Conferencia General Octubre 1946


El cambio y los principios eternos

Élder Richard L. Evans
Del Primer Consejo de los Setenta

Debemos distinguir el progreso verdadero de los cambios destructivos, manteniéndonos firmes en los principios eternos del Evangelio de Jesucristo.


Ante todo, quisiera expresar mi profundo agradecimiento por ser miembro de esta Iglesia y por la hermandad que comparto con ustedes, mis hermanos y hermanas.

Un homenaje a John H. Taylor

Quisiera decir también cuánto siento en esta conferencia la ausencia de mi amado compañero, el hermano John H. Taylor. No podemos mantener una relación tan estrecha o prolongada con hombres como él, participando en consejo por una causa común, con comprensión y afecto fraternal, sin sentir que se ha ido de entre nosotros alguien tan cercano como nuestra propia familia. Fue un caballero y un siervo de Dios, en todos los nobles sentidos de estos dos términos.

Preguntas que debemos hacernos

Las palabras de varios de mis hermanos han dirigido mis pensamientos por cauces algo distintos de los que inicialmente había previsto seguir, y espero fervientemente que se me conceda facilidad de palabra al tratar de expresar algunas de las cosas que han acudido a mi mente durante estas últimas tres sesiones.

Recuerdo una frase de un editorial de revista de hace poco tiempo, en el que el autor, después de dirigirse al mundo en general y a los hombres y las mujeres de Estados Unidos en particular, formuló esta pregunta: «¿Hay principios que ustedes defenderían sin vacilar?». Antes de plantear esta pregunta decisiva, llamó la atención sobre los muchos actos de conveniencia y de transigencia, y sobre los muchos motivos que han impulsado numerosas acciones y decisiones en el ámbito nacional e internacional. «¿Hay principios que defenderíamos sin vacilar?». Esto sugiere una serie de preguntas que bien podríamos hacernos:

¿Hay algún principio por el que renunciaríamos a nuestra comodidad, a nuestra conveniencia?
¿Hay algún principio por el que renunciaríamos a algunos de nuestros apetitos y hábitos?
¿Hay algún principio por el que renunciaríamos a la popularidad?
¿Hay algún principio por el que renunciaríamos a nuestro tiempo o a nuestros bienes?
¿Hay algún principio por el que renunciaríamos a ser elegidos para un cargo público?
¿Hay algún principio por el que renunciaríamos a la vida misma?

Afortunadamente, generaciones de estadounidenses patriotas y generaciones de miembros de esta Iglesia han respondido afirmativamente a estas preguntas una y otra vez, y no tengo duda de que volverían a hacerlo. Pero los cambios de los años en que vivimos han sido tan rápidos, y a veces tan desconcertantes, que estoy seguro de que se han confundido los principios con algunas otras cosas. Y temo que en ocasiones nos hemos dejado impresionar demasiado por el atractivo de la palabra «cambio», sin distinguir entre los cambios buenos y los malos. A veces hemos permitido que «cambio» llegue a ser sinónimo de «progreso», lo cual no es cierto. Puede serlo, pero no necesariamente.

El cambio no siempre es progreso

Como padres y consejeros de los jóvenes, a menudo sentimos que nuestros jóvenes tiran de las riendas que sabiamente los refrenan en algunas cosas; y una de las observaciones recurrentes que se nos presentan, una que supuestamente constituye una afirmación irrefutable, es el recordatorio de que «los tiempos han cambiado».

Pues bien, eso no se discute; los tiempos han cambiado, pero hay muchas cosas que no han cambiado, y es nuestra responsabilidad distinguir entre lo que puede cambiar sin pérdida y lo que puede cambiar en nombre del progreso: qué cambios no son buenos y no constituyen progreso, sino retroceso. Los tiempos pueden haber cambiado, pero la naturaleza humana no. Los tiempos pueden haber cambiado, pero los mandamientos de Dios no, ni tampoco las consecuencias de desatenderlos.

La seguridad de un fundamento firme

Recuerdo haber leído hace algún tiempo un dato que me pareció asombroso y casi increíble, tomado de un informe de ingeniería sobre las características físicas del edificio Empire State: que, con un viento de gran velocidad, en la parte superior de aquella estructura —quizá en la torre más alta— se había incorporado tal flexibilidad que podía oscilar en un arco de hasta ocho pulgadas. Según recuerdo, haría falta un viento de unas ochenta millas por hora para hacerlo oscilar hasta ese punto, y se desplazaría unas seis pulgadas y cuarto a favor del viento y regresaría hasta aproximadamente una pulgada y tres cuartos contra el viento: un hecho casi increíble en una estructura tan grande y maciza, aparentemente tan sólida. Y allá arriba eso no importa. Fue construido para soportarlo. Pero a menudo he pensado, y en ocasiones he expresado ese pensamiento, en lo que le sucedería al edificio Empire State si algún movimiento de tierra o alguna fuerza extraordinaria desplazara sus cimientos ocho pulgadas. No sería sino el preludio de la destrucción.

Si hemos de seguir el camino de la seguridad y alcanzar aquello de lo que somos capaces, debemos vivir sobre la estructura fundamental de los principios del Evangelio de Jesucristo, y todas las cosas deben someterse a esa prueba y norma. Ahora bien, en las partes superiores, en la estructura superficial de nuestra vida, pueden producirse muchos cambios sin peligro alguno. En realidad, no importa si usamos trajes cruzados o de una sola fila de botones, ni si los zapatos de las damas tienen aberturas en la punta cuando los compran o después de usarlos durante un tiempo. Estos son los cambios superficiales que pueden oscilar con el viento sin causar daño a la estructura. Pero cualquier cambio que desplace los principios básicos de nuestra vida debe resistirse por todos los medios legítimos de resistencia. Y nos corresponde enseñar a nuestros jóvenes estos principios básicos para que puedan distinguir y juzgar por sí mismos qué cambios son buenos, cuáles se ajustan a las normas del Evangelio de Jesucristo y se encuentran en el camino del progreso eterno, y cuáles constituyen realmente un retroceso. Quienes abogan por devolver a los hombres a los días de la servidumbre y del control rígido, a los días anteriores a la conquista de su libertad y de los derechos de los hombres libres, son los verdaderos reaccionarios del mundo, y debe reconocérseles por lo que son.

La inmutabilidad de la verdad

Estoy agradecido de pertenecer a una Iglesia que acepta todos los cambios que representan progreso y que está comprometida con el principio del progreso eterno. Estoy agradecido de pertenecer a una Iglesia que acepta toda verdad, sin importar quién la descubra, dónde ni cuándo. Y también estoy agradecido de ser miembro de una Iglesia que posee los principios básicos mediante los cuales podemos juzgar si son deseables o indeseables, verdaderos o falsos, los cambios, las teorías y todas las demás cosas pasajeras que vienen y van. El cambio puede ser progreso o puede ser desintegración. No es una palabra que deba aceptarse sin cuestionarla, y no es sinónimo de ninguno de esos otros dos términos. Ayudemos a nuestros jóvenes a sopesar todas las cosas conforme a estas normas, y hagámoslo también nosotros mismos.

En esta conferencia se ha hecho referencia varias veces, ya sea de manera directa o implícita, a quienes quisieran cambiar los principios del gobierno bajo el cual vivimos. Tal como yo los veo, se dividen, a grandes rasgos, en por lo menos tres grupos. Están quienes padecen una «cambitis» crónica. Quizá nacieron con ella. No importa de qué se trate, están «en contra». Están a favor de cambiar todo lo que existe; y, si cambiáramos para ajustarnos a sus opiniones actuales, mañana tendrían otras opiniones. Hay otro grupo de personas sinceramente engañadas, relativamente pocas, según creo, y hay un tercer grupo que tiene sus propios motivos y que utilizaría la libertad para destruir la libertad. Y, al propugnar el control rígido de los hombres y la pérdida de las libertades, se ven a sí mismos como los dirigentes de nuevos movimientos, y no como aquellos que serán sometidos a ese control. En su pensamiento, ellos encabezan el desfile; no forman parte de las filas. Pero, al parecer, tienen muy poco que perder en un país libre, porque, si fracasan, reclamarán las prerrogativas y la protección de los hombres libres, y no esperarán ser castigados de ninguna manera. Pero, si triunfan, obtendrán poder, según creen o suponen, sobre la vida y los bienes de otros hombres y sobre todo lo que les pertenece.

Principios básicos

Pero la estructura básica del Evangelio de Jesucristo, que acepta todo progreso y toda verdad, sigue fundada en dos principios cardinales, entre otros: el albedrío del hombre y la permanencia eterna de la persona; y cualquier cosa contraria a la aplicación, a la creencia o al libre ejercicio de estos dos principios básicos constituye un cambio para mal y no para bien.

Que nuestra vida sea lo bastante flexible para adaptarnos a los cambios de nuestra época que sean necesarios o que no destruyan los principios básicos; pero que seamos lo bastante firmes en nuestras convicciones, en nuestras creencias y en su defensa para resistir todo intento de desplazar los cimientos y provocar la destrucción que inevitablemente seguiría.

Los tiempos han cambiado, pero muchas cosas no. Que Dios nos ayude a discernir y a ayudar a nuestros jóvenes a hacer lo mismo, para que aceptemos todo progreso y resistamos toda desintegración y todo retorno a condiciones que hemos superado, habiéndose logrado esa superación a un gran costo, lo pido en el nombre de Jesucristo. Amén.

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