Conferencia General Octubre 1946


«Instruye al niño»

Élder Mark E. Petersen
Del Cuórum de los Doce Apóstoles

Los padres y los líderes de la Iglesia comparten la responsabilidad de instruir y fortalecer a los niños y a los jóvenes mediante el Evangelio y la participación activa en los programas de la Iglesia.


DELINCUENCIA JUVENIL

Un hombre a quien llamaremos obispo Brown, para preservar su anonimato, estaba sentado leyendo el periódico de la tarde cuando encontró una noticia que le interesó especialmente. Después de leerla, le dijo a su esposa, que estaba sentada cerca: «Veo que ese muchacho de los Jones finalmente ha ido a la cárcel. Es un milagro que no haya ido antes, teniendo en cuenta sus antecedentes». Entonces recordó que ese muchacho de los Jones, cuando solía asistir a la Iglesia, era bastante alborotador y difícil de controlar. Más adelante comenzó a faltar a la escuela secundaria, se saltaba las clases para salir a pasear en automóvil con los muchachos y, posteriormente, junto con un grupo, empezó a robar automóviles. Luego, una noche en que los muchachos andaban escasos de dinero, algunos decidieron robar una tienda. Por ese delito los estaban enviando a la cárcel. El obispo, volviéndose hacia su esposa, dijo: «Es realmente terrible, ¿verdad?, cómo se comportan los jóvenes hoy en día».

Este era uno de los temas predilectos del obispo. Hablaba de ello con bastante frecuencia en sus reuniones del domingo por la noche y citaba estadísticas para demostrar su afirmación. Entre las estadísticas que utilizaba había algunas como estas:
El FBI informa que los primeros seis meses de 1946 presentan la tasa de aumento de la delincuencia más alta de los Estados Unidos de cualquier período desde que comenzaron a recopilarse estadísticas delictivas a nivel nacional. Contrariamente a la opinión generalizada, el aumento fue un cincuenta por ciento mayor en las zonas rurales que en las ciudades. Se realizaron más arrestos entre los jóvenes de diecisiete años que en cualquier otro grupo de edad. En 1945, los arrestos de muchachos de diecisiete años o menos aumentaron un veintinueve por ciento con respecto al promedio de los tres años comprendidos entre 1939 y 1941. Los arrestos de muchachas de diecisiete años o menos durante ese mismo período mostraron un aumento del ciento quince por ciento.

¿Cuál es la situación en Utah? Las cifras proporcionadas por el departamento estatal de bienestar infantil revelan que, entre 1936 y 1944, el número de casos remitidos a los tribunales de menores de Utah aumentó más de un trescientos por ciento. Los robos cometidos por menores en Utah casi se duplicaron durante ese período. El ausentismo escolar aumentó a más del doble. El número de niños considerados incontrolables aumentó a más del cuádruple, y las infracciones de tránsito cometidas por menores se multiplicaron por doce.

¿De quién son estos hijos? ¿Son de ustedes o de otras personas? En los primeros seis meses de 1946, la pequeña localidad de Layton, Utah, tuvo cincuenta y un casos de delincuencia juvenil lo suficientemente graves como para ser remitidos a los tribunales de menores. Clearfield tuvo treinta y tres; Price, cincuenta y uno; Cedar City, treinta y cinco; Fillmore, veintidós; Brigham City, treinta y siete; Murray, veintisiete; Vernal, cuarenta; Provo, ciento setenta y ocho; Ogden, cuatrocientos ochenta y uno; Salt Lake City, mil cuarenta y ocho; y muchos otros casos se distribuyeron proporcionalmente por las demás partes del estado.

RESPONSABILIDAD DE LOS PADRES Y LOS OBISPOS

Cuando el obispo Brown citaba estas cifras a los miembros de su barrio, recalcaba que las autoridades nacionales en materia de bienestar infantil declaraban que gran parte de la responsabilidad por esa situación recaía sobre los padres, y hacía un enérgico llamado a los padres para que mejoraran su vida familiar a fin de conservar la cercanía con sus hijos y evitar, en lo posible, esa delincuencia.

De ninguna manera deseo restar importancia a la responsabilidad de los padres con respecto a sus hijos; pero, si el obispo Brown hubiera seguido leyendo los informes de esos expertos nacionales, habría descubierto que esas mismas autoridades declaran que gran parte de la responsabilidad por la delincuencia juvenil en los Estados Unidos también debe recaer sobre los líderes locales de las distintas iglesias; que los líderes religiosos de nuestras comunidades deben asumir una buena parte de esa responsabilidad. Algunos de los jóvenes que se habían descarriado provenían del propio barrio de aquel obispo. ¿Relacionó él alguna vez la delincuencia de esos jóvenes con su propia labor como obispo? ¿La relacionó de algún modo con la labor que realizaban los líderes de la Escuela Dominical, la Primaria, las Asociaciones de Mejoramiento Mutuo o el Sacerdocio Aarónico? ¿Atribuyó las dificultades en las que se encontraban esos jóvenes a alguna falla de los líderes de las distintas organizaciones de su barrio al llevar a cabo satisfactoriamente el programa de la Iglesia para los jóvenes?

El buen obispo olvidaba que la labor del Sacerdocio Aarónico en su barrio estaba muy decaída y no llegaba a un gran número de muchachos. Sin embargo, el programa del Sacerdocio Aarónico está diseñado para desarrollar el carácter, la fortaleza y la espiritualidad de los muchachos del barrio. Cuando el programa no llega a ellos, pierden la fortaleza que este proporciona y, debilitados de ese modo, algunos caen en el pecado cuando se presenta la tentación.

El buen obispo también olvidaba que la labor de su Asociación de Mejoramiento Mutuo era muy deficiente y que, al igual que las actividades del Sacerdocio Aarónico del barrio, no lograba fortalecer el carácter de los jóvenes. Y olvidaba que en su Escuela Dominical se hacía muy poco por invitar a las personas a participar.

Olvidaba, además, que no había puesto en práctica el programa para las jóvenes Santos de los Últimos Días porque no estaba de acuerdo con todos sus detalles menores. Y olvidaba que su barrio ofrecía pocas actividades recreativas, o ninguna, para los jóvenes, y que durante todo el año anterior solo había organizado dos bailes para los jóvenes a quienes les gustaba asistir allí. Durante las cincuenta semanas restantes del año, las puertas del salón de actividades de aquel barrio permanecieron cerradas para los jóvenes que habrían deseado ir allí a bailar. Y, sin embargo, ese mismo buen obispo se ponía de pie el domingo por la noche y censuraba a algunos de esos jóvenes porque iban a salones de baile públicos.

¿Se le ocurrió alguna vez al obispo preguntar con qué frecuencia les gusta salir a los jóvenes? ¿Se conformaba él con dos bailes al año cuando era joven y estaba de novio?

LOS JÓVENES NECESITAN ACTIVIDADES RECREATIVAS

¿Saben, mis hermanos y hermanas, que durante todo el año pasado los barrios de esta Iglesia organizaron, en promedio, menos de cinco bailes para los jóvenes y que las estacas organizaron, en promedio, apenas un poco más de tres? Si sumamos ambas cifras, el año pasado hubo un promedio de solo ocho bailes organizados por la Iglesia a los que podían asistir los jóvenes de un determinado barrio o estaca, ¿y durante las cuarenta y cuatro semanas restantes del año nuestros jóvenes tuvieron que arreglárselas por su cuenta? ¿Y saben que todos los veranos, cuando empieza a hacer calor, salvo por unas cuantas salidas a cañones o parques, los barrios y las estacas de esta Iglesia, por lo general, suspenden sus actividades y cierran sus puertas en lo que respecta a la recreación?

Sé que ustedes no aprueban que sus jóvenes vayan a salones de baile públicos donde tan a menudo hay bebidas alcohólicas y donde con frecuencia se encuentran personas indeseables. Sin embargo, al igual que el obispo Brown, hacemos muy poco al respecto. Nuestros jóvenes preferirían con mucho bailar en lugares buenos, con buenas personas y buena música, pero desean hacerlo más de ocho veces al año. Asimismo, nuestros jóvenes disfrutan de sus grupos de charlas fogoneras, de las actividades de Hombres M y Espigadoras, de los programas de escultismo y del Sacerdocio Aarónico, y de las actividades de las jovencitas y de las Abejitas cuando hay líderes que se interesan por ellos. Pero pónganse en su lugar. ¿Quién de ustedes permanecería en una organización que apenas estuviera viva?

LAS ALMAS SON PRECIOSAS A LA VISTA DE DIOS

El valor de las almas es grande a la vista de Dios D. y C. 18:10

Cuando nuestros jóvenes caen, ¿pueden calcular el costo? Recuerden que toda mala acción tiene un precio, y ese precio es elevado. El costo del pecado es tan grande que difícilmente puede medirse por los hombres mortales, pero debe calcularse en remordimientos, corazones quebrantados, oportunidades perdidas y almas perdidas. Comparen ese precio con el de las actividades recreativas bien supervisadas y organizadas por la Iglesia. Comparen ese precio con el tiempo y el esfuerzo necesarios para llevar a cabo buenas actividades de Hombres M y Espigadoras, o un buen programa de escultismo, del Sacerdocio Aarónico, de las jovencitas o de las Abejitas. ¿Qué precio preferirían pagar?

Un hombre sabio dijo:
Instruye al niño en su camino; y aun cuando fuere viejo, no se apartará de él Prov. 22:6

No dijo que descuidáramos al niño y lo dejáramos andar por las calles. Tampoco dijo que olvidáramos el programa de la Iglesia para los jóvenes y dejáramos que los niños se las arreglaran por su cuenta. El Señor ama a los niños; fue Él quien dijo:
Dejad a los niños venir a mí, y no se lo impidáis, porque de los tales es el reino de Dios Marcos 10:14

¿Alguna vez se lo impedimos a los niños? Cuando cerramos las puertas de nuestros salones de actividades durante la mayor parte del año, ¿se lo impedimos a los niños? Cuando no ponemos en práctica el programa de la Iglesia para los jóvenes, que está especialmente diseñado para traer a los niños al Señor, ¿se lo impedimos a los niños? El Buen Pastor no solo dijo: «Pastorea mis ovejas» Juan 21:16, sino que también dijo con gran énfasis: «Apacienta mis corderos» Juan 21:15. Ruego que así lo hagamos, en el nombre de Jesús. Amén.

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