Conferencia General Octubre 1946


El sombrío panorama y un remedio

Élder Joseph F. Merrill
Del Cuórum de los Doce Apóstoles

El arrepentimiento, la observancia de la regla de oro y la fidelidad al Evangelio son indispensables para superar los conflictos y preservar la libertad y la paz.


Mis queridos hermanos y hermanas: En los pocos minutos que se me han asignado, no pronunciaré un sermón, un discurso ni una alocución. Me propongo hacer algunas observaciones sobre ciertos asuntos actuales que considero importantes. Estas observaciones se dirigen únicamente a los Santos de los Últimos Días, y las hago bajo mi propia responsabilidad. Los demás pueden escuchar si así lo desean. Pero, puesto que otras personas no creen en nuestras enseñanzas religiosas, no cabe esperar que se dejen influir por lo que diga en esta ocasión.

EL ACTUAL ESTADO PECAMINOSO DEL MUNDO

Pero continuemos: Vivimos en un mundo pecaminoso. Abunda mucha iniquidad. La delincuencia está desenfrenada y gran parte de ella queda impune, pues muchos delincuentes ni siquiera son detenidos. El desacato a la ley está por todas partes. También se comete constantemente una inmensa cantidad de actos indebidos que difícilmente pueden clasificarse como iniquidad o delito. El egoísmo, la codicia, el fumar, el beber, el lenguaje profano y la profanación del día de reposo son algunos ejemplos. No hace falta decir que cualquier Santo de los Últimos Días que incurra en alguna de estas cosas, o en muchas otras que no se han mencionado, está violando sus convenios. Pero, puesto que muchos Santos de los Últimos Días sí incurren, en mayor o menor grado, en estas cosas, la necesidad de arrepentirnos está siempre presente entre nosotros, y nuestra obligación de arrepentirnos es mucho mayor que la de otros pecadores que no han hecho convenio de guardar los mandamientos del Señor.

Porque de aquel a quien mucho se da, mucho se requiere  D. y C. 82:3

LA NECESIDAD DEL ARREPENTIMIENTO ENTRE LOS SANTOS DE LOS ÚLTIMOS DÍAS

Por lamentable que sea, las prácticas pecaminosas entre los Santos de los Últimos Días constituyen a menudo un verdadero obstáculo para nuestra obra misional de estaca, porque quienes no son miembros ven tanto de malo en muchos de nosotros que consideran que primero deberíamos convertirnos nosotros mismos. En otras palabras, no pueden oír lo que decimos porque lo que somos resuena con tanta fuerza en sus oídos. En cualquier momento preferirían ver un sermón puesto en práctica antes que oírlo. Nuestros principios son elevados, pero nuestras prácticas a menudo parecen desmentir nuestra sinceridad, «porque cada árbol se conoce por su fruto»  Lucas 6:44. Por ejemplo, enseñamos la abstinencia total del uso de narcóticos, y a Utah se le considera, con razón, un estado «mormón», un estado donde nuestro pueblo constituye la mayoría. Sin embargo, estadísticas que se consideran fiables muestran que los habitantes de Utah consumen tantas bebidas alcohólicas por persona como el promedio por persona de los Estados Unidos. Según las cifras oficiales, durante el año fiscal de 1946 se pagó en Utah por bebidas alcohólicas y tabaco un doscientos ochenta por ciento más que en el año fiscal de 1941.

Sí, la franqueza nos obliga a admitir que los pecados del mundo existen entre nosotros en mayor o menor grado. Por esta razón, los líderes responsables de la Iglesia, de las estacas y de los barrios llaman continuamente a nuestro pueblo, así como a las personas del mundo, a un arrepentimiento real y sincero. ¿Arrepentirse de qué?, pregunta alguien. La respuesta es evidente: Apartarse de aquellas cosas que no están en armonía con las enseñanzas del Maestro, Jesucristo, y no hacerlas más. Estas se resumen en dos grandes mandamientos: […] Amarás al Señor tu Dios con todo tu corazón, y con toda tu alma, y con todas tus fuerzas y con toda tu mente; y a tu prójimo como a ti mismo  Lucas 10:27

AL HOMBRE SE LE HA DADO EL PODER DE ESCOGER EL BIEN O EL MAL

En una ocasión me preguntaron: ¿Por qué amar a Dios? Porque Él es nuestro Padre, que ama entrañablemente a Sus hijos y es quien nos da todo lo bueno que tenemos. Su obra y Su gloria consisten en llevar a cabo la inmortalidad y la vida eterna del hombre, como le dijo a Moisés  Moisés 1:39. Por estas razones, nos ha dado una manera de vivir que debemos seguir y que, si la seguimos, nos traerá gran gozo tanto aquí como en la vida venidera. Pero no nos obliga a seguir el camino señalado. Nos ha dado nuestro albedrío, que podemos ejercer sin incurrir en una severa condenación únicamente mientras no vulneremos los derechos de nuestros semejantes; y repito, únicamente mientras no vulneremos los derechos de los demás. Pero, debido a la presencia de un poder maligno en el mundo durante la existencia de la familia humana, muchos de los hijos del Padre han cedido a la tentación y se han apartado, en mayor o menor medida, de los caminos del Señor. Como consecuencia, el pecado, la iniquidad y el delito se han desarrollado entre los hombres, dando lugar a diversos grados de miseria y sufrimiento, según la magnitud de su alejamiento de la senda divina. La descripción que hizo el apóstol Pablo de los últimos días ciertamente corresponde a estos tiempos. Él escribió:

[…] vendrán tiempos peligrosos. Porque habrá hombres amadores de sí mismos, avaros, vanagloriosos, soberbios, blasfemos, desobedientes a los padres, ingratos, impíos, […] intemperantes, crueles, aborrecedores de lo bueno, traidores, impetuosos, envanecidos, amadores de los deleites más que de Dios  2 Tim. 3:1–4

Estas deplorables condiciones del mundo son ahora, en algunos aspectos, incluso peores de lo que Pablo las describió. Debido al creciente poder del hombre para controlar las fuerzas de la naturaleza, ha multiplicado las maneras de dañarse a sí mismo y a sus semejantes. Como ejemplo, ahora tenemos la bomba atómica.

LA PAZ PUEDE LLEGAR AL SEGUIR LA REGLA DE ORO

Hasta aquí he hablado solo en términos generales y no he dicho nada nuevo. Permítanme ahora ser un poco más específico. El mundo se encuentra en este momento en una situación crítica y muy inestable. A pesar de que acabamos de salir de la guerra más extensa y destructiva que el mundo haya conocido, hay poca o ninguna evidencia de que los hombres se hayan arrepentido de los pecados que provocaron la guerra. Los habitantes anhelan la paz, pero aún no hay paz, porque el egoísmo y la codicia siguen predominando, y demasiadas personas están decididas a conseguir lo que desean, utilizando para ello todos y cada uno de los medios a su alcance.

Algunos observadores perspicaces y sabios de este país han afirmado recientemente que los Estados Unidos afrontan ahora el período más crítico de su historia. Diversos grupos de hombres se esfuerzan por llegar a un acuerdo sobre los términos de la paz, pero todavía no se vislumbra el éxito. El espíritu de la regla de oro  Mateo 7:12 aún no domina el corazón ni la mente de los negociadores, por lo que otra guerra podría ser inminente; se habla de ella en voz baja. Al parecer, solo podrá evitarse si ciertas grandes potencias retroceden de las posiciones que han adoptado. Durante la guerra reciente se establecieron ideales, y los esfuerzos por llevarlos a la práctica encuentran ahora una oposición decidida, tal como sucedió después de la Primera Guerra Mundial. Este país luchó entonces, como lo hizo en el conflicto reciente, para que no hubiera más guerras.

¿Por qué no pueden regir a las naciones las mismas normas que rigen a las personas? En los países civilizados, dos hombres no pueden atacarse a puñetazos o con armas de fuego sin exponerse a ser procesados ante un tribunal. ¿Por qué no puede aplicarse una norma semejante a las naciones? ¿Por qué es legal matar en masa y no individualmente? ¿No seguiremos esperando y orando para que pronto tengan éxito los esfuerzos por proscribir la guerra? ¡Quiera Dios que así sea y que no tengamos que esperar hasta el Milenio para recibir esta gran bendición!

SE INSTA A DEROGAR CIERTAS LEYES

Pero la guerra internacional no es el único peligro que afrontamos. El panorama interno es muy sombrío. La lucha por obtener cada vez más a cambio de cada vez menos parece intensificarse y extenderse a más grupos y personas. En todo esto, la idea de la hermandad universal y la regla de oro parecen quedar olvidadas. Además, el principio fundamental de la Declaración de Independencia de Inglaterra, que otorga a la persona el derecho a la vida, a la libertad y a la búsqueda de la felicidad, se viola actualmente en el caso de millones de personas, no solo por parte de organizaciones, sino también, en ciertos casos, lamento mucho decirlo, al parecer por el propio gobierno federal. Se niega el derecho a trabajar salvo mediante la afiliación a organizaciones exentas de las normas y los reglamentos que rigen a las personas y a las organizaciones industriales dedicadas a los negocios. No existe igualdad ante la ley en la relación entre los empleadores y los sindicatos. ¿Por qué sucede esto? Una razón es que demasiados políticos padecen tan profundamente el afán de ocupar cargos públicos que no harán nada a lo que se opongan los dirigentes sindicales. Estas organizaciones podrían ser de gran beneficio para sus miembros y, al mismo tiempo, funcionar dentro de la letra y del espíritu de la Constitución divinamente inspirada, tal como la elaboraron los padres de nuestra república. El gobierno federal y todos los estados de la Unión Americana deberían prohibir de inmediato la contratación exclusiva de trabajadores afiliados a un sindicato y las llamadas huelgas por disputas de competencias entre sindicatos y las huelgas de solidaridad. ¿Será Estados Unidos, como lo planearon los padres fundadores, la tierra de los libres y el hogar de los valientes? Si es así, la necesidad del momento es derogar algunas leyes y promulgar otras mejores. ¿Quién puede negarlo?

LAS HUELGAS LABORALES EN ESTADOS UNIDOS

Consideremos por un momento algunos acontecimientos recientes. Hace unos meses se convocó una gran huelga laboral que afectó directamente a cientos de miles de personas e indirectamente a todo el país. Se exigió un aumento salarial del treinta por ciento a fin de mantener el mismo salario neto que se recibía durante la guerra. Pero se pidió que no hubiera ningún aumento en el costo de la vida, una petición imposible de llevar a la práctica. Quienes formulaban estas exigencias parecían haber olvidado que, a fin de acelerar la producción bélica, se habían concedido las demandas salariales de los trabajadores de las industrias de guerra, colocándolos así en una posición muy favorecida en comparación con todos los demás civiles que no recibieron aumentos salariales. Cuando esos trabajadores volvieron a la producción civil, ¿era equitativo, correcto y justo mantener esa discriminación? Recuerden que los civiles discriminados eran muchos más que los trabajadores de las industrias de guerra. Pero, aun así, los políticos saben que la mayoría de las personas no están organizadas y que los sindicatos tienen el poder decisivo en las elecciones; de ahí su sometimiento a los sindicatos.

¿Qué han logrado las grandes huelgas de los últimos meses? Entre otras cosas, han empobrecido a muchos de los miembros de los sindicatos, y harán falta años para recuperar todos los salarios perdidos durante las prolongadas huelgas; han aumentado el costo de la vida para todos; han desacreditado a los sindicatos; han retrasado la producción de bienes civiles muy necesarios; han llevado inquietud, sufrimiento e incertidumbre a millones de hogares y han obligado a grandes multitudes a recurrir a la asistencia pública; han causado indecisión y dificultades al gobierno, tanto federal como estatal, y han debilitado la influencia de Estados Unidos en el extranjero. El método de la huelga ha sido el piquete masivo y la contratación exclusiva de trabajadores afiliados a un sindicato. ¿Qué diferencia hay, en principio, entre este método de atraco y el que se comete con una pistola? En ambos se emplea la fuerza. Entonces, ¿no son ambos métodos formas de robo? ¿Y no es intolerable el robo para nuestro modo de vida estadounidense? ¿No exige la libertad que se prohíban todas las formas de robo? ¿No se escucharán los clamores de un pueblo que sufre ni se le brindará alivio? ¿No necesitamos estadistas y menos políticos pusilánimes en los cargos públicos? ¿Seguirán prevaleciendo los intereses egoístas de unos pocos sobre los intereses de la mayoría? ¿No están siempre en juego los intereses del público en las huelgas y los cierres patronales? Por lo tanto, ¿no parece que encontrar un medio para llevar la paz a empleadores y trabajadores es una necesidad imperiosa del momento, si hemos de volver al modo de vida que nos dieron los fundadores de nuestra república, un modo de vida que hizo grande a nuestro país? Tanto escritores como oradores han propuesto diversos medios para alcanzar ese fin; pero, a mi entender, ningún medio de lograr una paz permanente puede tener éxito a menos que se caracterice por el espíritu de la regla de oro. Analicé este aspecto en un discurso radial que pronuncié el pasado noviembre, mostrando que la equidad, el derecho y la justicia deben ser la base de los acuerdos para alcanzar una paz permanente. Para ello parecen necesarios los tribunales de arbitraje.

UNA ADVERTENCIA CONTRA EL COMUNISMO

Quisiera llamar la atención sobre lo que me parece evidente: la semejanza entre el espíritu que se observa en ciertos aspectos de algunos conflictos laborales y el del comunismo tal como existe en algunas partes de Europa. Les recuerdo nuevamente que me dirijo a los Santos de los Últimos Días. Les pido que presten atención mientras leo una circular que la Primera Presidencia dirigió a los miembros de la Iglesia hace diez años y que se publicó en The Improvement Era de agosto de 1936. Dice así:

ADVERTENCIA A LOS MIEMBROS DE LA IGLESIA

Con gran pesar nos enteramos, por fuentes dignas de crédito, gubernamentales y de otra índole, de que algunos miembros de la Iglesia se están uniendo, directa o indirectamente, a los comunistas y están participando en sus actividades.

La Iglesia no interfiere, ni tiene intención de tratar de interferir, en el ejercicio más pleno y libre de los derechos políticos de sus miembros, al amparo de nuestra Constitución y dentro de sus límites, acerca de la cual el Señor declaró: «He establecido […] por mano de hombres sabios que levanté para este propósito mismo»  D. y C. 101:80, y cuyos principios el Profeta, al dedicar el Templo de Kirtland, rogó que fueran «establecidos para siempre»  D. y C. 109:54

Pero el comunismo no es un partido político ni un programa político amparado por la Constitución; es un sistema de gobierno opuesto a nuestro gobierno constitucional, y sería necesario destruir nuestro gobierno antes de que pudiera establecerse el comunismo en los Estados Unidos.

Puesto que el comunismo, una vez establecido, destruiría nuestro gobierno constitucional estadounidense, apoyar el comunismo constituye una traición a nuestras instituciones libres, y ningún ciudadano estadounidense patriota puede hacerse comunista ni partidario del comunismo.

A los miembros de nuestra Iglesia les decimos: El comunismo no es la Orden Unida y solo guarda con ella la semejanza más superficial; el comunismo se basa en la intolerancia y la fuerza, y la Orden Unida en el amor y la libertad de conciencia y de acción; el comunismo implica el despojo y la confiscación forzosos, y la Orden Unida, la consagración y el sacrificio voluntarios.

Los comunistas no pueden establecer la Orden Unida, ni el comunismo hará que esta se establezca. La Orden Unida será establecida por el Señor en Su debido tiempo y conforme al orden regular prescrito de la Iglesia.

Además, se denuncia de manera generalizada, sin que se haya logrado contradecirlo o refutarlo, que el comunismo procura controlar, cuando no proscribir, la vida religiosa de las personas que viven bajo su jurisdicción, y que incluso extiende su mano a la santidad del propio círculo familiar, alterando la relación normal entre padres e hijos, todo ello de una manera desconocida y no autorizada por las garantías constitucionales bajo las cuales vivimos en Estados Unidos. Tal injerencia sería contraria a los preceptos fundamentales del Evangelio y a las enseñanzas y el orden de la Iglesia.

Siendo el comunismo, por tanto, hostil a la lealtad cívica estadounidense e incompatible con la verdadera condición de miembro de la Iglesia, necesariamente ningún ciudadano estadounidense leal ni ningún miembro fiel de la Iglesia puede ser comunista.

Exhortamos a todos los miembros de la Iglesia a rechazar por completo el comunismo. La seguridad de nuestro gobierno constitucional divinamente inspirado y el bienestar de nuestra Iglesia exigen imperiosamente que el comunismo no tenga cabida en Estados Unidos.

Heber J. Grant,
J. Reuben Clark, hijo,
David O. McKay

He leído esta carta porque considero que su necesidad es más evidente hoy que hace diez años. El espíritu del comunismo es, sin duda, completamente ajeno al espíritu del verdadero ideal estadounidense. Tal como se observa en el país donde ha predominado durante mucho tiempo, es totalmente ateo; niega la existencia de Dios; y, como se ha manifestado con frecuencia, es extremadamente cruel e inhumano. Se han empleado la confiscación y el asesinato para alcanzar sus fines. Debería ser imposible conseguir que algún Santo de los Últimos Días sienta el menor grado de simpatía por el comunismo tal como se manifiesta en Europa.

Hermanos y hermanas, solo hay un camino seguro para nosotros: permanecer firmes, leales y fieles a la Iglesia y a sus líderes. Que el Señor nos ayude a ser así, lo ruego en el nombre de Jesucristo, nuestro Señor. Amén.

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