Salvaguardas contra la delincuencia juvenil
Presidente David O. McKay
Segundo Consejero de la Primera Presidencia
El hogar, la Iglesia, las escuelas y la comunidad deben trabajar con diligencia para formar el carácter de los jóvenes y protegerlos de la delincuencia mediante la enseñanza, el ejemplo y el cuidado personal.
«Te encarezco», escribió Pablo a Timoteo, «delante de Dios y del Señor Jesucristo, […] que prediques la palabra; que instes a tiempo y fuera de tiempo; redarguye, reprende, exhorta con toda paciencia» 2 Tim. 4:1–2
En la misma carta declaró proféticamente «que en los postreros días vendrán tiempos peligrosos. Porque habrá hombres amadores de sí mismos, […] amadores de los deleites más que de Dios, que tendrán apariencia de piedad, pero negarán la eficacia de ella» 2 Tim. 3:1–2, 4–5
Con el espíritu de la exhortación y la profecía de Pablo abordo el tema de las salvaguardas contra la delincuencia juvenil. Al nombrar estas salvaguardas, no tengo nada nuevo que ofrecer. Ustedes las han oído mencionar con frecuencia, pero creo que, al igual que con los principios del Evangelio, es apropiado que actuemos a tiempo y fuera de tiempo, que redarguyamos, reprendamos, exhortemos y amonestemos con toda paciencia al contemplar la creciente ola de delincuencia y procurar que cada uno de nosotros comprenda, si es posible, que se necesita mayor diligencia.
Pocos pondrán en duda que vivimos en tiempos peligrosos, que muchas personas han perdido sus puntos de apoyo y están siendo […] fluctuantes, […] llevados por doquiera de todo viento de doctrina, por estratagema de hombres que, para engañar, emplean con astucia las artimañas del error Efe. 4:14
Hace poco, una comisión sobre evangelización, designada por los arzobispos de Canterbury y York, presentó un informe que revelaba algunos hechos asombrosos acerca de la situación actual de la Inglaterra «cristiana». El informe decía:
La actual falta de relevancia de la Iglesia en la vida y el pensamiento de la comunidad en general se hace evidente en dos síntomas que no admiten discusión. Estos son: (1) la disminución generalizada de la asistencia a la iglesia; y (2) el derrumbe de las normas morales cristianas.
A esto se añadía la declaración de que solo entre el diez y el quince por ciento de la población mantiene un vínculo estrecho con alguna iglesia cristiana.
Al comentar este informe, uno de los periódicos de Inglaterra decía, entre otras cosas:
La juventud es en gran medida indiferente al cristianismo: no encuentra en la religión ninguna relación con la vida, ni en la vida misma ningún significado. Si preguntamos qué ha causado estos alarmantes síntomas de decadencia y caída nacional, la respuesta es que nuestra generación ha sucumbido al antiguo engaño de un humanismo autosuficiente que coloca al hombre —no a Dios— en el centro de su mundo y considera al hombre —no a Dios— como norma de referencia. Sin embargo, aún no se ha dicho lo peor, pues la propia Iglesia se ha contagiado del espíritu de la época y, por ello, ha perdido su visión, su vitalidad y su autoridad espiritual. El verdadero problema no es el noventa por ciento que permanece fuera de las iglesias, sino el diez por ciento que está dentro, muchos de los cuales están solo a medias convertidos y deficientemente instruidos.
Verdaderamente, parecería que los hombres y las mujeres o bien buscan la verdad a tientas y a ciegas, o bien se han vuelto amadores de los deleites más que de Dios, teniendo apariencia de piedad, pero negando la eficacia de ella.
Entre los males flagrantes producidos durante la guerra y la posguerra, hay dos que me parecen especialmente ominosos y que deben frenarse si queremos preservar los verdaderos ideales cristianos. Estos son: primero, una tendencia creciente a deshonrar los votos matrimoniales; y segundo, el aumento de la delincuencia juvenil. Una investigación cuidadosa revelaría, sin duda, una estrecha relación entre estas dos condiciones sociales perjudiciales.
LA LAXITUD MATRIMONIAL Y LA INFIDELIDAD
Como prueba de lo primero, basta con observar la cantidad de divorcios, incluso entre los matrimonios celebrados en el templo, que el presidente George Albert Smith mencionó de manera tan impresionante en su exhortación de anoche. En el país en general, uno de cada cinco matrimonios queda disuelto por la maquinaria incesante del divorcio. Las estadísticas recientes revelan que ahora tenemos uno de cada tres.
Da trágico testimonio de la disminución del respeto por la pureza en el matrimonio el gran número de las llamadas novias de guerra cuyos esposos han regresado para encontrarse con promesas quebrantadas y trágicos casos de infidelidad.
LA DELINCUENCIA JUVENIL
Pero es sobre la creciente ola de delincuencia que deseo llamar la atención esta mañana. Los niños están siendo corrompidos por ella; los jóvenes quedan atrapados en su remolino y están siendo contaminados por ella de manera abrumadora. Según el director de la Oficina Federal de Investigaciones, […] está aumentando en intensidad. Está creciendo en gravedad. No es un fenómeno aislado. Se extiende por todo el país.
Al referirse a las condiciones durante la guerra, comenta:
Existía, por ejemplo, el espíritu de desenfreno de los tiempos de guerra, con su filosofía perdurable que ofrecía a las voluntades menos firmes una justificación para quebrantar las convenciones de la sociedad. Las lecciones escolares pasaron a segundo plano. Las jóvenes sacrificaron la virtud en un falso altar de patriotismo. Durante los años de guerra, entre las menores de dieciocho años, los arrestos por prostitución aumentaron un trescientos setenta y cinco por ciento; por alteración del orden público, un trescientos cincuenta y siete por ciento; y por embriaguez y conducción en estado de ebriedad, un ciento setenta y cuatro por ciento. Para quienes no estaban arraigados en principios fundamentales, los valores establecidos desaparecieron, y una actitud de transitoriedad suplantó la responsabilidad individual. Los conflictos entre la libertad y el libertinaje se manifestaron en actos indebidos. En demasiados hogares, la responsabilidad personal ha llegado a considerarse arcaica y anticuada.
El desfile de la delincuencia presenta un espectáculo sórdido.
De cada mil que marchan en este desfile interminable, quinientos veintiuno ya han marchado antes hacia un arresto, y doscientos diez son menores de veintiún años. Se arresta a más personas de diecisiete años que de cualquier otro grupo de edad. De cada mil asesinos, ciento cuarenta son menores de veintiún años; de cada mil atracadores, trescientos sesenta son menores de veintiuno; de los que cometen robos con allanamiento, quinientos diez; de los ladrones, trescientos cuarenta; de los incendiarios, doscientos cincuenta; de mil ladrones de automóviles, seiscientos treinta son menores de veintiuno; y de mil violadores, trescientos veinte son menores de veintiún años.
Al llamar la atención sobre estas condiciones, y en los comentarios que haré más adelante, no quisiera que pensaran que los jóvenes en general no merecen nuestra confianza. Ahora hablamos de unos pocos, no de la mayoría.
Cuando, hace algunos años, un pequeño de cuatro años se internó y se perdió en las tierras baldías de Dakota del Norte, toda la región se movilizó y se organizó para rescatarlo. Sin embargo, nadie pensó en los cientos de niños de cuatro años que estaban a salvo bajo el cuidado de sus madres. Un accidente ferroviario o una catástrofe aérea nos conmueven y captan nuestra atención, despiertan nuestra compasión y la exigencia de mayores medidas de seguridad, mientras que apenas dedicamos un pensamiento pasajero a los cientos de trenes y aviones que transportan a millones de personas a salvo.
Así pues, mientras llamamos con preocupación la atención sobre las tragedias en la corriente de la vida humana, no olvidemos al grupo mucho más numeroso que avanza de manera constante y satisfactoria, evitando los bancos de arena y los rápidos de las prácticas pecaminosas y la decadencia espiritual, y cuyas vidas nobles confirman y aumentan nuestra confianza en la nueva generación. Al buscar a la oveja perdida, apreciemos a las «noventa y nueve» Mateo 18:12–13 que están a salvo en el redil.
Pero, por firme que sea nuestra confianza en la mayoría de los jóvenes, no debemos cerrar los ojos al hecho de que está aumentando el número de menores infractores y delincuentes juveniles. Por el bien del ambiente moral de nuestras comunidades, del bienestar del Estado y de la perpetuidad de nuestra forma democrática de gobierno, debemos buscar las causas de este aumento de la delincuencia y, de ser posible, eliminarlas y aplicar los remedios adecuados.
EL HOGAR, LA PRIMERA SALVAGUARDA
Una causa del aumento de la delincuencia infantil es el debilitamiento de los ideales del hogar. Las exigencias de la guerra llevaron a muchas madres a trabajar en las industrias de guerra y a dejar a sus hijos al cuidado de otros o, con demasiada frecuencia, a dejar que se las arreglaran solos. Un deseo creciente de independencia económica, o un afán excesivo por mejorar la situación financiera, ha llevado a algunas madres a descuidar la mayor de todas las responsabilidades: la crianza de una familia. El director nacional de la Oficina Federal de Investigaciones afirma categóricamente que […] en los antecedentes de estos jóvenes infractores se encuentra una historia de abandono alarmante. A los niños y a las niñas se les está privando del cuidado y de la orientación necesarios para establecer debidamente los cimientos de su carácter. Su conducta delictiva tenía sus raíces, en todos los casos, en hogares deshechos, en hogares donde las madres y los padres, por su negligencia, incomprensión o irresponsabilidad, habían faltado a su obligación principal. La mayoría de las veces, Dios era desconocido o, lo que es más importante, no era bienvenido en sus hogares.
Por otra parte, en casi todos los casos, el joven infractor habría sido un ciudadano firme y recto si se le hubiera dado una oportunidad.
Si sus energías y deseos reprimidos se hubieran encauzado por vías sanas; si sus problemas —el problema que lo convirtió en un niño problemático— hubieran sido resueltos por padres pacientes y atentos, habría demostrado ser una influencia para bien en su comunidad.
Quizá me consideren extremista, pero voy a decir que una mujer casada que se niega a asumir las responsabilidades de la maternidad, o que, teniendo hijos, los descuida por placer o prestigio social, falta al llamamiento y privilegio más elevado de la mujer. El padre que, debido a sus responsabilidades comerciales, políticas o sociales, no comparte con su esposa las responsabilidades de criar a sus hijos e hijas, es infiel a sus obligaciones matrimoniales, es un elemento negativo en lo que podría y debería ser un ambiente hogareño gozoso y puede contribuir a la discordia y a la delincuencia. Un presidente de los Estados Unidos dijo una vez:
Nuestro país tiene una gran mayoría de madres competentes. ¡No estoy tan seguro de que haya una mayoría de padres competentes!
Los padres pueden y deben ejercer una influencia provechosa que establezca límites cuando la ternura y el amor de una madre pudieran dar lugar a una conducta desenfrenada de parte de los hijos. Sin embargo, en este aspecto, todo padre debe recordar siempre que él mismo fue una vez un muchacho travieso y tratar a su hijo con comprensión.
El hogar es el mejor lugar del mundo para enseñar el ideal más elevado de la vida social y política del hombre; a saber, la perfecta libertad de acción mientras no se vulneren los derechos y privilegios de otra persona.
La gran necesidad del hogar estadounidense de hoy es más religión. Los padres deben dejar claro, tanto por sus acciones como por sus conversaciones, que están seriamente interesados, si no en las formas externas, sí en los frutos de la verdadera religión. El ejemplo de los padres debe recalcar la necesidad de la honradez en nuestro trato con nuestra familia, nuestros vecinos y todas las personas con quienes nos relacionamos; de la bondad hacia nuestros empleados, del trato justo hacia nuestros empleadores y de dar la medida cabal a nuestros clientes. «Hablar de estas cosas intangibles debería convertirse en una práctica tan común en nuestros hogares y oficinas como hablar de golf, fiestas y ganancias, si queremos tener éxito en resolver el problema de la familia».
El Señor coloca la responsabilidad directamente donde corresponde cuando dice que es deber de los padres enseñar a sus hijos los principios del Evangelio y a andar rectamente delante del Señor, y que, si no les enseñan, el pecado será sobre la cabeza de los padres D. y C. 68:25
LA IGLESIA
Después del hogar, la Iglesia debe ser una fuerza predominante como salvaguarda contra la delincuencia. En la Iglesia de Jesucristo, todo niño debería contar con cierta protección; primero, por parte del maestro de barrio, cuyo deber es «[…] velar siempre por los miembros de la iglesia» —por «iglesia» se entiende los miembros—, «y estar con ellos y fortalecerlos» D. y C. 20:53. Hoy se cumplen bastante bien las obligaciones rutinarias del maestro de barrio, pero se descuida lamentablemente el cuidado de las personas. Si cada maestro, como representante designado del obispado de su barrio, cumpliera debida y cabalmente su deber, estaría al tanto de la actividad o inactividad de cada niño y de cada joven de la Iglesia, velando cada maestro por las familias que le han sido asignadas.
Los líderes e instructores de los cuórums tienen un contacto más directo con las personas. Es deber de estos líderes e instructores conocer la situación de cada joven de doce a veinte años e interesarse personalmente por cada uno. Hago una pausa para que comprendan el significado de esta organización divina.
Una tercera fuerza predominante son las organizaciones auxiliares, que incluyen entre sus inscritos a todos los niños y jóvenes de seis años en adelante.
La indiferencia que se manifiesta en el mundo en general hacia la Iglesia solo debería impulsar a los hombres del sacerdocio y a los maestros de las organizaciones auxiliares de la Iglesia de Cristo a actuar con mayor fervor y diligencia.
LAS ESCUELAS
Si son ciertos los informes acerca de la indiferencia del país en general hacia las iglesias cristianas, tendremos que colocar después del hogar, no a la Iglesia, sino a la escuela pública, como el factor de mayor influencia para disminuir la delincuencia.
Las condiciones actuales ponen de relieve el hecho —y lo creo de todo corazón— de que el objetivo primordial del sistema de enseñanza pública, desde el jardín de infancia hasta la universidad, debe ser la formación del carácter y el desarrollo de ciudadanos verdaderos y leales de la república. La enseñanza de la lectura, la escritura y la aritmética, de las artes y las ciencias, e incluso la profundización en la investigación, no debe ser sino un medio para formar hombres íntegros y mujeres nobles. ¡Educación para una ciudadanía leal! Ralph Waldo Emerson, a quien a veces se llama el estadounidense más sabio, dijo con verdad:
El carácter es superior al intelecto; un alma grande será apta tanto para vivir como para pensar.
Hace algunos años, una investigación sobre la situación escolar de los menores infractores en uno de nuestros distritos escolares de Utah reveló que el ochenta y uno por ciento de las infracciones había sido cometido por el cinco por ciento de los alumnos. Un comité designado para abordar esta situación presentó el siguiente informe:
- Puesto que la escuela ofrece uno de los mejores recursos del estado para prevenir y tratar la delincuencia, tanto la escuela como el tribunal deben hacer todo lo posible para ayudar al menor infractor a adaptarse satisfactoriamente a la escuela. A fin de lograr este resultado, los casos que lleguen al tribunal deben remitirse de inmediato al coordinador escolar o al departamento de asistencia del distrito escolar en el que resida el menor, para determinar si este tiene o no un historial satisfactorio de estudios o de trabajo. Si no lo tiene, el tribunal y las escuelas no deben cesar en sus esfuerzos hasta que el menor esté asistiendo a la escuela a tiempo completo con un programa satisfactorio, o esté empleado y bajo la supervisión adecuada.
- Que, inmediatamente después de que el tribunal de menores haya resuelto un caso, se notifique al coordinador escolar la resolución adoptada.
- Que la escuela correccional notifique a la autoridad escolar correspondiente cuando permita que un muchacho o una muchacha regrese a su hogar.
EL AMBIENTE DE LA COMUNIDAD
Una cuarta y última salvaguarda contra la delincuencia juvenil es el ambiente moral de la ciudad o comunidad. Este lo determinan los ideales y las acciones de los adultos y, en particular, de los funcionarios municipales y de quienes tienen la responsabilidad de hacer cumplir la ley. Es pertinente la siguiente declaración de una de nuestras principales columnistas, la señorita Dorothy Thompson, al referirse al «ejemplo omnipresente de la conducta de la civilización adulta»:
Mientras demos publicidad a la violencia y la toleremos; premiemos el lucro abusivo; intensifiquemos los conflictos civiles; glorifiquemos a personalidades con la moral sexual de los conejos; enseñemos en nuestras escuelas secundarias y universidades un relativismo barato que niega la responsabilidad personal y atribuye todos nuestros pecados al «sistema económico» o al «condicionamiento infantil», seguiremos teniendo delincuentes juveniles. Nuestros hijos son reflejos de nosotros mismos o de las cosas que toleramos en nuestra vida comunitaria. Inglaterra está realizando ahora películas especiales para exhibirlas en cines especiales para adolescentes: películas en parte educativas y en parte de puro entretenimiento, realizadas por artistas de primera categoría y concebidas expresamente para enaltecer la virtud y hacerla atractiva.
La autora cita luego a Thomas Jefferson, quien «no creía que pudiera lograrse una buena sociedad sino mediante ciudadanos buenos, honrados, corteses, considerados, respetuosos de la ley y de vida limpia. De hecho, pensaba que, si la educación se concentraba en primer lugar en formar a tales ciudadanos, la sociedad y el Estado se cuidarían por sí mismos».
Sí, vivimos en tiempos peligrosos, pero esperemos que sean para la generación actual como el horno ardiente que consume la escoria, pero purifica el oro.
Un hombre de vida limpia es un bien para la nación. Una mujer pura es la encarnación de la verdadera gloria nacional. Un ciudadano que ama la justicia y aborrece el mal es mejor que un acorazado. La fortaleza de cualquier comunidad está constituida y reside en los hombres que son puros, limpios, rectos y francos, dispuestos a defender lo correcto y atentos a toda aproximación del mal. Que tales ideales sean la norma de la ciudadanía.
Son principios fundamentales de la Iglesia de Jesucristo.
Que Dios bendiga a quienes trabajan en el sacerdocio y en las organizaciones auxiliares para que busquen a los jóvenes, sean constantes a tiempo y fuera de tiempo, y cuiden bien de esos muchachos y muchachas que no son malos, sino que carecen del cuidado adecuado. Victor Hugo no estaba lejos de la verdad cuando dijo:
No hay muchachos malos ni hombres malos; solo hay malos cultivadores.
Que Dios nos dé poder para ser buenos cultivadores de la juventud, lo ruego en el nombre de Jesucristo. Amén.


























