Conferencia General Octubre 1946


Mi Redentor vive eternamente

Élder Spencer W. Kimball
Del Cuórum de los Doce Apóstoles

Jesucristo vive eternamente y es el Creador, el Redentor, el Salvador y el Hijo de Dios, como lo testifican las Escrituras y Sus apariciones a los profetas a través de las dispensaciones.


Mis hermanos y hermanas: Para comenzar mis palabras, permítanme citar a Pablo:
Así que, hermanos, cuando fui a vosotros para anunciaros el testimonio de Dios, no fui con excelencia de palabras o de sabiduría. Porque no me propuse saber algo entre vosotros, sino a Jesucristo, y a este crucificado  1 Cor. 2:1–2

Hoy deseo dar testimonio de Jesús el Cristo y citar la palabra del Señor.

Hace poco leí en un periódico local acerca de un pastor de una iglesia de Illinois que dijo que sentía la misma reverencia por Santa Claus que por Jesucristo. Dijo:
Considero que ambos son relatos populares, pero de distintas categorías.

Sin embargo, encuentra una diferencia: no pone en duda que existiera «un hombre llamado Jesús», y considera a Santa Claus una «figura de la imaginación».

En un número reciente de la revista Time, se citaban extensamente los razonamientos de un destacado profesor emérito de una de nuestras universidades más grandes. A Jesús de Nazaret le atribuye calidez humana, una gran capacidad de amar y una comprensión extraordinaria. Lo llama un gran humanista, un gran maestro y un gran dramaturgo. Como ejemplo típico de sus explicaciones racionalistas, afirma que Lázaro no estaba muerto, sino que simplemente fue […] devuelto «a la salud» por Jesús, por el poder de la mente y del conocimiento, ¡y por la «terapia de su propia vitalidad desbordante»!

JESÚS VIVE ETERNAMENTE

Quiero dar testimonio hoy de que Jesús no es solo un gran maestro, un gran humanista y un gran dramaturgo, sino que es, en verdad, el Hijo del Dios viviente, el Creador, el Redentor del mundo, el Salvador de la humanidad. Quiero testificar, además, que no solo vivió aproximadamente treinta y tres años en el meridiano de los tiempos, sino que vivió por eternidades antes de ello y vivirá por eternidades después.

Lo conocemos por primera vez en el estado preterrenal, cuando, junto con una multitud de espíritus, se presentó ante Su Padre en una asamblea solemne.

En el principio era el Verbo, y el Verbo estaba con Dios, y el Verbo era Dios. Este estaba en el principio con Dios  Juan 1:1–2

LA ASAMBLEA PRIMORDIAL

La visión de esta asamblea primordial está registrada de la siguiente manera:
Y el Señor me había mostrado a mí, Abraham, las inteligencias que fueron organizadas antes que existiera el mundo; y entre todas estas había muchas de las nobles y grandes; y vio Dios que estas almas eran buenas, y estaba en medio de ellas, y dijo: A estos haré mis gobernantes; pues estaba entre aquellos que eran espíritus, y vio que eran buenos; y me dijo: Abraham, tú eres uno de ellos; fuiste escogido antes de nacer. Y estaba entre ellos uno que era semejante a Dios, y dijo a los que se hallaban con él: Descenderemos, pues hay espacio allá, y tomaremos de estos materiales y haremos una tierra sobre la cual estos puedan morar; y con esto los probaremos, para ver si harán todas las cosas que el Señor su Dios les mandare  Abr. 3:22–25

Y uno de ellos se ofreció a descender a la tierra y, mediante la coacción, salvar a todos los hombres; pero otro, «semejante a Dios», se presentó con un plan de albedrío mediante el cual Él ofrecería el plan de redención y exaltación a los habitantes de la tierra. Y este último plan, propuesto por Jehová, o Jesucristo, fue aceptado.

[…] y el Verbo era Dios. […] Todas las cosas por medio de él fueron hechas, y sin él nada de lo que ha sido hecho fue hecho  Juan 1:1, 3

JESÚS, EL CREADOR

Finalmente llegó el momento en que debía crearse la tierra.

Y entonces el Señor dijo: Descendamos. Y descendieron en el principio, y ellos, esto es, los Dioses, organizaron y formaron los cielos y la tierra  Abr. 4:1

Y Jesús el Cristo creó la tierra, le dio luz y estableció sobre ella la vida vegetal y animal y, por último, al hombre, creado a Su imagen.

Como confirmación, muchos siglos después dijo a los nefitas:
[…] soy Jesucristo, el Hijo de Dios. Yo creé los cielos y la tierra, y todas las cosas que en ellos hay  3 Ne. 9:15

Después de la Creación, el Redentor volvió a dar testimonio a Adán:
Y ese día descendió sobre Adán el Espíritu Santo, que da testimonio del Padre y del Hijo, diciendo: Soy el Unigénito del Padre desde el principio, desde ahora y para siempre, para que así como has caído puedas ser redimido; y también todo el género humano, sí, cuantos quieran  Moisés 5:9

LA VISITA DEL REDENTOR A ENOC

Generaciones después, el Redentor vino nuevamente a la tierra para visitar a Su siervo escogido y poderoso líder, Enoc, a quien, por su rectitud, se le permitió oír la voz de Jehová. Enoc se postró hasta el suelo ante el Señor y dijo:
[…] ¿Por qué he hallado gracia ante tu vista, si no soy más que un jovenzuelo, y toda la gente me desprecia, por cuanto soy tardo en el habla; por qué soy tu siervo?  Moisés 6:31

Y habló el Señor a Enoc, y le dijo: Unta tus ojos con barro y lávalos, y verás. Y así lo hizo  Moisés 6:35

Y contempló el mundo de los espíritus y todas las creaciones que no son visibles al ojo natural. Desde las colinas y los lugares altos, Enoc los amonestó, y […] ningún hombre le echó mano; […] porque él andaba con Dios  Moisés 6:39

Al concluir su predicación al pueblo, dio este testimonio:
[…] me hallaba sobre el monte, vi abrirse los cielos y fui revestido de gloria; y vi al Señor, y estuvo ante mi faz y habló conmigo, así como un hombre habla con otro, cara a cara  Moisés 7:3–4

Las transgresiones de la gente de la generación de Enoc continuaron sin disminuir, pues Noé aparece para proseguir, a lo largo de los muchos años de su ministerio, con una enérgica amonestación y predicación contra los pecados del mundo, que había madurado en la iniquidad.

Y así Noé halló gracia ante los ojos del Señor, porque Noé fue un varón justo y perfecto en su generación; y andaba con Dios  Moisés 8:27

LA EXPERIENCIA DEL HERMANO DE JARED

Nuevamente, en la época de la torre de Babel, el Señor Jesús vino a la tierra cuando los jareditas se preparaban para cruzar el océano rumbo a la tierra prometida, conocida ahora como América, y subieron a las montañas y «de una roca fundió dieciséis piedras pequeñas»  Éter 3:1; y el profeta suplicó al Señor que tocara esas piedras para que brillaran en la oscuridad de las embarcaciones cerradas y les dieran luz mientras cruzaban el mar. Y, cuando el Señor tocó cada piedra, […] el velo fue quitado de ante los ojos del hermano de Jared, y vio el dedo del Señor; y era como el dedo de un hombre, semejante a carne y sangre  Éter 3:6

El profeta cayó a tierra por temor a ser herido, […] porque no sabía que el Señor tuviera carne y sangre. Y el Señor le dijo: A causa de tu fe has visto que tomaré sobre mí carne y sangre; y jamás ha venido ante mí un hombre con tan grande fe como la que tú tienes; porque de no haber sido así, no hubieras podido ver mi dedo. […] Y cuando hubo dicho estas palabras, he aquí, el Señor se le mostró, y dijo: […] He aquí, soy el que fue preparado desde la fundación del mundo para redimir a mi pueblo. He aquí, soy Jesucristo. […]

¿Ves que eres creado a mi propia imagen? […] He aquí, este cuerpo que ves ahora es el cuerpo de mi espíritu; […] y así como me aparezco a ti en el espíritu, apareceré a mi pueblo en la carne  Éter 3:8–9, 13–16

JEHOVÁ HABLA A NEFI

Jehová habla nuevamente. Algunos siglos después, en lo que se conoce como el primer año de la era cristiana, los habitantes del continente americano aguardaban el cumplimiento de la profecía y las señales de la venida del Mesías. Los inicuos consideraban que el día había pasado, pero Nefi, profundamente preocupado, oró fervientemente al Señor durante todo el día, al cabo del cual vino a él la voz del Señor, diciendo:
Alza la cabeza y regocíjate, pues he aquí, el tiempo está cerca; y esta noche se dará la señal, y mañana vengo al mundo para mostrar al mundo que he de cumplir todas las cosas que he hecho anunciar por boca de mis santos profetas  3 Ne. 1:13

Y aquella noche no hubo oscuridad, y dos días y una noche fueron como un solo día, y los justos supieron que en aquel día nacería el Salvador del mundo  3 Ne. 1:15–19. Apareció una nueva estrella como evidencia adicional de que el Cristo había nacido  3 Ne. 1:21

Y aquel Verbo fue hecho carne y habitó entre nosotros  Juan 1:14

EL NACIMIENTO DE JESÚS

Y, al otro lado del océano, en la tierra de Judea, aquella misma estrella brilló y guio a los magos de Oriente hasta un establo a las afueras de Belén. Allí encontraron a un niño envuelto en pañales y acostado en un pesebre. María se había convertido en la madre del Hijo de Dios. Los pastores fueron a rendirle homenaje, los ángeles cantaron hosannas y el Salvador nació a la vida terrenal, en Su tabernáculo de carne y sangre. Y «llamaron su nombre Jesús»  Lucas 2:21

Y el niño Jesús fue presentado en el templo y bendecido por el justo Simeón  Lucas 2:34

Poco se sabe de la niñez de Jesús, pero se relata:
Y el niño crecía y se fortalecía, y se llenaba de sabiduría; y la gracia de Dios estaba sobre él  Lucas 2:40

Volvemos a saber de Él en el templo de Jerusalén, a los doce años:
Y todos los que le oían se asombraban de su entendimiento y de sus respuestas  Lucas 2:47

Él dijo a Su preocupada madre:
[…] ¿No sabíais que en los asuntos de mi Padre me es necesario estar?  Lucas 2:49

De Sus días de preparación se nos informa:
Y Jesús crecía en sabiduría, y en estatura y en gracia para con Dios y los hombres  Lucas 2:52

HECHOS DESTACADOS DE LA VIDA TERRENAL DE JESÚS

La vida terrenal de Jesucristo nos es bien conocida, por lo que en esta ocasión mencionaremos solo algunos hechos destacados.

Juan el Bautista vino del desierto y predicó el arrepentimiento.

Entonces Jesús vino de Galilea al Jordán, a Juan, para ser bautizado por él  Mateo 3:13

Y, cuando Jesús salió del agua, […] los cielos le fueron abiertos, y vio al Espíritu de Dios que descendía como paloma y se posaba sobre él. Y he aquí, una voz de los cielos que decía: Este es mi Hijo amado, en quien me complazco  Mateo 3:16–17

Seguimos a nuestro Salvador por los caminos polvorientos de Judea, por los senderos pedregosos de las tierras altas y las playas arenosas de los mares, hasta las sinagogas para amonestar y reprender, y por los senderos para llamar al arrepentimiento.

Encontramos al Redentor en las bodas de Caná, convirtiendo el agua en vino  Juan 2:1–11; en el templo de Jerusalén, donde, con el azote de cuerdas que había hecho, expulsó del templo a los comerciantes y cambistas que lo profanaban, diciendo a aquellos cobardes:
[…] no hagáis de la casa de mi Padre casa de mercado  Juan 2:16. La vida terrenal del Señor fue difícil. Él dijo:
[…] Las zorras tienen guaridas y las aves de los cielos nidos, mas el Hijo del Hombre no tiene dónde recostar la cabeza  Lucas 9:58

Lo seguían grandes multitudes de discípulos interesados, curiosos que buscaban señales y críticos que lo importunaban, mientras entre el grupo siempre acechaban los malvados, procurando quitarle la vida.

A lo suyo vino, y los suyos no le recibieron  Juan 1:11

Ni siquiera en el pueblo donde había vivido fue apreciado, sino que lo echaron de la sinagoga y de la ciudad, y lo llevaron hasta la cumbre del monte para matarlo, pero Él escapó  Lucas 4:29

Y andando Jesús junto al mar de Galilea, vio a dos hermanos, a Simón, que es llamado Pedro, y a Andrés, su hermano, que echaban la red en el mar, porque eran pescadores. Y les dijo: Venid en pos de mí, y os haré pescadores de hombres. Ellos entonces, dejando al instante las redes, le siguieron  Mateo 4:18–20

Y vio a Jacobo y a Juan remendando sus redes y también los llamó; posteriormente llamó a otros ocho, de diversos ámbitos de la vida, para dirigir Su Iglesia, y «los llamó apóstoles»  Lucas 6:13

LOS MILAGROS QUE REALIZÓ

Los numerosos milagros del Redentor pronto atrajeron la atención hacia Él. Los curiosos lo seguían maravillados; los creyentes observaban con reverencia y, debido a Su creciente popularidad, Sus enemigos lo seguían para sorprenderlo quebrantando la ley y así poder deshacerse de Él.

Bendijo panes y peces y alimentó a miles de personas hambrientas  Mateo 14:19. Metió los dedos en los oídos de una persona sorda, diciendo: «Sé abierto», y el hombre oyó con claridad. «Escupiendo, tocó» la lengua de uno que tenía dificultad para hablar, «y hablaba bien»  Marcos 7:32–35. Tocó los ojos de los ciegos, diciendo: «Conforme a vuestra fe os sea hecho. Y los ojos de ellos fueron abiertos»  Mateo 9:29–30

Las multitudes se maravillaban y decían: «Nunca se ha visto cosa semejante en Israel», cuando expulsó al demonio  Mateo 9:32–33. Sus enemigos lo encontraron sanando en el día de reposo y lo acusaron cuando lo oyeron decir al hombre que tenía una mano seca:
[…] Extiende tu mano. Y él la extendió, y le fue restaurada sana como la otra  Mateo 12:13

«Nunca hemos visto tal cosa», dijo la gente al ver que abrían el techo, bajaban a un enfermo a los pies de Jesús y este se llevaba su lecho al mandato: «[…] toma tu lecho y vete […]», y «Hijo, tus pecados te son perdonados»  Marcos 2:1–12

Detuvo un cortejo fúnebre y, tocando el féretro del hijo de la viuda de Naín, dijo: «Joven, a ti te digo, ¡levántate!». Entonces se incorporó el que había muerto y comenzó a hablar  Lucas 7:11–15

Asombró a la gente cuando dijo a la hija muerta de Jairo: «Niña, a ti te digo, levántate». Se habían burlado de Él, pero ahora quedaron atónitos cuando la niña se levantó y caminó  Marcos 5:35–43

La mujer que durante doce años de aflicción «había gastado en médicos todo cuanto tenía y por ninguno había podido ser sanada» […] «se le acercó por detrás y tocó el borde de su manto», y de inmediato fue sanada  Lucas 8:43–48

También perdonó al pecador, calmó la tempestad, limpió a los leprosos, conmovió almas y levantó a los muertos; incluso a Su amigo Lázaro, que llevaba cuatro días muerto y «hiede ya», cuando la voz de Jehová mandó: «¡Lázaro, ven fuera!»  Juan 11:39–45

LOS ACONTECIMIENTOS FINALES DE LA VIDA DEL MAESTRO

Y, hacia el final de Su ministerio:
[…] Jesús tomó a Pedro, y a Jacobo y a Juan, su hermano, y los llevó aparte a un monte alto; y se transfiguró delante de ellos; y resplandeció su rostro como el sol, y sus vestidos se hicieron blancos como la luz. […] Y estando aún él hablando, he aquí una nube de luz los cubrió; y he aquí una voz desde la nube, que decía: Este es mi Hijo amado, en quien me complazco; a él oíd  Mateo 17:1–2, 5

Sabiendo que Su hora había llegado, se dirigió al aposento que se había preparado, y allí dio a Sus discípulos la Última Cena, después de la cual se retiró al huerto de Getsemaní, donde derramó Su alma ante Su Padre:

[…] Padre mío, si no puede pasar de mí esta copa sin que yo la beba, hágase tu voluntad  Mateo 26:42

Entonces llegaron los integrantes de la turba, encabezados por el traidor.

Lo desnudaron y le pusieron un manto de escarlata; le hundieron en la cabeza una corona de espinas, le pusieron una caña en la mano derecha, se arrodillaron ante Él, se burlaron, le escupieron, lo golpearon en la cabeza y lo llevaron al Calvario para crucificarlo  Mateo 27:28–31

Entre ladrones fue clavado en la cruz, y repartieron Sus vestidos  Mateo 27:35

Quienes lo amaban se acurrucaron a Sus pies y lloraron en su impotencia. Mientras Su vida se extinguía, exclamó:
[…] Padre, perdónalos, porque no saben lo que hacen  Lucas 23:34

[…] Padre, en tus manos encomiendo mi espíritu. Y habiendo dicho esto, expiró  Lucas 23:46

Bajaron Su cuerpo con cuidado, lo envolvieron en un lienzo y lo colocaron en un sepulcro.

Transcurrieron los tres días, y Jesús salió, tal como lo había prometido. Sus discípulos, tanto mujeres como hombres, habían ido al sepulcro y lo habían encontrado vacío, y estaban sorprendidos, sin comprender todavía la realidad de la resurrección.

Ese mismo día apareció en el aposento cerrado  Juan 20:19 donde estaban Sus apóstoles y se manifestó a ellos, convenciéndolos de que vivía otra vez. Muchos centenares fueron igualmente convencidos.

Ahora Su Iglesia estaba organizada, el programa se había aclarado y se habían preparado líderes en cuyas manos podía dejar Su reino. Y, cuando Sus seguidores estaban reunidos en Jerusalén:

[…] fue alzado; y le recibió una nube que le ocultó de sus ojos. Y estando ellos con los ojos puestos en el cielo, entre tanto que él se iba, he aquí se pusieron junto a ellos dos varones con vestiduras blancas, los que también les dijeron: Varones galileos, ¿por qué estáis mirando al cielo? Este mismo Jesús, que ha sido tomado de vosotros al cielo, así vendrá como le habéis visto ir al cielo  Hechos 1:9–11

LA VISITA DE CRISTO AL HEMISFERIO OCCIDENTAL

En el hemisferio occidental también hubo oscuridad y destrucción; las ciudades fueron quemadas, los montes allanados y las llanuras elevadas; y, en medio del sufrimiento y las lamentaciones del pueblo, se oyó una voz entre los habitantes que explicaba los desastres y decía:
He aquí, soy Jesucristo, el Hijo de Dios. Yo creé los cielos y la tierra, y todas las cosas que en ellos hay. […] Vine a los míos, y los míos no me recibieron. […] Yo soy la luz y la vida del mundo. Soy el Alfa y la Omega, el principio y el fin. […] He aquí, he venido al mundo para traer redención al mundo, para salvar al mundo del pecado  3 Ne. 9:15–16, 18, 21

Una vez más, los nefitas conversaban acerca de Jesucristo, cuya muerte les había sido anunciada mediante una señal, y del cielo vino una voz suave y penetrante que los traspasó hasta el alma e hizo arder sus corazones, y la voz volvió a pronunciar estas memorables palabras:

He aquí a mi Hijo Amado, en quien me complazco, en quien he glorificado mi nombre: a él oíd  3 Ne. 11:7

Y, al mirar hacia el cielo:
[…] vieron a un Hombre que descendía del cielo; y llevaba puesta una túnica blanca; y descendió y se puso en medio de ellos; y […] extendió la mano, y habló al pueblo, diciendo: He aquí, yo soy Jesucristo, de quien los profetas testificaron que vendría al mundo. […] He bebido de la amarga copa que el Padre me ha dado, y he glorificado al Padre, tomando sobre mí los pecados del mundo, […] toda la multitud cayó al suelo; pues recordaron que se había profetizado entre ellos que Cristo se les manifestaría. […] diciendo […] meted vuestras manos en mi costado […] palpad las marcas de los clavos en mis manos y en mis pies, a fin de que sepáis que soy el Dios de Israel, y el Dios de toda la tierra, y que he sido muerto por los pecados del mundo  3 Ne. 11:8–12, 14

Y todo el pueblo palpó las marcas de los clavos y de la espada, y […] supieron con certeza, y dieron testimonio de que era él, de quien habían escrito los profetas que había de venir  3 Ne. 11:15

Y lo adoraron.

Y organizó Su Iglesia aquí, llamó a Sus doce apóstoles, les enseñó las doctrinas y bendijo a sus niños. Devolvió la vista a los ciegos, la fuerza a los débiles y la salud a los enfermos y, después de Sus impresionantes y continuas apariciones entre ellos,

[…] vino una nube que cubrió a la multitud, de modo que no podían ver a Jesús. Y mientras los cubría la nube, él partió de entre ellos, y ascendió al cielo  3 Ne. 18:38–39

Otro día regresó y, cuando los bendijo, fueron transfigurados y se volvieron […] blancos como el semblante y también los vestidos de Jesús  3 Ne. 19:25

Por tercera vez se retiró a orar:
Y ninguna lengua puede hablar las palabras que él oró, ni puede hombre alguno escribir las palabras que él oró. […] vino otra vez a los discípulos y les dijo: Tan grande fe jamás he visto entre todos los judíos; por tanto, no pude mostrarles tan grandes milagros, por motivo de su incredulidad  3 Ne. 19:32, 35

Tan grande fue la fe que manifestaron Sus apóstoles que tocó con Su dedo a los nueve que no habían de permanecer  3 Ne. 28:12. Nuevamente partió de la tierra.

LA VISIÓN CONCEDIDA A JOSÉ SMITH

Y pasó el tiempo, y la oscuridad de los siglos comenzaba a disiparse; se había descubierto el Nuevo Mundo de América, y en él se habían establecido personas honorables y temerosas de Dios. Se había librado la guerra, se había obtenido la libertad y se había concedido la libertad religiosa; y el Señor Jesucristo apareció nuevamente en la tierra para restaurar y restablecer Su reino sobre ella. Un jovencito de mente abierta y sin prejuicios se arrodilló una hermosa mañana de primavera en una arboleda y oró pidiendo luz; y, aunque el poder maligno intentó destruirlo, fue liberado mediante la aparición de una columna de luz, más brillante que el sol  José Smith—Historia 1:15–16

José Smith continúa el relato:

[…] No bien se hubo aparecido, cuando me sentí libre del enemigo que me tenía sujeto. Al reposar sobre mí la luz, vi en el aire arriba de mí a dos Personajes, cuyo fulgor y gloria no admiten descripción. Uno de ellos me habló, llamándome por mi nombre, y dijo, señalando al otro: Este es mi Hijo Amado: ¡Escúchalo!  José Smith—Historia 1:17 (Historia de la Iglesia, tomo I, pág. 5).

Siguieron advertencias, instrucciones y mandamientos  José Smith—Historia 1:18–19 y, finalmente, como dice José:
Cuando volví en mí, me hallé de espaldas mirando hacia el cielo  José Smith—Historia 1:20 (Ibid., pág. 6).

Después de esta visión hubo numerosas visitas de seres celestiales en la restauración del Evangelio y el establecimiento de Su reino sobre la tierra.

La obra siguió adelante, la Iglesia fue organizada, el Libro de Mormón fue impreso, se recibieron las revelaciones, fueron llamados doce apóstoles, se construyó el Templo de Kirtland y, durante su dedicación en 1836:
[…] José Smith y Oliver Cowdery se retiraron al púlpito, estando los velos desplegados, y allí se inclinaron en silenciosa oración. Después de levantarse de sus rodillas  D. y C. 110, encabezamiento, el Salvador se les apareció de pie sobre el barandal del púlpito y los bendijo, aceptando el edificio en Su nombre  D. y C. 110:1–10 (Elementos de la historia de la Iglesia, págs. 191–192).

TESTIMONIOS DE LA DIVINIDAD DE CRISTO

Así pues, después de haber seguido las apariciones del Redentor desde la existencia preterrenal hasta el presente, ahora aguardamos Su segunda venida, tal como Él lo prometió. Esta promesa se cumplirá literalmente, como se cumplieron muchas otras de Sus promesas; y, mientras tanto, alabamos Su santo nombre, le servimos y damos testimonio de la divinidad de Su misión, ¡junto con los profetas de todas las generaciones! Testificamos con Juan el Bautista, quien, al ver que el Señor se acercaba a él, dijo:

[…] He aquí el Cordero de Dios, que quita el pecado del mundo  Juan 1:29

No simplemente un hombre de calidez humana, sino el Cordero de Dios.

Damos testimonio con Natanael, un israelita en quien no había engaño:
[…] Rabí, ¡tú eres el Hijo de Dios! ¡Tú eres el Rey de Israel!  Juan 1:49

No meramente un gran maestro, sino el Hijo mismo de Dios.

Testificamos nuevamente con Juan el Amado, quien, al ver a Jesús en la orilla, dijo con convicción: «¡Es el Señor!»  Juan 21:7; no solo un gran humanista, sino el Señor Dios del cielo.

Y con Simón Pedro, quien, cuando el Señor le preguntó: «Y vosotros, ¿quién decís que soy yo?», dijo: «Tú eres el Cristo, el Hijo del Dios viviente»  Mateo 16:15–16, y recibió esta declaración del Salvador:
[…] Bienaventurado eres, Simón hijo de Jonás, porque no te lo reveló carne ni sangre, sino mi Padre que está en los cielos  Mateo 16:17

Y, finalmente, damos testimonio con el profeta José Smith, quien estuvo dispuesto a dar la vida por su testimonio, que nos llega en sus propias palabras de la siguiente manera:
Yo había visto una luz, y en medio de la luz vi a dos Personajes, los cuales en realidad me hablaron; […] he visto una visión; y ¿quién soy yo para […] negar lo que realmente he visto? Porque había visto una visión; yo lo sabía, y sabía que Dios lo sabía; y no podía negarlo, ni osaría hacerlo; por lo menos, sabía que haciéndolo, ofendería a Dios y caería bajo condenación  José Smith—Historia 1:25 (Historia de la Iglesia, tomo 1, págs. 7–8).

Repito mi testimonio:

Sé que Jesús, por las eternidades pasadas y futuras, es el Creador, el Redentor, el Salvador, el Hijo de Dios. Doy este testimonio en Su santo nombre. Amén.

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