Conferencia General Abril 1946


En defensa de la libertad

Élder Mark E. Petersen
Del Consejo de los Doce Apóstoles

Los Santos de los Últimos Días tienen la responsabilidad de defender el albedrío y las libertades constitucionales que permiten vivir y predicar el Evangelio.


Me regocijo con ustedes por el regreso de nuestros militares Santos de los Últimos Días de sus numerosas asignaciones en el extranjero. Estoy agradecido por la fortaleza que aportarán a nuestras diversas organizaciones de los barrios y las estacas. Espero sinceramente que todo militar Santo de los Últimos Días que regrese reanude sin demora su participación activa en la Iglesia.

CONTRIBUCIONES DE NUESTROS MILITARES

Estos militares han logrado grandes cosas durante los últimos años. Han prestado un gran servicio a la Iglesia y también a su país. En general, han sido fieles a las normas que se les han enseñado. Estoy seguro de que han sido leales y patrióticos al luchar en defensa de la libertad. Ha sido un gran sacrificio para nuestros cien mil militares que han servido bajo la bandera de las barras y las estrellas dejar sus hogares y sus estudios, su trabajo y sus familias. Pero ha sido un sacrificio mayor para quienes han soportado lo más duro de los combates, pues muchos de nuestros muchachos han resultado heridos, algunos de gravedad. Algunos han quedado ciegos; otros han sufrido graves daños nerviosos y mentales; y hay entre ellos quienes nunca volverán a caminar.

Muchos han muerto. En The Deseret News hemos procurado determinar aproximadamente cuántos militares Santos de los Últimos Días murieron en la guerra. Nuestro estudio aún está incompleto, pero, si calculáramos el total de toda la Iglesia basándonos en las cifras que se han recopilado hasta ahora, el número de militares Santos de los Últimos Días que han dado la vida en esta guerra superaría los cinco mil. Expresamos nuestra más profunda solidaridad a las familias que han sufrido estas pérdidas.

Aquellos muchachos lucharon y murieron para que sus familias pudieran disfrutar de paz y seguridad en sus hogares. Murieron también por la causa de la libertad, por la causa del albedrío, de la libertad de acción y de la libre empresa, si así lo quieren llamar. A pesar de los sacrificios que estos muchachos han hecho, junto con los miles de estadounidenses que han muerto en defensa de la libertad, todavía hay personas en nuestra tierra para quienes la libertad no significa nada. Hay influencias y movimientos, grupos y organizaciones dentro de las fronteras de los Estados Unidos que hoy, si pudieran, nos despojarían a todos de nuestro albedrío.

Los Santos de los Últimos Días, más que nadie, deben mantenerse firmes en defensa de la libertad. El albedrío tiene un significado especial para nosotros. Sabemos que sin albedrío no habría progreso. Todos sabemos que el Evangelio mismo se basa en el principio del albedrío. Sin embargo, hay algunos entre nosotros que se han dejado desviar hacia un lado u otro y necesitan volver a orientarse de acuerdo con las revelaciones divinas que hemos recibido acerca del principio de la libertad.

AMÉRICA, UNA TIERRA CON UN DESTINO

Consideremos por un momento uno o dos de los aspectos de la libertad que son tan importantes para nosotros. La mayoría creemos que América es una tierra prometida, una tierra con un destino, y así es. Pero ¿cuál es ese destino?

En la antigüedad, el Señor dio a conocer que el Evangelio sería restaurado en estos últimos días; que saldría a luz después de un período de apostasía y que saldría a luz en esta tierra de América. Era necesario que el Evangelio saliera a luz bajo una forma de gobierno libre, a fin de que el pueblo de Dios de nuestros días pudiera llevar adelante su obra sin imposiciones ni restricciones; por tanto, Dios consagró América a la libertad.

Cuando el Salvador estuvo entre los nefitas, predijo la llegada de los gentiles a esta tierra; habló de la salida a luz del Evangelio mismo y dijo: «Porque es según la sabiduría del Padre que sean establecidos [los gentiles] en esta tierra e instituidos como pueblo libre por el poder del Padre, para que estas cosas» —es decir, los principios del Evangelio— «procedan de ellos», esto es, de los gentiles creyentes, «a un resto de vuestra posteridad, a fin de que se cumpla el convenio que el Padre ha hecho con su pueblo, oh casa de Israel». 3 Nefi 21:4

LA LIBERTAD ES ESENCIAL PARA LA RESTAURACIÓN DEL EVANGELIO

Fíjense, si lo desean, en esas palabras. Los gentiles habrían de llegar a esta tierra de América. Habrían de ser instituidos como pueblo libre. Habrían de ser establecidos de ese modo por el poder del Padre, y el propósito de todo ello era que el Evangelio saliera a luz y se predicara a los hijos de los hombres, a fin de que Dios pudiera cumplir el convenio que había hecho «con su pueblo, oh casa de Israel». ¿Y por qué era tan necesaria la libertad en relación con la restauración del Evangelio y su difusión entre los hijos de los hombres? Para que aquellos a quienes se restaurara el Evangelio tuvieran libertad de expresión para predicarlo; libertad de prensa para publicarlo; libertad de reunión para congregarse y adorar al Señor; y libertad religiosa para adorar a Dios conforme a los dictados de su propia conciencia.

El presidente Joseph F. Smith trató este tema de la siguiente manera:
El Todopoderoso levantó esta gran nación estadounidense por el poder de Su mano omnipotente, para que en los últimos días fuera posible establecer el reino de Dios en la tierra. Si el Señor no hubiera preparado el camino al poner los cimientos de esta gloriosa nación, habría sido imposible —bajo las leyes rigurosas y la intolerancia de los gobiernos monárquicos del mundo— poner los cimientos para la venida de Su gran reino (Doctrina del Evangelio, pág. 409).

Y, en el mismo sentido, el presidente Brigham Young dijo:
Creemos que el Señor había estado preparando las cosas para que, cuando hiciera salir a luz Su obra y llegara plenamente el tiempo señalado, hubiera un lugar sobre el estrado de Sus pies donde existiera suficiente libertad de conciencia para que Sus santos pudieran morar en paz bajo la amplia protección de la ley constitucional y de la igualdad de derechos. Desde esta perspectiva, consideramos que los hombres de la Revolución fueron inspirados por el Todopoderoso para sacudirse las cadenas del gobierno de la metrópoli, con su religión oficial. Por esta causa, Adams, Jefferson, Franklin, Washington y muchos otros fueron inspirados a resistir las medidas del rey de Gran Bretaña (Discursos, pág. 359).

Así habló Brigham Young.

¿Sentían nuestros colonos estadounidenses que el Todopoderoso los había ayudado a obtener la independencia de su país de origen? Ciertamente que sí, y así lo expresaron. Entre ellos estaba George Washington, quien, en el discurso inaugural que pronunció el 30 de abril de 1789, dijo lo siguiente:
Ningún pueblo puede estar más obligado a reconocer y adorar la Mano Invisible que dirige los asuntos de los hombres que el de los Estados Unidos. Cada paso por el que han avanzado hasta alcanzar la condición de nación independiente parece haberse distinguido por alguna señal de la intervención de la Providencia.

LA CONSTITUCIÓN FUE ESCRITA BAJO INSPIRACIÓN

Pero el mero hecho de obtener la independencia no significaba que hubieran quedado constituidos como una nueva nación. Había que establecer un gobierno. ¿Prosiguió Dios Su obra y cumplió la profecía del Libro de Mormón que Su Hijo Amado había pronunciado a los nefitas? Sí, lo hizo al levantar e inspirar a los hombres que redactaron la forma de gobierno de esta tierra. Inspiró a esos hombres a escribir la Constitución de los Estados Unidos, y esa Constitución es el medio por el cual Dios incorporó los principios del albedrío a las leyes de esta tierra. Por eso el Señor dijo:
[…] no es justo que un hombre sea esclavo de otro. Y para este fin he establecido la Constitución de este país, por mano de hombres sabios que levanté para este propósito mismo. Doctrina y Convenios 101:79–80

Además, el Señor no solo levantó a esos hombres y los inspiró a incorporar el albedrío al gobierno de esta tierra, sino que declaró Su intención de que los élderes de esta Iglesia defendieran esa Constitución y las libertades y los derechos que nos concede ese gran documento. Por tanto, dijo: «esa ley del país que es constitucional», y les pido que presten atención a las palabras:
[…] esa ley del país que es constitucional, que apoya ese principio de libertad en la preservación de derechos y privilegios, pertenece a toda la humanidad y es justificable ante mí. Por tanto, yo, el Señor, os justifico, así como a vuestros hermanos de mi iglesia, en apoyar la que fuere la ley constitucional del país; y en cuanto a la ley del hombre, lo que sea más o menos que esto proviene del mal. Doctrina y Convenios 98:5–7

En cuanto a esa última oración, mi interpretación es que las leyes que no están en armonía con el principio del albedrío y, por tanto, tampoco con el espíritu de la Constitución, «proviene[n] del mal».

Luego el Señor continúa:
Yo, Dios el Señor, os hago libres; por consiguiente, sois verdaderamente libres; y la ley—
es decir, la ley constitucional—
también os hace libres. Sin embargo, cuando los inicuos gobiernan, el pueblo se lamenta. Doctrina y Convenios 98:8–9

NUESTRA OBLIGACIÓN DE DEFENDER LA CONSTITUCIÓN

Así pues, el Señor parece enseñarnos que es parte de nuestra religión preservar la Constitución de los Estados Unidos, luchar por ella y defenderla, con todos los derechos y libertades que establece. Con este pensamiento en mente, el presidente Heber J. Grant dijo:
Desde mi infancia he entendido que creemos de manera absoluta que la Constitución de nuestro país es un documento inspirado y que Dios dirigió a quienes la crearon y a quienes defendieron la independencia de esta nación. En cuanto a este asunto, con frecuencia tengo el placer de citar la declaración de José Smith referente a la Constitución: «La Constitución de los Estados Unidos es un glorioso estandarte; está fundada en la sabiduría de Dios. Es un pendón celestial; es, para todos los que tienen el privilegio de disfrutar de las dulzuras de la libertad, como la sombra fresca y las aguas refrescantes de una gran roca en una tierra fatigada y sedienta. Es como un gran árbol bajo cuyas ramas los hombres de todos los climas pueden resguardarse de los ardientes rayos del sol».

Luego, después de citar al Profeta, el presidente Grant continúa:
Y así debe ser la Constitución de los Estados Unidos para todo fiel Santo de los Últimos Días que viva bajo su protección (Normas del Evangelio, págs. 128–129).

Brigham Young también creía que defender la Constitución de los Estados Unidos era parte de nuestra religión. Dijo:

Nos proponemos sostener la Constitución de los Estados Unidos y todas las leyes justas. Nos aferraremos a la Constitución de nuestro país y al gobierno que venere esa carta sagrada de los derechos de los hombres libres; y, si es necesario, derramaremos nuestra mejor sangre en defensa de todo principio bueno y justo.

Continúa:
Acusarnos de ser contrarios al Gobierno es acusarnos de hostilidad hacia nuestra religión, pues no tenemos por más sagrado ningún precepto inspirado que la Constitución bajo la cual este actúa (Discursos, págs. 358–359).

En otra ocasión, con este mismo pensamiento en mente, Brigham Young volvió a hablar y dijo:

¿Cuánto tiempo pasará antes de que se cumplan las palabras del profeta José? Él dijo que, si la Constitución de los Estados Unidos llegara a salvarse, tendría que hacerlo este pueblo. No pasarán muchos años antes de que estas palabras se cumplan. Cuando la Constitución de los Estados Unidos penda, por así decirlo, de un solo hilo, tendrán que llamar a los élderes mormones para que la salven de la destrucción total; y ellos se presentarán y lo harán. […] Si se sostiene en esta tierra de José, será por nosotros y nuestra posteridad (Ibid., págs. 360–361).

EL PRINCIPIO DIVINO DEL ALBEDRÍO

Exhorto a todo Santo de los Últimos Días a aceptar el principio divino del albedrío y a adoptarlo en su vida. Les exhorto a recordar este principio cuando se encuentren ante organizaciones, grupos y movimientos de este país que ahora están surgiendo y adquiriendo gran poder. Antes de dejarse absorber por ellos, midan sus prácticas y sus propósitos con la vara del albedrío, y recuerden que Dios dijo que no es justo que un hombre sea esclavo de otro. Doctrina y Convenios 101:79 Recuerden también lo que Richard Evans les dijo ayer: que no es justo que seamos mandados en todas las cosas, Doctrina y Convenios 58:26 y no permitan que ningún grupo ni organismo les mande en todas las cosas. Preserven el albedrío que Dios les ha dado, porque, si no lo hacen, sufrirán todos los días de su vida.

Recuerden que deben ser fieles a la Constitución de los Estados Unidos. Les exhorto a aceptar como palabra de Dios la declaración que aparece en la revelación de la sección ciento uno de Doctrina y Convenios, en la que el Señor dice que levantó a hombres y los inspiró a escribir la Constitución. Doctrina y Convenios 101:80 Les exhorto a todos y cada uno a ser fieles a la responsabilidad que Dios les ha confiado de predicar el Evangelio por todo el mundo, como se ha declarado aquí hoy. Pero recuerden que no pueden predicar ese Evangelio sin libertad de expresión, ni pueden publicarlo sin libertad de prensa, ni pueden congregarse sin libertad de reunión, ni pueden adorar al Señor su Dios conforme a los dictados de su propia conciencia, Artículos de Fe 1:11 sin libertad de religión. Y recuerden que, cada vez que renuncian a alguna de sus libertades, ya sea ante algún grupo económico o político o ante cualquier otro grupo, ponen en peligro estas cuatro libertades de las que he hablado.

Les exhorto a aceptar como palabra de Dios lo que les he citado, que dice que ustedes, los élderes de Israel, son justificados por Dios al defender sus privilegios constitucionales. Les exhorto a ser fieles a sus cien mil hijos que han luchado por la libertad, a los ocho mil de sus hijos que han sido heridos y han derramado su sangre en la batalla. No traicionen a los cinco mil muchachos Santos de los Últimos Días que murieron para que la libertad viviera. Recuerden que tienen la responsabilidad de preservar la libertad en América. Recuerden siempre la gloriosa oración que está escrita en la última estrofa de «América», que el Coro del Tabernáculo cantó tan hermosamente esta mañana.

¡Dios de nuestros padres!, a Ti,
Autor de la libertad,
a Ti cantamos;
¡Que nuestra tierra resplandezca por mucho tiempo
con la santa luz de la libertad!
Protégenos con Tu poder, gran Dios, nuestro Rey.

Ruego que tengamos el valor y la sabiduría para aceptar la verdad, a fin de que la verdad nos mantenga libres, Juan 8:32 y lo pido en el nombre de Jesús. Amén.

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