Conferencia General Octubre 1946


La responsabilidad de los Santos de los Últimos Días en la edificación de la paz

Élder John A. Widtsoe
Del Consejo de los Doce Apóstoles

Los Santos de los Últimos Días tienen la responsabilidad divina de vivir y compartir el Evangelio restaurado de Jesucristo para establecer una paz plena y duradera en el mundo.


Mis queridos hermanos y hermanas: Junto con ustedes he escuchado con gran interés y provecho el discurso del hombre que se encuentra a la cabeza de la Iglesia en este momento. Siempre me alegra, al igual que a ustedes, estar bajo la dirección de hombres inspirados. Creo que el mundo está ávido de esa clase de liderazgo.

EL ESTADO DE AGITACIÓN DEL MUNDO

El mundo se encuentra en un estado de agitación. Hay desaliento por todas partes. Nadie parece ver el fin desde el principio. Desde hace algún tiempo he meditado en mi corazón sobre cuál es mi obligación en este estado de confusión mundial. ¿Cuál es la obligación de mi Iglesia, la Iglesia restaurada de Cristo en estos últimos días? Quizás todos hayamos tenido tales pensamientos en estos días desdichados.

Hay un clamor mundial por la paz; todos desean la paz. En los periódicos, las revistas, los libros y desde las tribunas públicas se elevan clamores por la paz. Hasta donde alcanza mi memoria, nunca ha habido una súplica tan universal por la paz entre los hijos de los hombres. Sin embargo, comienza a parecer que hoy estamos más lejos de la paz de lo que estábamos durante los duros y difíciles años de la guerra.

Es un rasgo curioso de la naturaleza humana que los hombres que claman por la paz la consideren algo que puede recogerse como una manzana de un árbol, algo que está al alcance de la humanidad sin mayor esfuerzo. Si recojo una manzana de un árbol, primero he plantado el árbol, lo he cuidado, lo he regado y lo he llevado hasta la madurez. Entonces, a su debido tiempo, puedo obtener el fruto.

Así sucede con la paz. No es algo aislado que pueda recogerse de manera casual, sino el fruto de algo que la precede. Como sucede con el árbol, es preciso plantar, nutrir y cuidar algo si hemos de obtener la paz.

LA PAZ ES EL RESULTADO DE LA OBEDIENCIA AL EVANGELIO

A los hombres reflexivos les asombra que quienes escriben acerca de la paz no comprendan que esta solo puede obtenerse mediante la aplicación de un conjunto de principios que, si se obedecen, con el tiempo nos darían paz. No podemos comenzar por la paz; debemos comenzar por la filosofía o el sistema que, si se acepta y se honra, conducirá a la paz. No comprender esto parece ser el error de las naciones en este momento, de las organizaciones y las asambleas de naciones, reunidas en grandes encuentros a uno y otro lado del Atlántico. Hasta ahora no han abordado los fundamentos de la paz ni las cuestiones que contribuyen a ella. Claman por la paz que desean, sin obedecer los métodos por los cuales puede obtenerse esa paz.

Desde el comienzo de nuestra historia, los Santos de los Últimos Días hemos enseñado que las cosas buenas de la vida, y sobre todo la paz, solo pueden venir mediante la aceptación del Evangelio del Señor Jesucristo. Él fue el Príncipe de Paz Isa. 9:6 Él es el Príncipe de Paz. Solo cuando los hombres y las mujeres del mundo, todos ellos hijos de Dios, acepten el Evangelio del Hijo de Dios, la paz llegará a gobernar, a reinar y a establecerse sobre la tierra. Ese ha sido nuestro mensaje desde el comienzo de la restauración del Evangelio en esta época. Seguimos proclamando sin vacilar que hay un solo camino hacia la paz, un solo camino hacia la felicidad humana perfecta: el camino del Evangelio, trazado con los principios que constituyen el Evangelio.

Hacemos otra afirmación, hermanos y hermanas. Es una afirmación que a menudo vacilamos en expresar, porque su significado y sus implicaciones son muy vastos. Afirmamos que este pueblo, esta Iglesia, organizada por la propia voz de Dios en esta generación, posee el único sistema de verdad que contiene la totalidad del Evangelio del Señor Jesucristo D. y C. 1:30 Por consiguiente, no puede haber paz plena ni felicidad completa sobre la tierra hasta que los hombres y las mujeres del mundo acepten el gran mensaje de los últimos días. Sé que nos presentamos con humildad ante esta afirmación, pero es lo que afirmamos. El Señor así lo ha dicho.

Él ha dicho, además, que llegará el tiempo en estos últimos días en que todo oído oirá, todo ojo verá y todo corazón será penetrado por el mensaje eterno del Evangelio D. y C. 1:2 y que este gran mensaje será comunicado por «la boca de mis discípulos, a quienes he escogido en estos últimos días» D. y C. 1:4 aquellos de quienes habló el presidente Smith en su discurso de apertura de esta conferencia.

NUESTRA OBLIGACIÓN DE ENSEÑAR LA VERDAD

Ahora bien, si todo esto es verdad, al reflexionar sobre estas cosas comprendo que allí radica mi obligación. Es mi obligación divina, de alguna manera, mediante mis débiles esfuerzos, los de ustedes y los de todos los miembros de la Iglesia, enseñar a todo el mundo la verdad del Evangelio restaurado del Señor Jesucristo. Debo procurar plantar esta verdad en el corazón de los hombres y las mujeres. Debo contribuir cada día, a mi manera y lo mejor que pueda, a enseñar la verdad, que es lo único que puede traer paz a nuestro desdichado mundo. Es una obligación enorme cuando la contemplamos en su conjunto; pero, con la ayuda del Señor, es fácil cumplirla si abordamos las tareas una por una, teniendo siempre presente nuestra obligación a medida que transitamos por la vida.

La obra misional debe crecer en los campos extranjeros como nunca antes; la obra misional en nuestro propio país debe aumentar como nunca antes. Emplearemos todos los medios modernos: el teléfono, el telégrafo, la radio, la imprenta, los sistemas de onda corta, como mencionó el presidente Smith, y los demás medios que vayan surgiendo. Los utilizaremos todos en nuestro empeño por lograr que los hombres y las mujeres pasen de la iniquidad a la rectitud, de la falsedad o de la verdad parcial a la verdad plena y completa que es el Evangelio del Señor Jesucristo.

Esta Iglesia no es solamente para mí y para ustedes que pertenecen a ella. Sin duda, debo comenzar por mí mismo. Mi propia salvación viene primero; pero, a menos que dedique mis fuerzas a ganar otras almas para Dios, mi propia salvación será incompleta. Eso se aplica a todos nosotros. No puede ser de otra manera si seguimos el mensaje que nuestro profeta y líder nos dio esta mañana. Tenemos el llamamiento de edificar la Iglesia de Cristo y de salvarnos en ella, pero también el mandato de salvar al mundo entero. Hemos sido, por así decirlo, apartados y consagrados para ese gran propósito. Todo Israel debe recordar, todo hombre o mujer que entre en las aguas del bautismo debe tener presente, y a todo niño que llegue a la Iglesia se le debe enseñar que, mediante la ordenanza del bautismo, aceptamos el gran mandato divino de servir al Señor en la edificación de Su Iglesia. Entonces será fácil guardar los mandamientos de Dios, dejar de lado o afrontar con valor las tentaciones que se nos presenten. Permanecer solos, diciendo con egoísmo: «He recibido el Evangelio; es bueno ser Santo de los Últimos Días», no será cumplir con nuestro deber; pero, cuando decimos: «Ahora he recibido esta gran bendición. La compartiré con los demás», el Evangelio del Señor Jesucristo florece en el corazón de los hombres.

EL MANDATO DE REEMPLAZAR EL MAL POR EL BIEN

No somos como las demás personas; somos diferentes. Somos personas que aceptan humildemente la verdad, que se someten a la voluntad y a la palabra de Dios, y que tienen el mandato de transformar el mundo entero, del mal al bien. Es un gran mandato. Ha sido nuestro mandato desde el principio.

Los grandes hombres que han dirigido esta Iglesia desde sus comienzos han expresado este mandato o llamamiento al cual estamos consagrados. Cuando hablemos de este mandato, de nuestro deber u obligación, no olvidemos la lección de estos hombres poderosos. En medio de la confusión, volvamos la mirada a las labores de quienes nos precedieron, nuestros padres que fundaron la Iglesia bajo la dirección de Dios, que trabajaron arduamente de ciudad en ciudad, a través de las llanuras y del desierto, para edificar una comunidad. Nos dejaron como legado, no necesariamente sus métodos, pues el mundo ha cambiado, sino su espíritu intrépido e inmutable. Debemos tener el mismo anhelo de cumplir la palabra de Dios que ellos tuvieron en su época. Debemos hacerlo, mis hermanos y hermanas, si hemos de cumplir plenamente nuestra obligación en esta época difícil. Quienes capten el espíritu de esta obligación, de este mandato, de este llamamiento dirigido a un gran pueblo, recibirán fortaleza para resistir, como he dicho, las tentaciones del mundo. Será fácil rechazar el cóctel; el cigarro podrá dejarse de lado fácilmente; compartir con el Señor mediante el diezmo no parecerá difícil; conversar con el Señor en oración será una experiencia gozosa. Los hombres cambian y se transforman cuando se asocian con Dios para ayudar a establecer Su gran causa sobre la faz de la tierra.

LA OBRA DE DIOS ES ETERNA

Esta obra no es una causa común y corriente. Es la causa de Dios. No es una causa para un día. Es una causa para las eternidades, tanto las pasadas como las venideras. Ustedes y yo, todos nosotros, estamos llevando a cabo un proyecto eterno. Los que vivimos hoy debemos hacerlo tan bien como quienes nos precedieron, quizás un poco mejor, pues en nuestra época se nos han presentado nuevas oportunidades. En esta Iglesia deberíamos hacer más por la causa de la rectitud que nuestros abuelos o bisabuelos. Ha llegado más luz, se nos dan más oportunidades y tenemos más medios a nuestra disposición. Deberíamos hacerlo mejor. Y todos nosotros, especialmente los jóvenes de la Iglesia, deberíamos soñar con el futuro de la Iglesia y dedicar nuestros esfuerzos sinceros al cumplimiento de nuestros mandatos.

Estos son los pensamientos que han ocupado mi mente y que se han concretado durante el discurso del presidente Smith esta mañana.

Quiero darles este testimonio: al viajar por el mundo, y aunque no he viajado tanto como el presidente Smith, sí he recorrido muchos lugares, he encontrado a miles de personas que no conocen el Evangelio; personas buenas, limpias y sanas, que andan en tinieblas y buscan la luz; que, extraviadas por falsedades, buscan la verdad y son desdichadas a causa de las falsedades que les han sido transmitidas por la tradición. Hay una vasta congregación de hombres y mujeres por todo el mundo, en todos los países, de todo credo y color, que nos esperan a nosotros y a nuestro gran mensaje. El campo está maduro para la siega.

Ahora ruego, mis hermanos y hermanas, que nos levantemos con nuestra fuerza, la fuerza de Sion, y cumplamos cabalmente nuestro mandato. Olvidemos, al menos durante parte del tiempo, los deberes cotidianos que nos agobian, y dediquémonos, en pensamiento y acción, a edificar activamente, conforme a nuestra gran obligación, el gran reino de Dios, el Padre Todopoderoso, en los últimos días. Que así sea, lo ruego en el nombre del Señor Jesucristo. Amén.

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