Conferencia General Octubre 1946



Las bendiciones del servicio misional

Élder William P. Whitaker
Expresidente de la Misión de los Estados del Sur

El servicio misional bendice a quienes lo realizan, fortalece a los conversos y afianza el testimonio de que los líderes de la Iglesia son siervos de Dios divinamente comisionados.


Estoy verdaderamente agradecido por este día, mis hermanos y hermanas. Durante unos seis años, desde que fui nombrado presidente de la Misión de los Estados del Sur, me he removido inquieto en mi asiento allá abajo, pensando que quizá me llamarían a ocupar este lugar. Ahora pienso en la oportunidad de sentarme entre la congregación y escuchar estas maravillosas conferencias, como ustedes, hermanos y hermanas, están sentados ahora.
He disfrutado mucho de todo lo que se ha dicho y hecho en esta conferencia, como siempre disfruto de las conferencias a las que tengo el privilegio de asistir. Fue una gran bendición para la hermana Whitaker y para mí ser llamados por segunda vez a la Misión de los Estados del Sur. Hace treinta años servimos en nuestra primera misión en los Estados del Sur, poco después de casarnos, y allí nos recibieron el presidente Callis y su esposa, quienes nos abrieron los brazos y nos dieron la bienvenida en una época de nuestra vida en que necesitábamos precisamente una bienvenida como la que ellos nos brindaron. Llegamos a amar a aquellas queridas personas como a pocas hemos llegado a amar en nuestra vida. Vemos las grandes bendiciones que han llegado a la Misión de los Estados del Sur gracias a su servicio. Fue un gran privilegio suceder a hombres como el presidente Callis, el presidente LeGrand Richards, el presidente Merrill D. Clayson y otros que habían estado allí.

Durante los últimos tres años que estuvimos allí, aquella gran misión pasó de unos veintidós mil miembros a más de veinticinco mil. Un poco más de mil cien bautismos cada año. Solo ustedes que han estado en los Estados del Sur pueden comprender la clase de conversos que se unen a la Iglesia en aquella misión. Hoy tenemos aquí a muchos de ellos. Muchos se encuentran entre los líderes de esta Iglesia. Muchos permanecen allí, en los antiguos campos de batalla, dedicando toda su vida a predicar el Evangelio a las personas con quienes se encuentran día tras día. A menudo he dicho que sería muy difícil recorrer muchas cuadras en aquella gran misión sin encontrar a alguna persona dispuesta y preparada para entregarles un folleto y darles su testimonio.

Había noventa y dos ramas en aquella misión cuando me fui, varios cientos de Escuelas Dominicales y varios cientos de asociaciones de la Primaria. Muchas de estas Escuelas Dominicales y Primarias se encuentran en regiones apartadas donde quizá solo participen unas pocas familias, pero nuestros miembros invitan activamente a sus vecinos y a los hijos de sus vecinos a asistir. De ese modo se está predicando el Evangelio de una manera que asombraría a la mayoría de ustedes.

Fue una gran bendición para nosotros recibir como misioneros a unos cuatrocientos cincuenta de sus hijos e hijas, todos ellos jóvenes y jovencitas excelentes, cuyo único deseo era servir a Dios y hacer aquello para lo cual habían sido llamados. Recibimos una gran bendición en nuestra vida al llegar a conocer personalmente a cada una de las Autoridades Generales de esta Iglesia. A menudo he dicho que, aunque no recibiéramos otra recompensa que la de llegar a conocer personalmente a las Autoridades Generales de esta Iglesia, estaríamos ampliamente recompensados por el tiempo que dedicamos a servir como misioneros.

Que Dios bendiga a estos grandes hombres que han sido llamados, ordenados y sostenidos para conducir, guiar y dirigir Su Iglesia aquí sobre la tierra en esta, la última dispensación. Les doy testimonio de que verdaderamente son profetas y apóstoles; de que verdaderamente son siervos escogidos de nuestro Padre Celestial; de que poseen el poder y el sacerdocio que poseían los antiguos apóstoles y profetas; y de que han sido verdadera y divinamente comisionados para cumplir su gran misión.

Que Dios siga bendiciendo al presidente Meeks y a los misioneros que continúan sirviendo en el Sur. Que bendiga a aquellas maravillosas personas que abren sus hogares y sus corazones a los misioneros cuando estos llegan a ellas, lo ruego en el nombre de Jesucristo. Amén.

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