El servicio fiel y el bienestar de Sion
Por el élder Joseph F. Smith, pronunciado en la Conferencia General, celebrada en el Tabernáculo de Salt Lake City, el 8 de abril de 1879.
Joseph F. Smith enseña que los deberes temporales y espirituales están unidos y exhorta a los santos a servir con disposición, cumplir sus obligaciones, ayudar a los pobres y fortalecer las industrias locales.
Los deberes de los santos en los asuntos temporales—Se requiere obediencia incondicional—Los intereses de la Iglesia se protegen cuidadosamente—El recogimiento de los pobres—Las industrias locales
Queda un poco de tiempo y, como se me ha solicitado, deseo hacer las observaciones que acudan a mi mente. Me he sentido complacido y edificado durante la conferencia que ahora está llegando a su fin. Ha sido muy grato ver la gran cantidad de personas que se han congregado durante estos dos días que han transcurrido. Es evidente que los Santos de los Últimos Días se interesan por el bienestar de Sion y se sienten impulsados a atender los deberes que recaen sobre ellos, a cumplir con la parte que les corresponde al adoptar y sostener las medidas propuestas para llevar a cabo eficazmente los propósitos del Todopoderoso en relación con la gran obra de los últimos días en la que estamos ocupados, y al apoyar y sostener a quienes han sido nombrados, por la voz del pueblo y por la voz del Señor, para supervisar todos los asuntos de la Iglesia. Al hacerlo, no hacemos más que cumplir con nuestro deber; aun así, siempre resulta grato ver al pueblo dispuesto a cumplir con su deber, y especialmente ver a tantos responder alegremente a él, como lo han hecho durante esta conferencia. Ciertamente es alentador para quienes nos presiden ver al pueblo congregarse a su alrededor, manifestando tanta fe, buenos sentimientos y amor por la obra de Dios y por aquellos a quienes el Señor ha inspirado con Su buen Espíritu para que nos guíen. Es evidencia, al menos, de que en gran medida nuestros deseos y nuestros corazones están unidos.
Hay muchísimas cosas que es necesario que consideremos y, hasta donde sea posible, comprendamos cabalmente. No se ha dicho mucho durante esta conferencia acerca de nuestros asuntos temporales, salvo en la medida en que los informes que se han leído han mostrado la situación financiera y estadística de los Santos de los Últimos Días. Pertenecemos a un reino temporal así como espiritual, y es muy necesario que nos interesemos vivamente en todo cuanto contribuya a edificar el reino de Dios, tanto en lo temporal como en lo espiritual, y tanto en lo espiritual como en lo temporal.
Nunca he encontrado a nadie que pueda trazar la línea divisoria entre nuestros intereses espirituales y temporales, ni espero encontrarlo. Creo que es tan necesario atender los deberes temporales que recaen sobre nosotros como atender los espirituales, y viceversa. No basta con dedicar todo nuestro tiempo a la parte espiritual, ni exclusivamente a la temporal. No debemos irnos a los extremos, sino llevar adelante la obra del Señor que se nos ha encomendado en todas sus partes y aspectos. Debemos tener suficiente del buen Espíritu para hacer que las labores temporales sean ligeras y fáciles de sobrellevar. Encuentro que, cuando tenemos que realizar las labores temporales sin el Espíritu, o sin la vida, la luz, el vigor y el poder de la fe, tendemos a sentir que son pesadas y duras, o difíciles de sobrellevar; pero cuando disfrutamos de la compañía del Espíritu Santo, podemos cumplir y cumplimos gozosamente todos los deberes y trabajos temporales que se nos requieran con justicia. El Señor no exigirá de Su pueblo nada que no pueda realizar. No impondrá a Su pueblo cargas que no pueda soportar; pero si no tenemos el amor a la verdad y la luz del buen Espíritu para guiarnos, los deberes más sencillos y las tareas más fáciles pueden parecer cargas demasiado penosas para sobrellevarlas. He conocido élderes que durante toda su vida han estado listos para responder de inmediato; nunca se han detenido un momento a cuestionar los llamamientos que se les han hecho, ni se han detenido a considerar sus propios intereses temporales; han ido y venido a petición de sus hermanos al servicio del pueblo y del Señor. Han tenido sus preocupaciones y responsabilidades personales, que no siempre han sido de las más ligeras y que han exigido sus energías al máximo, o por lo menos tanto como las de muchos de aquellos hermanos que han disfrutado de su tiempo en casa, dedicando gran parte de su tiempo y capacidad a sus propios intereses y a los de sus familias. Quizá han tenido tantos familiares de quienes ocuparse, a quienes alimentar, vestir y cuidar de otras maneras; sin embargo, estas cosas no se han tomado en cuenta ni se ha permitido que se interpongan cuando el deber los ha llamado a salir en favor de la Iglesia. Han estado dispuestos, como el atalaya preparado, apenas deteniéndose a pensar en sí mismos o en los suyos. Esto lo han hecho de todo corazón, y sus labores nunca se han considerado una carga; por el contrario, les han proporcionado gozo, placer y satisfacción constante. No se han cansado, ni piensan que ya han hecho suficiente, como han pensado algunos que han cumplido una misión corta, y que ya es hora de comenzar a hacer algo por sí mismos; todavía están preparados y dispuestos a ir, venir o hacer cuanto se les requiera, considerando siempre sus deberes en el sacerdocio de mayor importancia que cualquier consideración personal. El Señor los ha bendecido en sus labores; ha hecho que sus cargas sean relativamente fáciles de sobrellevar; no han sentido el peso, sino que han seguido adelante regocijándose, sin dejar de realizar la obra que se les ha asignado según lo mejor de su capacidad, confiando en el Señor y haciendo al mismo tiempo todo cuanto está a su alcance para su propio sustento y el de sus familias.
Esto no es más que un ejemplo de lo que todo el pueblo debería ser. Todos debemos estar dispuestos a trabajar por el bienestar y la salvación del pueblo, a sacrificar nuestros propios deseos y sentimientos por el bien de todos, estando completamente dispuestos a cumplir lo que disponga el Todopoderoso, sin otra voluntad propia que servir a los propósitos del Señor. ¿No concuerda esto con el modelo que nos dio el Salvador? Jesús dijo: «Padre, no se haga mi voluntad, sino la tuya». Esta fue la doctrina que inculcó entre Sus seguidores y que les mandó obedecer: que su voluntad fuese absorbida en la voluntad y el beneplácito del Todopoderoso; que sintieran en su corazón que estaban dispuestos a servir a Dios aun a costa de sacrificarlo todo, aunque fuera la vida misma, «considerando todas las cosas como escoria en comparación con la excelencia del conocimiento de Jesucristo». Cuando poseamos el espíritu del Evangelio y la fe en Dios como debemos, no tendremos cargas difíciles de sobrellevar; por el contrario, encontraremos que nuestros «yugos son fáciles y nuestras cargas ligeras», y será un placer cumplir con nuestro deber, cualquiera que este sea. Si se nos llama a predicar el Evangelio, encontraremos placer en predicarlo; encontraremos placer en responder, porque sentiremos que nos hemos alistado al servicio de Dios para la salvación de las almas, incluida la nuestra. ¿Qué puede compararse con esta labor? ¿Podemos comparar casas y tierras, oro o plata, o las riquezas de la tierra, con la salvación de las almas de los hombres? ¿Qué no dará un hombre por su propia vida? ¿Y de qué le aprovechará al hombre ganar todo el mundo si al final pierde su propia alma? Estas son preguntas planteadas por el Salvador, que es «el autor y consumador de nuestra fe». Lo que es de la tierra es terrenal; pertenece a este lugar, no podemos llevárnoslo cuando dejemos este estado de existencia, no podemos poseerlo más allá del velo, a menos que vivamos aquí de tal manera que finalmente seamos contados entre los santos del Dios Altísimo, pues se dice que a ellos les será dada la tierra, pero no hasta que estén preparados para «poseerla para siempre jamás». Y entonces deberán recibirla de Aquel que tiene derecho a darla. Por tanto, si obramos rectamente en este estado de probación, cuando «la tierra y su plenitud sean dadas a los santos del Altísimo», seremos contados entre quienes la heredarán. Pero ese tiempo aún no ha llegado. La tierra y su plenitud no son nuestras; si lo fueran, podríamos permanecer aquí poseyéndolas en paz; pero son de Dios, y nosotros somos Suyos, y lo que tenemos se nos ha confiado como mayordomos por una breve temporada; por tanto, nuestras riquezas y posesiones mundanas no son sino escoria en comparación con nuestra salvación eterna. Estamos trabajando por la salvación de las almas y debemos sentir que este es el mayor deber que recae sobre nosotros. Por tanto, debemos estar dispuestos a sacrificarlo todo, si es necesario, por el amor de Dios, la salvación de los hombres y el triunfo del reino de Dios sobre la tierra, en el cual esperamos recibir nuestra recompensa, nuestra exaltación y nuestra corona de vida. Estas no son meras suposiciones, quimeras de la mente humana ni artificios de la astucia del hombre, sino cosas que Dios nos ha revelado, habiendo Él hablado y declarado estas verdades al hombre en nuestros días.
Puedo testificarles, mis hermanos y hermanas, que, hasta donde el Espíritu de Dios me lo manifiesta, hoy todo está bien en Sion. La obra de Dios está progresando. Los intereses del reino son protegidos cuidadosa y celosamente por aquellos sobre quienes descansa esta responsabilidad. El bienestar de Sion es el tema constante de sus pensamientos, meditaciones y oraciones. Desean que no se permita que ningún interés de Sion fracase o decaiga por falta de la debida atención y del cuidado oportuno. Las finanzas de la Iglesia son protegidas cuidadosamente por el administrador fiduciario de la Iglesia. De esto puedo testificar, pues he estado relacionado con él de manera más o menos estrecha durante los últimos seis meses. Sé que ha velado cuidadosamente por los intereses financieros de la Iglesia, así como por el bienestar temporal y espiritual del pueblo, a fin de que se protejan los derechos de la Iglesia y también los de las personas, y de que se protejan los derechos de las personas y también los de la Iglesia, para que se imparta justicia a todos.
Han surgido algunas circunstancias que se han puesto en conocimiento del administrador fiduciario y del Comité de Auditoría, y que han resultado sumamente difíciles tanto para sus sentimientos como para los de los demás miembros del Consejo de los Apóstoles; y sin duda también han sido muy difíciles para los sentimientos de algunos hermanos que suponían tener derechos de cobro frente al administrador fiduciario, derechos que la investigación ha demostrado que no tenían. Y ha habido otros casos en los que se ha demostrado que el administrador fiduciario tiene derechos de cobro frente a personas que suponían no estar endeudadas con la Iglesia. Pero en todos estos asuntos se ha procurado impartir una justicia imparcial tanto a la persona como a la Iglesia; y aunque la Iglesia puede permitirse ser generosa en sus limosnas para los pobres dignos y necesitados, y pagar todas las demandas o reclamaciones justas que se le presenten, no puede permitirse aprobar ni admitir reclamaciones que no sean justas. Además, es justo y equitativo que las personas sean tan prontas, hasta donde esté en su poder, en cumplir sus obligaciones con la Iglesia como se espera que la Iglesia lo sea al cumplir sus obligaciones con las personas.
No esperamos que se desatiendan los derechos de la Iglesia en ningún aspecto. No esperamos que ninguna persona dé cabida, ni siquiera admita, al sentimiento de que la Iglesia sea una institución de la que solamente se deba sacar provecho; sino que esperamos que el pueblo comprenda, y siga comprendiendo, que no podemos permitirnos proceder de otra manera que conforme a los principios de la más estricta justicia, rectitud y equidad entre persona y persona, y entre la Iglesia y sus miembros individuales, o entre los miembros individuales y la Iglesia.
Hemos escuchado un excelente discurso del presidente de la Compañía del Fondo Perpetuo para la Emigración acerca de los deberes de quienes están endeudados con ella. Ha mostrado la enorme cantidad que actualmente le deben personas que han recibido ayuda de sus recursos para emigrar a esta buena tierra; y la ingratitud, la falta de caridad y la deshonra que recaen sobre quienes han sido ayudados con tanta generosidad a salir de la pobreza y de la opresión, y colocados en circunstancias que les permiten llegar a ser libres e independientes, y luego descuidan o dejan de cumplir su deber en estos asuntos.
En algunos casos, personas que han recibido ayuda del Fondo Perpetuo para la Emigración para venir a Sion han acumulado bienes de este mundo hasta hacerse ricas, y todavía sigue sin saldarse su deuda con el «Fondo».
Es más que probable que esas mismas personas hubieran permanecido siempre en la pobreza si no hubieran sido recogidas en Sion mediante el Fondo Perpetuo para la Emigración; así vemos que están doblemente endeudadas con el «Fondo»: primero, por su liberación de Babilonia, de la pobreza y de la servidumbre; y segundo, por la riqueza y la libertad que ahora poseen.
Y, además, son mucho más culpables de ingratitud hacia Dios y hacia los hombres porque han retenido lo que justamente debían al Fondo, pudiendo pagarlo, y han privado a otros más dignos que ellos de recibir ayuda de la misma manera en que ellos la recibieron.
Todo hombre que deba un dólar al Fondo debe comprender que es una deuda justa, que hay otros en las mismas condiciones en que él se encontraba cuando la Compañía del Fondo Perpetuo para la Emigración lo rescató y lo trajo a esta tierra bendita; que ellos también están orando y suplicando ser liberados, y que quizá sean tan dignos —si no más— como muchos de los que han recibido ayuda y ahora deben al «Fondo» una cantidad que, si se pagara por completo, sería más que suficiente para traer a este país a todos los santos que actualmente están en Europa.
Los hombres no hacen más que cumplir con su deber cuando pagan sus deudas justas, y al hacerlo en este caso cumplen un deber triple: hacia el Fondo, hacia sí mismos y hacia los pobres dignos que aún no han sido recogidos. ¿Qué persona honorable puede negarse a cumplir tal deber o descuidarlo?
De vez en cuando enviamos a un gran número de élderes a predicar el Evangelio en el extranjero. Es deber de los Santos de los Últimos Días ayudar a esos élderes en sus misiones cuando necesiten ayuda o cuando no puedan costear su preparación. La Iglesia también debe cuidar de sus familias durante la ausencia del esposo y padre, en la medida en que estén necesitadas o no puedan proveer para sí mismas. Todo hombre tiene el deber de hacer cuanto razonablemente pueda para hacer avanzar la obra de Dios, mantenerse a sí mismo y a su familia, y ayudar a edificar Sion.
A veces se necesita a un buen hombre para cumplir cierta misión; está bien capacitado para ocupar el puesto al que se le llama o para cumplir el deber que se le requiere; pero es pobre, quizá tenga una familia numerosa que mantener, lo cual exigiría todo su tiempo si lo dedicara enteramente a ese fin; sin embargo, su capacidad, fe, integridad y otras cualidades lo hacen especialmente apto para el deber requerido, y es el hombre más idóneo que puede encontrarse. Ahora bien, ¿qué debe hacerse? ¿Debemos eximirlo porque su familia es numerosa y necesita sus servicios, o a causa de su pobreza? Ciertamente no.
Si los intereses de Sion requieren sus servicios, en esa dirección se encuentra su legítima senda del deber. Entonces corresponde a los santos proveer para su familia y asegurarse de que no le falten las cosas necesarias para la vida; y no nos haría daño asegurarnos de que también disfrutara de algunas comodidades.
Si no hay excusa para los pobres, ciertamente no puede haberla para los ricos; no obstante, los ricos suelen estar tan absortos en sus negocios, tan atados a los asuntos mundanos, que están poco preparados para el servicio misional; razón de más para que compartan libremente de su abundancia a fin de ayudar a quienes están mejor capacitados para el ministerio cuando estos sean llamados al campo misional. Es verdad que los diezmos del pueblo están destinados a estos y otros propósitos, y no cabe duda de que, cuando todos los ricos y los pobres obedezcan honradamente y de común acuerdo la ley del diezmo, habrá abundancia en el almacén del Señor para construir templos y casas de adoración, alimentar y vestir a los hambrientos y desnudos, proveer para los ancianos, los enfermos y los pobres, recoger a los santos, enviar a los élderes a las naciones de la tierra y mantener a sus familias mientras estén ausentes; y también para comprar la tierra de Sion, redimir la estaca central y obtener posesión de nuestras herencias, o hacer cualquier otra cosa que sea necesaria, aunque al principio Dios dio una ley más perfecta que la del diezmo para realizar todas estas cosas; pero los santos no pudieron vivir conforme a la ley mayor, y esta fue suspendida temporalmente. Por tanto, hasta que sepamos cómo hacerlo y estemos dispuestos a obrar mejor de lo que ahora lo hacemos, nuestros diezmos y nuestras ofrendas son necesarios para llevar adelante la obra de Dios.
Los santos no deben considerar estos deberes como una dificultad. La ley del diezmo es un mandamiento con promesa de recompensa por la obediencia. Ningún hombre ha observado jamás esta ley sin ser bendecido por hacerlo, porque Dios puede y desea cumplir todas Sus promesas cuando nosotros cumplimos las condiciones que nos corresponden. Aquellos deberes que Dios requiere pueden parecer una carga a los desobedientes e infieles, pero para los dispuestos y obedientes son fuentes de bendición, placer y deleite, y no son carga alguna. Nuestras cargas se vuelven más ligeras en proporción al aumento de nuestra fidelidad. Nuestro disfrute de los dones y las bendiciones del Espíritu Santo aumentará a medida que seamos más diligentes, y así también se ampliará nuestro conocimiento y se hará cada vez más seguro nuestro derecho a la exaltación y a la vida eterna.
Enviar élderes año tras año y miles de dólares anualmente para recoger a los pobres no es todo lo que tenemos que hacer. Tenemos que atender las industrias locales. Debemos proporcionar empleo a nuestro pueblo, para que, cuando sea recogido en Sion, no permanezca ocioso por falta de trabajo remunerado. Debemos establecer ramas de industria mediante las cuales podamos por lo menos satisfacer nuestras propias necesidades y, tan pronto como sea posible, estar en condiciones de exportar nuestros productos locales, y así dar empleo a todo Santo de los Últimos Días fiel que sea recogido en Sion, para que las personas no solamente lleguen a sostenerse a sí mismas, sino que contribuyan con su parte al bien general.
Nuestras fábricas deben ser fomentadas, favorecidas y protegidas, y el pueblo debe buscar y preferir sus productos básicos, aunque al principio sean más costosos. No se necesita argumento alguno para demostrar a los perspicaces y previsores que esta política será la más provechosa al final.
Mientras sigamos siendo solamente compradores e importadores, permaneceremos dependientes de los fabricantes y exportadores de fuera y a su merced; pero cuando podamos producir lo que necesitamos mediante nuestra propia laboriosidad y destreza, a partir de los elementos que nos rodean con tanta abundancia, dejaremos de importar y de depender de Babilonia, o del mundo, nos acercaremos a la independencia y comenzaremos a asumir en la tierra la posición que Dios ha dispuesto que ocupemos: dirigir y no ser dirigidos, enseñar y no ser enseñados, ser «cabeza y no cola».
Todo Santo de los Últimos Días debe sentirse orgulloso de vestir ropa de fabricación local, de la cabeza a los pies; y cuando comencemos a considerar nuestros mejores intereses y los intereses de Sion, lo haremos aunque ahora nos cueste más que vestir los tejidos de mala calidad del mundo, rellenos, almidonados, lustrosos y brillantes, o incluso lo mejor que el mundo ofrece. El dinero que se gasta en manufacturas locales es dinero que se conserva en la comunidad; es dinero reservado para su uso y beneficio futuros aquí, mientras que el dinero que se envía fuera fortalece a Nueva York, Boston, Filadelfia, Lowell y al mundo en general, todos los cuales se oponen al pueblo y a la obra de Dios, y solamente nos devolverán mal por el apoyo comercial que les brindamos.
Debemos estar preparados no solamente para fabricar nuestra propia ropa, sino también para hacer todas nuestras herramientas mecánicas y agrícolas, nuestros muebles, nuestros materiales de construcción, nuestras carretas, carruajes y equipos, junto con todo lo necesario para el uso recto y legítimo del hombre, a fin de que, cuando Babilonia caiga, estemos preparados para ello y no nos encontremos entre quienes llorarán y se lamentarán porque «ninguno compra más sus mercaderías».
Veo a algunas hermanas que llevan hermosos sombreros adornados con cintas de seda, así como chales, vestidos, corbatas, etcétera, de seda, que ellas mismas han producido y confeccionado. Así debe ser: «la belleza de la obra de sus propias manos».
Quizá ningún país del mundo abunde más que el nuestro en los verdaderos elementos de riqueza, ni esté mejor adaptado para la producción de seda, que se utiliza tanto y se busca con tanto afán para la indumentaria femenina; y hay miles de hombres, mujeres y niños en Utah que podrían perfectamente dedicar una parte de su tiempo a su cultivo, digamos un mes o seis semanas en la estación apropiada del año, tanto para su placer como para su provecho, si quisieran hacerlo; y el resultado sería la producción, en grandes cantidades, del tan codiciado artículo de la seda y un aumento del trabajo remunerativo.
La hermana Zina Young, el padre Graves y unas pocas personas más se están interesando en esta industria y procuran despertar interés en ella entre las clases trabajadoras, para que la seda llegue finalmente a ser uno de los principales productos de Utah. Hasta ahora, me temo, les ha resultado una labor bastante ardua. La gente parece ansiosa por obtener beneficios inmediatos, ganancias presentes, lo cual en demasiados casos es sumamente perjudicial tanto para la persona como para el bien público. Es difícil conseguir que la gente mire hacia adelante o trabaje para el futuro; todos estamos terriblemente envueltos y absortos en el presente y en nosotros mismos. Pero se me dice que la producción de seda se está extendiendo gradualmente y que, con el tiempo, indudablemente llegará a ser una de nuestras industrias florecientes. Un niño pequeño es capaz de atender gran parte del trabajo que exige la producción de seda cruda, y los niños un poco mayores pueden prepararla para el telar.
Que el Señor bendiga al pueblo. Que el Espíritu del Señor more en el corazón de los Santos de los Últimos Días y los guíe continuamente, es mi oración, en el nombre de Jesús. Amén.


























