstoles, profetas, pastores, maestros, sumos sacerdotes, setentas, élderes, obispos, presbíteros, maestros y diáconos, sino que nuevos oficiales con nuevos títulos ocuparon sus lugares. La eficacia de la fe se perdió al enseñarse a los hombres a creer que podían ser salvos por la fe y la gracia, en lugar de por la fe y las obras. El principio del arrepentimiento se convirtió en uno según el cual podía comprarse el perdón de los pecados. Se cambió la ordenanza del bautismo y la organización perdió su identidad al sustituirse su título original, «Jesucristo», por otro. A medida que las oscuras nubes de la apostasía se cernían sobre la tierra, hubo algunos grandes hombres que declararon que habría un cambio, una reforma. Entre ellos estaban Martín Lutero, Juan Calvino y Roger Williams, quienes declararon que la Iglesia de Dios ya no estaba sobre la tierra. Aunque fueron sinceros en sus declaraciones y en sus esfuerzos, no pudieron restaurar la organización de la Iglesia con su nombre, ordenanzas y principios tal como el Señor Jesucristo los había dado al mundo por primera vez.

LA VERDADERA IGLESIA RESTAURADA

En medio de la confusión y de las opiniones contrarias que había en el mundo, un joven que deseaba sinceramente saber cuál de todas las iglesias era la Iglesia de Cristo se arrodilló entre los gigantes del bosque e invocó a Dios para pedir guía divina, a fin de que se le revelara la Iglesia verdadera. En respuesta a la oración de aquel muchacho de catorce años, Dios, el Padre Eterno, y Jesucristo, Su Hijo, se aparecieron, y el Padre dijo a José Smith: «¡Este es mi Hijo Amado: Escúchalo!». José Smith—Historia 1:17 Así se reafirmó al mundo que Jesucristo era el Hijo de Dios, un ser resucitado, y que el Padre y el Hijo eran dos personajes distintos, con cuerpos, partes y pasiones. José Smith recibió instrucciones del Padre y del Hijo, y después lo visitaron seres celestiales que indicaron que sus visitas se efectuaban en el nombre del Salvador, con lo cual se estableció nuevamente sobre la tierra que todas las cosas debían hacerse en Su nombre, tal como los apóstoles de la antigüedad enseñaron al pueblo.

La sección dieciocho de Doctrina y Convenios guarda un paralelo con los versículos del libro de Hechos, y en ella se restauraron a la tierra el significado y el poder del nombre del Señor Jesucristo. Dice así:

He aquí, Jesucristo es el nombre dado por el Padre, y no hay otro nombre dado, mediante el cual el hombre pueda ser salvo; por tanto, todos los hombres deben tomar sobre sí el nombre que el Padre ha dado, porque por ese nombre serán llamados en el postrer día. Doctrina y Convenios 18:23–24

Es una verdad grandiosa y gloriosa contemplar que en estos días, los días de ustedes y los míos, Jesucristo ha hablado nuevamente al mundo y ha restaurado el Evangelio y todas sus ordenanzas de salvación, a fin de que los hijos de nuestro Padre Celestial puedan disfrutar de la salvación y la exaltación en Su reino.

Estas son palabras conocidas que se pronunciaron hace dos mil años y que se reiteraron en las palabras del Salvador al Profeta en cuanto a la oración, indicando nuevamente que Su nombre había de convertirse en la consigna de la salvación:
Y continuarás invocando a Dios en mi nombre, y escribiendo las cosas que te serán dadas por el Consolador, y explicando todas las Escrituras a la iglesia. Doctrina y Convenios 24:5

Y si sois purificados y limpiados de todo pecado, pediréis cuanto quisiereis en el nombre de Jesús y se cumplirá. Doctrina y Convenios 50:29

EL SACERDOCIO CONFERIDO AL HOMBRE

Juan el Bautista se apareció a José Smith y a Oliver Cowdery y les confirió el Sacerdocio Aarónico con estas palabras:
Sobre vosotros, mis consiervos, en el nombre del Mesías, confiero el Sacerdocio de Aarón. Doctrina y Convenios 13:1

Permítanme hacer esta pregunta: ¿Hubo alguna vez en la historia de los grandes reformadores, o de cualquier otro líder religioso, una ocasión en la que afirmaran que mensajeros divinos habían venido de los cielos en el nombre de Jesucristo o en el nombre del Mesías y les habían conferido el sacerdocio o alguna parte de él? La respuesta es no. La restauración de la ordenanza del bautismo trajo consigo el mandato de que los hombres y las mujeres fueran bautizados en el nombre del Padre, del Hijo y del Espíritu Santo. La confirmación de los miembros de la Iglesia y la promesa del don del Espíritu Santo debían efectuarse en el nombre de Jesucristo. Las bendiciones a los enfermos debían realizarse en Su nombre. Las oraciones reveladas para bendecir la Santa Cena debían comenzar con estas palabras: «Oh Dios, Padre Eterno, en el nombre de Jesucristo, tu Hijo, te pedimos», Doctrina y Convenios 20:77, 79 y así sucesivamente.

Sigan, si lo desean, el curso de la restauración del Evangelio. La importancia del nombre de Jesucristo es sumamente impresionante, pues se le devolvió el mismo lugar que tenía cuando Él enseñaba a los hombres sobre la tierra hace dos mil años. Con la restauración de las ordenanzas y los principios del Evangelio, el Señor volvió a constituir, como Pablo declaró una vez, apóstoles, profetas, evangelistas, maestros, pastores, sumos sacerdotes, setentas, élderes, obispos, presbíteros, maestros y diáconos, Efesios 4:11 y, con la restauración de estos oficios del sacerdocio de la Iglesia, esta volvió a organizarse de manera tan perfecta como en los días de Pedro y Juan. Era necesario algo más que la restauración del Evangelio, las ordenanzas, los principios y la organización. ¿Y qué era? El nombre por el cual pudiera ser identificada en el mundo, nombre que había sido quitado de la tierra cuando ocurrió la gran apostasía. ¿No es singular, entonces, que todos los grandes dirigentes religiosos no llamaran Iglesia de Jesucristo a las iglesias que organizaron? Pero, por la providencia de Dios, no había de ser así. Por tanto, el nombre quedó reservado para el día en que, por medio de José Smith, el instrumento del Señor, la Iglesia fuera restaurada nuevamente a la tierra. En una revelación conocida como la sección ciento quince de Doctrina y Convenios, leemos las palabras del Salvador al Profeta con respecto a este asunto:

De cierto, así os dice el Señor, mis siervos José Smith, hijo, y también Sidney Rigdon, y también Hyrum Smith, y vuestros consejeros que son y que serán nombrados más adelante; y también a ti, mi siervo Edward Partridge, y a tus consejeros; y también a mis siervos fieles que integran el sumo consejo de mi iglesia en Sion, porque así se llamará, y a todos los élderes y al pueblo de mi Iglesia de Jesucristo de los Santos de los Últimos Días, esparcidos por todo el mundo; porque así se llamará mi iglesia en los postreros días, a saber, La Iglesia de Jesucristo de los Santos de los Últimos Días. De cierto os digo a todos: Levantaos y brillad, para que vuestra luz sea un estandarte a las naciones. Doctrina y Convenios 115:1–5

SIGNIFICADO DEL NOMBRE SANTO DE LOS ÚLTIMOS DÍAS

Con la restauración del nombre, la organización quedó completa, con el sacerdocio y todos sus oficiales, ordenanzas y principios que existían en la Iglesia antigua tal como Cristo los enseñó. La restauración del nombre es una de las mayores evidencias del llamamiento divino del profeta José, pues la Iglesia en los últimos días se conoce como La Iglesia de Jesucristo de los Santos de los Últimos Días.

Los miembros de esta Iglesia llevan una gran y solemne responsabilidad al usar el título de Santos de los Últimos Días. Al pensar en mi propia vida, me pregunto si merezco el nombre de Santo de los Últimos Días. ¿Meditan ustedes en este título divino para determinar si su vida es compatible con el título de Santo de los Últimos Días? Solo llegamos a ser Santos de los Últimos Días en la medida en que vivimos el evangelio del Señor Jesucristo, y un verdadero Santo de los Últimos Días está dispuesto a tomar sobre sí el nombre completo del Señor Jesucristo y a guardar Sus mandamientos y Sus convenios. Esto exige una lealtad plena y devota a los ungidos del Señor que presiden Su Iglesia y, además, la pureza de vida es un requisito primordial, pues estoy convencido de que quien afirme ser Santo de los Últimos Días y beba un vaso de cerveza o fume un cigarrillo no tiene derecho al título divino de Santo de los Últimos Días.

El pueblo del Señor es un pueblo del convenio, que tiene la solemne obligación ante Él de vivir de tal manera que llegue a ser un estandarte a todas las naciones, como Él lo declaró al profeta José; y si alguna vez en la historia del mundo hubo un momento en que se necesitara un pueblo que manifestara en su vida todos los principios del Evangelio, ese momento es hoy.

José Smith declaró proféticamente a orillas del río Misisipi, el seis de agosto de 1842, casi dos años antes de ser asesinado, que este pueblo se trasladaría a las Montañas Rocosas y llegaría a ser un pueblo grande y poderoso. Me pregunto qué quiso decir con la palabra «poderoso». ¿Habíamos de llegar a ser poderosos en la política, en el mundo industrial, o habíamos de llegar a ser poderosos en rectitud? Mi interpretación de esta profecía es que habíamos de llegar a ser poderosos en rectitud y que, por nuestro poder en rectitud, daríamos un ejemplo al mundo. Llegaríamos a ser una luz, un estandarte para un mundo desorientado, engañado y sin fe. Así pues, en el análisis final de los planes del Señor, Él dio Su nombre a la Iglesia restaurada para distinguirnos del resto del mundo al ser llamados Santos de los Últimos Días.

LA IMPORTANCIA DE UN NOMBRE

Hay una gran distancia entre los días de Poncio Pilato, cuando ordenó que el nombre del Salvador fuera clavado en la cruz: «Jesús Nazareno, Rey de los judíos», Juan 19:19 y el día en que Juan el Revelador vio en una visión y declaró:
Y en su vestidura y en su muslo tiene escrito este nombre: REY DE REYES Y SEÑOR DE SEÑORES. Apocalipsis 19:16

En Su nombre, el Señor prometió que se aparecería como Señor de señores y Rey de reyes a todos los que vivieran el evangelio de Jesucristo y merecieran el título de Santos de los Últimos Días, y que tendrían esta bendición:
Estos son los que son la iglesia del Primogénito. Son aquellos en cuyas manos el Padre ha entregado todas las cosas; son sacerdotes y reyes que han recibido de su plenitud y de su gloria; […] Son aquellos cuyos nombres están escritos en el cielo, donde Dios y Cristo son los jueces de todo. Son hombres justos hechos perfectos mediante Jesús, el mediador del nuevo convenio, que obró esta perfecta expiación derramando su propia sangre. Son aquellos cuyos cuerpos son celestiales, cuya gloria es la del sol, sí, la gloria de Dios, el más alto de todos, de cuya gloria está escrito que tiene como símbolo el sol del firmamento. Doctrina y Convenios 76:54–56, 68–70

Una vez más se plantea la pregunta: «¿Qué encierra un nombre?». ¿Qué encierra el nombre de Jesucristo?

He aquí, Jesucristo es el nombre dado por el Padre, y no hay otro nombre dado, mediante el cual el hombre pueda ser salvo; por tanto, todos los hombres deben tomar sobre sí el nombre que el Padre ha dado, porque por ese nombre serán llamados en el postrer día. Doctrina y Convenios 18:23–24

Que Dios los bendiga y me bendiga a mí para que reverenciemos de tal manera el nombre del Señor Jesucristo que guardemos Sus mandamientos y disfrutemos de todas las bendiciones que ello conlleva, lo pido en Su nombre. Amén.

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