La Santa Cena y la compañía del Espíritu Santo
Élder Marion G. Romney
Ayudante del Consejo de los Doce Apóstoles
Participar dignamente de la Santa Cena y renovar nuestros convenios nos permite tener la compañía del Espíritu Santo para permanecer firmes y sin mancha del mundo.
Esta mañana escuchamos al profeta del Señor decir que vivimos en la época en que la profecía:
[…] perecerá la sabiduría de sus sabios, y se desvanecerá el entendimiento de sus entendidos Isa. 29:14
se está cumpliendo. Esta tarde escuchamos al élder Joseph F. Merrill, del Consejo de los Doce, describir con palabras algunos de los males que proliferan en el mundo actual. Tengo la firme convicción de que, si los Santos de los Últimos Días han de atravesar con éxito la crisis en la que ahora se encuentra el mundo, deben tener en su corazón la certeza que tenían los primeros pioneros, a la cual se refirió el élder Widtsoe esta mañana. Podemos tener esa certeza porque tenemos el derecho de ser instruidos por el mismo poder que los instruyó a ellos.
«Tenemos el Espíritu Santo»
En una ocasión, el profeta José Smith se encontraba en Washington hablando con un presidente de los Estados Unidos. Creo que era el presidente Van Buren. El presidente de los Estados Unidos le preguntó al profeta del Dios viviente: «¿Cuál es la diferencia entre ustedes —refiriéndose a la Iglesia que él había fundado bajo la inspiración de Dios— y el resto del mundo cristiano?». Y el profeta José respondió a esa pregunta con una sola frase: «Tenemos el Espíritu Santo».
Los santos que cruzaron las llanuras hace casi cien años obtuvieron su certeza mediante el poder al que se refirió José Smith: el Espíritu Santo. Él nos enseña directamente de parte de Dios.
Algunas personas han dicho que José Smith era un hombre sin instrucción. Era un hombre sin instrucción en las cosas del mundo, pero el día en que salió de la arboleda, después de la Primera Visión JS—H 1:17 era la persona más instruida del mundo en las cosas que realmente importan. Cuando salió de aquella arboleda, sabía más que todo el mundo junto acerca de la gran cuestión de la resurrección, sobre la cual se había debatido desde que el hombre comenzó a pensar seriamente, porque había visto ante él al Cristo resucitado. Cuando salió de aquella arboleda, sabía más acerca de la naturaleza de Dios que todo el mundo. Se habían escrito muchos libros; los filósofos habían dedicado su vida a tratar de descubrir la naturaleza de Dios, pero cuando Dios tomó a José a Su cargo para enseñarle, dejó de lado todas las cosas materiales y le enseñó la verdad acerca de estas y muchas otras cosas importantes.
Ahora bien, a todo miembro de esta Iglesia se le han impuesto las manos sobre la cabeza y ha escuchado palabras semejantes a estas: «Recibe el Espíritu Santo» D. y C. 49:14 Y todo Santo de los Últimos Días tiene el derecho de recibir el Espíritu Santo y de ser guiado por ese Espíritu durante estos tiempos peligrosos en que vivimos.
Hay dos fuentes, y hasta donde sé, solo dos, de las cuales podemos esperar obtener la guía que nos permita salir adelante a salvo. Una es vivir rectamente, de modo que podamos recibir las indicaciones del Santo Espíritu, y la otra son las palabras pronunciadas por los hombres a quienes sostendremos como profetas, videntes y reveladores aquí en esta conferencia.
La importancia de asistir a las reuniones sacramentales
Hay dos o tres cosas que es muy necesario que hagan los Santos de los Últimos Días para tener el Santo Espíritu, y esta tarde quiero hablar de una de ellas. Se trata de participar de la Santa Cena. En la sección cincuenta y nueve de Doctrina y Convenios, donde el Señor especifica ciertos mandamientos especialmente aplicables a la tierra de Sion, dice, entre otras cosas:
Y para que más íntegramente te conserves sin mancha del mundo, irás a la casa de oración y ofrecerás tus sacramentos en mi día santo D. y C. 59:9
Se pide a las presidencias de los cuórums del Sacerdocio de Melquisedec de toda la Iglesia que informen al comité general del sacerdocio del Consejo de los Doce sobre el cumplimiento de los miembros de sus cuórums en diversas actividades de la Iglesia. Una de las actividades sobre las que se informa es la asistencia a las reuniones sacramentales; otra es la observancia del día de reposo.
Al revisar algunos de estos informes, me ha llamado la atención el gran número de personas de quienes se informa que santifican el día de reposo, pero que no asisten a las reuniones sacramentales. Ahora bien, por supuesto, reconozco que hay circunstancias en las que los miembros de la Iglesia pueden santificar el día de reposo, y de hecho lo hacen, sin asistir a estas reuniones; pero, a falta de circunstancias de fuerza mayor, considero que la debida observancia del día de reposo requiere asistir a las reuniones sacramentales.
Desearía que más miembros de la Iglesia asistieran regularmente a ellas. Sería para su propio bienestar espiritual, y busco fervientemente el poder sustentador del Santo Espíritu mientras intento explicarles por qué.
En primer lugar, tenemos la solemne obligación de asistir a las reuniones sacramentales, pues el Señor ha requerido que lo hagan todos los que crean y sean bautizados en Su nombre. Es evidente que también instruyó a los Doce originales cuando instituyó por primera vez la Santa Cena, pues leemos que, después del gran sermón de Pedro en Pentecostés:
[…] los que recibieron su palabra fueron bautizados […] Y perseveraban en la doctrina de los apóstoles, y en la comunión, y en el partimiento del pan y en las oraciones Hechos 2:41–42
Aprendemos en el Libro de Mormón, donde el relato es más completo, que el Señor resucitado dio instrucciones específicas a Sus discípulos entre los nefitas de que administraran la Santa Cena a todos los que creyeran y fueran bautizados en Su nombre, y les amonestó: «[…] siempre procuraréis hacer esto» 3 Ne. 18:6 «[…] He aquí, os reuniréis con frecuencia», dijo a la multitud 3 Ne. 18:22 y está escrito que «[…] se reunían con frecuencia para participar del pan y vino, en memoria del Señor Jesús» Moro. 6:6
En esta dispensación, en la revelación en la que el Señor señaló el día en que había de organizarse la Iglesia, también dijo:
Es conveniente que la iglesia se reúna a menudo para participar del pan y vino en memoria del Señor Jesús D. y C. 20:75
Poco después estableció el momento y la frecuencia de esas reuniones con esta instrucción:
[…] irás a la casa de oración y ofrecerás tus sacramentos en mi día santo D. y C. 59:9
La obediencia a los mandamientos produce crecimiento
Creo que cada vez que actuamos de conformidad con un mandamiento del Señor, cumplimos algunos principios fundamentales del crecimiento, pues Él nunca nos exige hacer algo inútil. Sin embargo, rara vez se exponen con tanta claridad los propósitos por los cuales se da un mandamiento y los resultados beneficiosos que siguen a la obediencia a este como en el caso de este mandamiento.
Para explicarlo, se nos enseña que el pan se come en memoria del cuerpo del Salvador y que el agua se bebe en memoria de Su sangre, que fue derramada por nosotros. De ello se desprende, entonces, que esta sagrada ordenanza tiene por objeto dirigir nuestros pensamientos hacia los acontecimientos centrales y más importantes de la historia de la tierra: el sufrimiento, la muerte y la resurrección del Señor Jesús.
Siempre me ha parecido significativo que, desde los tiempos más remotos hasta hoy, haya existido entre todos los pueblos que han creído en el Evangelio y lo han aceptado una ordenanza que se repite con frecuencia y dirige sus pensamientos hacia estos grandes acontecimientos. En los albores de la existencia temporal de la tierra, por mandato del Señor, Adán edificó un altar y ofreció sacrificios, aunque en ese momento no sabía por qué. Como consecuencia de su obediencia y para darle entendimiento, se le apareció un ángel Moisés 5:5–6 y
[…] habló, diciendo: Esto es una semejanza del sacrificio del Unigénito del Padre, el cual es lleno de gracia y de verdad Moisés 5:7
El sacrificio de los primogénitos de sus rebaños por parte de los verdaderos creyentes en Cristo, en anticipación de Su gran sacrificio, entonces futuro, continuó hasta Su muerte. De este modo, los pensamientos de Su pueblo se dirigían repetidamente hacia Su gran Expiación venidera. Desde Su muerte, los pensamientos de Sus seguidores han vuelto a aquel acontecimiento mediante la Santa Cena.
Participar de la Santa Cena es una experiencia que fortalece la espiritualidad
Ahora bien, participar de la Santa Cena no debe ser una experiencia meramente pasiva. No debemos recordar el sufrimiento y la muerte del Señor solo como recordaríamos algún acontecimiento histórico puramente secular. La participación en el servicio de la Santa Cena tiene por objeto ser una experiencia vital que fortalezca nuestra espiritualidad. Al hablar de ello, el Salvador dijo:
[…] Y será un testimonio al Padre de que siempre os acordáis de mí 3 Ne. 18:7
Para testificar, la mente debe estar activa y concentrada en aquello de lo que se va a dar testimonio. Y no solo debemos participar de los emblemas de la Santa Cena en memoria del Redentor, testificando que siempre nos acordamos de Él, sino que también debemos, mediante ello, testificar al Padre que estamos dispuestos a tomar sobre nosotros el nombre de Su Hijo y que guardaremos Sus mandamientos. Esto equivale, en efecto, a renovar el convenio bautismal, pues recordarán que los candidatos al bautismo deben, entre otras cosas:
[…] testifiquen ante la iglesia que […] están dispuestos a tomar sobre sí el nombre de Jesucristo, con la determinación de servirle hasta el fin D. y C. 20:37
Ahora bien, hay una doctrina difundida en el mundo actual que enseña que los emblemas materiales de la Santa Cena se transforman en la carne y la sangre de Jesús. Nosotros no enseñamos tal doctrina, pues sabemos que cualquier transformación que resulte de la administración de la Santa Cena ocurre en el alma de quienes participan de ella con entendimiento. Son las personas que participan quienes reciben su efecto, y lo reciben de una manera sumamente maravillosa, pues se les concede que el Espíritu del Señor esté con ellas. Esto se promete en las oraciones sacramentales. El carácter sagrado y la importancia de estas oraciones se evidencian en el hecho de que siempre se han dado a la Iglesia palabra por palabra. En esta dispensación fueron dictadas al profeta José Smith mediante revelación directa del cielo. En ellas, además de la promesa, se expone todo el propósito de la Santa Cena. Permítanme repetirles la bendición del pan:
Oh Dios, Padre Eterno, en el nombre de Jesucristo, tu Hijo, te pedimos que bendigas y santifiques este pan para las almas de todos los que participen de él, para que lo coman en memoria del cuerpo de tu Hijo, y testifiquen ante ti, oh Dios, Padre Eterno, que están dispuestos a tomar sobre sí el nombre de tu Hijo, y a recordarle siempre, y a guardar sus mandamientos que él les ha dado, para que siempre puedan tener su Espíritu consigo. Amén D. y C. 20:77
Se promete la compañía del Santo Espíritu
Mientras instruía a Sus discípulos nefitas en cuanto a la Santa Cena, Jesús les repitió dos veces la promesa:
[…] Y si os acordáis siempre de mí, tendréis mi Espíritu para que esté con vosotros 3 Ne. 18:7, 11
Es la inmensa importancia de hacer realidad esta gran promesa lo que vuelve tan imprescindible la asistencia regular a las reuniones sacramentales, pues, si tan solo podemos tener la compañía de Su Santo Espíritu, podremos, como nos amonesta el Señor, conservarnos más íntegramente sin mancha del mundo D. y C. 59:9 y, además, los males que nos rodean no nos engañarán ni perturbarán nuestra fe.
Ahora bien, mis hermanos y hermanas, que el Señor nos sacuda hasta hacernos apreciar lo que significa asistir regularmente a las reuniones sacramentales y participar de manera aceptable en el servicio de la Santa Cena. Si aumentamos nuestra asistencia de alrededor del veinte por ciento al cuarenta por ciento, duplicaremos nuestro poder espiritual para promover la rectitud en el mundo. Que el Señor nos ayude a hacerlo, lo ruego humildemente en el nombre de Jesucristo. Amén.


























