La fe y la obediencia en el servicio al Señor
Élder George F. Richards, Hijo
Expresidente de la Misión de los Estados Centrales del Norte
La obra del Señor requiere Su ayuda y una obediencia fiel que nos lleve a actuar en el nombre de Jesucristo y a vivir conforme al consejo de Sus siervos.
Sería difícil para cualquiera ocupar este lugar, ante una audiencia tan numerosa y en una ocasión tan gloriosa, sin sentir profundamente la responsabilidad de los pocos momentos de que pudiera disponer. Con humildad me presento ante ustedes en esta ocasión y expreso mi sincera gratitud por las grandes experiencias, los privilegios y las bendiciones que la hermana Richards y yo disfrutamos con sus misioneros y los Santos de los Últimos Días en el campo misional, y por el privilegio especial que acompaña a una misión lejos del hogar.
Mis hermanos y hermanas, la misión a la que fuimos enviados se encontraba en magníficas condiciones cuando nos hicimos cargo de ella. La hermana Richards y yo siempre nos preguntábamos si, mediante nuestra fe, nuestras oraciones y nuestro trabajo, podríamos llevarla adelante tan bien como lo habían hecho el presidente anterior, el hermano David A. Broadbent, y su buena esposa; y hemos vivido para ver que la obra ha seguido progresando desde que dejamos el campo misional, bajo la dirección del presidente William L. Killpack.
A menudo dije en el campo misional, y también desde que regresamos a casa, que las autoridades de esta Iglesia nos enviaron a lo más selecto de los jóvenes y las jovencitas de la Iglesia para servir como misioneros, y siempre lo consideraremos así. Su fe, su devoción, su sabiduría y el conocimiento que adquirieron, junto con el Espíritu del Señor que les dio poder para predicar el Evangelio y administrar las ordenanzas, han sido una gran inspiración para nosotros. Tuvimos unos doscientos cincuenta y cinco misioneros durante nuestro servicio. Nuestro territorio era extenso. El número de miembros de la Iglesia era de unos tres mil cuando fuimos nombrados y no cambió considerablemente durante el tiempo que estuvimos allí, pero logramos algunas cosas excelentes. El Señor estuvo con nosotros, y quiero decirles, mis hermanos y hermanas, como dijo el presidente McKay al instruirnos antes de partir, que nadie puede lograr nada en esta obra, la obra del Maestro, sin Su ayuda, sin disfrutar del Espíritu del Señor y de la influencia sustentadora de Aquel que restauró este Evangelio en esta dispensación del cumplimiento de los tiempos.
A veces el Señor nos hace esperar mucho tiempo la respuesta a nuestras oraciones. A mí me ha hecho esperar mucho tiempo, pero en cada ocasión en que lo he necesitado —y lo necesito en todo momento y en ocasiones especiales— ha esperado hasta que yo casi desesperaba, pero entonces ha acudido con una medida plena de apoyo. Doy gracias a Dios por esto en nuestra experiencia misional.
No podría haber en el mundo personas más selectas que aquellos buenos Santos de los Últimos Días de la Misión de los Estados Centrales del Norte. Mientras estuve allí pensaba, y todavía lo siento así, que, si algunos de nosotros aquí en casa pudiéramos ver cómo viven los santos en las misiones, nos avergonzaríamos de no aprovechar mejor las oportunidades que tenemos aquí entre el conjunto de los miembros de la Iglesia. Los miembros que sirvieron localmente como misioneros, y todos los que ayudaron en la obra del Señor allí, eran personas maravillosas de quienes nos sentimos verdaderamente muy, muy orgullosos.
Mis hermanos y hermanas, me han impresionado profundamente las palabras pronunciadas en esta sesión de la conferencia. Cuando el presidente Bowman se refirió al lugar donde presidió, también pensé en el episodio registrado en las Escrituras acerca de nuestro padre Adán, que ofrecía sacrificios. La Escritura dice: «Y después de muchos días, un ángel del Señor se apareció a Adán y le dijo: ¿Por qué ofreces sacrificios al Señor? Y Adán le contestó: No sé, sino que el Señor me lo mandó».
Ojalá todo Santo de los Últimos Días comprendiera el significado de esa respuesta. Entonces el ángel prosiguió, diciendo: «Esto es una semejanza del sacrificio del Unigénito del Padre, el cual es lleno de gracia y de verdad. Por consiguiente, harás todo cuanto hicieres en el nombre del Hijo, y te arrepentirás e invocarás a Dios en el nombre del Hijo para siempre jamás».
Ese es el mensaje que se dio a Adán; es el mensaje que llevamos al mundo; es un mensaje que debemos dirigirnos a nosotros mismos y conforme al cual debemos vivir. Si ordenamos nuestra vida de manera que tengamos las bendiciones del Señor y la aprobación del Salvador sobre nuestros actos, no tendremos que preocuparnos por si habrá o no un lugar para nosotros en las moradas de nuestro Padre Celestial cuando hayamos terminado nuestra obra aquí; tampoco tendremos que preocuparnos por si la vida será dulce y gozosa mientras se nos permita vivir y servir en la vida terrenal.
Sé que el Evangelio es verdadero, mis hermanos y hermanas. Sé que Dios vive, y he dado testimonio de la experiencia del Profeta, de aquella gloriosa revelación del Padre y del Hijo, y también de la vitalidad de la Iglesia que se ha mantenido a través de sus diversos líderes hasta el presente. Que Dios bendiga a nuestros líderes y que siempre estemos dispuestos a escuchar su consejo y a vivir de acuerdo con él, para que así podamos esperar una recompensa eterna digna de quienes son buenos y fieles. Que esto sea lo que recibamos por haberlo merecido, lo ruego humildemente, en el nombre de Jesucristo. Amén.


























