Conferencia General Octubre 1946


“Buscad primeramente el reino de Dios”

Élder Matthew Cowley
Del Cuórum de los Doce Apóstoles

La paz y la redención de la humanidad solo pueden alcanzarse mediante la conversión personal y la búsqueda del reino de Dios y Su justicia.


Al interpretar las señales de los tiempos, se llega a la firme convicción de que la redención del hombre no proviene de los reinos de la tierra; de que, si la humanidad ha de ascender del valle de oscuridad al que ha sido arrojada por «la inhumanidad del hombre hacia el hombre», solo lo logrará buscando un poder que esté fuera y más allá de las limitaciones y la sabiduría del mundo.

LA HUMANIDAD ES RESPONSABLE DE LOS MALES DEL MUNDO

Admitiendo que los reinos de la tierra sean sinceros en sus esfuerzos actuales por buscar la liberación de las fuerzas que persisten en atentar contra la existencia misma de la humanidad, si los precedentes pueden servir de prueba, quizá no sea presuntuoso decir que sus esfuerzos están condenados al fracaso. El panorama, por decir lo menos, no es alentador.

El uso pervertido del albedrío del hombre, que surge de una falsa escala de valores, ha hecho recaer sobre todos los reinos terrenales, con un impacto abrumador, los temores y las frustraciones que ahora los acosan. El Dios del universo, que «ordena bien todas las cosas», no dispuso ni deseó que el destino del hombre fuera tan aterrador y sobrecogedor.

Los males que los hombres cometen son obra de ellos mismos. Dios siempre propone que los impulsos divinos implantados en el hombre se liberen para extenderse hacia lo divino que está más allá de él; pero el hombre, para su propio pesar, con demasiada frecuencia dispone otra cosa.

Durante los días trágicos de la guerra reciente, cuando desfallecía el corazón de los hombres y el camino hacia la victoria parecía tan largo y peligroso, los gobernantes de las naciones y los reyes de la tierra designaron días de oración en los que se exhortaba a sus súbditos y ciudadanos a clamar al Todopoderoso pidiendo misericordia y ayuda.

De la desesperación y la ansiedad surgieron estas expresiones espontáneas de los impulsos más nobles que son inherentes al corazón humano. Sin embargo, cuando los hombres buscan de ese modo la ayuda divina, por necesidad más que por costumbre, quizá busquen en vano. En tales ocasiones, la voluntad de Dios puede coincidir con los deseos de los hombres, pero esto, la mayoría de las veces, es una coincidencia más que el resultado de oraciones esporádicas. No obstante, a pesar de sus oraciones intermitentes, el hecho mismo de que el hombre ore constituye para algunos una prueba convincente de que hay un poder más allá de él que lo lleva a arrodillarse en su hora de desesperación.

LA BÚSQUEDA DEL REINO DE DIOS

La necesidad más urgente de nuestra época es que ese mismo poder gobierne los asuntos de las naciones, a fin de que la paz reine en el corazón de todos los hombres. Sin alguna manifestación del poder divino,

[…] perecerá la sabiduría de sus sabios, y se desvanecerá el entendimiento de sus prudentes Isa. 29:14

Con él, «el reino de Dios se ha acercado» Marcos 1:15

En aquel memorable Sermón del Monte, el Maestro expuso, en las Bienaventuranzas, algunas de las condiciones sobre las cuales se basa la ciudadanía en el reino de Dios. Y, al continuar, dijo:
[…] buscad primeramente el reino de Dios y su justicia, y todas estas cosas os serán añadidas Mateo 6:33

La promesa aquí es que quienes busquen el reino de Dios encontrarán justicia y que todas las cosas les serán añadidas.

Los reinos de esta tierra no son, en sí mismos, reinos justos. Sin embargo, dentro de ellos hay muchas almas justas que, mediante una búsqueda ferviente, han encontrado el reino de Dios en medio del mal.

Al enseñar a Sus discípulos a orar, Jesús dijo:
Vosotros, pues, oraréis así: Padre nuestro que estás en los cielos, santificado sea tu nombre. Venga tu reino. Hágase tu voluntad, como en el cielo, así también en la tierra Mateo 6:9–10

Esta oración sugiere la venida de un reino que no se establecería durante la existencia terrenal de Cristo, pues, mientras Jesús moraba entre los hombres, la voluntad de Dios no se hacía en la tierra como en el cielo. Y este no es el mismo reino al que se refirió cuando dijo: «El reino de Dios se ha acercado; arrepentíos y creed en el evangelio» Marcos 1:15, pues ese reino de Dios sí lo estableció durante Su ministerio terrenal.

LA INTERPRETACIÓN DEL SUEÑO DE NABUCODONOSOR

Al interpretar el sueño de la imagen humana de Nabucodonosor, rey de Babilonia, el profeta Daniel predijo el establecimiento de cuatro grandes reinos, cada uno de los cuales tendría proporciones de imperio. También previó la división de la última de estas potencias mundiales en muchos reinos Dan. 2:31–45. Y luego profetizó lo siguiente:
Y en los días de estos reyes, el Dios del cielo levantará un reino que no será jamás destruido, ni será el reino dejado a otro pueblo; desmenuzará y consumirá a todos estos reinos, y él permanecerá para siempre Dan. 2:44

Este es, sin duda, el reino por cuya venida Jesús enseñó a Sus oyentes a orar, y en el cual la voluntad de Dios se haría en la tierra como en el cielo. Este sería, entonces, un reino de los cielos.

Según consta en la historia, el meridiano de los tiempos no transcurrió en los días de estos reyes, cuando el Dios del cielo habría de levantar un reino que jamás sería destruido (véase Dan. 2:44)

Por el contrario, la vida y el ministerio de Cristo transcurrieron durante aquel período en que el cuarto de los grandes reinos de la visión de las monarquías de Nabucodonosor era un imperio mundial. De hecho, fue por orden de un tribunal de ese imperio que el Hijo de Dios fue crucificado. Si el reino celestial de la profecía de Daniel se hubiera establecido en el meridiano de los tiempos, Cristo habría reinado sobre él como Rey de reyes y Señor de señores Apoc. 19:16, y ciertamente Su corona no habría sido de espinas Mateo 27:29

De modo que Jesús, al enseñar a Sus seguidores a orar: «Venga tu reino. Hágase tu voluntad, como en el cielo, así también en la tierra» Mateo 6:10 Lucas 11:2, previó, al igual que Daniel, la venida de un reino que permanecería para siempre y cuyo rey no sería crucificado. LAS ENSEÑANZAS DE CRISTO ACERCA DEL REINO DE DIOS

El reino del que habló el Maestro cuando dijo:
[…] El tiempo se ha cumplido, y el reino de Dios se ha acercado; arrepentíos y creed en el evangelio Marcos 1:15

es un reino de Dios que está cerca siempre que el sacerdocio de Dios se encuentra sobre la tierra, como ocurrió en el meridiano de los tiempos. De este reino se ha dicho:
[…] estrecha es la puerta y angosto el camino, […] y pocos son los que la hallan Mateo 7:14

Cuando los fariseos preguntaron a Jesús cuándo vendría el reino de Dios, recibieron esta respuesta:
[…] El reino de Dios no vendrá con advertencia, ni dirán: Helo aquí, o helo allí, porque he aquí, el reino de Dios está entre vosotros Lucas 17:20–21

¡Qué palabras tan extrañas: el reino de Dios está entre vosotros y, sin embargo, no viene con advertencia!

En una de sus epístolas a los corintios, el apóstol Pablo escribió:
[…] las cosas que se ven son temporales, pero las que no se ven son eternas 2 Cor. 4:18

El universo contiene muchas fuerzas o reinos de poder que no se perciben a simple vista y, sin embargo, el hombre aprovecha estas fuerzas ocultas para sus propios usos y propósitos, y sabe, sin cuestionarlo, que estas fuerzas son eternas. Los elementos, por ejemplo, que transmiten el sonido de mi voz a muchos lugares distantes no están al alcance de mi observación, como tampoco lo está el poder que los pone en movimiento; sin embargo, nadie pone en duda la existencia de ese poder.

Cristo anduvo sanando a los enfermos, devolviendo la vista a los ciegos y el oído a los sordos, haciendo andar a los cojos y limpiando al leproso. Estos dones del Espíritu y poderes de Su sacerdocio se manifestaron a lo largo de Su ministerio. Estos poderes, al igual que las ondas en el ámbito de la radio, eran poderes que no podían verse, pero que podían ponerse en acción para el bien de la humanidad.

En el bautismo de Juan al que Jesús se sometió, porque, como Él dijo:
[…] porque así nos conviene cumplir toda justicia Mateo 3:15 cualquiera que fuera el agente o la fuerza que el agua pusiera en movimiento para que se cumpliera la justicia, no podía verse; pero la voz de aprobación del Padre descendió de los cielos, diciendo:

[…] Este es mi Hijo amado, en quien me complazco Mateo 3:17

De quienes buscaban el reino de Dios, Cristo requería una conversión completa, o el segundo nacimiento, tal como se lo explicó a Nicodemo Juan 3:1–7. «El reino de Dios está entre vosotros» Lucas 17:21; por lo tanto, la conversión necesariamente debe proceder del interior. Y, mediante la conversión, el reino de Dios dentro del hombre lo impulsa a buscar la guía y la instrucción del reino organizado de Dios, al cual procurará unirse

Si el reino dentro del hombre no lo impulsa a una búsqueda ferviente del reino establecido entre los hombres, entonces ese reino interior no ha alcanzado su máxima expresión.

«Buscad, y hallaréis» Mateo 7:7, dijo el Maestro.

EL PODER DENTRO DEL REINO DE DIOS

El reino de Dios sería un nuevo orden y, sin embargo, no sería inalcanzable. Llegaría a ser conocido por todos los que ahondaran en su interior y descubrieran ese otro reino que «no vendrá con advertencia» Lucas 17:20

Tendría tanto una estructura organizada como una naturaleza espiritual, y estaría investido de poder y dones que estarían al alcance de todos sus miembros. Sería el cuerpo de Cristo. Sería Su Iglesia. Y proporcionaría un modelo de vida que fomentaría la rectitud en la tierra. Tanto sus principios de fe como su forma de organización serían eternos, inmutables e indispensables para los propósitos de Dios en la regeneración de los hombres.

En la redención de las almas, solo habría eficacia en «un Señor, una fe, un bautismo» Efe. 4:5, y el evangelio del reino sería el poder de Dios para salvación Rom. 1:16. En la estructura organizada de Su Iglesia, Él daría […] a unos, apóstoles; y a otros, profetas; y a otros, evangelistas; y a otros, pastores y maestros; a fin de perfeccionar a los santos para la obra del ministerio, para la edificación del cuerpo de Cristo, hasta que todos lleguemos a la unidad de la fe y del conocimiento del Hijo de Dios, a un varón perfecto, a la medida de la estatura de la plenitud de Cristo; para que ya no seamos niños fluctuantes, llevados por doquiera de todo viento de doctrina Efe. 4:11–14

Dios no ocultaría Su voluntad al sacerdocio del reino, porque, como dijo el profeta Amós:
Porque no hará nada Jehová el Señor sin que revele su secreto a sus siervos los profetas Amós 3:7

La revelación divina sería la roca fundamental de la Iglesia, pues ¿no se ha dicho que:
Donde no hay visión, el pueblo se desenfrena Prov. 29:18

¿Y no prometió Cristo estar con Su reino organizado hasta el fin Mateo 28:20, con tal de que los hombres creyeran y fueran bautizados Marcos 16:16, y se enseñara a todas las naciones a guardar todo lo que Él había mandado? Mateo 28:19–20

Dios llamaría a los hombres al ministerio en Su reino. No se arrogarían la autoridad aunque pudieran hacerlo, ni podrían hacerlo aunque quisieran.

Y nadie toma para sí esta honra, sino el que es llamado por Dios, como lo fue Aarón Heb. 5:4

Las obras que Cristo hizo, también las harían los ministros autorizados por Él. Y harían obras mayores porque Él debía ir a Su Padre Juan 14:12

Después de Su partida, el Padre enviaría al Consolador, que es el Espíritu Santo Juan 14:26, a todos los que buscaran el reino. Vendría como un don a los arrepentidos y bautizados, tal como Pedro había prometido el día de Pentecostés con estas palabras:
[…] Arrepentíos y bautícese cada uno de vosotros en el nombre de Jesucristo para perdón de los pecados, y recibiréis el don del Espíritu Santo Hechos 2:38

EXHORTACIÓN A BUSCAR PRIMERAMENTE EL REINO DE DIOS

Así pues, en resumen, estos son algunos de los principios de fe y rasgos distintivos del reino de Dios entre los hombres.

Buscar este reino debe ser la primera preocupación del hombre. Como alguien ha dicho: «Hemos probado el cristianismo durante dos mil años; probemos ahora la religión de Cristo».

La paz no puede llegar en nuestra época, ni en ninguna otra, si se ignora al reino de Dios como su fundamento. Tampoco serán elevados los hombres ni las naciones del «pantano serbonio» de un mundo sórdido y egoísta hasta que busquen «primeramente el reino de Dios y su justicia» Mateo 6:33. Esta es la única salida.

Los antiguos hawaianos sabían de qué hablaban cuando adoptaron como lema de gobierno estas palabras: «Ua mau keea o ka aina i ka pono». «La fortaleza de la tierra está en la rectitud». En otras palabras, «la justicia engrandece a la nación» Prov. 14:34

El mundo no puede ponerse en orden a menos que el hombre se ponga en orden. Confucio comprendía este procedimiento cuando dijo:

Una vez rectificados sus corazones, cultivaban su propia persona; una vez cultivada su propia persona, sus familias quedaban ordenadas. Una vez ordenadas sus familias, los estados eran gobernados correctamente. Una vez gobernados correctamente sus estados, todo el imperio gozaba de tranquilidad y felicidad.

Sin comenzar por la persona, la paz nunca podría llegar a ser internacional. Como en el caso de Confucio, así también con Cristo: «Os es necesario nacer de nuevo» Juan 3:7. Este es el camino, y no hay otro. Es irrefutable y eterno; y el llamado sigue resonando desde el Monte como lo hizo hace casi dos mil años:
[…] buscad primeramente el reino de Dios y su justicia, y todas estas cosas os serán añadidas Mateo 6:33

[…] El tiempo se ha cumplido, y el reino de Dios se ha acercado; arrepentíos y creed en el evangelio Marcos 1:15

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