Conferencia General Octubre 1946


Un llamado al debido respeto por la vida humana

Presidente J. Reuben Clark, hijo
Primer Consejero de la Primera Presidencia

Debemos desterrar el odio, defender la vida humana y oponernos a los métodos de guerra que buscan la destrucción indiscriminada de los pueblos.


Mis hermanos y hermanas: Con humildad les pido su ayuda para que lo que diga hoy esté impregnado de ese mismo dulce espíritu que nos ha acompañado durante esta conferencia hasta el momento presente.

Mientras el Salvador y los apóstoles se encontraban a orillas del mar de Galilea aquella mañana temprano, Jesús le preguntó a Pedro:
[…] ¿me amas más que estos? […] Sí, Señor; tú sabes que te amo. […] Pastorea mis ovejas  Juan 21:15–16

Y la única justificación, así como la única razón, que cualquiera de nosotros tiene para presentarse ante ustedes en esta conferencia es alimentarlos.

El hermano Widtsoe aludió ayer a un principio, y habló un poco acerca de él, al que ahora deseo referirme. Habló de nuestros deberes y nuestras obligaciones como poseedores de la verdad. Tener la verdad no solo es una bendición muy grande, sino que también impone una gran responsabilidad. Nosotros, los miembros de esta Iglesia, poseemos la verdad en la medida en que ha sido revelada, la verdad definitiva, y somos los poseedores y custodios del poder del Santo Sacerdocio.

MÁS BIENAVENTURADO ES DAR QUE RECIBIR

Hablamos a menudo, y con razón, de las grandes bendiciones que tenemos, de las bendiciones que el Señor nos concede. Pero a veces me pregunto si nuestros pensamientos no estarán centrados principalmente en lo que recibimos, en lugar de en lo que damos. En aquel gran sermón de Pablo a los élderes de Éfeso, dijo que Jesús había declarado:
[…] Más bienaventurado es dar que recibir  Hechos 20:35

Hay algo muy notable en lo que tenemos para dar conforme al plan del Evangelio. Por mucho que demos de la verdad, del buen ejemplo y de una vida recta, nuestras reservas y nuestras bendiciones aumentan, en lugar de disminuir, por lo que damos. Hay dos o tres milagros de la Biblia que me impresionan en este sentido. Uno fue el de la tinaja de harina que Elías el Profeta bendijo después de que la buena mujer que la poseía dijera que, si se la daba, se quedaría sin nada de lo que tenía. Aquella tinaja de harina, bendecida por Elías el Profeta, no volvió a agotarse  1 Reyes 17:12–16. Cuanto más sacaba de ella, más tenía para dar. Eliseo bendijo aquella vasija de aceite de la viuda que estaba sumida en deudas y a punto de perder a sus hijos como siervos, de modo que con aquella vasija llenó no solo los recipientes que ella misma tenía, sino también los que, conforme a las instrucciones del profeta, fue a pedir prestados. Se llenaron todos los que pudo conseguir  2 Reyes 4:1–7. El Salvador, a orillas del mar de Galilea, alimentó a cinco mil con cinco panes y dos pececillos; sin embargo, cuando terminaron, recogieron doce cestas llenas de lo que había sobrado  Mateo 14:16–21. Lo mismo sucedió cuando, en la llanura, alimentó a los cuatro mil con siete panes y unos pocos pececillos  Mateo 15:32–38

Y así sucede con las bendiciones espirituales que Dios nos concede. Tenemos la verdad; poseemos el sacerdocio; ambos han sido confiados a nuestro cuidado. Somos responsables del uso que hacemos de ellos. Se espera que demos de nuestras reservas todo lo que nos sea posible dar y, en la medida en que damos a los demás, nosotros mismos nos enriquecemos cada vez más. «Más bienaventurado es dar que recibir»  Hechos 20:35. Repito: Como poseedores de la verdad, nuestra misión es ministrar con ella a los demás. Y cuanta más verdad demos, más tendremos. Cuanto más rectamente utilicemos el sacerdocio, más crecerán sus poderes en nosotros.

PRINCIPIOS QUE RIGEN EN TIEMPOS DE GUERRA

Estoy seguro de que, como todos ustedes, yo también quedé muy impresionado ayer por el discurso que pronunció el hermano Bower. Mientras hablaba, pensé que quizá sería útil —y, si no lo creyera, no continuaría— que expusiera de manera muy breve e imperfecta algunos de los principios que rigen las relaciones entre las naciones en tiempos de guerra. Hemos retrocedido tanto en nuestros conceptos en ese ámbito como en los aspectos a los que se refirió el hermano Bower. El hermano Romney se refirió esta mañana a uno de los terribles incidentes de la historia del Antiguo Testamento en que el Señor, no el hombre, mandó a Israel imponer como castigo el exterminio de un pueblo. En los comienzos de la historia del mundo, las guerras de exterminio o de esclavización eran, más o menos, la norma. Sin embargo, cuando el Imperio romano llegó a ser todopoderoso, adoptó normas más moderadas; tenía sentimientos más humanitarios respecto de la guerra, sus engaños, estratagemas y artificios. Se observaba cierto honor hacia los enemigos, hasta el punto de que se dice que, en una ocasión, los romanos se negaron a reconocer a uno de sus generales por una victoria que había obtenido mediante el soborno. En otra ocasión se negaron a aprovechar una oferta que se les hizo de destruir a algunos de sus enemigos mediante el veneno.

LA OBRA DE HUGO GROCIO SOBRE EL DERECHO INTERNACIONAL

Sin embargo, después de la caída del Imperio romano, el mundo se sumió en la Edad Oscura, y entonces, al parecer, se practicó todo exceso que el hombre pudiera inventar cuando las naciones iban a la guerra. Las cosas llegaron a ser tan malas que, finalmente, alrededor de la época de la Reforma, las conciencias de los hombres se estremecieron ante la inhumanidad del hombre hacia el hombre, y comenzaron a procurar ver si podía hacerse algo para dar un carácter más humanitario a la conducción de la guerra. Hacia finales del siglo XVI nació un gran neerlandés, Hugo Grocio, quien, a lo largo de su vida, preparó la primera gran obra sobre derecho internacional. En el prefacio de aquella obra monumental, que desde entonces hasta hoy ha permanecido como el gran clásico —y, al estudiar el derecho internacional de la época moderna, no se puede retroceder mucho más allá de Grocio—, como decía, en su prefacio hizo esta declaración sobre las razones por las que escribió ese tratado:

Vi que en todo el mundo cristiano prevalecía un desenfreno al hacer la guerra del que incluso las naciones bárbaras se habrían avergonzado; se recurría a las armas por motivos insignificantes o sin motivo alguno; y, una vez empuñadas las armas, se desechaba toda reverencia por la ley divina y humana, como si desde entonces los hombres estuvieran autorizados a cometer sin restricción toda clase de delitos.

Debido a esta situación, Grocio escribió su obra De Jure Belli et Pacis, que marcó el comienzo de la introducción de algo de humanidad en la guerra, si es apropiado hablar de humanidad en relación con la guerra.

Primero se procuró establecer la distinción entre combatientes y no combatientes. La guerra debía librarse entre ejércitos y no entre poblaciones civiles. Los estadistas y las naciones procuraron librar a los no combatientes de las aflicciones, crueldades y horrores de la guerra. Los ancianos, las mujeres, los niños, las personas debilitadas y los enfermos debían ser protegidos, no masacrados. Se incorporaron muchos otros elementos humanitarios relacionados con los prisioneros de guerra y el trato a los heridos.

EL PRINCIPIO DE NEUTRALIDAD

Cuando se formó nuestra nación, aportamos al mundo algunos grandes principios, entre los más importantes el de la neutralidad, cuyo propósito era limitar el incendio de la guerra al espacio más reducido posible, a fin de que los pueblos de las naciones que no combatían pudieran mantener sus relaciones habituales. Las miserias y aflicciones de la guerra no debían infligirse a pueblos inocentes y ajenos al conflicto. En los últimos años del siglo XVIII estuvimos al borde de la guerra para mantener este principio en lo que a nosotros respectaba. Se procuraba hacer imposible lo que ahora hemos llegado a glorificar como «guerra mundial» y «guerra total». Entonces sabíamos que semejante guerra era una maldición.

NORMAS QUE RIGIERON LA GUERRA CIVIL

Luego vino nuestra propia Guerra Civil. Hasta ese momento nunca había existido un código escrito de normas que rigieran la guerra entre las naciones; y, hasta entonces, la guerra civil era una guerra de traidores; quienes eran capturados como prisioneros de guerra eran tratados como traidores. Pero Francis Lieber, un refugiado político de Alemania, redactó para Lincoln lo que se conoció como las «Órdenes Generales n.º 100», que se enviaron a los ejércitos federales en campaña y, desde entonces, rigieron la conducta de nuestros ejércitos durante la Guerra Civil. Estas normas fueron más allá de cualquier práctica de las naciones hasta aquel momento en la guerra internacional. Prohibían bombardear sin previo aviso lugares donde hubiera población civil. Disponían la protección de museos, bibliotecas e instituciones científicas. Estos debían salvarse de los estragos y la destrucción de la guerra. No debían atacarse las poblaciones indefensas. Debía respetarse la vida de los civiles. Los ancianos, las mujeres y los niños, los heridos, todos debían recibir la máxima protección posible. Con el paso del tiempo, y como resultado de aquel código, diversas conferencias internacionales elaboraron otros códigos, en particular las conferencias de La Haya de 1899 y 1907. Además, establecieron ciertas prohibiciones sobre la conducción de la guerra que creo que podría interesarles que mencionara. Adoptaron una declaración que prohibía lanzar proyectiles desde globos; dispusieron que no se utilizaran gases venenosos ni veneno alguno. Reiteraron las prohibiciones de bombardear poblaciones indefensas. Debía respetarse el honor de la familia; se prohibieron el saqueo, la violación, el incendio provocado y toda la serie de delitos semejantes sobre los que tanto leemos hoy.

LA PRIMERA Y LA SEGUNDA GUERRA MUNDIAL

Luego vino la Primera Guerra Mundial y comenzamos a retroceder hacia la barbarie. Siguió la Segunda Guerra Mundial. Desapareció toda distinción entre combatientes y no combatientes. Esto era inevitable si se utilizaba la clase de armas que se emplearon. Así, muchas ciudades de Inglaterra quedaron destruidas; entre las que más sufrieron se encontraban Sheffield, Hull, Manchester, Coventry y Londres. Hubo muchas ciudades de Alemania igualmente destruidas, entre ellas Berlín y, en particular, Dresde; y, en cuanto a esta última ciudad, algunos de los nuestros, estadounidenses, afirman que el bombardeo de Dresde —donde se dice que matamos en dos noches a más de doscientas cincuenta mil personas, hombres, mujeres y niños, incluidos heridos que habían sido concentrados allí— violó un entendimiento tácito según el cual, si Alemania dejaba en paz a Oxford y Cambridge, nosotros no tocaríamos Dresde. No sé hasta qué punto sea cierto este informe, pero conocemos el resultado.

LA TRAGEDIA DEL USO DE LA BOMBA ATÓMICA

Ahora bien, no olviden que todas las naciones se habían preparado antes de la Segunda Guerra Mundial para utilizar aeronaves; ya habían utilizado submarinos en la Primera Guerra Mundial; y nosotros, en esta región, sabemos que estábamos preparados para utilizar gases venenosos. Luego, como culminación del salvajismo de la guerra, nosotros, los estadounidenses, aniquilamos con la bomba atómica a cientos de miles de civiles en Japón, de los cuales pocos, si es que alguno, eran más responsables de la guerra que nosotros, y quizá la mayoría no contribuía al esfuerzo bélico de Japón más de lo que nosotros contribuíamos al de Estados Unidos. Los militares dicen ahora que la bomba atómica fue un error. Fue más que eso: fue una tragedia mundial. Así hemos perdido todo lo que ganamos durante los años comprendidos entre Grocio, en 1625, y 1912. Y lo peor de esta tragedia de la bomba atómica no es solo que el pueblo de los Estados Unidos no se alzara en protesta contra este salvajismo, ni que no nos estremeciera leer acerca de esta destrucción masiva de hombres, mujeres, niños y personas lisiadas, sino que, de hecho, provocó en la nación en general una aprobación de esta carnicería diabólica.

El otro día apareció en el Times de Nueva York —tal vez también apareció aquí, pero yo lo tengo del Times de Nueva York— un artículo que les voy a leer.

La división de proyectos especiales del Servicio de Guerra Química de los Estados Unidos ha desarrollado un nuevo veneno sumamente mortífero, el más potente conocido por el hombre. [Es decir, se ha desarrollado oficialmente].

Una toxina cristalina de apariencia inofensiva, el veneno es tan potente que un cubo de una pulgada de lado, aproximadamente una onza, podría matar silenciosa y rápidamente a todas las personas que viven en los Estados Unidos y Canadá.

«Si llega la Tercera Guerra Mundial, lo que rogamos que nunca ocurra, será una guerra en la que la mayoría de las personas podrían morir por armas silenciosas, insidiosas y dirigidas contra los seres humanos, que no hacen ruido, no dan aviso, no destruyen fuertes, barcos ni ciudades, pero pueden aniquilar a millones de seres humanos», declaró el doctor Gerald Wendt, de la ciudad de Nueva York, director editorial de la revista Science Illustrated, en una alocución en el Foro Científico de General Electric.

El doctor Wendt dijo: «Los Estados Unidos ya han gastado cincuenta millones de dólares en investigaciones sobre ello, una suma pequeña comparada con el costo del radar y de la bomba atómica. Lo más sorprendente son dos hechos: Estos agentes mortíferos son invisibles, de tamaño microscópico, capaces de propagarse hasta alcanzar a todo enemigo vivo»; [me pregunto cómo vamos a dirigir estos agentes mortíferos para que actúen únicamente sobre el enemigo]. «Y cualquier beligerante que disponga siquiera de una cervecería y de los conocimientos para hacerla funcionar puede prepararlos de manera fácil y económica.

«Si alguna nación pequeña es competente en la guerra biológica, una nación grande, aun con bombas atómicas, podría estar indefensa ante ella».

Hay otras nuevas armas biológicas, afirmó el doctor Wendt, que «actúan mediante la lenta agonía del hambre. Se trata del ataque a las plantas y a los animales».

PROTESTA CONTRA LOS MÉTODOS SALVAJES

Así pues, nosotros, en Estados Unidos, estamos buscando y desarrollando deliberadamente los medios más salvajes y asesinos para exterminar pueblos que Satanás pueda sembrar en nuestra mente. Lo hacemos no solo sin vergüenza, sino con jactancia. Dios no nos perdonará por esto.

Si hemos de evitar el exterminio, si el mundo no ha de ser aniquilado, debemos encontrar alguna manera de frenar el ingenio diabólico de hombres que aparentemente no temen a Dios, al hombre ni al diablo, y que están dispuestos a tramar, planear e inventar instrumentos que aniquilen a toda carne sobre la tierra. Y, como un ciudadano estadounidense entre ciento treinta millones, como uno entre mil millones de habitantes del mundo, protesto con toda la energía que poseo contra esta actividad diabólica y, como ciudadano estadounidense, exhorto a nuestro gobierno y a sus organismos a que se aseguren de que estos experimentos impíos cesen, y de que, de alguna manera, inculquemos en la mente de nuestro estado mayor, inclinado a la guerra, y de sus subordinados, así como en los estados mayores de todo el mundo, un debido respeto por la vida humana.

Que Dios nos dé la fortaleza para mantenernos firmes en estos tiempos de tensión, prueba y crisis. Que nos conceda la sabiduría y la inspiración para desterrar de nuestro corazón el odio, un odio que nos está consumiendo. Que nos dé el poder, como pueblo, para ejercer nuestra influencia de tal manera que los hombres, la humanidad, puedan ser salvados, lo ruego humildemente en el nombre de Jesús. Amén.

Volver al Inicio

Esta entrada fue publicada en Arrepentimiento, perdón y conversión. Guarda el enlace permanente.

Deja una respuesta