Conferencia General Abril 1946


El valor del testimonio

Presidente George Albert Smith
El testimonio de Jesucristo y de Su Evangelio restaurado nos fortalece y se conserva mediante la obediencia a los mandamientos de Dios y el cumplimiento de nuestros deberes.


Estoy seguro, mis hermanos, de que ha sido una experiencia gozosa para todos nosotros estar aquí, en la casa del Señor, y regocijarnos en Sus bendiciones. Quiero recalcar lo que ha dicho el presidente Clark: que este es el Evangelio de Jesucristo, que es el poder de Dios para salvación  Rom. 1:16 que Jesucristo fue nuestro Hermano Mayor, que vivió sobre la tierra y murió para que pudiéramos vivir de nuevo, que hizo posible la resurrección y que desde entonces se ha aparecido a los hijos de los hombres. Me asombra que algunos de los nuestros puedan perder la fe y desviarse del camino cuando las pruebas de la veracidad del Evangelio son tan grandes.

LA DIVINIDAD DE LA IGLESIA

Entre las pruebas más contundentes de la divinidad de la obra en la que participamos y de la misión del profeta José Smith están los hechos de que la Iglesia existe hoy, más poderosa que nunca, y de que las predicciones que José Smith hizo como profeta se han cumplido y siguen cumpliéndose. No hay pueblo en ninguna parte del mundo que disfrute de las bendiciones que nosotros disfrutamos, tanto físicas como espirituales. La mayoría de las personas no conocen a Dios; no comprenden el propósito de la vida. Han sido desviadas por algunos hombres cuyas filosofías han ocupado el lugar de la verdad. Esa es la razón por la que el mundo se encuentra en su condición actual.

EL VALOR DE UN TESTIMONIO

Estoy agradecido de estar aquí. Contemplar sus rostros es para mí un testimonio de la divinidad de esta obra. Vayan adonde vayan, no encontrarán otro grupo reunido en el que cada uno tenga fe en Dios; y si les preguntáramos a todos ustedes cuántos tienen un testimonio, no una creencia porque alguien más lo haya dicho, sino cuántos tienen la certeza de que esta es la obra de Dios, de que Jesús es el Cristo, de que nuestra vida es eterna y de que José Smith es un profeta del Dios viviente, ustedes responderían que tienen ese testimonio que los sostiene, los fortalece y les brinda satisfacción al seguir adelante por el mundo. Y, para poner a prueba mi creencia al respecto, todos los que tengan ese testimonio, levanten la mano derecha. Gracias. Es evidente, por estas manos levantadas, que la mayoría de ustedes que están aquí esta noche han recibido un testimonio y saben que la verdad está sobre la tierra. Por supuesto, el adversario tratará de cegar a la familia humana. Tratará de conducirla por senderos desviados y prohibidos; esa es su ocupación. Sin embargo, si vivimos las enseñanzas de Jesús de Nazaret, si observamos los consejos y las recomendaciones de los profetas de Dios, si llevamos a cabo el programa que el Señor ha dado a la Iglesia a la que pertenecemos, estaremos a la vanguardia de todo el mundo en conocimiento, inteligencia y poder, porque podemos tener todo lo que tiene el mundo, además de la inspiración del Todopoderoso.

Sé que, en el curso natural de los acontecimientos, no pasará mucho tiempo antes de que mi obra haya concluido. He tenido muchas experiencias, he viajado por el mundo y he tratado con muchos hombres y mujeres maravillosos, y quisiera decir que aprendí cuando era muchacho que esta es la obra del Señor. Aprendí que había profetas vivientes sobre la tierra. Aprendí que la inspiración del Todopoderoso influiría en quienes vivieran de manera que pudieran disfrutar de ella, de modo que no dependemos de una o dos personas, ni de media docena. Hay miles de miembros de esta Iglesia que saben —no se trata en absoluto de imaginación—, saben que Dios vive, que Jesús es el Cristo y que somos hijos de Dios. Él es el Padre de nuestros espíritus. No hemos venido de alguna forma inferior de vida, sino que Dios es el Padre de nuestros espíritus y pertenecemos a la familia real, porque Él es nuestro Padre.

LA ARISTOCRACIA DE LA RECTITUD

Hablamos de las filosofías de los hombres y a veces las presentamos como una hermosa imagen, pero cuando contradicen las enseñanzas de nuestro Padre Celestial contenidas en las Santas Escrituras, carecen de valor. Nunca conducirán a nadie a la felicidad eterna ni lo ayudarán a encontrar un lugar en el reino de nuestro Padre Celestial. No podemos conservar ese testimonio a menos que guardemos los mandamientos de Dios. El conocimiento de la verdad no permanecerá con nosotros a menos que vivamos como nuestro Padre Celestial desea y nos aconseja vivir.

A veces oímos a las personas hablar de las aristocracias del mundo, de las familias reales del mundo. Quiero decir que la única aristocracia verdadera del mundo es la aristocracia de la rectitud, y que las únicas familias que perdurarán son las que guarden los mandamientos de nuestro Padre Celestial.

NUESTRAS OBLIGACIONES MISIONALES

Así pues, permítanme decir esta noche, hermanos, que nuestro campo misional está ante nosotros. Los hijos y las hijas de nuestro Padre nos necesitan. Estamos agradecidos por las respuestas a la convocatoria de misioneros que se ha hecho. Algunos desean fervientemente ir, pero, debido a que no están físicamente capacitados o a que otras condiciones son desfavorables, no podemos aceptar su ofrecimiento. En esta Iglesia hay miles de hombres y mujeres capaces de enseñar el Evangelio y que pueden llegar a ser más capaces al cumplir con su deber en el campo misional. Serán bendecidos con medios suficientes para ir a realizar la obra que el Señor desea que realicemos. Quisiera decir a los hombres que prefieren retener sus recursos en vez de hacerse tesoros en el cielo  Mateo 6:20 que sus riquezas se deteriorarán en sus manos y que dejarán pasar su oportunidad de alcanzar la vida eterna en el Reino Celestial.

LA PREPARACIÓN PARA EL REINO CELESTIAL

Esta es la obra del Señor. Es Su Iglesia. Es Su manera de prepararnos para la felicidad eterna en el Reino Celestial, y ciertamente ninguno de quienes han visto los resultados del Evangelio de Jesucristo en el mundo cuestionará su divinidad. Juzguen el árbol por sus frutos  Mateo 7:16–20 y no encontrarán en todo el mundo otro árbol que se compare con el Evangelio de Jesucristo. No hay en todo el mundo otro plan que conduzca al Reino Celestial de nuestro Padre Celestial; sabiendo eso, ciertamente no nos dejaremos engañar por las filosofías y los sofismas de hombres que pretenden saber lo que no saben.

Para concluir, permítanme decir que estoy agradecido de estar aquí. Quiero agradecerles su bondad hacia mí, uno de los más débiles de todos los hijos de nuestro Padre. Conozco mis limitaciones. No estoy aquí con la idea de ser más que una persona común y corriente, pero les agradezco su fe y sus oraciones por mí, por mis colaboradores y por los hermanos que dirigen esta Iglesia. Les agradezco la manera en que defienden lo que es recto y dejan de lado lo que no lo es. Espero que, en un futuro cercano, cuando se dé otra oportunidad a los habitantes de este estado de manifestar su deseo de observar la Palabra de Sabiduría y guardar los mandamientos de Dios, este grupo de hombres aquí presentes no tema defender lo que nuestro Padre Celestial nos ha aconsejado hacer, independientemente de cuáles sean los hábitos del mundo.

LA DESOBEDIENCIA DESTRUYE LA FE

Quisiera decir que la pérdida de la fe en esta Iglesia, en muchos casos, puede atribuirse directamente a la profanación del día de reposo, a no observar la Palabra de Sabiduría, el consejo de nuestro Padre Celestial, a descuidar nuestras oraciones y no agradecerle las bendiciones que disfrutamos, y a negarnos a compartir nuestros bienes con quienes son menos afortunados que nosotros. Todas estas cosas que tienen por objeto elevarnos, si observamos las enseñanzas de nuestro Padre Celestial, se convierten en una trampa para nosotros si no guardamos Sus mandamientos.

Dios vive; Jesús es el Cristo; José Smith es un profeta del Dios viviente; y la autoridad del sacerdocio está hoy en esta Iglesia y continuará ministrando a quienes estén dispuestos a recibir sus ministraciones bajo la inspiración de nuestro Padre Celestial. Les doy este testimonio esta noche, consciente de la gravedad de expresarlo si no fuera verdadero, y lo doy con amor, bondad y gratitud a Dios; y digo que sé que estas cosas son verdaderas, y les doy ese testimonio en el nombre de Jesucristo, nuestro Señor. Amén.

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