El Libro de Mormón, una ayuda para obtener un testimonio
Obispo LeGrand Richards
Obispo Presidente de la Iglesia
Un testimonio de la veracidad del Libro de Mormón fortalece la fe en la misión divina de José Smith y protege y orienta a los jóvenes en su vida.
No sé si alguna vez he asistido a una conferencia de la Iglesia en la que me haya sentido más inspirado y fortalecido, o más agradecido por ser miembro de la Iglesia y por mi asociación con los santos de Dios. Al concluir la conferencia del pasado abril, le dije a mi esposa que, si tuviera dos millones de dólares, no sabría qué podría comprar con ellos que significara tanto para mí o me brindara tanto gozo y felicidad como el ser miembro de esta Iglesia y tener la oportunidad de relacionarme con los santos y ministrar entre ellos. Y, por encima de cualquier otra cosa en este día, deseo que mi ministerio y mis esfuerzos sean aceptables a Dios y una bendición para los miembros de esta gran Iglesia.
LOS JÓVENES NECESITAN UN TESTIMONIO
El presidente McKay habló esta mañana acerca de nuestras responsabilidades para con los jóvenes del país, y reflexioné sobre mi propia vida. Creo, mis hermanos y hermanas, que lo que nuestros jóvenes necesitan más que cualquier otra cosa en este mundo es un testimonio de la divinidad de esta obra; y, si en todas nuestras organizaciones auxiliares y nuestros cuórums del sacerdocio pusiéramos un poco más de énfasis en el espíritu de la obra que en su letra, creo que encontraríamos resultados muy satisfactorios en la vida de nuestros muchachos y muchachas.
Pienso en cuando era muchacho y en las cosas que me impresionaron, y recuerdo haber leído la Vida del profeta José Smith, de George Q. Cannon. Aquello produjo un cambio en mí e hizo que mi alma ardiera en mi interior, y no podía evitar desear haber compartido algunas de las responsabilidades de aquellos primeros días. Luego leí su propia declaración, en la que expresaba su profunda preocupación y su asombro de que lo persiguieran por decir la verdad. Dijo que se sentía como imaginaba que se había sentido Pablo cuando compareció ante Agripa. Dijo: «Había visto una luz; había oído una voz; sabía que Dios sabía que yo lo sabía; y no me atrevía a negarlo, porque sabía que, al hacerlo, caería bajo condenación ante el Señor» José Smith—Historia 1:24–25. Recuerdo cuánto me impresionó aquello, y pensé que no parecía el testimonio de un impostor ni de un falso profeta. Y recordé el testimonio de Pablo, que considero uno de los testimonios más maravillosos de los que jamás hemos oído hablar, cuando compareció ante el rey Agripa y el excelentísimo Festo y dio testimonio de cómo, camino a Damasco, había visto una luz, oído una voz y sabía que Dios sabía que él lo sabía Hechos 26:13–18. Y de cómo, después de dar ese testimonio, Festo se volvió hacia él y dijo: «Estás loco, Pablo; las muchas letras te vuelven loco», a lo que Pablo respondió: «No estoy loco, excelentísimo Festo, sino que hablo palabras de verdad y de cordura». Entonces Agripa le dijo a Pablo: «Por poco me persuades a ser cristiano», y Pablo respondió: «¡Quisiera Dios que por poco o por mucho, no solamente tú, sino también todos los que hoy me oyen, fueseis hechos tales como yo soy, excepto estas cadenas!» Hechos 26:24–29
Les digo, hermanos y hermanas, que no hay en este mundo ningún poder que impulse la vida de los muchachos y las muchachas, o de los hombres y las mujeres, que pueda compararse con un testimonio de la verdad, porque Dios hace algo por los hombres y las mujeres, y también por los muchachos y las muchachas, cuando tienen un testimonio de la divinidad de esta gran obra de los últimos días.
EL TESTIMONIO DE LOS TRES TESTIGOS
Recuerdo haber dirigido a los miembros de la Escuela Dominical en la recitación del testimonio de los tres testigos, en una de nuestras conferencias de la Escuela Dominical, cuando estaban presentes el hermano Karl G. Maeser y el hermano George Goddard, y quisiera leérselo hoy. Creo que podría recitarlo sin el libro, pero lo tendré aquí por si no puedo: «Conste a todas las naciones, tribus, lenguas y pueblos, a quienes llegare esta obra, que nosotros, por la gracia de Dios el Padre, y de nuestro Señor Jesucristo, hemos visto las planchas que contienen esta relación, la cual es una historia del pueblo de Nefi, y también de los lamanitas, sus hermanos, y también del pueblo de Jared, que vino de la torre de que se ha hablado. Y también sabemos que han sido traducidas por el don y el poder de Dios, porque su voz así nos lo declaró; por tanto, sabemos con certeza que la obra es verdadera. También testificamos haber visto los grabados sobre las planchas; y se nos han mostrado por el poder de Dios y no por el de ningún hombre. Y declaramos con palabras solemnes que un ángel de Dios bajó del cielo, y que trajo las planchas y las puso ante nuestros ojos, de manera que las vimos y contemplamos, así como los grabados que contenían; y sabemos que es por la gracia de Dios el Padre, y de nuestro Señor Jesucristo, que vimos y testificamos que estas cosas son verdaderas. Y es maravilloso a nuestra vista. Sin embargo, la voz del Señor nos mandó que testificásemos de ello; por tanto, para ser obedientes a los mandatos de Dios, testificamos estas cosas. Y sabemos que si somos fieles en Cristo, nuestros vestidos quedarán limpios de la sangre de todos los hombres, y nos hallaremos sin mancha ante el tribunal de Cristo, y moraremos eternamente con él en los cielos. Y sea la honra al Padre, y al Hijo, y al Espíritu Santo, que es un Dios. Amén» Libro de Mormón, El Testimonio de Tres Testigos
Ahora bien, si quieren leer la conclusión de esos testimonios, basta con leer las historias de aquellos tres hombres cuando yacían en sus lechos de muerte y una paz los envolvió al elevar la voz, antes de entrar en el mundo eterno, para testificar que el testimonio que habían dado era de Dios.
Quiero decirles, hermanos y hermanas, que, cuando sus muchachos y muchachas sientan eso, tendrán algo que los sostendrá frente a todos los poderes de la iniquidad de este mundo. Preferiría confiar a mis muchachos y muchachas a este mundo con un testimonio de esta obra ardiendo en el alma que con toda la información que puedan darles de todos los libros de texto que jamás se hayan escrito.
LA DIVINIDAD DEL LIBRO DE MORMÓN
Considero que el Libro de Mormón es nuestra prueba más grande y tangible de la divinidad de la misión del profeta José Smith. Cuando aquel libro llegó por primera vez a manos de mi abuelo, Willard Richards, lo abrió por la mitad y leyó algunas páginas; luego lo cerró y dijo: «Ese libro fue escrito por Dios o por el diablo, y tengo la intención de averiguar quién lo escribió». Lo leyó completo dos veces durante los diez días siguientes, y dijo que el diablo no podría haberlo hecho; provenía del Señor. Proviene del Señor, hermanos y hermanas, y eso es lo que nuestros muchachos y muchachas deben saber.
AGRADECIMIENTO A GERMAN E. ELLSWORTH
Quiero expresar aquí mi profundo agradecimiento por mi amigo, el presidente German E. Ellsworth. Tengo razones para llamarlo amigo que van más allá de la amistad común entre hermanos. Creo que, posiblemente, aparte de los primeros fundadores de la Iglesia, ningún otro hombre ha promovido la distribución del Libro de Mormón como lo ha hecho el hermano Ellsworth. Tomé nota de una breve declaración que hizo en la reunión de presidentes de misión del pasado miércoles, cuando pasamos desde las nueve de la mañana hasta las cuatro y media de la tarde escuchando las palabras inspiradas de estos hombres que trabajan con sus muchachos y muchachas en el campo misional. El hermano Ellsworth habló de la época en que era presidente de la Misión de los Estados del Norte y de los miles y miles de ejemplares del Libro de Mormón que publicó y que se distribuyeron por el mundo. Dijo que, un día, mientras bajaba del cerro Cumorah, la voz del Señor le dijo: «Impulsa la distribución de los anales que se sacaron de este cerro; ayudarán a traer al mundo a Cristo». Creo que, cuando todas las demás pruebas fallen, el Libro de Mormón hará precisamente eso en este mundo y, en lo que a mí respecta, creo que aún no tenemos todas las pruebas. Vendrán muchas más.
EL VALOR DE LA INVESTIGACIÓN ARQUEOLÓGICA
Creo que fue en 1934 cuando leí un artículo en los periódicos sobre la visita a los Estados Unidos de un tal William A. Kennedy, de Lima, Perú. Había venido con el propósito de recaudar fondos para construir una institución de investigación en Lima, Perú. El artículo indicaba que, con el dinero que las pequeñas naciones de América habían prometido aportar para igualar lo que pudiera recaudarse en los Estados Unidos, ya tenía asegurados treinta millones de dólares, y que esa suma aumentaría a sesenta o setenta millones de dólares en un plazo de diez años. Se mencionaba al expresidente Herbert Hoover como uno de los miembros de la junta de aquel instituto, y ¿con qué propósito se construiría? Para investigar la antigua civilización de América, particularmente las civilizaciones inca y maya.
Una vez oí al hermano Callis decir que, cuando José Smith recibió las planchas, se arrodilló ante el Señor y dijo: «Oh Dios, ¿qué dirá el mundo?». Y la voz de Dios vino a él: «No temas; haré que la tierra testifique de la verdad de estas cosas». Y, para cuando ese instituto haya gastado esos sesenta o setenta millones de dólares, quizá tengamos pruebas, muy superiores a todo lo que hemos leído hasta ahora, de la divinidad de la historia que se relata en el Libro de Mormón.
APRECIO POR LAS VERDADES DEL LIBRO DE MORMÓN
Hace diez años, el hermano Nicholas G. Smith, uno de mis amigos más queridos, estuvo en este púlpito durante la conferencia general. En aquel entonces presidía la Misión de California, y yo era presidente de la Misión de los Estados del Sur. Relató esta historia. Pueden encontrarla en el informe de la conferencia; yo no necesité buscarla allí porque la recordaba. Contó que el decano de religión de la Universidad del Sur de California, en Los Ángeles, lo había invitado a su iglesia para escucharlo predicar y había pedido prestado un ejemplar del Libro de Mormón. Uno de los misioneros le entregó su ejemplar. Ahora bien, todos ustedes, los misioneros, saben cómo subrayamos ciertos pasajes en rojo. El ministro se puso de pie ante su congregación, presbiteriana, según recuerdo, con el hermano Smith y algunos de nuestros misioneros presentes. Mostró aquel Libro de Mormón a su congregación. Dijo: «Tengo aquí un volumen de Escrituras que ha estado entre nosotros durante más de cien años, y no hemos sabido nada de él». Luego lo abrió y pasó página tras página, leyendo los pasajes subrayados en rojo; después, volviéndolo a mostrar a su congregación, dijo: «¿Por qué no podemos hermanarnos con un pueblo que cree en cosas tan hermosas como las que les he leído de este volumen de Escrituras?».
Dos años antes de aquello, recibimos una carta desde Texas de un hombre que había visitado esta manzana, en la que decía que había sido ministro de una iglesia metodista durante treinta y siete años. Decía: «He gastado más de doce mil dólares en formar una biblioteca con los libros más selectos que he podido encontrar. Ahora tengo en mi biblioteca un libro que vale más que todos los demás, porque es un volumen de Santas Escrituras», y lo identificaba como el Libro de Mormón.
Hermanos y hermanas, sencillamente no conocemos el valor del Libro de Mormón. Una noche estaba en el parque Boston Common celebrando una reunión al aire libre. Después de la reunión, un joven misionero se acercó y me dijo: «Hermano Richards, no sé que el Evangelio sea verdadero». Le dije: «¿No lo sabes?». Y él respondió: «No». «Bueno», le dije, «toma el Libro de Mormón, vive con él, reflexiona sobre él y ora al respecto, y no pasará mucho tiempo antes de que sepas que el Evangelio es verdadero». Volvimos allí unas semanas después; yo no estaba trabajando en esa ciudad, pero fuimos para una conferencia o una reunión del sacerdocio. Aquella noche estaba a cargo de la reunión. Ese mismo misionero se acercó y me dijo: «Hermano Richards, ¿puedo hablar esta noche?». Llevaba poco tiempo en el campo misional, y le dije: «Por supuesto que puedes». Se puso frente al grupo que se había reunido, levantó el Libro de Mormón y sacó del bolsillo unas postales de ciudades sepultadas de Centroamérica y Sudamérica que habían sido descubiertas, y dijo: «Si ese Libro de Mormón no es verdadero, díganme cómo sabía José Smith que aquellas ciudades estaban sepultadas en Centroamérica y Sudamérica». No tardó mucho en encontrar la verdad.
UN MISIONERO OBTIENE UN TESTIMONIO
Luego llegó a nosotros, en el Sur, otro misionero que dijo: «Me costó mucho decidirme a venir a la misión. Mis profesores me dijeron que sería una pérdida de tiempo». Era estudiante universitario. Dijo: «Sabe, soy una persona muy práctica. Me gusta poder salir a un huerto y recoger las peras del peral, y entonces sé que es un peral». «Bueno», le dije, «muchacho, yo no me preocuparía demasiado por eso si estuviera en tu lugar. En nuestro árbol también crecen peras. Ahora toma el Libro de Mormón y somételo a todos los análisis que puedas, recurriendo a todas las fuentes: cómo podría haberse escrito; quién podría haberlo escrito; quién podría haber incluido la información que contiene, salvo Dios el Padre Eterno o alguien a quien Él hubiera dado esa información».
Pues bien, envié a ese muchacho a Alabama. Unas semanas después fui para asistir a una conferencia y le dije al presidente de distrito que me gustaría escuchar a aquel joven que estaba allí. Lo invitó a hablar. Dio un testimonio magnífico. Después de la reunión me acerqué a él. Le dije: «Debes de haber encontrado algunas peras en el peral». Y él dijo: «Oh, presidente Richards, olvídelo».
Un día mi esposa me acompañaba cuando nos encontramos con un joven a quien habíamos ayudado a criar, que había aprendido unos doce idiomas y tenía un doctorado. Ella se volvió hacia él y dijo: «¿Cuál crees que es la mayor prueba de la divinidad del Libro de Mormón?».
«Pues», dijo él, «¡cada una de sus páginas! Ningún ser humano podría haber escrito ese libro por sí mismo. Ningún conocimiento de este mundo podría haberlo producido, a menos que proviniera de Dios».
Ahora bien, hermanos y hermanas, no debo tomar más tiempo, pero quiero decirles que, cuando nuestros muchachos y muchachas lleguen a sentir la verdad de ese libro, habrá menos preocupación por los caminos hacia los que los llevan sus pasos de día y de noche. Que Dios bendiga a la juventud de Sion. Que Dios bendiga a todo hombre y a toda mujer que tengan responsabilidades en el hogar, en las organizaciones y en los cuórums del sacerdocio, y que nuestros testimonios y nuestras vidas influyan de tal manera en los suyos que lleguen a ser fuerzas para el bien en este mundo; y que este libro aún cumpla este gran decreto, como está escrito en su prefacio, de que sea un testimonio del Señor Jesucristo a todas las naciones Libro de Mormón, Portada, lo ruego y les dejo mi testimonio, en el nombre del Señor Jesucristo. Amén.


























