Escuchar el consejo del Señor y evitar la esclavitud de las deudas
Élder Clifford E. Young
Ayudante del Cuórum de los Doce Apóstoles
Al escuchar el consejo del Señor por medio de Sus siervos y evitar las deudas que no podemos pagar, nos protegemos y ayudamos a los jóvenes a preservar su libertad económica.
Nunca había sido tan consciente, mis hermanos y hermanas, de la veracidad de la afirmación de que «un discurso, para ser inmortal, no debe ser eterno». Reconozco el valor del tiempo aquí esta mañana. Permítanme decir de paso, con referencia al presidente Penrose, a quien ha aludido el presidente Smith, y en armonía con lo que el presidente Dunn nos relató ayer sobre su experiencia en las islas al interpretar para uno de los hermanos, que tuve la fortuna de viajar con el presidente Penrose por la parte septentrional de la Misión Alemana y de interpretar para él. Puedo testificarles que, si tenía alguna duda acerca del don de lenguas, esa duda desapareció al estar junto a aquel gran líder y profeta y procurar transmitir a los santos en alemán lo que él decía en inglés. El presidente Dunn dio testimonio de esto ayer, y yo puedo testificar de esa verdad.
LA IMPORTANCIA DE ESCUCHAR A LOS SIERVOS DE DIOS
Deseo llamar la atención sobre uno o dos asuntos que considero que deben preocuparnos, y permítanme comenzar relatándoles lo que le sucedió al Salvador cuando fue al desierto después de Su bautismo. Recordarán que ayunó cuarenta días y cuarenta noches y que después tuvo hambre, y Satanás vino a Él y lo tentó, diciendo:
[…] Si eres el Hijo de Dios, di que estas piedras se conviertan en pan Mateo 4:3
Por supuesto, se daba a entender que con el pan se podía saciar el hambre. Entonces Jesús dijo:
[…] No solo de pan vivirá el hombre, sino de toda palabra que sale de la boca de Dios Mateo 4:4. Complementa esto la declaración del Señor en la que dice:
[…] sea por mi propia voz o por la voz de mis siervos, es lo mismo D. y C. 1:38
Durante esta conferencia se nos han señalado muchos de los problemas que afrontamos, pero me parece que, si pudiéramos grabar con fuego en nuestro corazón la veracidad de esa declaración de que debemos vivir de toda palabra que sale de la boca de Dios, avanzaríamos mucho en la solución de estos problemas. Estos hermanos, a quienes Dios ha llamado a presidir y a darnos dirección, no hablan a la ligera cuando se dirigen a nosotros; nos declaran oficialmente lo que debemos hacer. «Es lo mismo», dice el Señor. «Es mi palabra», y debemos reconocerla como tal.
ALGAN DE LAS DEUDAS
Ahora bien, en armonía con ese pensamiento, permítanme llamar la atención sobre un asunto que me preocupa considerablemente, y estoy seguro de que a ustedes también. Desde este púlpito, en 1903, el presidente Joseph F. Smith amonestó a los santos a salir de las deudas. En aquel tiempo disfrutábamos de bastante prosperidad, y el presidente Smith amonestó a los santos a pagar sus deudas y liberarse de la esclavitud mientras abundaba el dinero. Pues bien, muchos lo hicieron, pero algunos no. Como sucede ahora, así sucedía entonces: no todos aceptaron el consejo y la orientación. Con el tiempo llegó la Primera Guerra Mundial y aumentó la demanda de productos; los precios se dispararon; abundaba el dinero y, una vez más, ¡surgió la tentación de pedir prestado! Los agricultores compraron más tierras; los ganaderos aumentaron sus rebaños y hatos, en gran parte con dinero prestado, pasando por alto la posibilidad de que volviera a llegar un día de ajuste de cuentas. Así, muchos de los nuestros asumieron las obligaciones de las deudas. Entre 1930 y 1932 sentimos sus efectos, y puedo decir, sin temor a que se me contradiga, que, si no hubiéramos estado bajo la esclavitud de las deudas como lo estábamos entonces, la depresión no habría sido tan trágica para muchos de nosotros. Pero, al estar endeudados, sin poder pagar los intereses ni cumplir nuestras obligaciones debido a que los precios de los productos habían caído muy por debajo de los niveles que existían cuando se contrajeron las deudas, el resultado fue que a hombres y mujeres les resultó imposible pagarlas, y sobrevinieron la bancarrota, el pesar y la tragedia.
CONSEJO A LOS MILITARES QUE HAN REGRESADO
La historia vuelve a repetirse, mis hermanos y hermanas. Hemos vuelto a una época de complacencia. Es fácil conseguir dinero; los salarios son altos; muy pocas personas están desempleadas; de hecho, podemos decir que nadie tiene por qué estar sin empleo ahora si está dispuesto a trabajar. Y, sin embargo, seguimos afrontando el mismo peligro, y hay un aspecto de este que nos afecta de cerca: nuestros muchachos están regresando del servicio militar y, por cierto, nosotros, los hermanos que poseemos el sacerdocio, no debemos pasar por alto el consejo que se nos dio hace aproximadamente un año de prestar atención a estos muchachos cuando regresan y deliberar con ellos. Su regreso se está convirtiendo en algo habitual para nosotros, y los estamos descuidando y, en muchos casos, no les damos orientación y consejo cuando los necesitan. Así que permítanme recordarnos nuevamente nuestra obligación para con estos muchachos.
Al regresar, nuestros muchachos necesitan hogares, y tienen ante sí oportunidades de pedir dinero prestado e invertir en tierras o ganado, como las tuvimos nosotros hace veinticinco años. Es fácil conseguir dinero, y mi temor, mis hermanos y hermanas —que nace de cierta experiencia al relacionarme con muchos de nuestros muchachos—, es que no los estamos protegiendo de obligaciones pesadas, obligaciones que no pueden cumplir. Bajo el sistema actual, es fácil que nuestros muchachos se endeuden considerablemente para comprar una vivienda. No estoy censurando eso: yo me endeudé para comprar mi propia casa, y supongo que casi todos los demás jóvenes, al comenzar la vida sin nada, hicieron exactamente lo mismo y consideraron que estaban justificados al hacerlo, como sin duda lo estaban muchos. Sin embargo, el peligro radica en contraer deudas que no podemos pagar. Ahora bien, entre estos jóvenes, la tendencia al acogerse a la Ley de Derechos de los Veteranos es contraer obligaciones que les será imposible cumplir cuando llegue el día de ajustar cuentas. Los precios son altos, y cuando se considera a un muchacho que no tiene nada y que se compromete a pagar una vivienda de siete u ocho mil dólares, con un buen salario ahora, pero con la posibilidad de que, cuando llegue el reajuste, su salario sea muy escaso, se puede ver el peligro que afronta nuestra juventud. Por eso, mis hermanos y hermanas, debemos brindarles el beneficio de nuestra experiencia, nuestra orientación y nuestro consejo ante estos problemas tan graves.
Evitemos las deudas en la mayor medida posible y ayudemos a nuestros jóvenes a evitar estas trampas. Algunos están justificados al contraer obligaciones si ven la manera de saldarlas, pero debemos tener presente que, por mucho que lo intentemos, no siempre podremos mantener el nivel salarial que existe hoy. No me importa cuáles sean las teorías de los economistas; sencillamente no se puede hacer. Hay una ley de retribución que opera en estos asuntos, como en todo lo demás, y algún día tendremos que pagar. Los salarios altos no existirán siempre, por muchas esperanzas que tengamos; tampoco habrá tantos empleos como ahora. Por eso, cuando llegue ese día, no queremos que nuestros muchachos se encuentren en la esclavitud en la que muchos de nosotros estuvimos a comienzos de los años treinta, cuando estalló la depresión.
Por eso les digo que nos conviene aceptar el consejo y la orientación que nos dan los hombres que tienen el derecho de hacerlo, y repito nuevamente:
[…] sea por mi propia voz o por la voz de mis siervos, es lo mismo D. y C. 1:38
Y que Dios nos ayude a hacerlo, en el nombre de Jesucristo. Amén.


























