La libertad religiosa y la firmeza en la fe
Por el élder Orson Pratt, pronunciado en la Conferencia General, celebrada en el Tabernáculo de Salt Lake City, el 6 de octubre de 1879.
Orson Pratt defiende la libertad de creer y practicar la religión, rechaza la persecución contra los santos y afirma que los derechos constitucionales protegen tanto a las minorías como a las mayorías.
El progreso de la obra de Dios—La introducción de males por parte del mundo—Medidas hostiles e inconstitucionales—El matrimonio plural no es un delito—Se denuncia la intolerancia
Por la bendición de nuestro Padre Celestial, se nos permite reunirnos una vez más, en circunstancias de paz, aquí, en este gran tabernáculo, para celebrar una conferencia semestral, en el año cincuenta de la historia de esta Iglesia. Unos pocos meses más, y esta Iglesia habrá cumplido cincuenta años de historia. Grande y maravilloso ha sido el progreso de la Iglesia durante este período, mucho más allá de cuanto hubiéramos podido calcular al considerar el asunto desde una perspectiva natural, como hombres naturales. Pero al contemplarlo espiritualmente, bien podríamos haber esperado ver lo que ahora contemplamos: un gran pueblo congregado de muchas naciones, que ocupa la parte central de esta gran porción septentrional del hemisferio occidental. Como pueblo, durante el primer medio siglo, o casi, de nuestra existencia, hemos progresado grande y rápidamente, mucho más que algunas de las dispensaciones anteriores que se han introducido en nuestro mundo. Me resulta asombroso que tantas personas hayan recibido el mensaje divino que Dios ha comunicado a la familia humana en nuestros días, si consideramos que la generación, o el pueblo, que viviría inmediatamente antes de la venida del Hijo del Hombre en Su gloria fue descrita como un pueblo semejante al que existió en los días de Noé. Se recordará que el mensaje de aquel hombre bueno no recibió mucha atención en su época; de hecho, muy pocos creyeron en su mensaje. A menudo he pensado en lo desalentador que debió de haber sido para aquel buen y anciano profeta profetizar a esa generación, predecir el gran juicio que les sobrevendría, señalar el único medio de seguridad para quienes deseaban escapar, trabajar diligentemente durante tantos años y luego encontrar solamente a siete personas, además de él mismo, suficientemente justas para recibir el mensaje. ¡Qué desalentador! Si este mensaje hubiera sido tratado con la misma indiferencia, podemos imaginar fácilmente lo desalentador que habría sido para José Smith, como profeta y revelador, trabajar quizá durante cien años y lograr solamente siete conversos. En cuanto al número, entonces, quienes han obedecido el mensaje del Evangelio en nuestros días han llegado a ser muy numerosos en comparación con quienes recibieron el mensaje en los días del Diluvio. No solamente una familia, sino cientos de miles se han congregado en esta Iglesia de los últimos días. Sin embargo, la divinidad de un mensaje no depende del número de quienes lo reciben. Los números no tienen nada que ver con el asunto. El Señor nuestro Dios ha enviado a Sus siervos en esta gran dispensación; primero los envió directamente a nuestra propia nación, y esta, como pueblo, lo ha rechazado. Sin embargo, personas de todos los estados han considerado oportuno recibir la amonestación divina, y en su mayoría se han congregado en estas montañas y se han establecido entre estos collados eternos. ¿Quiénes fueron los primeros en transformar este desierto? ¿Fue una mezcla de personas pertenecientes a los Santos de los Últimos Días y de personas ajenas a ellos? No; fueron los esfuerzos unidos de un pueblo pobre y afligido, que ya había sido expulsado cinco veces de sus hogares mientras vivía en los estados. Vinieron aquí casi con las manos vacías en cuanto a bienes se refiere. Vinieron a una región poco deseable; vinieron a un lugar que figuraba en nuestros mapas como «el Gran Desierto Americano», una región en la que apenas habían penetrado hombres blancos. Comenzamos de nuevo en esta tierra, y fue mediante el trabajo de nuestras manos, fortalecidos por el Todopoderoso, que abrimos estos escarpados cañones, penetramos en estas montañas y obtuvimos madera para construir nuestras casas y cercar nuestros campos; fue mediante el trabajo unido de los Santos de los Últimos Días que construimos acequias y canales para regar la tierra, en lugar de depender de las lluvias del cielo, y así comenzamos un nuevo sistema de agricultura, al menos en lo que respecta a nuestra experiencia. Fue mediante el trabajo de los Santos de los Últimos Días solamente, y no mediante el trabajo y el capital de los gentiles. Estos hermosos árboles ornamentales que dan sombra fueron plantados frente a nuestras casas para embellecer y adornar las calles mediante el trabajo de las manos de los Santos de los Últimos Días, y no con la ayuda de los gentiles. Fueron los santos quienes establecieron estos hermosos huertos que se ven, no solamente en esta gran ciudad, que bien podría llamarse una ciudad de huertos, sino en casi todos los demás pueblos grandes y ciudades de este gran desierto. Fue mediante el trabajo de nuestras propias manos que se erigieron escuelas en todas las regiones y poblaciones de nuestro territorio; todo esto, además, en una etapa temprana de nuestros asentamientos aquí, pues la educación de nuestros jóvenes se contaba entre las medidas más destacadas e importantes destinadas a beneficiar al pueblo. Fue mediante el trabajo de nuestras propias manos que se establecieron academias y edificios para escuelas secundarias en diversas partes del territorio, así como nuestras escuelas comunes. Fue mediante el trabajo de nuestras propias manos que se establecieron capillas y centros de reuniones en todas nuestras poblaciones de esta región montañosa. Fue mediante el trabajo de nuestras propias manos que el desierto floreció como la rosa.
Con el tiempo, después de haber realizado y casi concluido esta obra, habiendo fundado numerosas poblaciones, construido numerosas viviendas, plantado numerosos árboles ornamentales, establecido extensos huertos y comenzado a producir cereales, frutas y hortalizas en gran abundancia; después de haber hecho todas estas cosas, abriendo de lleno el territorio, comenzó a llegar en gran número aquella población de fuera. ¿Quiénes fueron, entonces, los que abrieron la región para que nuestros amigos gentiles pudieran venir a ella e hicieron que reinara la prosperidad entre nosotros? Fueron los Santos de los Últimos Días. ¿Quiénes hicieron posible la nivelación del terreno para el ferrocarril Union Pacific a través de estas escarpadas montañas, la labor más difícil de toda su construcción? Fueron los fuertes brazos de los Santos de los Últimos Días, nuestros muchachos de las montañas; prolongaron la vía varios cientos de millas; hubo que perforar túneles a través de enormes montañas, y los lugares ásperos y escarpados fueron allanados y el camino preparado para que nuestros vecinos gentiles pudieran venir entre nosotros, y todo ello para que tuvieran el privilegio de dejar constancia de que ellos fueron los grandes hombres que establecieron estas obras e hicieron florecer el desierto como la rosa.
Permítanme preguntar: ¿qué han hecho nuestros vecinos gentiles que han venido entre nosotros? Han hecho algunas cosas buenas; han introducido algunas cosas muy malas. Hablo ahora conforme a mis propios sentimientos personales sobre este asunto. Antes de que vinieran, no teníamos tabernas en los diversos pueblos, aldeas y ciudades de nuestro territorio para convertir a un pueblo sobrio en borrachos empedernidos. No teníamos tales establecimientos; pero tan pronto como llegaron, este producto de lo que llaman civilización fue introducido entre nosotros dondequiera que pudieron establecerse. Hasta ahí lo referente a esta clase de civilización que se ha introducido en medio de este pueblo. ¿Qué más? Pasaron años y años antes de que la población gentil comenzara a llegar en cantidad alguna a nuestro territorio, durante los cuales nuestras viviendas gozaban de seguridad. Podíamos dejar abiertas nuestras puertas durante las noches de verano para beneficiarnos de las brisas de las montañas; ahora tenemos que cerrar las puertas con llave y asegurar las ventanas. ¿Por qué? Porque esa cosa llamada civilización ha llegado entre nosotros y hace que no sea seguro dejar así abiertas nuestras viviendas. ¿Qué más? Antiguamente podíamos lavar nuestra ropa, como hacemos semanalmente, y colgarla en los tendederos, dejándola allí, si era necesario, durante uno o dos días y noches, sin el menor peligro de que se la llevaran. ¿Nos atrevemos a hacer estas cosas ahora? ¿Podemos esperar seguridad ahora? No. ¿Por qué? Porque ha llegado entre nosotros la civilización gentil, aquello que abandonamos al salir de las tierras de las que emigramos. Ha venido hasta nosotros, y estas son las cosas desagradables a las que tienen que enfrentarse los Santos de los Últimos Días.
Pero se ha dicho, e incluso publicado, que no fueron los Santos de los Últimos Días quienes introdujeron las bendiciones que hoy disfrutan los habitantes de este territorio, sino otras personas. Estoy procurando describir estas cosas exactamente como son.
¿Qué más? Nuestras calles no solamente están llenas de borrachos debido a la introducción de estas tabernas en casi todas las partes de nuestro territorio, sino que vemos riñas, blasfemias, amenazas de muerte, etcétera, en todos los lugares del territorio donde ha aparecido esta «civilización» de fuera. Puede haber algunas excepciones entre los elementos gentiles. No deseamos declarar que todos los de fuera que se han establecido entre nosotros sean de este carácter, sino que hablamos de estas cosas en términos generales. Hay hombres y mujeres buenos que no estuvieron entre los primeros pobladores de esta región, que han venido aquí desde que se abrió el camino y desde que la prosperidad se extendió por este desierto; no hablamos contra ellos, sino contra aquella clase de personas que ha introducido estos males entre nosotros. Podríamos hablar de otras cosas, como las casas de mala reputación, algo que no se conocía en nuestra región y acerca de lo cual los jóvenes y la nueva generación llegaron a la edad adulta sin saber nada, salvo lo que ocasionalmente leían en algunos periódicos del este. ¿Existen ahora? Sí. ¿Quién las trajo aquí, y quién las sostiene después de haber llegado? Intenten suprimir estas cosas mediante la ley, y se hará todo esfuerzo por conservar en la región estos focos de corrupción. Se expiden mandamientos de habeas corpus para liberar a esos malos individuos y dejarlos sueltos en la comunidad. Este es otro aspecto de lo que llaman «civilización». Podríamos continuar y mencionar la profanación del día de reposo, la mentira, las tergiversaciones, las disputas, el robo y otras cosas, pero no tenemos tiempo para detenernos en todos estos asuntos.
Vinimos aquí como un pueblo religioso. Teníamos un gobierno civil y un gobierno religioso; teníamos autoridad civil y autoridad eclesiástica antes de que los gentiles vinieran aquí en grandes cantidades. Ambos principios de gobierno existían en este territorio desde sus comienzos. Las personas religiosas de este territorio parecían estar muy unidas, con muy pocas excepciones. Todos creíamos en las mismas doctrinas. Pero alguien dice: «¿No es contrario a los principios de nuestro gobierno que todo el pueblo esté unido?». No conozco nada en ninguno de los principios establecidos por los padres de la Revolución que exija división en una forma representativa de gobierno. Establecieron disposiciones para el caso de que hubiera divisiones, pero nunca fundaron el gobierno con la determinación expresa de que hubiera división, ya fuera en su religión o en su política; no es una condición necesaria de nuestra forma de gobierno. Nuestro gobierno y sus principios podrían sostenerse sin violación alguna aunque los cuarenta millones de habitantes fueran todos de una sola fe. Si todos fueran demócratas, o de cualquier otra convicción política, aun así no se infringirían los principios del gobierno. Pero establecieron disposiciones para el caso de que hubiera divisiones. Gracias a Dios, en este territorio hemos sostenido una forma republicana de gobierno sin vernos en la necesidad de inculcar al pueblo que debe estar dividido. No inculcamos tal cosa en sus mentes. Estar divididos no forma parte del gobierno republicano. Todos pueden votar de la misma manera en las urnas; todos pueden creer en la misma religión y aun así ser buenos ciudadanos de los Estados Unidos. ¿Cómo? ¿Pueden todos ser presbiterianos y al mismo tiempo ser buenos ciudadanos estadounidenses? Sí. ¿Pueden todos ser metodistas y aun así ser buenos ciudadanos estadounidenses? Sí. ¿Pueden todos pertenecer a un mismo partido político, sin que nadie se les oponga, y aun así ser buenos ciudadanos estadounidenses? Sí. ¿Por qué? Porque no hay nada en la Constitución de nuestro gobierno que exija a la población creer doctrinas diferentes conforme a sus conceptos e ideas religiosas, nada que exija que sus sentimientos políticos estén divididos. Pero están divididos. Los pueblos de todas las naciones están divididos; y el Congreso y los diversos estados de nuestra Unión han establecido, en su mayor parte, leyes buenas y sanas que contemplan esta condición dividida de la sociedad, dando a cada persona el privilegio de creer como considere apropiado en cuanto a sus ideas religiosas, y de llevar a la práctica sus convicciones mediante el ejercicio de su religión, además de creer en ella; y disponiendo que la mayoría no oprima a la minoría simplemente porque sea la mayoría. Estadistas, jueces y otros que profesan gran inteligencia han presentado argumentos más o menos así: que los Santos de los Últimos Días son un pueblo de apenas unos ciento cincuenta mil, mientras que los Estados Unidos son un pueblo que cuenta con cuarenta o cuarenta y cinco millones. Por tanto, dicen, la gran mayoría, los cuarenta o cuarenta y cinco millones de personas, debe o tiene perfecto derecho a oprimirlos a ustedes, Santos de los Últimos Días, porque constituyen la minoría en sus creencias religiosas. Ahora bien, no creo en esta idea antirrepublicana, aunque fue publicada en esta ciudad la semana pasada por una persona que ocupa un alto cargo, un funcionario federal de nuestro territorio. Supongamos, por ejemplo, que hubiera solamente diez hombres religiosos viviendo en los Estados Unidos que creyeran cierta doctrina conforme a los preceptos bíblicos, y que todos los demás creyeran algo distinto; ¿tiene esta gran mayoría derecho a oprimir a esos diez hombres? No tiene tal derecho. La Constitución de nuestro país ha dispuesto que esa minoría pueda creer como elija, siempre que no perjudique a nadie con su creencia y siempre que no perjudique a ninguna persona al practicarla. Supongamos que los presbiterianos insistieran, en su calidad de iglesia, en que la aspersión con agua fuera el único modo de bautismo que observaran los miembros de su denominación; ¿tienen derecho a hacerlo? Sí. Pero supongamos que cuarenta millones de personas que no fueran presbiterianas denunciaran ese sistema como delictivo, alegando que no está de acuerdo con las doctrinas de la Biblia y que, por consiguiente, sería una práctica delictiva blasfemar el nombre de la Trinidad rociando unas gotas de agua y llamando a eso bautismo; y supongamos que lograran que el Congreso aprobara una ley contra la aspersión porque, según sus ideas, es delictiva; y supongamos que quienes introdujeron ese modo de bautismo fueran llevados ante la justicia conforme a esa ley y declarados delincuentes de acuerdo con esa ley del Congreso; y supongamos que la Corte Suprema de los Estados Unidos confirmara la actuación del tribunal inferior en este asunto; ¿deberían ser condenadas tales personas como delincuentes? No. Ustedes dirían que tienen derecho a practicar la aspersión; yo diría lo mismo, por mucho que en mi propia mente discrepara de la práctica presbiteriana; por mucho que considerara ese acto abominable a los ojos del cielo; por mucho que lo considerara delictivo ante Dios, aun así diría que tienen un derecho constitucional a practicar la aspersión; y lo mismo se aplica a todas las demás divisiones en cuanto a convicciones religiosas. Mientras esas diferencias de convicciones políticas o religiosas no perjudiquen al prójimo, a la sociedad, a las familias ni a la nación en general, una ley promulgada por los hombres no tiene nada que ver con ellas, sin importar lo que los tribunales puedan resolver en sentido contrario.
Estos son mis puntos de vista como individuo. No pretendo presentar estas cosas como los puntos de vista de ustedes ni del pueblo en general, sino como mis propios puntos de vista personales sobre este asunto.
Ahora bien, en cuanto a la pluralidad de esposas, ¿por qué es un delito? Solamente porque el Congreso promulgó una ley que la convierte en delito. ¿La convierte la Biblia en delito? No. ¿La convierte el Libro de Mormón en delito? No. ¿La convierte Doctrina y Convenios en delito? No. ¿Por qué es un delito? ¿Hay alguna ley de nuestra naturaleza que la convierta en delito? No. Hay cosas que son delictivas en sí mismas, y no podemos pensar en ellas sino como tales, pues por nuestra propia conciencia sabemos que lo son. Por ejemplo, robar bienes que pertenecen a nuestros vecinos. Eso lo consideramos delictivo. No querríamos que nuestro vecino nos robara nuestros bienes. Asimismo, ejercer violencia contra otra persona para despojarla de sus bienes es algo delictivo en sí mismo. Quitar la vida como los paganos que ofrecen sacrificios humanos, o quemar a la viuda pagana en la pira, es delictivo. ¿Por qué? Porque es algo que nuestra naturaleza condena de inmediato como delictivo, y las leyes del cielo, las leyes de Dios, también lo condenan como tal; pero no ocurre así con muchas otras cosas. Por ejemplo, se aparta un día de cada siete como día de reposo; y bajo la ley de Dios, en tiempos antiguos, se consideraba delictivo recoger un haz de leña ese día para encender fuego, y quien era sorprendido haciéndolo era condenado a muerte. Ahora bien, si no hubiera habido una ley sobre ese asunto, todo Israel no habría hecho distinción alguna entre el carácter sagrado de los días. Todos habrían sido iguales para ellos. ¿Por qué? Porque no había nada en sus propias mentes o conciencias que les hiciera percibir tal acto como delictivo. Pero cuando llegó la ley revelada de Dios que lo declaraba delictivo, entonces llegó a serlo. Lo mismo ocurre con muchos de esos principios religiosos observados entre los paganos. Son delictivos, y toda persona que conozca la ley de Dios se ve obligada a declararlos como tales. Pero, entonces, ¿condenaremos algo que la conciencia no denuncia como delictivo, que la ley de Dios no denuncia como delictivo? ¿Haremos que nuestro Congreso promulgue una ley que lo declare delictivo, para que quienes quebranten esa ley se conviertan en delincuentes? No puedo comprenderlo. Soy tan obtuso de entendimiento y mi mente está tan embotada que realmente no puedo encontrar sentido alguno a una ley de esa clase, ya sea promulgada por el Congreso o por un poder legislativo de todas las naciones unidas; para mi manera de pensar, no hay diferencia.
He leído los discursos de miembros del Congreso en los que han comparado la poligamia bíblica con ciertas formas de adoración pagana que la Biblia condena. ¿Por qué no comparar de la misma manera todo lo demás que pertenece a la religión? ¿Por qué no promulgar una ley que prohíba a ese pueblo religioso llamado judío practicar la ley mosaica de la circuncisión, imponiéndole multas y encarcelamiento si persiste en seguir la costumbre bíblica? Sencillamente porque no son odiados como lo son los «mormones». «Debemos tener una ley redactada expresamente para estos mormones; debemos promulgar una ley que los atrape. Pero, para que la gente piense que no somos injustos, la haremos general para todos los territorios».
Creo en los grandes principios establecidos en la Constitución estadounidense; creo en la libertad religiosa, en la creencia religiosa y en la práctica religiosa. Creo en todo principio garantizado en ese documento. Bien, supongamos entonces que me enviaran a mí, como individuo, a prisión por mi creencia o mi práctica religiosa; ¿cambiaría eso mi creencia? No. ¿Cambiarían mi creencia, digamos, cinco años en la penitenciaría? No. Si me impusieran todo el castigo de la ley en cada uno de sus aspectos, ¿hasta qué punto lograrían convencerme de que mi creencia y mi práctica son un delito a los ojos de Dios? Ni un ápice, aunque cuarenta y cinco millones de personas sostuvieran lo contrario. ¿Por qué? Porque, aunque pertenezco a la minoría, estoy protegido por la Constitución tanto como si perteneciera a la mayoría; soy ciudadano estadounidense y tengo los derechos de un estadounidense tanto como si perteneciera a la mayoría. Bien, entonces, ¿qué dicen ustedes? ¿Debo renunciar a mi religión a causa de esta ley? No. ¿Debo aconsejar a los Santos de los Últimos Días —un pueblo independiente, libre de actuar como le plazca en cuanto a sus creencias religiosas— que renuncien a alguna parte de sus doctrinas porque el Congreso la ha denunciado? No. No puedo hacer tal cosa. Si desean renunciar a ellas o abandonarlas, tienen la libertad de hacerlo, y de responder ante Dios y ser privados de la condición de miembros de la Iglesia por su incredulidad. «Ah —dice alguien—, ¿ustedes privarían a sus miembros de su condición de tales y así ejercerían presión sobre ellos?». Ciertamente lo haríamos. ¿Acaso no tenemos derecho a hacerlo? ¿Qué denominación existe en estos Estados Unidos que no tenga derecho a privar a sus miembros de su condición de tales por cualquier motivo que considere oportuno, si procede conforme a su propio credo y sus documentos? No conozco ninguna denominación que no disfrute de este derecho. No reclamo para mí ni para mis hermanos, en cuanto a estos asuntos, más de lo que ellos reclaman para sí mismos, ni más de lo que la Constitución garantiza a todos.
Tenemos derecho, por tanto, a decir que, si un hombre denuncia cualquier parte o porción de su religión, lo privaremos de su condición de miembro; o que, si una mujer hace lo mismo, procederemos con ella de igual manera. Y tenemos derecho a privar de su condición de miembros de nuestra Iglesia a quienes transgredan las leyes de Dios. Y esto no tiene nada que ver con los grandes principios de lo correcto y lo incorrecto establecidos por nuestro gobierno estadounidense. Pero dejaré este asunto.
Nos hemos reunido aquí en nuestra conferencia semestral, ¿para qué? Para considerar cualquier asunto que pueda contribuir al beneficio y al bienestar de todos. Ese es uno de los propósitos. Para dar consejo y orientación al pueblo de Dios que se encuentre al alcance de nuestras voces. Para obtener la aprobación y la voz unidas, con las manos levantadas al Dios Altísimo, para enviar misioneros a las diversas naciones de la tierra. ¿Para qué? Para convertirlas al Evangelio sempiterno.
Se nos ha informado mediante una circular, emitida oficialmente y enviada a diversas naciones, que debido a que hay personas que creen en las doctrinas de los Santos de los Últimos Días en Alemania, Escandinavia, Gran Bretaña, etcétera, los Estados Unidos tienen mucho interés en conseguir que todos esos gobiernos se unan, ¿contra qué? Para impedir que las personas religiosas que creen en estas doctrinas emigren de sus propias tierras a la tierra de América. ¿Responderán esos gobiernos? ¿Ayudarán al gran gobierno de los Estados Unidos a perseguir a personas religiosas tratando de impedirles emigrar de un país a otro? No sé si lo harán; tengo muchas dudas de que vuelvan a las antiguas edades oscuras de persecución y se unan, como lo hicieron Herodes y Pilato, para impedir que las personas religiosas emigren a otras naciones. Sería difícil impedirlo con alguna apariencia de coherencia. ¿Cómo van a saber si los emigrantes son presbiterianos, bautistas, metodistas o Santos de los Últimos Días cuando embarquen en los puertos europeos para venir a este gran continente americano? ¿O cómo van a saber a qué religión pertenecen? ¿Van a tener a sus embajadores, sus cónsules y grandes hombres nombrados expresamente, pagándoles grandes salarios e instruyéndolos para que estén en cada puerto y hagan además que todo hombre jure, al embarcar en un buque, que no es Santo de los Últimos Días?
Ahora bien, no creo que vayan a llegar tan lejos; y si no lo hacen, qué fácil sería para los emigrantes no decir nada acerca de sus convicciones religiosas mientras atraviesan el gran océano. ¿O no podríamos guardar silencio durante tanto tiempo? ¿Les sería difícil a los Santos de los Últimos Días mantener encerrado en sus corazones el fuego de la verdad, de modo que nadie supiera que son Santos de los Últimos Días durante diez largos días? Supongo que esa sería la parte difícil de la empresa. Nos regocijamos tanto en el Evangelio, en el gran plan de salvación, que apenas podemos guardar silencio durante diez días; aunque, si fuera realmente necesario, creo que algunos de nosotros podríamos conseguirlo.
Bien, supongamos que desembarcáramos sin contratiempos y guardáramos silencio, y que tomáramos el tren para Chicago, por ejemplo, ¿a quién le incumbe? Y supongamos que entonces decidiéramos tomar el tren para Omaha, ¿a quién le incumbe? Y en Omaha, supongamos que se nos ocurriera venir más al oeste y compráramos entonces un pasaje para Ogden, ¿acaso no tenemos derecho a hacerlo? ¿Va nuestro gobierno a emplear agentes y espías para averiguar las creencias religiosas de cada hombre que viaje por los distintos ferrocarriles? Me inclino a pensar que no; no creo que hayan llegado todavía a ese punto.
Pero ahora, en cuanto a la justicia de estas cosas. Supongamos que predicamos lo que el mundo llama «mormonismo» desde que embarcamos hasta que desembarcamos; porque creemos en el Señor Jesucristo, porque creemos en arrepentirnos de nuestros pecados, porque creemos en el bautismo por inmersión para la remisión de los pecados y porque creemos en el orden del matrimonio plural, tal como se enseña en la Biblia, ¿tienen derecho a cerrarnos las puertas? Cuando digo derecho, me refiero a un derecho constitucional. ¿No está este país abierto a todas las naciones? ¿No lo llaman todos los pueblos «el refugio de los oprimidos de todas las naciones»? Todavía no han promulgado una ley que prohíba a los chinos emigrar a este país. ¿Han caído los Santos de los Últimos Días tan por debajo del paganismo que se nos deban cerrar las puertas, mientras los paganos llegan por decenas de miles y afluyen a nuestra tierra? No creo, no puedo creer que el buen juicio del pueblo estadounidense pueda tolerar semejante persecución. Amén.


























