La luz del Evangelio y nuestra responsabilidad en la obra de Dios
Por el presidente John Taylor, pronunciado en el centro de reuniones del Barrio Diecisiete, el domingo 15 de diciembre de 1878 por la tarde.
Toda inteligencia verdadera procede de Dios, y el Evangelio sempiterno nos permite conocer nuestro propósito, participar en el recogimiento y la obra del templo, y cumplir fielmente nuestros deberes para la salvación de los vivos y de los muertos.
Toda inteligencia procede de Dios—La vida y la inmortalidad sacadas a luz por medio del Evangelio—El recogimiento—La construcción de templos—Los élderes como mensajeros de salvación a las naciones
Nos reunimos de vez en cuando para dedicarnos a la adoración del Todopoderoso, porque consideramos apropiado rendir el debido respeto al Señor Dios, nuestro Padre Celestial; nos congregamos con el propósito de orarle, cantar Sus alabanzas y hablar de principios, doctrinas, ordenanzas y otros asuntos que nos interesan individual y colectivamente, todo lo cual está más o menos relacionado con la adoración de nuestro Dios.
Hay algo relacionado con nuestras creencias religiosas que difiere sustancialmente de las de muchos otros. El Señor nos ha revelado Su voluntad, o ley; nos ha dado conocimiento de los principios de la verdad y de la rectitud; y procura, mediante los medios que ha dispuesto —el Evangelio sempiterno—, prepararnos para los acontecimientos que necesariamente tendrán lugar dentro de poco, y capacitarnos para introducir entre los hombres aquellos principios puros, santos y celestiales que existen entre los Dioses en los mundos eternos, y prepararnos, por medio del Evangelio, para colaborar con Él y con el santo sacerdocio que ha existido en épocas anteriores en el desarrollo de los propósitos de Dios sobre la tierra. Es una obra grande e importante en la que estamos embarcados, y necesitamos continuamente la dirección y la guía del Todopoderoso; porque, cuando reflexionamos sobre ello, resulta razonable que ningún hombre, como se expresa en las Escrituras, pueda conocer las cosas de Dios a menos que le sean reveladas por el Espíritu de Dios. A veces hablamos de estas cosas con bastante ligereza y, probablemente, en muchas ocasiones sin la debida reflexión. Pero cuando consideramos al hombre tal como está organizado, los límites de su inteligencia, y después reflexionamos sobre su relación con el Todopoderoso, descubriremos que no hay nada muy misterioso en estas observaciones, sino que encierran una gran cantidad de verdad y razón. Por ejemplo, los hombres saben muy poco acerca de sí mismos, de las cosas del hombre o de cómo dominar sus pasiones y hábitos y los diversos males que los rodean y contra los cuales deben luchar. Saben muy poco de la verdadera condición del hombre y de su relación con Dios, con el mundo y con el pasado, el presente o el futuro, como lo demuestra la condición del mundo por todas partes, adondequiera que dirijamos nuestra atención. Estamos comenzando a descubrir algunas cosas acerca de las leyes de la naturaleza y de la tierra en que moramos, pero nuestro conocimiento de ellas es comparativamente muy pequeño y, sin embargo, a veces nos jactamos con bastante facilidad de nuestra inteligencia. Pero cuando reflexionamos sobre nuestra verdadera situación, en realidad sabemos muy poco incluso acerca del mundo en que vivimos, de las propiedades de la materia o de los elementos que nos rodean; y, sin embargo, hace unos pocos años el mundo sabía mucho menos de lo que sabemos hoy. Recuerdo muy bien la época en que no existían los barcos de vapor. Recuerdo haber cruzado el Atlántico a vela más de una vez cuando todavía no se utilizaban barcos de vapor para ese propósito. También recuerdo la época en que no existían las locomotoras ni los ferrocarriles; y muchos de ustedes saben muy bien cómo sucedió con el telégrafo, la fotografía y muchas otras cosas. Son simplemente ciertos principios que existen en las leyes de la naturaleza y que nos han sido descubiertos; pero hay miles de otras cosas de las que sabemos muy poco. Y, además, ¿qué sabemos del futuro? ¿Qué sabemos de los cielos que están sobre nosotros? Podemos obtener algunas ideas limitadas y nos jactamos mucho de ellas, pero en realidad no hay demasiado de qué jactarse cuando reflexionamos sobre estas cosas. Son principios sencillos que hemos llegado a conocer mediante el estudio y la investigación, por medio del análisis químico y el desarrollo de leyes eternas. Simplemente estamos familiarizándonos con algunos de los principios que existen en la naturaleza. Necesariamente surge la pregunta: ¿Quién puso allí esos principios? ¿Quién organizó esta tierra en la que moramos, al hombre sobre ella y a toda la creación tal como existe? Alguna inteligencia o poder superior; lo llamamos el poder de Dios. «Por la fe entendemos que los mundos fueron hechos por el poder de Dios, de modo que lo que ahora se ve no fue hecho de cosas que se ven». No hay una sola partícula del organismo humano que no esté llena de inteligencia y que no manifieste previsión, conocimiento anticipado, diseño, habilidad y poder creador; y todo proclama la obra de un Creador, o Dios, sabio, inteligente y omnipotente. Cuando era niño, solía preguntarme: ¿Quién soy? ¿De dónde vine? ¿Qué estoy haciendo aquí? ¿Y por qué estoy aquí?, etc. Estas cosas todavía nos desconciertan, al menos muchas de ellas; sin embargo, son pensamientos sobre los cuales no podemos dejar de reflexionar. Vemos nacer niños en el mundo, y vemos cómo la primavera y el verano, el otoño y el invierno se siguen unos a otros en sucesión regular, y nos preguntamos: ¿Por qué poder se produjeron estas cosas? ¿Por qué estamos aquí y cuál es el propósito de todas estas cosas que vemos a nuestro alrededor? Y eso sin decir nada de los mundos que nos rodean. Porque, hablando de nosotros mismos, somos apenas una mota en la creación; apenas somos algo, nosotros o el mundo que habitamos, en comparación con las miríadas de mundos que nos rodean.
Ahora bien, con frecuencia queremos saber cuál es el propósito de nuestra existencia y por qué estamos aquí; y los santos van un poco más allá y preguntan: ¿Por qué tenemos que luchar con los asuntos de este mundo, esforzarnos, ser probados y tentados? Y vamos aún más allá y preguntamos, cuando vemos a nuestros amigos partir de este estado de existencia uno tras otro, y al cuerpo que antes estaba lleno de vida, animación y vitalidad, ahora tendido, indefenso y sin vida, y nuestra mente vuelve a los años pasados y pensamos en los miles de millones, sí, en las miríadas que han habitado esta tierra y han pasado a otro estado de existencia, nos sentimos impulsados a preguntarnos: ¿Por qué es así? Y también nos sentimos impulsados a preguntarnos: ¿Por qué nos encontramos en esta condición? ¿Y por qué debemos venir así a la vida, tener una existencia y después marchitarnos y decaer? Y es apropiado que tengamos esos pensamientos y esas reflexiones. ¿Quién puede esclarecer estas cosas? ¿Quién puede decirnos, basándose en principios naturales, el significado de estos extraños fenómenos, las razones y los motivos de estos asuntos? Nadie. Compartimos con todos los hombres sentimientos y sensaciones particulares con respecto al futuro. Pero ¿cuáles son las opiniones, ideas y sentimientos de los hombres en general acerca de estos asuntos? Y si tienen opiniones, ¿cuál es la fuente de su conocimiento? ¿Qué científico, filósofo o teólogo puede esclarecernos muchos de estos principios misteriosos que vemos manifestados cada día ante nosotros? Es muy difícil para el hombre comprenderlos y, como dije antes, nada sino el Espíritu que organizó las creaciones de Dios puede revelar esos principios y darnos conocimiento de la armonía de las cosas tal como existen en la mente del Creador, de nuestra relación con Dios, entre nosotros, con el mundo en que existimos y con los mundos venideros. Nada sino una inteligencia sobrehumana, sí, la inspiración del Todopoderoso, puede revelar estas cosas. Tenemos diez mil ideas, nociones y sentimientos; el mundo está lleno de toda clase de teorías relacionadas con estos asuntos. Pero ¿a qué se reduce todo ello? Podemos teorizar cuanto queramos, pero, a menos que recibamos alguna comunicación de seres que posean una inteligencia superior a toda inteligencia mortal, que estén vinculados con estas vastas creaciones y sepan algo de su origen y propósito, ¿qué podemos saber? Necesitamos comunicación con Dios y revelación de Él que nos ilumine al respecto, o seguiremos en la oscuridad y no sabremos nada acerca del futuro ni de muchas cosas del presente y del pasado. Algunos de nuestros poetas, mediante metáforas bastante hermosas, nos señalan algún lugar «más allá de los límites del tiempo y del espacio», donde debemos esperar un lugar celestial, la morada segura de los santos. Hay algo muy agradable en tales reflexiones, pero al mismo tiempo hay algo muy insensato. No sé cómo ni por qué principio hemos de llegar más allá de los límites del tiempo y del espacio; está más allá de mi comprensión, y dudo mucho que la persona que lo escribió pudiera hacerlo; de hecho, sé que no podía. A veces también cantamos acerca de «elevarnos cantando hasta la dicha eterna». ¿Qué es eso y dónde está? ¿Cómo lo disfrutaremos y en qué circunstancias? Ciertamente, quienes hablan de estas cosas no demuestran entendimiento. Nunca podremos comprender nada de ellas sino mediante las revelaciones de Dios, ya sea que se nos den directamente o por medio de otros.
Ahora bien, nosotros, los Santos de los Últimos Días, estamos en deuda —iba a decir con José Smith por el conocimiento que tenemos, pero eso no sería estrictamente cierto, porque no estamos en deuda con él ni con ningún otro hombre por el conocimiento que poseemos; estamos en deuda con el Señor, y Él utilizó al profeta José como instrumento para revelar, en medio de la masa caótica que existía en el mundo, los principios de vida, luz e inteligencia y las leyes por las que se rigen los Dioses en los mundos eternos; para enseñarnos qué curso debíamos seguir a fin de actuar con sabiduría, prudencia e inteligencia y comprender la posición que ocupamos aquí sobre la tierra y la relación que existe entre el hombre y su Hacedor, y para que pudiéramos comprender tanto las cosas del futuro como las del presente. Y la religión que se nos ha dado a conocer tiene por objeto prepararnos para participar en estas cosas, tanto en este mundo como en el venidero; enseñarnos cómo acercarnos a nuestro Hacedor y obtener mayor conocimiento de Sus leyes y de los principios de verdad que nos han sido revelados. El mundo, en general, trata estas cosas con mucha ligereza. La razón es que no las comprende, y ahí radica la dificultad. Y nosotros solo las conocemos en parte, las vemos en parte y las comprendemos en parte; pero sin comunión con el Todopoderoso, ciertamente no habríamos entendido nada de estas cosas. Hay algo muy peculiar en el mundo, y nosotros, al igual que otros, a veces somos propensos a ser bastante estrechos y limitados en nuestras ideas acerca del mundo en que vivimos y de las personas que nos rodean. Se nos dice que «a cada uno le es dada la manifestación del Espíritu para provecho». Y añadiría que toda inteligencia verdadera que poseen los hombres acerca de las leyes, la naturaleza y su funcionamiento, así como cualquier idea moral, científica o filosófica correcta que podamos concebir, procede de la misma fuente, lo reconozcan o no los hombres. Además, cualesquiera ideas religiosas correctas que posea el mundo en relación con el estado futuro proceden de aquella porción del Espíritu que se da a cada uno para provecho, no solo a nosotros, sino a todo hombre; y a la influencia de ese Espíritu deben todos los hombres el grado de honor e integridad que existe entre ellos. Es cierto que, comparativamente, hay muy poco, pero por lo que hay están en deuda con Dios tanto como nosotros. El apóstol Pablo dijo en cierta ocasión que Dios no se había dejado a Sí mismo sin testimonio. Este es un principio general que existe en todas partes y entre toda la humanidad. Pero hay otro principio separado y distinto de ese, y es el que lleva a los hombres a una comunión más estrecha con el Todopoderoso. ¿Y cuál es? Es el Espíritu del Señor en un grado más elevado, y en las Escrituras se le llama el Espíritu Santo. ¿Cómo lo obtienen los hombres? Por un medio determinado que Dios ha dispuesto, a saber: mediante la fe, el arrepentimiento, el bautismo administrado por la debida autoridad y la imposición de manos para comunicar el don del Espíritu Santo. Ahora bien, el Señor ha tenido Su «testigo» sobre la tierra en distintas épocas. Cuando ha tenido este testigo, generalmente el Evangelio ha estado vinculado con él; es una parte integral del gran plan. En el mundo prevalece una idea muy insensata: que el Evangelio no existía hasta que vino Jesús. Es la mayor insensatez de la creación. ¡Que no había Evangelio hasta que Jesús lo introdujo! Ustedes dirán: «¿Acaso no dicen las Escrituras que la vida y la inmortalidad son sacadas a luz por medio del Evangelio?». Sí. «¿Y no introdujo Jesús el Evangelio?». Sí. «Pues bien, si Él vino e introdujo el Evangelio, ¿por qué dice usted que ya tenían el Evangelio antes?». Siempre tuvieron el Evangelio cuando los hombres tuvieron conocimiento de Dios. Es el Evangelio lo que saca a luz la vida y la inmortalidad; es el Evangelio lo que coloca al hombre en condiciones de obtener un conocimiento correcto de Dios y de las eternidades venideras, de su situación en la tierra y de la que tendrá en lo por venir. Es ese mismo principio el que, como se nos dice, saca a luz la vida y la inmortalidad. Y si examinan los registros del Libro de Mormón, de la Biblia o de cualquier pueblo que haya vivido sobre la tierra, y encuentran en alguna parte un pueblo que haya tenido conocimiento de la vida y la inmortalidad, entonces les señalaré un pueblo que tenía el Evangelio. Por medio de ese principio los hombres anteriores al Diluvio tuvieron conocimiento de Dios y se comunicaron con Él. Por medio de él Enoc comprendió los principios del cielo y los aplicó a su situación, y fue por ese poder y mediante ese principio que él, junto con las ciudades en las que vivía, fue trasladado, así como los miles que vivieron entonces y también después de aquel tiempo fueron trasladados; fue mediante el principio y el poder del Evangelio que saca a luz la vida y la inmortalidad. Por medio de ese mismo principio Noé fue salvado; tenía comunicación con Dios, quien le reveló lo que iba a acontecer en la tierra y sus consecuencias. Dios le advirtió, lo preparó y le dijo qué hacer y cómo hacerlo; él siguió el curso que se le indicó y recibió su recompensa. Por medio de ese principio Abraham comprendió a Dios y recibió revelación y comunicación de Él, pues sin ello no habría sabido nada acerca de Dios. Pero comprendió, por los registros de sus padres, ciertos privilegios que se mencionan en su historia: privilegios que le correspondían a él y a sus progenitores, los cuales rastreó hasta los días de Adán, y mediante los cuales supo que era heredero del santo sacerdocio; y cuando lo averiguó, procuró recibir una ordenación del Señor. Y cuando fue perseguido por su fe, dejó la tierra en que vivía, y lo hizo por mandato del Señor: «Vete de tu tierra, y de tu parentela y de la casa de tu padre, a la tierra que te mostraré». Y el Señor lo favoreció y lo bendijo grandemente, y le dijo: «Y bendeciré a los que te bendigan, y a los que te maldigan maldeciré; y serán benditas en ti todas las familias de la tierra». ¿Fue así? Sí, se ha cumplido. Consideremos esto por un momento y veamos si se ha cumplido o no. ¿Quiénes eran Isaac y Jacob? ¿Tenían comunicación con Dios? Sí. ¿Cómo la obtuvieron? Por medio del Evangelio y de las promesas hechas a su padre Abraham. Y cuando Israel estaba en Egipto, ¿quién los liberó? Moisés. ¿Y quién era Moisés? Un descendiente de Abraham. ¿Sacó al pueblo de la esclavitud egipcia? Sí; Dios manifestó Su poder a favor de ellos. ¿Tenía Moisés el Evangelio? Sí, y Abraham también. El apóstol Pablo dice, en su epístola a los Gálatas, que Dios, previendo que justificaría por la fe a los gentiles, «anunció de antemano el evangelio a Abraham, diciendo: En ti serán benditas todas las naciones». A los israelitas se les predicó el Evangelio en el desierto; pero, como dice el Apóstol al hablar de ellos: «No les aprovechó el oír la palabra, por no ir acompañada de fe en los que la oyeron». Pero Moisés sí condujo a algunos de ellos a la presencia de Dios, a los que estaban preparados para recibirla; los demás, cuando oyeron los truenos, vieron los relámpagos y oyeron la voz de Dios, dijeron a Moisés: «Habla tú con nosotros, y nosotros escucharemos; pero no hable Dios con nosotros, no sea que muramos»; no estamos preparados para esta gloria, para esta clase de manifestación que se nos ha dado.
Pues bien, fueron insensatos; se apartaron de los principios correctos, violaron las leyes de Dios y, por tanto, incurrieron en Su desagrado; Su Espíritu se retiró de ellos, se les quitó el Evangelio y quedaron sujetos a una ley de mandamientos carnales; y se nos dice que la ley les fue dada como un ayo hasta que viniera Cristo. ¿Y qué hizo Cristo? Restauró la plenitud del Evangelio que habían perdido a causa de sus transgresiones anteriores. ¿Qué sigue? Volvemos a la promesa hecha a Abraham, según la cual en él y en su descendencia serían bendecidas todas las familias de la tierra. Moisés, como he dicho, era de su descendencia y fue el libertador de toda aquella nación. ¿Y quiénes fueron los profetas que existieron entre el antiguo Israel? Eran descendientes de Abraham; y a ellos llegaron la palabra de Dios y la luz de la revelación. ¿Quién era Jesús? Según la carne, era de la descendencia de Abraham. ¿Quiénes eran Sus Doce Apóstoles? De la descendencia de Abraham. ¿Quiénes eran los que vinieron a este continente, Lehi y su familia, unos 600 años antes de Cristo? De la descendencia de Abraham. ¿Quiénes eran los Apóstoles que tenían entre ellos y que se extendieron entre los millones que entonces vivían en este continente? De la descendencia de Abraham. ¿Quién era José Smith? De la descendencia de Abraham; y se nos dice que había de ser hijo de José y que él mismo se llamaría José. ¿Y para qué propósito fue levantado? ¿Para perjudicar o destruir a la humanidad? No, sino para sacar a luz la vida y la inmortalidad por medio del Evangelio. Él, como otros hombres prominentes de Dios, vino en el cumplimiento de los tiempos para hacer la obra que el Señor le había señalado, siendo llamado por Dios y enseñado por Dios; y, al ser enseñado de esa manera, poseía una inteligencia que no era inferior a la de ningún otro hombre sobre la tierra. Introdujo principios que ningún filósofo ni científico, ni toda la sabiduría de este mundo combinada, era capaz de desarrollar; tampoco le era posible a nadie sacar a luz tales principios sino mediante las revelaciones de Dios: principios de verdad, principios de inteligencia, principios que afectan al hombre en el tiempo y en la eternidad; principios que afectan al mundo en que vivimos; principios que afectan a los miles y miríadas que han vivido antes; principios de salvación que se extienden a todas las naciones y a todos los pueblos, vivos o muertos, relacionados con el tiempo y con la eternidad.
¿De qué manera debían darse a conocer estos principios? ¿Cómo llegarían los hombres a conocer estas cosas? Al ser llevados a la comunión con el Señor. ¿Y cómo debía hacerse esto? Jesús, cuando estuvo sobre la tierra, ordenó y apartó a otros y les dijo que fueran por todo el mundo y predicaran el Evangelio. ¿Qué Evangelio? Ese Evangelio que saca a luz la vida y la inmortalidad; ese Evangelio que pone a los hombres en comunicación con su Hacedor; ese Evangelio que nos mostrará quiénes somos y qué somos, por qué estamos aquí, cuál es el propósito de nuestra existencia y qué nos espera. Jesús dijo a Sus discípulos en Su época: «Id por todo el mundo y predicad el evangelio a toda criatura. El que crea y sea bautizado será salvo; pero el que no crea será condenado. Y estas señales seguirán a los que crean: En mi nombre echarán fuera demonios, hablarán nuevas lenguas; tomarán serpientes en las manos y, si beben cosa mortífera, no les hará daño; sobre los enfermos impondrán sus manos, y sanarán. Y he aquí, yo estoy con vosotros todos los días, hasta el fin del mundo». ¿Estuvo con ellos? Sí. ¿Cómo predicaban? Exhortaban a las personas a arrepentirse y ser bautizadas para la remisión de sus pecados. ¿Quiénes lo hacían? Hombres autorizados por Dios y comisionados por Él, y no por alguien más. ¿Y después? Si hacían esto, recibirían el Espíritu Santo. ¿Y qué haría este por ellos? Tomaría de las cosas de Dios y se las mostraría; sacaría a luz la vida y la inmortalidad; los pondría en comunicación con el Señor; les permitiría comprender principios que ningún hombre podía comprender, ni jamás debía comprender, sin el Espíritu; les haría recordar las cosas pasadas; los guiaría a toda verdad y les mostraría las cosas que habían de venir. ¿Fue así? Sí. ¿Tenían ese Espíritu? Sí. ¿El espíritu de profecía? Sí. ¿El espíritu de revelación? Sí. ¿Tenían el ministerio de ángeles? Sí. ¿Estaba abierta a su mente la visión de toda verdad? Sí. Comprendieron las manifestaciones de Dios hasta la escena final, hasta que los muertos, pequeños y grandes, comparezcan ante Dios, y hasta que esta tierra no solo sea redimida, sino celestializada y habitada por seres celestiales. Comprendieron estas cosas, profetizaron y escribieron acerca de ellas. ¿Sucede lo mismo con nuestro Evangelio? Exactamente lo mismo. ¿Se nos han comunicado estas cosas? Sí. ¿Han sido llamados los élderes a ir a las naciones de la tierra para exhortar a las personas a arrepentirse y ser bautizadas, como en tiempos anteriores? Sí. ¿Han oído la mayoría de ustedes predicar este Evangelio entre las diferentes naciones de la tierra? Sí. ¿Lo han recibido? ¿Lo han obedecido? Sí. ¿Recibieron el Espíritu Santo que lo acompaña? Lo recibieron, y lo saben y pueden dar testimonio de ello. Es el mismísimo Evangelio; ¿y por qué es el mismo? Porque es el Evangelio sempiterno, no algo que comenzó hace mil ochocientos años. Dice Juan: «Vi a otro ángel volar por en medio del cielo, que tenía el evangelio eterno para predicarlo a los que moran en la tierra, etc.». ¿Qué Evangelio? El Evangelio sempiterno; el Evangelio que existía entre los Dioses antes de que este mundo llegara a existir o de que las estrellas del alba cantaran juntas de gozo; el Evangelio que se predicó a Adán y que él predicó a su posteridad; el Evangelio que predicaron Enoc y Noé, Abraham, Isaac y Jacob y todos los antiguos profetas; el Evangelio que predicaron Jesús y Sus discípulos cuando Él les mandó ir a predicarlo a todas las naciones; en fin, el Evangelio que saca a luz la vida y la inmortalidad. Puede decirse de nosotros, como se dijo de aquellos: «Habéis sido bautizados en un solo bautismo y todos habéis participado del mismo Espíritu». ¿Lo hicieron? Sí. No eran muchos bautismos, ni muchas fes, ni muchas ideas ni muchas nociones, sino «una fe, un Señor y un bautismo, y un Dios que es sobre todos, y por todos y en todos vosotros».
Hay muchísimas cosas relacionadas con estos principios que interesan profundamente a los hijos de los hombres y, de manera más especial, interesan muy, muy profundamente a los Santos de los Últimos Días. El Señor nos ha recogido de entre las naciones de la tierra, tal como dijo a algunos de Sus antiguos profetas que lo haría, y ellos lo escribieron. Y uno de ellos, mientras estaba envuelto en una visión profética, contempló los propósitos de Jehová con respecto a esta generación y, al ver al pueblo de Dios congregarse, exclamó: «¿Quiénes son estos que vuelan como nubes, y como palomas a sus ventanas?». Y otro dice: «Os tomaré, uno de una ciudad y dos de una familia, y os llevaré a Sion». ¿Qué harás con ellos cuando los lleves allí? «Y os daré pastores según mi corazón, que os apacienten con conocimiento y con entendimiento». «Y subirán salvadores al monte Sion», dice otro, «y el reino será de Jehová». Algunas de estas expresiones son muy particulares y muy significativas. Sin embargo, fueron pronunciadas por hombres bajo la influencia del Espíritu Santo, el espíritu de revelación que desplegó ante su vista las cosas que acontecerían en los últimos días, lo cual es, de manera muy particular, lo que en las Escrituras se llama «la dispensación del cumplimiento de los tiempos», cuando Él reuniría «todas las cosas en Cristo, tanto las que están en los cielos, como las que están en la tierra». Para comenzar, reuniría a Su pueblo en uno, y de ahí nuestra situación actual en estos valles de las montañas. ¿Por qué estamos aquí? Vinimos porque era conforme a los propósitos eternos de Dios que nos congregáramos, y porque Dios ha restaurado este principio, entre otros, mediante el ministerio de santos ángeles y la manifestación de Su poder al revelar Su voluntad por medio del antiguo sacerdocio que existió sobre la tierra. ¿Y qué nos hizo congregarnos? A muchos de ustedes les sería difícil explicarlo si se lo preguntara. Sé muy bien que, cuando recibieron este Evangelio en tierras extranjeras, no podían descansar hasta congregarse en Sion; y había un sentimiento correspondiente entre los santos de aquí para ayudar a que estas cosas se llevaran a cabo. Antes de que se construyera el ferrocarril a través de las llanuras, solían enviar sus carretas y yuntas, hasta quinientas a la vez. ¿Qué los impulsaba a hacerlo? Era el espíritu del recogimiento que acompañaba a la dispensación de los últimos días; si hubiera tiempo, podría contarles de qué manera tan particular algunas personas fueron impulsadas.
El profeta José Smith y Oliver Cowdery se bautizaron el uno al otro. ¿Por qué? Porque Juan el Bautista se apareció y les confirió este sacerdocio, y ellos fueron y administraron en él. ¿Por qué José Smith y otros impusieron las manos sobre los hombres para que recibieran el Espíritu Santo? Porque Pedro, Santiago y Juan, quienes poseían las llaves del sacerdocio y de este Evangelio en tiempos anteriores, les confirieron ese poder, y ellos actuaron en virtud de él. ¿Por qué sentía el pueblo el deseo de congregarse? Porque Moisés, que estaba a la cabeza de la dispensación del recogimiento y a quien se dieron las llaves de esa dispensación, vino y les confirió el poder de recoger a la casa de Israel y a las diez tribus de su dispersión; y cuando ustedes recibieron este Evangelio, recibieron esto como parte de él. Esta dispensación del cumplimiento de los tiempos abarca todas las demás dispensaciones que han existido sobre la tierra, con todos sus poderes. Esa es la razón de que desearan tanto congregarse, y de esos impulsos particulares que muchos de ustedes no podían explicar.
¿Por qué construimos templos? Porque Elías el Profeta se apareció y confirió los poderes de su sacerdocio, que habían de «volver el corazón de los padres hacia los hijos, y el corazón de los hijos hacia sus padres». ¿Y por qué gastan tanto? Incluso sus enemigos se quejan de los millones de dólares que se emplean en la construcción de templos. ¿Por qué lo hacen? Sencillamente porque Dios nos ha mandado hacerlo y lo sabemos, y porque el espíritu que acompaña esta obra particular descansa sobre nosotros hasta que sentimos sus impulsos en nuestros propios huesos. ¿Y nos resulta una carga hacerlo? No. Nos complace. Y cuando construimos nuestros templos, nos complace administrar en ellos, no solo por nosotros mismos, sino por nuestros padres y madres y por aquellos de nuestros progenitores que han muerto sin el Evangelio, y así ayudar a salvar a todos los que han sido dignos de la salvación y que alguna vez han vivido sobre la tierra. Y tenemos que continuar nuestras labores en esta dirección; apenas hemos comenzado; y si esta pequeña cosa inquieta a los hombres, el único consuelo que puedo darles es que todavía estarán más inquietos. Si otros no saben lo que hacemos, nosotros sí; sabemos en quién hemos creído y, por consiguiente, actuamos en estas cosas.
Ahora bien, ¿qué haremos? Continuar haciendo el bien; continuar viviendo nuestra religión; continuar llevando a cabo los propósitos de Dios; continuar humillándonos ante el Señor y cultivando Su Santo Espíritu para que podamos comprender Sus leyes y conocer Su voluntad con respecto a nosotros. Ustedes han recibido el Espíritu Santo. Ahora les daré una instrucción que José Smith me dio en cierta ocasión, y no les hará daño. Me dijo: «Élder Taylor, usted ha recibido el Espíritu Santo; ahora siga las indicaciones de ese Espíritu; y si lo hace, con el tiempo llegará a ser en usted un principio de revelación, de modo que conocerá todas las cosas a medida que se presenten y comprenderá lo que está bien y lo que está mal con relación a ellas». Eso se aplica igualmente a ustedes, si pueden recibirlo, vivir de acuerdo con ello y disfrutarlo.
Pues bien, ¿qué somos? Deberíamos ser los santos de Dios, irreprensibles en medio de una generación torcida y perversa. Deberíamos estar llenos de caridad, de bondad fraternal, de afecto y amor los unos hacia los otros y de amor hacia todos los hombres. Deberíamos sentir como nuestro Padre Celestial. ¿Qué hace Él? «Hace salir su sol sobre malos y buenos, y hace llover sobre justos e injustos». Salvará a todos los hombres hasta el grado de salvación y exaltación que sean capaces de recibir; pero no puede otorgar a las personas aquello que no están preparadas para recibir. Hay una gloria celestial, una gloria terrestre y una gloria telestial; «Una es la gloria del sol, y otra la gloria de la luna, y otra la gloria de las estrellas, pues una estrella es diferente de otra en gloria. Así también es la resurrección de los muertos». Pero debemos tener presente que hay una gloria celestial, que es una, y una gloria terrestre, que es una, etc. Y nosotros, como Santos de los Últimos Días, queremos comprender la posición que ocupamos; y, puesto que Dios nos ha conferido muchos privilegios grandes y preciosos, queremos apreciarlos y honrarlos. ¿Somos setentas? Deberíamos estar llenos de luz y vida, del poder y del Espíritu del Dios viviente, y sentir que somos mensajeros a las naciones de la tierra; deberíamos sentir la palabra de Dios ardiendo como fuego en nuestros huesos y desear ir a rescatar a los hombres de los poderes de las tinieblas y de las cadenas de corrupción con que están atados, y conducirlos por los senderos de la vida. Deberíamos estar preparados para salir llorando, llevando la preciosa semilla, a fin de regresar con regocijo, trayendo nuestras gavillas. Si somos sumos sacerdotes, debemos magnificar nuestro llamamiento en esa porción del sacerdocio y prepararnos para los deberes y las responsabilidades que recaen sobre nosotros en relación con ese sacerdocio, a fin de estar preparados, conforme a las revelaciones que hemos recibido sobre estos asuntos, para presidir en las diferentes estacas cuando se organicen y para actuar en todas las cosas conforme a la disposición y voluntad de Dios. Si somos élderes, debemos procurar magnificar nuestro llamamiento en todo aspecto, apartar de nosotros todo mal y asegurarnos de que somos aceptados por Dios, viviendo de tal manera que sea un placer, además de un deber, cumplir la voluntad de Dios en todas las cosas. Si somos padres, debemos tratar debidamente a nuestros hijos y criarlos en el temor de Dios; debemos tratar a nuestras esposas con misericordia, ternura y amor; debemos sobrellevar sus debilidades y sostenerlas en el sendero de la vida, llenar su corazón de gozo y felicidad y ayudarlas a sobrellevar las luchas y dificultades que deben afrontar. Si somos esposas, debemos procurar hacer de nuestros hogares un cielo. Y como hijos y como padres, como Santos de los Últimos Días y como élderes de Israel, debemos procurar, mediante la oración de fe, cumplir los diversos deberes que recaen sobre nosotros, para honrar a nuestro Dios, magnificar nuestro llamamiento y cumplir la medida de nuestra creación aquí sobre la tierra; purificarnos de toda iniquidad y estar llenos de amor, bondad, generosidad y filantropía, y también de honradez, veracidad e integridad, sintiendo en nuestro corazón el deseo de decir: Oh Dios, escudríñame, pruébame y examíname, y si hay algún mal en mí, ayúdame a eliminarlo; ayúdame a honrar y magnificar mi sacerdocio y todo deber que recaiga sobre mí. Y como padres y madres, nunca debemos pronunciar una palabra ni realizar un acto que nos avergonzaría que Dios, los ángeles o nuestros hijos oyeran o vieran. Y si hacemos lo correcto y apreciamos y cultivamos el Espíritu de Dios hasta que pueda prevalecer y predominar entre nosotros, veremos a Sion levantarse y resplandecer, y la gloria de Dios descansará sobre ella.
Que Dios nos ayude a hacer lo correcto y a conservar nuestra pureza, a guardar Sus leyes, y nos conduzca por los senderos de la vida, para que, mientras vivamos sobre la tierra, podamos colaborar con Él en la salvación de los vivos y de los muertos, y finalmente seamos salvos en Su reino celestial, habiendo peleado la buena batalla, acabado nuestra carrera y guardado la fe. En el nombre de Jesús. Amén.


























