Conferencia General Octubre 1946


Discurso de clausura

Presidente George Albert Smith

Como hijos de Dios, debemos amarnos unos a otros, proteger la vida y arrepentirnos, viviendo el Evangelio de Jesucristo para prepararnos para el reino celestial.


Esta ha sido una conferencia maravillosa. El Señor ha dicho que, si dos o tres se reúnen en Su nombre, Él estará allí para bendecirlos Mateo 18:20, y este recinto se ha llenado hasta desbordarse siete veces durante la última semana con los hijos y las hijas del Dios viviente.

TODOS SON HIJOS DE DIOS

Considero un gran privilegio estar aquí con ustedes, mis hermanos y hermanas; y, cuando digo «hermanos y hermanas», recuerdo que todo hombre es un hijo de Dios y toda mujer una hija de nuestro Padre Celestial. Dondequiera que se encuentren, todos los que han nacido sobre la tierra son hijos del Señor, y nuestro Maestro enseñó que amar a nuestro prójimo como a nosotros mismos es el segundo gran mandamiento Mateo 22:39. Si siguiéramos el consejo del hermano George F. Richards de amar a nuestro prójimo, contribuiríamos en gran medida a traer felicidad al mundo.

Confío en que, durante los pocos momentos que ocupe, el Señor me bendiga para decir las cosas que Él desea que diga. Confío en que quienes estamos aquí recibamos la inspiración de nuestro Padre Celestial para regocijarnos en las bendiciones que poseemos, y en que estemos aquí hoy como hermanos y hermanas en el sentido en que Él desea que lo seamos.

Esta es solo una pequeña congregación comparada con la multitud de hijos de nuestro Padre esparcidos por la tierra, pero es una congregación muy selecta, porque muchos de los que están aquí han dedicado la mayor parte de su vida a andar haciendo bienes. Eso, en cierta medida, resume el significado del Evangelio de Jesucristo: andar haciendo bienes Hechos 10:38. Aunque en esta congregación hay hombres y mujeres que no son miembros de La Iglesia de Jesucristo de los Santos de los Últimos Días, espero que se sientan bienvenidos en esta gran congregación y que comprendan que, dondequiera que vayan y encuentren miembros de La Iglesia de Jesucristo de los Santos de los Últimos Días que sean dignos de ese nombre, serán bienvenidos, y ellos se alegrarán de hacerles bien.

Anoche se reunieron más de diez mil hombres en este recinto y en el edificio contiguo, todos escuchando la misma voz al mismo tiempo. Probablemente haya sido el grupo más numeroso de hombres que jamás se haya congregado en una reunión del sacerdocio desde el principio del mundo. Por supuesto, el hecho de que tantos de ustedes, hermanos, posean el sacerdocio es un principio que muchas personas no comprenden.

EL PROBLEMA DE LA SEGURIDAD

En esta época de ritmo acelerado, el problema de la seguridad es de gran importancia. Día tras día tomamos los periódicos y encontramos que un hombre ha sido atropellado por un automóvil, o que un automóvil ha volcado y ha quedado destrozado, y sus ocupantes han muerto. Oímos de colisiones entre trenes y automóviles. Casi todos los días, los titulares de nuestros periódicos indican cuántas personas han perdido la vida en accidentes, y puedo decirles que, en casi todos los casos, si se hubieran tomado las debidas precauciones, esas vidas no se habrían perdido. Por eso, hoy se llevan a cabo campañas de seguridad para intentar preservar las vidas que se están perdiendo innecesariamente. Espero que los miembros de La Iglesia de Jesucristo de los Santos de los Últimos Días se encuentren entre quienes más deseen y estén más dispuestos a contribuir con sus esfuerzos a preservar la vida. Es muy preciosa. Solo tenemos una vida y, si guardamos los mandamientos de Dios y vivimos como debemos, será una vida eterna de felicidad. Esa es la bendición que recibimos por medio del Evangelio.

En nuestras carreteras, algunos ponen automóviles de gran potencia en manos de niños tan pronto como pueden manejar el volante, y no siempre esperan hasta que estén autorizados para conducir, habiendo obtenido ese privilegio del estado en que viven. No miden el peligro y, como resultado, ocurren muchos accidentes. Muchos accidentes se producen porque algunos hombres, y también algunas mujeres, lamento decirlo, se atreven a sentarse al volante de un automóvil y salir al tránsito cuando deberían estar en cama bajo el cuidado de un médico; y algunos deberían estar en la cárcel hasta que se les pasara la borrachera.

Ahora bien, ¿qué podemos hacer? Unámonos a la nación. Que este grupo de hombres y mujeres aquí reunidos ejerza su influencia para alentar a nuestros hijos, nuestras hijas y nuestros vecinos, mientras nosotros mismos damos el ejemplo, a proteger la vida de cada uno de estos hijos de nuestro Padre. Son Suyos, y Él no estará complacido con nosotros si, por nuestro descuido o nuestra iniquidad, destruimos sus vidas.

Hace algunos años no conducíamos tan rápido. Recuerdo cuando el gobernador de este estado conducía un automóvil en una época en que el límite era de treinta millas por hora. Por supuesto, en aquellos días eso era volar, pues era mucho más rápido que un caballo. Yo viajaba con el gobernador y observé que conducía con mucho cuidado. Mientras íbamos por la carretera, le dije: «Usted es un conductor bastante prudente, ¿verdad?».

Él dijo: «Quiero serlo».

Le dije: «Este automóvil que conduce es hermoso».

«Sí», dijo él. «El estado me proporciona este automóvil y, en cuanto lo recibí, mis hijos y mis hijas quisieron conducirlo. No podía impedirles que lo hicieran, así que llegamos a este acuerdo: que, siempre que estuviéramos en el automóvil, se respetaría la ley. Por eso», dijo, «este es un automóvil del estado que cumple la ley».

He pensado en ello muchas veces. Si enseñamos a nuestros hijos a respetar la ley y a ser sensatos, quizá seamos el medio para preservar vidas que son muy preciosas para nuestro Padre Celestial. En estos días en que por todas partes hablamos de seguridad, hagamos algo al respecto. Que cada uno haga su parte.

Son tantas las cosas que se agolpan en mi mente que no sé de qué hablar. Espero que no se encuentren en la situación de aquel pequeño que había permanecido sentado durante una larga reunión. Cuando el último orador se levantó y dijo: «Sencillamente no sé de qué hablar», el pequeño lo ayudó diciendo: «Hable un minuto».

LA DESOBEDIENCIA TRAE AFLICCIÓN

Qué bendición es saber que nuestra vida es eterna. Qué maravilloso sería que todas las personas del mundo supieran que su vida es eterna. Qué bendición sería que todos los hombres supieran que nuestro Padre Celestial fue el Creador de los cielos y de la tierra, y que Él es nuestro Padre, el Padre de nuestros espíritus. Qué feliz sería el mundo si los hombres de todas partes reconocieran a sus semejantes como hermanos y hermanas y, después, actuaran en consecuencia amando a su prójimo como a sí mismos. Piensen en el pesar y la aflicción que ha habido en este mundo durante los últimos años debido a la gran guerra. ¿Qué beneficio ha traído? Se han sacrificado millones de vidas; se han desperdiciado millones en riquezas; y hermosas ciudades han quedado arruinadas y destruidas. Esta noche muchas personas dormirán en el suelo o en hogares en ruinas debido a la gran guerra. Han quedado viudas y huérfanos que tendrán que pasar por la vida sin padre ni madre. ¿Por qué? Porque los hombres se han negado a guardar los mandamientos de Dios.

Uno de los grandes mandamientos que se dieron en Sinaí fue: «No matarás» Éx. 20:13

Me pregunto si comprendemos lo fácil que es violar un mandamiento de Dios. Piensen en los Diez Mandamientos que se dieron al antiguo Israel cuando estaba en el desierto, pronunciados por el Señor y escritos por Su dedo sobre tablas de piedra. Si las personas, durante los cientos de años transcurridos desde entonces, hubieran honrado esos Diez Mandamientos, esta tierra habría sido un cielo la mayor parte del tiempo, y los hombres y las mujeres que han vivido en ella habrían alcanzado grandes bendiciones que aún no hemos conocido.

Fue algo sencillo para el profeta de Dios, Moisés, llevar esos Diez Mandamientos al pueblo, pero parece haber sido sumamente difícil para los hombres y las mujeres que han vivido sobre la tierra observarlos. Temo que se acerca el tiempo en que, a menos que encontremos alguna manera no solo de impedir la destrucción de vidas humanas por accidentes debidos al descuido, sino también de llamar a las personas de este mundo a arrepentirse de sus pecados y apartarse del error de sus caminos, la gran guerra que acaba de pasar será algo insignificante, en cuanto a calamidad, comparada con lo que tenemos por delante. Y podemos evitarlo si queremos; si cada uno hace su parte, puede impedirse.

ESCENAS DE LOS PRIMEROS DÍAS DE SALT LAKE CITY

Hoy estoy aquí, a no más de unas trescientas yardas del lugar mismo donde respiré por primera vez. Fue justo al otro lado de la calle, en un pequeño y humilde hogar, una casita de adobe de cuatro o cinco habitaciones, rodeada por un pequeño jardín y un huerto de árboles frutales. Allí fue donde comencé. Salt Lake City era entonces una aldea. No teníamos tuberías de agua. Toda el agua se recogía en cubos y barriles junto a las acequias que corrían por nuestras calles, y luego se llevaba a la casa en recipientes más pequeños. En aquellos días no teníamos luz eléctrica. Teníamos velas de sebo o lámparas de queroseno, pero no luz eléctrica. El gas llegó un poco después, cuando yo era niño.

En aquellos primeros días no teníamos ni un pie de pavimento en la ciudad, ni en las calles ni en las aceras. Recuerdo esta gran calle ancha que está aquí, justo al oeste de nosotros. En verano solía tener unas seis pulgadas de polvo, el polvo más fino en el que uno pudiera meter los pies. Así jugábamos, descalzos, corriendo de un lado a otro de la calle y jugando a la pelota. No teníamos que esquivar automóviles. Creo que en aquel tiempo nadie había soñado siquiera con un automóvil; en todo caso, pasó mucho tiempo antes de que llegara aquí el primero, y entonces fue una curiosidad. Estoy pensando en lo que ha sucedido desde entonces. Este recinto se construyó cuando yo era niño. El templo había comenzado a construirse antes de ese tiempo y, cuando se terminó, yo todavía vivía al otro lado de la calle.

Durante el tiempo transcurrido desde mi nacimiento, he viajado por muchas partes del mundo y he conocido a muchos otros hijos de nuestro Padre, hombres y mujeres de diversos credos y nacionalidades; ¡y cuántas razones tengo hoy para estar agradecido por la bondad que me han mostrado! No me resulta difícil amar a mis semejantes, porque he recibido tanta bondad de ellos dondequiera que he estado. Por supuesto, en ocasiones he encontrado personas que no habían madurado. Tenían en el corazón amargura, celos, sospechas y odio hacia sus semejantes, pero esa no fue la clase de formación que yo recibí.

LAS ENSEÑANZAS DE MI MADRE

Fui instruido a las rodillas de una madre Santo de los Últimos Días. Una de las primeras cosas que recuerdo fue cuando me tomó de la mano y me llevó escaleras arriba. En la habitación había dos camas: la cama en la que dormían mis padres y una pequeña cama nido al otro lado. Lo recuerdo como si hubiera sido ayer. Cuando llegamos arriba, se sentó junto a mi pequeña cama nido. Me hizo arrodillarme frente a ella. Juntó mis manos, las tomó entre las suyas y me enseñó mi primera oración. Nunca lo olvidaré. No quiero olvidarlo. Es uno de los recuerdos más hermosos que tengo de la vida: una madre angelical sentada junto a mi cama, enseñándome a orar.

Era una oración muy sencilla, pero puedo repetirla hoy.

Ahora me acuesto a dormir. Ruego al Señor que guarde mi alma. Si muriera antes de despertar, ruego al Señor que reciba mi alma.

Esa fue mi primera oración. Esa oración me abrió las ventanas de los cielos. Esa oración hizo que se extendiera hacia mí la mano de mi Padre Celestial, pues ella me había explicado todo lo que significaba, hasta donde un niño pequeño podía comprender. Desde aquel día hasta hoy, mientras he recorrido aproximadamente un millón de millas por el mundo entre los demás hijos de nuestro Padre, todos los días y todas las noches, dondequiera que haya estado, al acostarme o levantarme, he sentido que estaba cerca de mi Padre Celestial. Él no está lejos.

Mi madre dio a luz a once hijos robustos, tres de ellos niñas. Fue el Evangelio de Jesucristo lo que la impulsó a traernos al mundo, a pesar de las preocupaciones que le ocasionábamos. Quería hacer lo que Dios había mandado a nuestros primeros padres: multiplicarse y henchir la tierra Gén. 1:28. Mientras ella vivió sobre la tierra, se me enseñó a amar a mi Padre Celestial. Tuve una madre angelical, pues era un ángel, tal como entendemos hoy que son los ángeles. Y, al estar aquí hoy, después de las experiencias de una larga vida, comprendo que ella era solo una de las hijas de mi Padre Celestial, y que Él las ama a todas.

Hace apenas unos días, la Sociedad de Socorro nacional de La Iglesia de Jesucristo de los Santos de los Últimos Días llenó este edificio de mujeres, muchas de ellas esposas, madres y abuelas. Ellas, al igual que los hombres que estuvieron aquí anoche, recibieron de niñas la enseñanza de que creemos en Dios el Eterno Padre, y en Su Hijo Jesucristo, y en el Espíritu Santo A. de F. 1:1. Esa es la formación de los niños de La Iglesia de Jesucristo de los Santos de los Últimos Días y, por supuesto, de muchas otras iglesias. Pero estoy pensando en los privilegios que ustedes han tenido, en cómo el Señor los llamó a salir del mundo, aquel llamado que oyó uno de los antiguos:

[…] Salid de ella, pueblo mío, para que no seáis partícipes de sus pecados, y para que no recibáis de sus plagas Apoc. 18:4

LAS BENDICIONES DEL EVANGELIO

Muchos de ustedes que están en este recinto vinieron de tierras extranjeras, de regiones del mundo donde no existían las bendiciones que disfrutan aquí. Han venido a las cumbres de estos collados eternos, a la sede de la Iglesia, y ¿cuál ha sido el resultado? Cuando emprendieron el viaje, encontraron que el Señor había prometido esto:
[…] buscad primeramente el reino de Dios y su justicia, y todas estas cosas os serán añadidas Mateo 6:33

Eso fue lo que trajo a sus padres y a los míos, a sus abuelos y a los míos, de otras tierras y de otras partes de este país. Vinieron porque sentían que estaban tomados de la mano de su Padre. Muchos de ellos pasaron grandes dificultades cuando llegaron. No había mucha comida ni mucha ropa, y las viviendas eran precarias, pero estaban tomados de la mano de su Padre Celestial. Por la mañana y por la noche se inclinaban en acción de gracias y oración ante Aquel que todo lo da. Nos enseñaron a quienes nacimos después a adaptar nuestra vida para que pudiéramos ser felices al llenarnos del amor de Dios y del amor por nuestros semejantes en el mundo.

EL CORO DEL TABERNÁCULO

Estoy pensando en cómo se ha cumplido la promesa del Señor. Aquí están ustedes hoy, escuchando a este gran coro. Este coro ha cantado no solo para los Estados Unidos, sino que, durante la guerra, sus transmisiones también llegaron a nuestros muchachos y a las mujeres que prestaban servicio en las fuerzas armadas en distintas partes del mundo. Año tras año, los fieles hombres y mujeres de este coro han dedicado su tiempo, sin remuneración, porque deseaban cantar las cosas sagradas de nuestro Padre Celestial a Sus hijos.

EVAN STEPHENS

Hace algunos años teníamos aquí a un joven que había venido de Gales. No había tenido la oportunidad de recibir una educación universitaria, pero era galés y estaba lleno de música galesa. Cuando vino aquí, llegó a ser el director de este gran coro. Fue él quien tuvo el gozo, junto con quienes lo precedieron y quienes lo sucedieron, de formar un coro no solo para cantar, sino para cantar alabanzas a nuestro Padre Celestial.

Quiero contarles un pequeño incidente acerca de Evan Stephens. Algunas personas muy prominentes iban a venir aquí. En aquellos días no teníamos tantos visitantes distinguidos. Estábamos demasiado alejados, en medio del desierto. Uno de nuestros buenos obispos fue a ver a Evan Stephens y le dijo: «Hermano Stephens, tengo unos invitados que vendrán el próximo domingo a la reunión religiosa» —solíamos tener aquí una reunión a las dos de la tarde todos los domingos—, «y espero que vaya a haber buena música».

El hermano Stephens dijo: «Muy bien, obispo, tendremos buena música».

El obispo no consideró que esa garantía fuera suficiente, así que insistió un poco. Dijo: «Estas personas no son personas comunes. Son hombres de negocios y de fortuna. Sus familias son ricas, y quisiera que vieran lo excelente que es nuestro coro. Ahora bien, ¿no nos ofrecerá algo un poquito más especial?».

El hermano Stephens dijo: «Obispo, ya hemos tenido nuestro ensayo. Toda la música está preparada. No veo cómo podamos hacer un cambio. Creo que será lo bastante buena para sus amigos».

Entonces el obispo insistió un poco más, y al hermano Stephens se le despertó el temperamento galés y dijo: «Ahora escúcheme, obispo: hemos preparado la música del próximo domingo para cantarle al Señor, y supongo que, si es lo bastante buena para el Señor, es lo bastante buena para sus invitados».

Ese es el espíritu que siempre ha habido aquí. Este recinto fue dedicado a la adoración de Dios mediante la palabra hablada y la música, mediante el canto y el relato. Estoy aquí en un púlpito que ha sido santificado por los hombres y las mujeres justos que han estado aquí y han testificado de su conocimiento de Dios, y han alentado a los demás a guardar Sus mandamientos para que pudieran ser felices. Me siento muy agradecido por mis bendiciones.

ADVERTENCIA Y TESTIMONIO

Para concluir, permítanme decir: No estamos fuera de peligro. A este mundo le espera una limpieza a fondo, a menos que los hijos y las hijas de nuestro Padre Celestial se arrepientan de sus pecados y se vuelvan a Él. Y eso incluye a los Santos de los Últimos Días, o miembros de La Iglesia de Jesucristo de los Santos de los Últimos Días, junto con todos los demás; pero nosotros, antes que nadie, deberíamos dar el ejemplo. Hemos enviado a más de setenta mil de nuestros hijos e hijas al mundo, costeando ellos mismos sus gastos, para compartir el Evangelio de Jesucristo con los demás hijos de Él. ¿Por qué? Porque sabemos que es el único plan que Dios ha dado a los hijos de los hombres para ganarse un lugar en el reino celestial. Por eso es tan importante. En este gran edificio que ha sido tan sagrado para todos, después de escuchar al magnífico coro y al órgano, de escuchar las oraciones que se han ofrecido aquí y los testimonios que se han dado, quiero dejarles mi testimonio y decirles: Sé que Dios vive. Sé que Jesús es el Cristo. Sé que José Smith fue un profeta del Dios viviente y que por medio de él se restauró el verdadero Evangelio de Jesucristo en estos últimos días.

Eso podría parecer una jactancia si no fuera tan serio. Es serio, y sé que tendré que responder por ese testimonio que les dejo hoy. No pasará mucho tiempo antes de que este hombre que les habla haya terminado su obra y pasado al otro lado, y, cuando me vaya, quiero ser digno de reunirme con mis abuelos y mis padres, mis hermanos y hermanas que han fallecido. Sé que se han ganado un lugar que vale la pena. Quiero ir adonde ellos han ido, y sé que, si no les dijera la verdad en cuanto a este asunto, podría perder esa oportunidad.

Así pues, comprendiendo la seriedad de un testimonio como ese, comprendiendo lo que significa, y con amor sincero y el deseo de ser una bendición para todos los hijos de nuestro Padre, les dejo este testimonio: este es el Evangelio de Jesucristo, el único poder de Dios para salvación en preparación para el reino celestial Rom. 1:16, reino al cual todos podemos ir si queremos, pero será conforme a Sus condiciones; y les doy ese testimonio en este día, en el nombre de Jesucristo, nuestro Señor. Amén.

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