Conferencia General Octubre 1946


La fe que impulsa a obedecer

Élder Marion G. Romney
Ayudante del Cuórum de los Doce Apóstoles

La fe que conduce a la paz y a la exaltación nos impulsa a obedecer voluntaria y plenamente los mandamientos de Dios comunicados por Sus profetas vivientes.


Mis hermanos y hermanas: Esta es una experiencia extraordinaria para mí. Sé que la importancia de esta ocasión está muy por encima de las personas, pero nunca me levanto para dirigirme a ustedes en una conferencia general sin que algo suceda con mi voz, mi espíritu y mi cuerpo.

LA RESPONSABILIDAD DE HABLAR EN UNA CONFERENCIA GENERAL

Sé que el Evangelio es verdadero. Dudo que llegue a saberlo mejor, es decir, con mayor certeza, cuando comparezca ante mi Hacedor y rinda cuentas de las obras realizadas en la carne. Así que no tengo temor por ese motivo. Pero, de alguna manera, parece que el enemigo de toda rectitud  Alma 34:23 no deja de sugerirme: «No puedes hacerlo; no puedes dirigirte a esta gran congregación reunida en conferencia».

Supongo que la razón por la que la responsabilidad parece tan grande es que acepto, sin reserva alguna, la verdad de que esta es una conferencia general de los ciudadanos del reino literal de Dios. Sé que el Redentor está aquí en espíritu hoy, y sé que los hombres por medio de quienes Él habla a todos los demás hermanos y hermanas Suyos que están ahora en la tierra, todos los hijos de Dios, están justo detrás de mí, a mi derecha. Sé que, si el Salvador viniera hoy a la tierra, vendría aquí. Sé que ustedes lo saben, y sé que han venido aquí para recibir alimento espiritual y ser fortalecidos en su fe.

Y, puesto que se me ha llamado a hablar, sé que tengo la responsabilidad de dar un mensaje digno de esta ocasión; por eso ruego que, mientras esté aquí, me sostengan con sus oraciones. Quiero decir algo que les sea de provecho y que ayude a edificar el reino de Dios en la tierra. Lo que he tenido en mente decir se ha mencionado en casi todos los sermones pronunciados en esta gran conferencia. El presidente George Albert Smith lo mencionó. Al hablar de las condiciones del mundo, dijo que no hay manera de mejorarlas sino mediante la obediencia al plan que el Señor ha delineado. El hermano Widtsoe habló del camino hacia la paz y, según lo entendí, dijo que no hay camino hacia la paz salvo mediante la obediencia a los principios sobre los cuales se funda la paz.

EL PRINCIPIO DE LA OBEDIENCIA

Quiero decir unas palabras acerca del principio de la obediencia, y ruego que el Señor traiga los pensamientos a mi mente de manera ordenada. Los que estamos aquí tenemos grandes esperanzas de alcanzar la paz en este mundo y la exaltación en la presencia de Dios en el mundo venidero  D. y C. 59:23. Ese es nuestro objetivo. En este aspecto esperamos algo más de lo que espera el resto del mundo. Permítanme decir que no somos mejores que el resto del mundo, salvo en la medida en que aceptamos los mandamientos del Señor y los obedecemos. Pero tenemos grandes esperanzas de alcanzar la exaltación en la presencia de nuestro Padre Celestial.

Sin embargo, tengo la firme convicción de que la única esperanza de salvación que tenemos en este asunto es aquella que se basa en una fe lo bastante fuerte como para impulsarnos a obedecer las cosas que sabemos que son correctas. No siento mucho respeto por un hombre que testifica que tiene fe en el principio del diezmo, a menos que lo viva. Tampoco creo que su fe le haga ningún bien si no paga su diezmo. Y casi siento desprecio por los hombres que dicen tener fe en los líderes de esta Iglesia, pero que no siguen en su vida las cosas que los líderes de la Iglesia les enseñan. Me refiero, por supuesto, a los hombres a quienes sostenemos como profetas, videntes y reveladores.

El principio de la obediencia a las leyes del Evangelio es fundamental. Constituye la base. El profeta José Smith lo aprendió muy al comienzo de su ministerio. Lo aprendió cuando fue al cerro Cumorah aquella primera mañana, después de las visitas de Moroni. Había ido allí bajo la dirección del ángel, quien le había dicho que no debía tener en mente ningún otro propósito que el de llevar a cabo la justicia de Dios y el cumplimiento de Sus propósitos en la tierra  José Smith—Historia 1:46. La familia de José era muy pobre y, mientras caminaba hacia el cerro, pensó en el valor intrínseco de las cosas que el ángel le había dicho que estaban enterradas allí. Se preguntó si las planchas, o alguna otra cosa que se encontrara con ellas, podrían utilizarse para aliviar la pobreza de sus padres y de su familia. Cuando descubrió la caja y vio las planchas de oro, extendió la mano para sacarlas y recibió una descarga que lo hizo retroceder. Volvió a extender la mano y recibió una descarga más fuerte. Entonces, por tercera vez, pensando que todo lo que necesitaba era fuerza física, extendió la mano con todas sus fuerzas para tomar las planchas y recibió otra descarga que lo dejó sin fuerzas  José Smith—Historia 1:53, y exclamó: «¿Por qué no puedo obtener este libro?». E inesperadamente para él, el ángel dijo: «Porque no has guardado los mandamientos del Señor». Entonces José recibió una gran manifestación que no tengo tiempo de relatarles aquí, pero que le recordó todos los días de su vida que tenía que obedecer para recibir las bendiciones prometidas. El ángel le dijo que no podía obtener las planchas en ese momento y que no podría obtenerlas hasta que no solo estuviera dispuesto a obedecer las leyes de Dios, sino que también fuera capaz de hacerlo.

LA OBEDIENCIA TRAE BENDICIONES

Esa es una gran lección que todos debemos aprender. Más adelante, por inspiración del Señor, el Profeta expresó el principio de esta manera:
Hay una ley, irrevocablemente decretada en el cielo antes de la fundación de este mundo, sobre la cual todas las bendiciones se basan; y cuando recibimos una bendición de Dios, es porque se obedece aquella ley sobre la cual se basa  D. y C. 130:20–21

Nuestra obediencia, hermanos y hermanas, debe nacer de nosotros mismos. No debemos obedecer porque se nos obligue a hacerlo, ni porque el obispo esté mirando, ni porque estén presentes las Autoridades Generales. Debemos obedecer porque amamos la rectitud y tenemos un testimonio de la verdad en el corazón, y porque queremos regresar a nuestro Padre Celestial y ayudar a llevar con nosotros a todos Sus hijos.

Además, debemos obedecer Sus mandamientos tal como se dan. No debemos tergiversarlos, torcerlos ni amoldarlos a nuestra voluntad; debemos obedecerlos tal como salen de la boca de estos hombres que están sentados aquí en el estrado, porque ellos hablan en nombre de Dios. Si no lo hacemos, nuestra fe es vana.

SAÚL Y LOS AMALECITAS

Ahora quiero tomar un ejemplo de las Escrituras del Antiguo Testamento para ilustrar lo que tengo en mente y ayudar a que este principio quede bien claro. Había un clan de personas muy inicuas, una nación, que vivió en los días de Saúl, conocido como los amalecitas  Gén. 14:7. Habían sido inicuos durante mucho tiempo  Éx. 17:8, 14, 16  Núm. 14:43, 45. Incluso desde los días del padre Abraham habían perseguido al pueblo de Dios, y Él había dicho por medio de Sus profetas, en numerosas ocasiones, que, cuando maduraran en la iniquidad, serían destruidos  2 Ne. 28:16

Ese momento llegó en los días de Saúl. Por medio del profeta Samuel, el Señor le dijo a Saúl que fuera y destruyera a los amalecitas, a todos ellos y a todo su ganado. Saúl fue con su ejército y destruyó a todo el pueblo excepto a su rey, Agag, a quien perdonó la vida, violando el mandamiento del Señor. Asimismo, destruyó todo el ganado común, pero, cuando llegó a las mejores ovejas, al ganado vacuno, a los animales engordados y a los corderos, fue tanta la presión que el pueblo, que deseaba poseerlos, ejerció sobre Saúl, que él cedió y se los llevó al regresar  1 Sam. 15:2–9

El Señor le dijo a Samuel lo que había sucedido, y Samuel salió al encuentro de Saúl, quien lo recibió con este saludo:
[…] Bendito seas tú de Jehová; yo he cumplido la palabra de Jehová. Samuel entonces dijo: ¿Pues qué es este balido de ovejas y este bramido de vacas que yo oigo con mis oídos?  1 Sam. 15:13–14

Entonces Saúl comenzó a justificarse. Argumentó que su cumplimiento parcial era un cumplimiento completo y que había hecho lo que el Señor le había pedido. Samuel le hizo notar que, cuando era humilde, «aunque eras pequeño ante tus propios ojos», dijo, el Señor te sacó del anonimato, te levantó, te engrandeció y te hizo rey sobre Israel, y ahora has escogido desobedecer el mandamiento del Señor (véase 1 Sam. 15:17–19). Saúl recurrió a la mejor excusa que pudo encontrar cuando dijo que habían traído el ganado vacuno, las ovejas, los corderos y los animales engordados para ofrecerlos como sacrificios al Señor  1 Sam. 15:15, 21. De ese modo afirmó estar amparándose en el mandamiento de ofrecer sacrificios.

Y Samuel dijo: ¿Se complace Jehová tanto en los holocaustos y en los sacrificios como en que se obedezca la voz de Jehová? Ciertamente el obedecer es mejor que los sacrificios, y el prestar atención que la grosura de los carneros. Porque la rebelión es como el pecado de adivinación, y la obstinación es como la iniquidad y la idolatría. Por cuanto tú desechaste la palabra de Jehová, él también te ha desechado para que no seas rey  1 Sam. 15:22–23

Eso hizo comprender algo a Saúl. El profeta que lo había ungido rey le estaba diciendo que había sido rechazado porque no había obedecido al Señor. Entonces mostró cierto pesar. Pero no manifestó aquella tristeza que es según Dios y que produce arrepentimiento, sino la tristeza del mundo que produce muerte  2 Cor. 7:10. Le pidió a Samuel que orara con él para que pudiera obtener nuevamente el favor del Señor. Samuel dijo que no podía hacerlo, pero, ante la insistencia de Saúl, lo hizo sin éxito, pues el Señor no volvió a aceptar a Saúl. Ustedes conocen lo que sucedió después. Saúl perdió su reino y David fue escogido para ocupar su lugar.

SE REQUIERE UNA OBEDIENCIA PLENA

Ahora bien, hay varias cosas en este incidente que pueden aplicarse a nuestra vida hoy. Primero, Saúl recibió sus instrucciones por medio del profeta que vivía en su época. Nosotros venimos a la conferencia para recibir instrucciones de los profetas vivientes de nuestra época. Segundo, Saúl empleó su propio criterio para decidir si cumpliría el mandamiento que se le había dado, y decidió que no lo haría exactamente como se le había mandado. Y tercero, cuando se le pidió cuentas, faltó a la verdad al respecto. Dijo: «Lo he hecho».

Hay otra cosa muy interesante en este incidente. Cuando Samuel confrontó a Saúl con lo que había hecho, Saúl dijo: «Porque temí al pueblo y consentí a la voz de ellos»  1 Sam. 15:24. Eso me recordó la declaración del Señor en la sección tres de Doctrina y Convenios, donde le dijo al profeta José que no debió haber cedido a las persuasiones de los hombres  D. y C. 3:6. Esta revelación se dio, como recordarán, después de que Martin Harris perdiera las ciento dieciséis páginas manuscritas de la traducción del Libro de Mormón. En el caso de Saúl, fue el temor al pueblo; y en el del Profeta, las persuasiones de los hombres. El Profeta aprendió a no volver a ceder.

De ahí provienen nuestras tentaciones, mis hermanos y hermanas. Las personas que nos rodean no creen lo que dicen los profetas, y nosotros cedemos a sus argumentos. Sé, por supuesto, que hay gran fe en Israel, y supongo que ustedes no necesitan este discurso, pero hay muchas personas que sí lo necesitan.

El otro día estaba en una conferencia no muy lejos de aquí, y un hombre se puso de pie para hablar, un hombre humilde de mediana edad que tenía una casa llena de hijos que criar y solo unos recursos limitados para hacerlo. Dijo: «Quiero hablarles de una carta que recibí de mi madre». Y esto es, aproximadamente, lo que ella había escrito en esa carta: «Hijo mío, durante muchos años he esperado el momento de llegar a la edad que ahora tengo, a fin de poder recibir una pensión de vejez y no tener que pedirte que me mantengas con tus limitados ingresos. Y ahora, justo cuando llego a esa edad, la Iglesia dice que no la acepte. No sé si comprendo todas las razones por las que la Iglesia dice que no la acepte, pero sí sé que la Iglesia siempre ha tenido razón. Por lo tanto, por favor, sigue enviándome dinero cada mes». Y el hombre dijo: «Con gusto lo sigo enviando».

LA OBEDIENCIA INCONDICIONAL DE ADÁN

Eso me agradó. Me agradan ese espíritu y esa manera de actuar. Me recordó la obediencia que demostró nuestro gran progenitor Adán, el primer hombre. Recordarán que, después de que él y Eva salieran del Jardín, el Señor les mandó edificar un altar y ofrecer sacrificios, y él lo hizo. Edificó un altar y ofreció sacrificios, y, después de muchos días, un ángel del Señor se apareció a Adán y dijo:
[…] ¿Por qué ofreces sacrificios al Señor? Y Adán le contestó: No sé, sino que el Señor me lo mandó  Moisés 5:6

¡Qué lección! He aquí un hombre, un gran hombre. Según nuestro entendimiento, ocupa el lugar siguiente al del Redentor del mundo. Edificó un altar, mató al animal de la ofrenda y lo ofreció sobre el altar sin saber por qué lo hacía. ¡Cuánto han cambiado los hombres! Si Adán hubiera sido un hombre moderno, no habría ofrecido aquel sacrificio hasta que alguien le hubiera presentado un argumento humano que, a su parecer, justificara sacrificar al animal en lugar de guardarlo en su compartimiento frigorífico.

Pero, gracias a Dios, Adán no era un hombre moderno. Tenía fe, una fe que lo impulsaba a obedecer el mandamiento del Señor, y, después de haber obedecido, supo por qué se había dado el mandamiento. El ángel le dijo que el sacrificio era a semejanza del sacrificio del Unigénito del Padre, y le enseñó los principios del Evangelio, que Adán aceptó y obedeció, recibiendo así todas las bendiciones de este que nunca habría podido recibir sin esa obediencia  Moisés 5:4–12

Así como Adán tuvo que obedecer, también debemos hacerlo nosotros. Que Dios nos ayude a escuchar a Sus profetas vivientes, a recibir sus mensajes y a obedecerlos tal como se dan, para que podamos obtener las grandes recompensas que el Señor nos ofrece, lo ruego humildemente en el nombre de Jesucristo. Amén.

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