Conferencia General Octubre 1946


El servicio misional y la traducción del Libro de Mormón en Tonga

Élder Emile C. Dunn
Expresidente de la Misión de Tonga

El servicio misional, la fidelidad en los diezmos y la traducción del Libro de Mormón ayudan a fortalecer a los santos y a llevar el Evangelio a todos los pueblos.


Sus rostros me parecen casi demasiado blancos. Si fueran morenos, me sentiría más cómodo al hablarles.

He pasado los últimos diez años tratando de enseñar a las personas de corazón sincero aquellas cosas que nuestro Padre Celestial desea que se les enseñen. Fue el 12 de marzo de 1936 cuando llegamos a la Misión de Tonga. El hermano Wiberg estaba allí. Había estado allí solo durante dos años.

Nos alegró llegar a Tonga, y los santos habían preparado un banquete, como suelen hacer los santos de las islas del Pacífico, un banquete de despedida para el presidente de misión que se marchaba y un banquete para los recién llegados. Nos recibieron con los brazos abiertos. Parecían felices de vernos, y la hermana Dunn y yo estábamos felices de verlos.

Al ir a una misión en las islas, se presenta el problema de aprender el idioma. Todos los misioneros tienen que aprender el idioma antes de poder ser de mucha utilidad para las personas de allí y para la Iglesia. La hermana Dunn hizo todo lo que pudo mientras aprendía el idioma, me ayudó con la correspondencia y otras cosas, y llegó a conocer a los santos.

Quisiera contarles algunas cosas acerca de las características geográficas de la Misión de Tonga. Abarca una extensión de seiscientas millas y ninguna de las islas es tan grande que no se pueda recorrer a pie de un extremo al otro en un día. Tongatapu tiene treinta y cinco millas de largo y cinco de ancho, y en el grupo de Ha’apai hay más de cien islas. En el grupo de Vava’u hay una isla grande tan surcada por entradas de agua que resulta mucho más rápido ir de una parte a otra en una embarcación que dar la vuelta por tierra. Luego tenemos otras dos islas donde la Iglesia es nueva. En 1939 sentí la impresión de enviar a un misionero a la isla Keppel, Niuatoputapu. Fue durante una conferencia. Llamé a dos hombres, uno joven y otro mayor, para ir a aquella isla, y les dije: «Reúnan toda la información genealógica que puedan de esa isla y procuren convertir a algunas personas».

Fueron allí y, dos meses después, recibimos un radiotelegrama que informaba que cuatro personas habían sido bautizadas. En febrero del año siguiente subí a un barco y fui allí, sin pensar en cómo regresaría. Fui en un gran vapor y desembarqué. Después de llegar a tierra, había allí dos veleros. Supe que iban a pasar por Niuafo’ou y concluí que sería mejor quedarme allí en vez de ir a Niuafo’ou, que estaba otras doscientas millas al oeste, y luego recorrer doscientas veinte millas de regreso a Vava’u. Pensé que prefería esperar y regresar ciento sesenta millas directamente hacia el sur. Así que me quedé allí. No pude salir de la isla hasta abril, pero durante ese tiempo visité todos los hogares de la isla y copié todas las fechas de nacimiento, todas las fechas de matrimonio y las fechas de defunción desde 1888, que fueron los registros más antiguos que pude encontrar, porque habían sufrido un huracán y el agua había destruido todos los registros anteriores.

Desde entonces hemos comprobado que el tiempo que pasé allí, por la providencia del Señor que me mantuvo en aquel lugar, fue sumamente provechoso. Aquellos registros han sido más valiosos para las personas de la Misión de Tonga que cualesquiera otros que hayamos tenido, porque las líneas genealógicas de muchas personas se remontan hasta aquella isla de Niuatoputapu, donde se detienen. Niuatoputapu era entonces el lugar de reunión de personas procedentes de ‘Uvea, Samoa, Ni’ua y Niuafo’ou. Parecían congregarse en aquella isla porque estaba en el centro, y descubrimos que desde allí se podía rastrear gran parte de nuestra genealogía hasta esos otros países.

En 1938 tuvimos el privilegio de recibir la visita del hermano George Albert Smith, ahora presidente. Llegó a Tongatapu temprano por la mañana. Se había programado una conferencia de tres días. Antes de comenzar la primera reunión, el hermano Smith me dijo: «Hermano Dunn, ¿cuál es nuestro programa?».

Le dije: «Vamos a procurar visitar a cada persona de la Misión de Tonga».
Él dijo: «¿Están todos aquí en Nuku’alofa?».
Le dije: «No ha venido nadie de las otras islas».
Él dijo: «Será difícil salir de esta isla. Pensé que tendría a todas las personas aquí en Tongatapu».

Le pregunté al presidente Smith: «¿Vino a ver a los ricos, a los que son fuertes de cuerpo, a los que pueden viajar de un lugar a otro, o vino a ver a todos los miembros de la Iglesia y a ponerse en contacto con todos aquellos que no son tan afortunados, que no pueden recorrer distancias tan grandes en veleros?».

Él dijo: «Quiero verlos a todos».

Celebramos nuestra conferencia en Nuku’alofa y luego subimos a una embarcación; imagino que al hermano Smith le pareció bastante pequeña, pues su longitud era aproximadamente la mitad del ancho de este edificio. Se balanceaba de un lado a otro al salir al mar. Le dimos al hermano Smith la litera que estaba colocada transversalmente en la embarcación, y él se acostó allí y el vaivén de las olas lo arrulló hasta que se durmió. A la mañana siguiente despertó y dijo: «Vaya, qué pronto hemos llegado aquí a Ha’apai».

Luego seguimos hasta Vava’u, y los santos acudieron a la conferencia. A quienes no podían caminar los llevaron en camiones; quienes no podían ver pudieron llegar y escuchar. Los que eran débiles en la fe, demasiado débiles para haber viajado doscientas millas en un pequeño velero, pudieron llegar, y el recinto, el Teatro Peter Pan, se llenó por completo.

Si alguien quiere sentir el Espíritu del Señor, solo necesita ponerse junto al púlpito e interpretar palabra por palabra el mensaje de un profeta del Señor cuando este se presenta ante los santos y les proclama el Evangelio mediante la inspiración de Dios. Si su corazón no se ablanda ante el Señor en esa situación, entonces no puede ablandarse. Nunca en mi vida había sentido tanto el Espíritu del Señor como cuando interpretaba para el hermano Smith y veía cómo aquellos santos asimilaban con avidez sus palabras.

Me siento muy privilegiado por mis experiencias misionales. El presidente McKay fue a Tonga en 1921. Tuve el privilegio de escucharlo hablar a los santos de allí durante casi una semana. Escuché a estos dos hermanos hablar acerca de la Misión de los Estados del Sur. Siempre he tenido en el corazón cierto deseo de ir a los Estados del Sur, sencillamente porque fui llamado allí. Mi primer llamamiento misional fue a los Estados del Sur, pero mi padre, que había sido llamado a Samoa en 1894, no pudo ir. Por el pesar que llevaba en el corazón al no haber podido cumplir aquella misión, siempre sentí que le habría gustado que yo fuera allí; así que, cuando llegó el llamamiento a los Estados del Sur, le pregunté al presidente Grant si podría tener el privilegio de ir a Tonga o a alguna de las islas de los Mares del Sur. Le expliqué el motivo, y él me concedió ese privilegio.

No me he arrepentido de mis misiones en Tonga. Pasé allí cuatro años, de 1920 a 1924. Esta vez han sido diez años cortos, y cuanto más tiempo se queda uno, más cortos se vuelven. Parecía que apenas terminábamos un informe anual y lo enviábamos a Sion, visitábamos la misión un par de veces y enseñábamos en la escuela durante un tiempo, cuando ya teníamos otro informe entre manos. Podría haberme quedado allí otros diez años, y estoy seguro de que cada año habría sido más corto. No he llegado, como dicen los tonganos, a sentirme «fiu». Eso significa haber tenido suficiente. No he tenido suficiente de la obra misional. Veo demasiadas situaciones en este mundo que necesitan misioneros.

Allí están Tonga y Samoa, en medio de miles de islas a las que nunca hemos llegado. Estoy muy agradecido de que se enviara a los misioneros desde Nueva Zelanda a Rara-Tonga, porque en una ocasión el presidente Grant me escribió y me dijo: «Hermano Dunn, quisiéramos que fuera a Rara-Tonga e iniciara la obra allí».

Rara-Tonga es un lugar apartado de Tonga. Los dos nombres van juntos, pero, cuando oigan los nombres, Rara-Tonga no es Tonga. Es maorí, porque ellos tienen la «r» y nosotros tenemos la «l». En Tonga la llamamos Lalo-Tonga. En maorí dicen Raro-Tonga. Así que, si se quita la «r» del habla de Nueva Zelanda, se acercan más al mismo idioma.

Para llegar allí habría tenido que viajar a Samoa, a Nueva Zelanda y luego a Rara-Tonga; después, volver a Nueva Zelanda y a Samoa para regresar a Tonga. Eso habría significado unas dos mil millas, o un poco más, para llegar y cuatro mil millas para regresar; así que escribí y les expliqué la situación, que solo podría ir allí una vez cada seis meses y que consideraba que, si la obra pudiera dirigirse desde Nueva Zelanda, sería más fácil atenderla. Cambiaron el plan y enviaron misioneros desde Nueva Zelanda, y entiendo que ahora hay veintinueve santos en Rara-Tonga. Eso es un gran alivio para mí, porque sentía que llevaba una carga, que no había terminado una tarea que se me había encomendado.

Mientras estuve en Nueva Zelanda, procuré hacer los arreglos para ellos. Fui a Nueva Zelanda en busca de un misionero para Tonga. El joven se había casado con una muchacha canadiense y había asistido al templo siete veces en Canadá antes de regresar a Nueva Zelanda, y tenía tanto deseo de servir en una misión antes de que regresaran a Canadá que dijo: «Me gustaría mucho ir a Tonga o a algún otro lugar a servir en una misión».

Le dije: «Bueno, ya no soy el presidente de misión, pero sin duda puedo hablar con el presidente de misión, y en Tonga se necesitan muchísimo los misioneros».

Así que hablé con el presidente de misión, y él preguntó: «¿Está pidiendo un misionero para Tonga o para Rara-Tonga?».

Le dije: «Me da lo mismo, hermano. Tengo interés en Rara-Tonga. Si envía a esas personas allí, estaré muy contento». Espero que algún día vayan allí.

Estoy agradecido por las oportunidades que he tenido de estar en Tonga, en las islas del Pacífico, y estoy seguro de que cualquier misionero que fuera a las islas se sentiría feliz de tener la oportunidad de estar allí. Hay una isla cerca de Samoa y de Tonga que aún no se ha abierto a la obra. Es la isla de Niue, y sus habitantes deberían tener misioneros. También hemos planeado iniciar la obra en Rara-Tonga. Esa es una de unas nueve islas que hay allí. Luego, en el grupo Savage hay varias islas; nunca hemos tenido misioneros en Fiyi, y a los habitantes de las islas de todo el archipiélago de las Salomón nunca se les ha predicado el Evangelio.

Decimos que tenemos dos mil misioneros. Dos mil misioneros nunca bastarán para atender la obra cuando comencemos a trabajar en Asia. Asia es una región enorme. No hemos estado en China últimamente; no hemos estado en Japón últimamente. ¿Y cuándo estuvimos en Rusia? Hay obra misional que hacer. El evangelio del reino será predicado a «toda nación, tribu, lengua y pueblo, y entonces vendrá el fin».

Hemos oído hablar del condado de Jackson, pero no se podrá establecer allí el pueblo ni terminar la obra hasta que hayamos predicado el Evangelio a toda tribu, lengua y pueblo sobre esta tierra. ¿Quién va a hacerlo? Ustedes y yo, nuestros hijos y nuestras hijas, y las personas de corazón sincero que salgan al mundo y dediquen su tiempo, que empleen su dinero y consagren su vida a Dios.

Que el Señor nos bendiga y nos ayude a que nuestros testimonios crezcan. Deseo darles mi testimonio, hermanos y hermanas, de que el Señor bendecirá a quienes son de corazón sincero, especialmente a quienes son humildes y dedicados a la oración, a quienes le pagan una décima parte de lo que Él nos da.

Cuando fui al campo misional, los buenos santos de Tonga se esforzaban por sostener su misión. Los presidentes de misión habían hecho todo lo que podían. Desde entonces, la prosperidad ha llegado al país y han podido salir de las deudas. Ahora se sostienen a sí mismos. Durante el tiempo que estuvimos allí, se enseñó a los santos el principio del diezmo, y muchos pagaron un diezmo íntegro. Estoy seguro de que fueron bendecidos por pagar sus diezmos y sus ofrendas al Señor. Creo firmemente en ser honrados al pagar nuestros diezmos y ofrendas, y estoy seguro de que el Señor cuidará de nosotros si lo hacemos.

El presidente Smith me ha pedido que mencione una cosa. Mientras el presidente Smith estuvo en Tonga, le pedimos que nos ayudara a conseguir que el Libro de Mormón se tradujera al tongano. Nos ha prestado mucha ayuda. Mientras estaba allí, dijo: «Haré todo lo posible por conseguir la aprobación de las autoridades de la Iglesia para que traduzca el Libro de Mormón, hermano Dunn».

Por supuesto, yo podría haber traducido el Libro de Mormón, y se me ha atribuido mucho mérito por su traducción. No me corresponde todo el mérito que se me atribuye en la primera página del Libro de Mormón en tongano. No me corresponde todo ese mérito. Hay un joven a quien le corresponde ese mérito. Es el hermano Ermel J. Morton. Me di cuenta de que tenía tantas obligaciones que mi traducción avanzaba muy lentamente; así que, en una conferencia, le di al hermano Morton la asignación de traducir el Libro de Mormón. Una vez terminadas sus traducciones y las mías, comparábamos las dos y las combinábamos. El hermano Morton terminó tan rápidamente que mis traducciones no fueron gran cosa.

Por supuesto, trabajé con el hermano Morton, corregimos la traducción y la enviamos a Sion, y pensamos que debía imprimirse en aquel momento. Sin duda, nuestra traducción no era exactamente como debía ser, así que se modificó un poco y me la devolvieron, y luego se envió de nuevo. Parecía que había muchas demoras, que se hacían muchas cosas que podrían haberse evitado, pero ahora sé que no era así. No era la voluntad de nuestro Padre que aquellas cosas se imprimieran tal como estaban, porque desde entonces el idioma tongano ha experimentado un cambio radical. Se han incorporado todas las oclusiones glotales, se ha puesto «ng» en lugar de «g», se ha eliminado la «b» y se la ha sustituido por «p», y se han cambiado varias otras cosas en el idioma. Después de que se hicieron todos esos cambios, el hermano Morton transcribió el Libro de Mormón conforme a la forma correcta del idioma, y hoy lo tenemos. Me alegró mucho recibir el Libro de Mormón en tongano antes de partir para entregárselo a la reina y a algunas personas de allí, y sin duda ya habrá llegado un envío de ejemplares del Libro de Mormón.

Cuando aquellos santos lo reciban, tendrán un testimonio que dar a otras personas y tendrán algo que la gente pueda ver, algo que pueda leer, y estoy seguro de que el Libro de Mormón convertirá a muchas de aquellas buenas personas.

El pueblo tongano en general, y el pueblo samoano, no están en contra de la Iglesia. Algunos de los líderes y otras personas están promoviendo ciertas cuestiones entre ellos, pero, en realidad, si hablan con los tonganos, verán que están interesados en conocer la historia de sus antepasados; están interesados en el Evangelio; están interesados en conocer la verdad; y, si dijéramos que son un pueblo excelente, cada palabra sería cierta.

El día de reposo es verdaderamente el día de reposo en Tonga. Si algún hombre trabajara, todo el pueblo lo evitaría. No se trabaja. Toda la nación descansa en el día de reposo. Estoy muy agradecido al Señor de que no sean tan ricos como otros pueblos y tengan que vivir de la tierra que el Señor les ha dado y sean humildes.

Que el Señor nos bendiga a todos, lo ruego en el nombre de Jesucristo. Amén.

Volver al Inicio

Esta entrada fue publicada en Arrepentimiento, perdón y conversión. Guarda el enlace permanente.

Deja una respuesta