Un testimonio de los líderes inspirados de la Iglesia
Élder Joseph Anderson
Secretario de la conferencia y secretario de la Primera Presidencia
Debemos escuchar el consejo de los líderes inspirados de la Iglesia y sostenerlos no solo al levantar la mano, sino también mediante todos nuestros actos.
Mis hermanos y hermanas, este es verdaderamente un gran honor; también es una gran sorpresa. He estado sentado aquí en estas conferencias durante muchos años; de hecho, creo que esta es la quincuagésima conferencia en cuya transcripción he colaborado. Durante ese tiempo se han dado muchos mensajes maravillosos al pueblo. Me han inspirado, al igual que a ustedes, buenos hermanos y hermanas. Sin embargo, esta mañana no puedo recordar una sola palabra de ninguno de aquellos mensajes que escuché. Pero sí estoy seguro de que el espíritu de esos mensajes ha permanecido conmigo.
Es un gran privilegio servir en La Iglesia de Jesucristo de los Santos de los Últimos Días. Es una bendición maravillosa tener un testimonio de que este es el verdadero Evangelio de Cristo. Me resulta maravilloso, al repasar la historia de la Iglesia, comprender el gran progreso y los logros que se han alcanzado. Esta Iglesia, que comenzó hace ciento dieciséis años con solo seis miembros de una edad promedio de quizá veinticuatro años, apenas unos jóvenes, tiene hoy casi un millón de miembros en sus registros. Durante ese tiempo, el Señor ha inspirado a los líderes de la Iglesia. El profeta José Smith nos dio el fundamento de esta Iglesia, las doctrinas fundamentales, ninguna de las cuales hemos tenido que cambiar. Aunque él mismo no era un hombre instruido en el sentido en que el mundo considera la educación, atrajo a su lado, para que lo ayudaran, a hombres de gran instrucción, hombres de gran capacidad y hombres que tenían fe en su liderazgo.
Brigham Young, quien lo sucedió, fue levantado por el Señor para realizar la gran obra que llevó a cabo. Verdaderamente fue un hombre de Dios. Hubo quienes estuvieron dispuestos a seguir al profeta José, pero no estuvieron dispuestos a seguir a Brigham Young. Un hombre dijo del profeta José: «Podría seguir a ese hombre hasta los confines del mundo, pero no puedo seguir a Brigham Young». Él y algunos otros se llevaron a grupos de personas de la Iglesia, esperando establecer otras iglesias, pero fracasaron. Los miembros leales, fieles y devotos de la Iglesia siguieron a Brigham Young hasta estos valles de las Montañas Rocosas. Estaban dispuestos a dar la vida por el Evangelio y por el testimonio que tenían, pues sabían que Dios había hablado nuevamente desde los cielos. Muchos de ellos sí dieron la vida mientras cruzaban las llanuras. Estos hombres, el profeta José Smith, Brigham Young y sus sucesores, han sido verdaderamente hombres de Dios y han llevado a cabo la obra que el Señor requirió de ellos.
He tenido la fortuna de disfrutar del privilegio de conocer bien, de conocer íntimamente, a los líderes de esta Iglesia en nuestros días, y estoy muy agradecido por esa oportunidad. Puedo decirles de ellos, como he dicho de sus predecesores, que verdaderamente son hombres de Dios. Cuando llegué por primera vez a la oficina de la Primera Presidencia, el presidente Heber J. Grant era el Presidente, y Charles W. Penrose y Anthony W. Ivins eran los Consejeros. Fue un privilegio glorioso estar con aquellos hombres y escuchar sus consejos y su orientación. Desde entonces han fallecido y otros han llegado.
Con el presidente Grant he viajado de un extremo a otro de este país muchas, muchas veces, y también por Europa, Canadá, las islas de Hawái y otros lugares. Creo que conocía al presidente Grant tan bien como cualquiera que lo conociera. He escuchado sus testimonios en este Tabernáculo muchas veces. He escuchado su testimonio en Europa y en todos estos lugares que he mencionado. Incluso lo he escuchado darme testimonio a mí solo, y creo que una de las cosas que destacarán en mi memoria respecto al presidente Grant, tanto como cualquier otra, es el testimonio firme y vigoroso que daba. Él sabía que el Evangelio es verdadero, y lo que digo del presidente Grant puedo decirlo del presidente Smith. El presidente Smith es uno de los hombres más bondadosos, generosos y entrañables que jamás he conocido. De hecho, no veo cómo alguien podría superarlo en esos aspectos.
El presidente Smith visitó recientemente la Misión Mexicana, y tuve la oportunidad de acompañarlo. Creo que realizó una obra maravillosa al reunirse con los santos de aquella misión. Logró que quienes se habían alejado de la Iglesia sintieran la verdad del Evangelio, y estoy seguro de que en aquella ocasión llevó a cabo una obra maravillosa. Les doy testimonio de que estos hombres que están asociados con él, sus Consejeros, los hermanos de los Doce y las demás Autoridades, son verdaderamente siervos del Señor Jesucristo. Su único deseo es el bienestar y la bendición de este pueblo, y el progreso de la Iglesia de Dios sobre la tierra.
Para mí es difícil comprender cómo alguien que afirma ser miembro de la Iglesia, especialmente alguien que posee el sacerdocio de Dios, puede poner en duda el consejo y la inspiración que provienen de estos hombres. Como digo, he estado con ellos durante un período considerable; he escuchado sus consejos, su orientación y sus instrucciones al pueblo; he reconocido la inspiración que reciben del Señor. Aún no he conocido una sola ocasión en que se hayan equivocado después de deliberar sobre un asunto y luego dar instrucciones o consejo a este pueblo. Sé que el Señor está con ellos y estoy agradecido por el privilegio de servirles.
Hermanos y hermanas, tenemos en la Iglesia líderes inspirados, los siervos del Dios viviente. Mi humilde súplica a ustedes hoy es que escuchen sus consejos y sigan su orientación. Dudo que me hubieran invitado a hablar hoy si hubieran sabido que hablaría de lo que he hablado. Sin embargo, siento que faltaría a mi deber si no mencionara estas cosas. Que el Señor nos bendiga y nos ayude a llevar adelante la gran obra a la que estamos dedicados; que nos ayude a sostener a estos hermanos que están a la cabeza de la Iglesia, no solo al levantar la mano, sino mediante cada uno de nuestros actos, lo ruego humildemente, en el nombre de Jesucristo. Amén.


























