Unidos para edificar Sion y preparar a las nuevas generaciones
Por el presidente John Taylor, pronunciado en Ogden, el domingo 22 de septiembre de 1878 por la tarde.
John Taylor exhorta a los santos a edificar Sion mediante la cooperación, el cumplimiento de sus compromisos, la ayuda a los pobres y la educación de sus hijos en el conocimiento y la fe, preparándose para cumplir sus responsabilidades en la obra de Dios.
La Iglesia participa parcialmente en la Orden Unida—El Fondo Perpetuo para la Emigración—Preparación para la plenitud de la Orden Unida—La cooperación en Brigham City—La unión en las elecciones—La educación de los jóvenes.
Como otros han señalado, me han interesado mucho las palabras que se han pronunciado. Son asuntos que nos conciernen a todos. Son parte de nuestra religión, parte de nuestra fe, parte de los principios del Evangelio que hemos abrazado; y, como dije ayer en la reunión del sacerdocio, lo repito ahora: por mi parte, no sé cómo eludirlos, aunque quisiera. No encuentro ningún resquicio por el cual pueda excusarme. Es cierto, como señaló el hermano Snow, que ahora no se nos llama a entrar en estas cosas en su plenitud y perfección, pero sí se nos llama a dar pasos hacia ellas. Muchos de nosotros hemos participado parcialmente en la Orden Unida, pero no lo hemos sabido. Por ejemplo, recuerdo aquella época, y muchos de ustedes también, allá en Far West, Misuri, cuando estábamos rodeados de dificultades y tuvimos que abandonar el estado a causa de las persecuciones y del espíritu de intolerancia y persecución que existía allí. Acordamos entre nosotros ayudarnos mutuamente y emplear todos los recursos, todas las yuntas y todos los bienes que teníamos para ayudarnos unos a otros a salir del estado, hasta que no quedara allí ninguna persona que deseara marcharse. Lo cumplimos; y, sin embargo, hablando con propiedad y en sentido estricto, no estábamos en la Orden Unida, pero nos impulsaban los principios de unión, liberalidad y comunión, si así lo prefieren. Hicimos lo mismo cuando estábamos en Nauvoo, después de que el profeta José fue asesinado y volvió a prevalecer la violencia de los populachos, y abundaban los procesos judiciales, la tiranía y la persecución. Tuvimos que abandonar aquella región. ¿Fue porque habíamos hecho daño a alguien? No. ¿Porque habíamos infringido alguna ley? No. ¿Porque habíamos interferido en los derechos de alguien? No. ¿Porque causábamos problemas en la comunidad? No; sino porque éramos Santos de los Últimos Días y porque escogimos creer en una religión que Dios nos había revelado, cosa que la gente no nos permitía hacer y vivir en paz entre ellos. ¿Qué ocurrió después? Nos reunimos en el templo del Señor y allí, con las manos levantadas ante Dios, hicimos convenio de ayudarnos mutuamente a salir con nuestros recursos, como habíamos hecho en el estado de Misuri; y, puesto que veníamos a esta tierra, no descansaríamos hasta que no quedara allí ningún Santo de los Últimos Días que deseara venir a esta tierra. ¿Cumplimos aquello? Sí; lo llevamos a cabo al pie de la letra; cumplimos nuestros convenios y enviamos nuestras yuntas de regreso año tras año, hasta que no quedó en aquella región ninguno que deseara venir a Sion. ¿No era esto una Orden Unida? Sí, lo era, en parte, y hemos hecho muchas cosas semejantes desde que llegamos aquí. Tan pronto como cumplimos aquel convenio, organizamos una Compañía del Fondo Perpetuo para la Emigración, bajo la dirección del presidente Young, con el objeto de recoger a los pobres de tierras lejanas; y se aportaron y emplearon miles y cientos de miles de dólares para ese propósito. Se organizó sobre un principio sabio; no era exactamente lo que llamarían la Orden Unida, pero sí era un orden destinado a beneficiar a nuestros hermanos pobres, para traerlos desde sus hogares lejanos a unirse con nosotros en Sion. Muchos de ustedes aquí presentes recuerdan cuando enviamos a nuestros muchachos con nuestras yuntas, cargadas de provisiones, para traerlos desde las regiones fronterizas. Lamento mucho decir que muchísimos de ellos no han vivido de acuerdo con los principios de ese orden en cuanto a saldar sus deudas, como se esperaba que lo hicieran para que las operaciones del fondo fueran perpetuas, empleando los mismos recursos para traer aquí a otros que se encontraban en circunstancias semejantes a las que ellos mismos habían vivido. Repito que lamento mucho tener que decir que muchísimos no han reembolsado hasta ahora la cantidad empleada para traerlos como emigrantes, aunque en muchísimos casos tienen medios de sobra para hacerlo. El hermano Carrington, que es presidente del Fondo, me informa que actualmente se adeuda al Fondo Perpetuo para la Emigración una suma de alrededor de un millón de dólares, sin intereses; y, si se añadieran los intereses, sería aproximadamente el doble de esa cantidad. Este es un aspecto en el que hemos dejado de cumplir parcialmente nuestro acuerdo; pero muchísimos han cumplido sus obligaciones con prontitud y honradez. Quisiera que pudiéramos decir lo mismo de todos aquellos que han recibido ayuda de este Fondo. Espero que quienes todavía adeudan el costo de su emigración se sientan movidos a reflexionar sobre estas cosas y a considerar la situación de los hermanos que ahora se encuentran en la misma posición en que ellos mismos estaban hace algunos años.
Este es un principio de unión del que se ha abusado; pero es correcto, y ¿cesaremos nuestros esfuerzos en esta dirección porque hombres irreflexivos o deshonestos hayan abusado de él? No, procuraremos hacer lo que podamos, con la ayuda del Señor, para librar al Israel disperso de la opresión y la pobreza que muchos padecen. Quisiera señalar que, de esta suma que ahora se adeuda al Fondo, hay una cantidad bastante considerable que la Iglesia ha adelantado para ayudar a los pobres. Y si ustedes escucharan las cartas que recibo, si se dirigieran a ustedes y les suplicaran e importunaran como lo hacen conmigo de vez en cuando en relación con estas cosas, describiendo las terribles condiciones y la pobreza en que vive la gente, sentirían que, si la honradez elemental no pudiera inducirlos a cumplir sus obligaciones, al menos la compasión propia de la naturaleza humana los impulsaría a extender a otros la misma bondad que se les ha extendido a ustedes. Debemos reflexionar sobre estas cosas y, por lo menos, procurar corregirlas.
Pero volvamos a la Orden Unida; cuando los obispos en aquellos días acudían a ustedes y les informaban que se necesitaba cierto número de hombres y yuntas, con las provisiones necesarias, para ir al este a traer a los santos pobres, se proporcionaban. La Presidencia y los Doce hacían los cálculos y la distribución de aquellas yuntas. Luego se entregaban esas asignaciones a los obispos, y ellos acudían a ustedes, y ustedes proporcionaban entre cien y doscientas, y hasta quinientas salieron en una sola temporada. Creo que esto se parecía mucho a la Orden Unida. Muchos de ustedes quizá hayan ido personalmente, o hayan enviado a sus muchachos a realizar esta labor; y no se conformaron con orar por ellos, sino que les enviaron alimentos y sintieron como siempre debemos sentir los unos por los otros. Hemos hecho muchísimas cosas así. Ahora se nos llama a construir templos. ¿Lo estamos haciendo? Sí. Supongo que hoy hay más de quinientos hombres dedicados a la construcción de templos por todo el territorio. Así que, considerando el templo de Manti, en el valle de Sanpete, el templo de Salt Lake City y el templo de Logan, en el valle de Cache, todas estas cosas avanzan tan bien como razonablemente podríamos esperar, y el pueblo está contribuyendo con sus recursos y sus bienes con tanta liberalidad como podríamos esperar. ¿Es esto la Orden Unida? Pues sí. ¿Para qué lo estamos haciendo? ¿Para nosotros mismos? Sí. ¿Para alguien más? Sí; para nuestros padres y madres, tíos y tías, y para aquellos de quienes nada sabemos. Los estamos construyendo porque Dios lo ha mandado y porque las ordenanzas de Dios se efectuarán en estas casas; y, en lo que a esto respecta, estamos en la Orden Unida. Ahora bien, hemos procurado introducir la producción local y la combinación de esfuerzos, no estrictamente, como se ha señalado, de acuerdo con el plan establecido en Doctrina y Convenios; todavía no hemos llegado a eso, no estamos preparados para ello, todavía no hemos sido educados hasta alcanzar ese nivel; pero procuramos llegar a él, y en algunos lugares el pueblo está entrando en ello, no exactamente de acuerdo con alguna ley particular establecida en Doctrina y Convenios, sino acercándose tanto como las circunstancias lo permiten en el estado actual de la sociedad y en las condiciones que nos rodean. La gran mayoría de las personas que hoy se han establecido en Arizona se están acercando tanto como pueden a lo que llamamos la Orden Unida. El hermano Snow ha estado trabajando de esa manera durante bastante tiempo, y el resultado es que hoy, en aquel pequeño y apartado poblado de Brigham City, a pesar de las muchas dificultades que ha tenido que afrontar, entre ellas el incendio de su fábrica de tejidos de lana y otras desgracias bastante perjudiciales, no hay hombre, mujer ni niño que desee trabajar y no pueda conseguir trabajo. Quisiera que pudiéramos decir lo mismo de todos los poblados de este territorio. Creo que estaríamos en una posición mejor de la que tenemos hoy. En Brigham City, las personas fabrican sus propias telas, sus propias botas y zapatos, y casi todo lo que necesitan para sostenerse, y cuentan con más de cuarenta departamentos industriales, todos en funcionamiento. Pero ustedes dicen: “Los precios que tienen que pagar por sus productos son demasiado altos, y qué lástima que sea así”. ¿Les diré por qué fijan precios elevados? Porque la gente desea recibir salarios altos. Si todos acuerdan entre sí fijar los precios de sus productos en determinadas cantidades, ¿a quién perjudica eso? Puedo decirles cómo sucede entre ellos. El carpintero le dice al zapatero: Mira, me has cobrado muy caro por esos zapatos; y el zapatero responde: Sí, pero tú me cobraste muy caro por mis puertas y marcos de ventana; mientras que el agricultor cobra muy caro por su trigo y su harina. No supone ninguna diferencia sustancial que cobren cincuenta centavos o diez dólares, siempre que estén de acuerdo entre ellos. A un hombre que trabaja allí se le pregunta cuánto gana al día: Ah, tres dólares y medio o cuatro dólares al día. Es un salario bastante bueno para un trabajador no especializado, especialmente en estos tiempos, como saben. Y él se siente bastante satisfecho al contarles esa parte; pero no les dice cuánto reciben los demás. ¿Puede un hombre conseguir que le construyan una casa? Sí. ¿Por qué? Porque tienen albañiles y carpinteros, etc., y los gastos correspondientes se cargan a su cuenta. Luego, si quiere conseguir mantequilla, no se mete las manos en los bolsillos para buscar dinero, porque quizá no habría nada allí si lo hiciera; sino que mete la mano en el bolsillo para sacar un vale con el cual obtiene su mantequilla. Luego, si quiere un sombrero, puede conseguirlo; y lo mismo puede decirse de los muebles, y así sucesivamente con todo lo demás. Creo que esta es una orden unida bastante buena, y creo que, si pudiéramos tener estas cosas por todo el territorio, estaríamos mucho mejor de lo que estamos. Y ciertamente no puedo menos que alabar el proceder que el hermano Snow ha seguido en relación con estos asuntos. En un lugar llamado Orderville también les va muy bien; tienen prácticamente todas las cosas en común, y entre ellos prevalece un espíritu bueno, bondadoso y generoso. Recuerdo haber hablado con una hermana, una dama bastante instruida, y, al ver allí a un anciano muy débil que caminaba con paso vacilante, le dije: ¿Qué clase de trabajo dan a personas como él? Ella respondió que no creía necesario dar trabajo alguno a un hombre así; él ha conocido muchísimos años de ardua labor, y si podemos alimentarlo, vestirlo y cuidarlo en los años de su vejez, quizá alguien con ese mismo espíritu nos cuide cuando seamos ancianos y débiles. ¿No es ese un buen espíritu? Creo que sí; creo que es el sentimiento correcto, un sentimiento que todos debemos tener los unos hacia los otros, estando todos unidos por los lazos del Evangelio sempiterno, que nos hace amarnos unos a otros como Dios nos ama; Juan 13:34 e interesarnos por el bienestar mutuo y seguir el curso que tienda a producir estos resultados. En los condados de Cache, Davis, Tooele y en otros lugares, están procurando establecer este mismo orden de cosas tan rápidamente como pueden. Aquí está el hermano Farr; él, junto con otros, se puso a trabajar y construyó una fábrica; los Santos de los Últimos Días deben apoyarlo. Deben llevarle su lana; y si les cobra un precio alto por sus telas, hagan con él como hacen en Brigham City: cóbrenle un precio alto por su lana. Pero apoyémonos unos a otros, establezcamos las cosas sobre una base adecuada y no nos dejemos gobernar por las normas de los gentiles. El sistema de los gentiles y el mormonismo no encajan muy bien; las cosas de Dios y las cosas del diablo nunca han encajado bien ni jamás lo harán. Se están estableciendo curtidurías en muchos lugares entre nosotros, y se está fabricando cuero de muy buena calidad, con el cual se hacen botas, zapatos y arneses. Lo primero que se inició en relación con estas cosas fue la cooperación. El presidente Young nos dijo que era la voluntad de Dios que participáramos en ella; y lo hicimos, pero cometimos enormes torpezas, como lo hemos hecho con muchísimas otras cosas. Pero ¿es correcto cooperar? Sí. Sin embargo, vemos que algunas personas comienzan a apartarse para buscar sus propios intereses. Si avanzamos un poco más por el camino que llevamos, tomaremos una senda de retroceso en lugar de avanzar. Pero la nave de Sion sigue adelante; la “pequeña piedra” es cortada del monte, no con mano, Dan. 2:45 y rodará hasta llenar toda la tierra; Dan. 2:35 D. y C. 65:2 y, bajo la dirección de Dios, recae sobre nosotros, como Su sacerdocio, el deber de cumplir Su voluntad sobre la tierra. ¿Y acaso, por intereses individuales y diferencias personales, nos apartaremos de las cosas que Dios ha ordenado? ¡Digo que no, nunca! ¡No, nunca! Antes bien, unámonos más estrechamente y armonicemos nuestros intereses temporales hasta que fabriquemos todo lo que necesitamos para independizarnos del mundo.
Ayer sometimos esto a votación en la reunión del sacerdocio y, hasta donde pude ver, todos los hermanos votaron a favor de apoyar la cooperación y de que quienes se dedican al comercio compren a la cooperativa.
Pero algunos quizá digan: ¿Acaso las organizaciones cooperativas no han cometido muchos errores? Sí, los han cometido, y en muchos casos han actuado con mucha insensatez. Pero ¿abandonaremos el principio de la cooperación por los actos imprudentes de unas pocas personas? No actuamos así en relación con otros asuntos. Bautizamos a los hombres en la Iglesia y ponemos las manos sobre ellos para que reciban el Espíritu Santo, y después de haber sido bendecidos de esa manera con la luz, el Espíritu y el poder de Dios, muchos actúan con mucha insensatez, violan sus convenios y transgreden las leyes de Dios. ¿Repudiaremos, por tanto, el bautismo y la imposición de manos por su insensatez e iniquidad? Ciertamente no. El Señor ha dispuesto una manera de purificar la Iglesia, y se procede con esos hombres de acuerdo con las leyes de la Iglesia y se los desarraiga. Así es como debemos proceder en nuestros asuntos temporales. Si las personas obran mal, procédase con ellas de acuerdo con las leyes de la Iglesia; y si las cooperativas obran mal, mientras profesan regirse por principios correctos, procédase con ellas de la misma manera y háganse las correcciones necesarias para reparar esos males y erradicar la maldad.
Pero no queremos criticar ni desacreditar a nuestros hermanos de la cooperativa ni a quienes están fuera de ella, sino simplemente tratar algunos principios importantes que son necesarios para la edificación del reino de Dios sobre la tierra. Como he dicho, ayer sometimos esto a votación y los hermanos acordaron apoyar la cooperación, y quisiera saber de esta congregación si apoyarán o no la cooperación según la dirección del sacerdocio. Todos los que estén a favor de hacerlo, levanten la mano derecha. [La congregación votó unánimemente]. Mantengámonos fieles a nuestros convenios y acerquémonos tanto como podamos a los principios correctos, y Dios nos ayudará. Queremos estar unidos también en otras cosas; en nuestras elecciones, por ejemplo, debemos actuar como uno solo. Otros hombres no se avergüenzan de usar su influencia y actuar en favor de su partido; ¿por qué habríamos de hacerlo nosotros? Como ciudadanos estadounidenses, ¿no tenemos el mismo derecho? Sí, lo tenemos. Entonces seamos uno y actuemos como uno, por Dios y Su reino. Y, como se nos dice en Doctrina y Convenios, escojamos a los hombres más sabios, más prudentes e inteligentes, pongámoslos en cargos públicos y sostengámoslos en ellos. D. y C. 98:10 Así es como debemos proceder, sin dividirnos, siguiendo cada uno los designios y deseos de su propio corazón. Los miembros de la Iglesia de Inglaterra oran al Señor todos los domingos para que los perdone por seguir los designios y deseos de sus propios corazones. ¿Estamos en la Iglesia y el reino de Dios? ¿Somos instruidos por Dios? Si lo somos, honremos nuestro llamamiento y mostremos a Dios, a los ángeles y a los hombres que somos fieles a la responsabilidad que Él nos ha confiado; y sigamos adelante en la buena obra y procuremos una mayor unión. Y aunque hemos hecho mucho bien, procuremos hacer más. Y con respecto a las escuelas y la educación de los jóvenes, respaldaría con el mayor énfasis lo que el hermano Cannon ha dicho sobre este asunto. Se nos han confiado perlas de gran precio; hemos llegado a ser padres y madres de vidas, y los Dioses y el Santo Sacerdocio de los mundos eternos nos han estado observando a nosotros y a nuestros actos en relación con estas cosas. No queremos que crezca una posteridad ignorante, depravada, corrupta y caída, que se aparte de todo principio de rectitud; sino una que sea inteligente y sabia, que posea conocimientos literarios y científicos y conocimiento de todo lo bueno, digno de alabanza, intelectual y beneficioso que hay en el mundo; que llegue a conocer la tierra sobre la cual estamos y los elementos de los que se compone y que nos rodean, y que sepa cómo controlarlos y manejarlos y cómo aprovechar de la mejor manera todo lo que esté a nuestro alcance. Y, por encima de todas las demás cosas, enseñemos a nuestros hijos el temor de Dios. Deut. 4:10 Deut. 31:13 Sal. 34:11 Que nuestros maestros sean hombres de Dios, imbuidos del Espíritu de Dios, para que puedan guiarlos por las sendas de la vida y advertirles contra los diversos males e iniquidades que prevalecen en el mundo, a fin de que puedan llevar adelante este reino cuando nosotros hayamos terminado y sean valientes en las verdades de Dios. Enséñenles a acercarse a Dios para que puedan invocarlo y Él los escuche, y por medio de ellos edificaremos y estableceremos Sion y haremos avanzar ese reino que Dios ha dispuesto que gobierne y reine sobre las naciones de la tierra. Queremos prepararlos para estas cosas y que estudien de los mejores libros, así como por la fe, D. y C. 88:118 y lleguen a conocer las leyes de las naciones, de los reinos y de los gobiernos, D. y C. 88:78–79 D. y C. 90:15 y todo lo que contribuya a exaltar, ennoblecer y dignificar a la familia humana. Debemos construir edificios escolares buenos y espaciosos y equiparlos bien; y luego conseguir los servicios de los mejores maestros que podamos, y así: “Instruye al niño en su camino”. Salomón dijo que, si lo hacemos, “aun cuando fuere viejo no se apartará de él”. Prov. 22:6
Me complace mucho descubrir que se manifiesta gran interés en nuestros jóvenes. Veo aquí a tres de nuestros hermanos: los hermanos Goddard, Evans y Willes; han estado visitando algunos poblados en beneficio de las Escuelas Dominicales; deseo alentar a tales hombres en sus labores, porque comprenden plenamente que se les ha confiado una gran misión: enseñar a los jóvenes de este pueblo. Y luego están nuestras Asociaciones de Mejoramiento Mutuo de Hombres Jóvenes; son instituciones muy buenas, y tenemos algunos jóvenes excelentes que están surgiendo y yendo entre los jóvenes, exhortándolos a estudiar y comprender las leyes de Dios. Y todos los élderes de Israel deben apoyar a tales hombres en sus actividades. Y luego, las damas vinculadas con las Sociedades de Socorro se han vuelto muy eficientes. Que trabajen para el bien de todos y, como madres en Israel, que estén unidas y dejen de lado todo celo mezquino y todo pequeño sentimiento que sea incorrecto, y que sean uno; y que los obispos las ayuden, así como a las Asociaciones de Mejoramiento Mutuo de Mujeres Jóvenes, en sus labores en beneficio de las mujeres de la sociedad y en toda obra de misericordia y caridad o cualquier cosa que esté a su alcance. Y digo: Dios las bendiga, hermanas, y las guíe por las sendas de la vida para que demuestren ser dignas de la más elevada responsabilidad que se les ha confiado. Y en todas nuestras instituciones, sostengamos lo correcto y eliminemos lo incorrecto, y seamos valientes por la verdad, sin pedir favores a este mundo, porque Dios está del lado de Israel y nos defenderá si obedecemos Sus leyes y guardamos Sus mandamientos. ¿Seremos desintegrados? ¿Se llevará a cabo este plan de nuestros enemigos del que habló el hermano Cannon? No. ¿Fracasará este pueblo en su misión? No, pero muchos de sus miembros sí fracasarán, y muchos serán desarraigados. Pero la obra de Dios seguirá adelante y Sion progresará; y si nos ponemos el arnés para cumplir las diversas obligaciones que recaen sobre nosotros, Dios estará con nosotros y nos conducirá por la senda correcta. Queremos que todos cumplan con sus deberes en todas las diversas ramas del sacerdocio, que cada hombre trabaje por Dios y no por sus intereses individuales. Esto es lo que debemos procurar: estar del lado de Sion y obrar por el bienestar de Israel y por el establecimiento de la rectitud. Queremos que nuestros setentas y sumos sacerdotes despierten, y que nuestros élderes jóvenes y de mediana edad sientan las responsabilidades de la misión que descansa sobre ellos. Hay que evangelizar al mundo; hay que proclamar el Evangelio a todas las naciones. Dios ha encomendado esto especialmente a los setentas, con los demás para ayudarlos. Y exhortamos a los setentas y a los sumos sacerdotes a despertar, a asumir las responsabilidades que recaen sobre ellos y a prepararse para hacer la obra de Dios. Porque, lejos de haber concluido y terminado nuestra obra, apenas estamos comenzando a prepararnos para el conflicto. Guerras y rumores de guerras 1 Ne. 12:21 D. y C. 45:26 JS—M 1:23 comienzan a resonar en nuestros oídos; el día terrible se acerca rápidamente y Dios requiere de nosotros que nos preparemos para salir a las naciones de la tierra a proclamarles las palabras de vida. No importa lo que las personas puedan hacer entre nosotros; no les pedimos favores. Dios está con Israel si Israel está con Dios. Y si el mundo nos trata siquiera la mitad de bien de lo que nosotros lo hemos tratado, eso es todo lo que le pedimos; y si no lo hace, aun así seguiremos haciéndole bien. Y cuando llegue el día en que todos los hombres sean llevados ante la justicia, queremos sentir en conciencia que estamos libres de la sangre de esta generación. ¿Queremos que los ancianos y los enfermos vayan a predicar el Evangelio? No. Si ayer hubiera habido tiempo, me habría gustado mucho escuchar a los hermanos del sacerdocio expresar sus sentimientos; pero les diría a ustedes, sumos sacerdotes: Reúnanse y humíllense ante Dios, búsquenlo para obtener sabiduría que los guíe en todas sus actividades y prepárense para magnificar sus oficios en los diversos deberes de su llamamiento, que en realidad es el de presidir, D. y C. 124:133–134 a fin de que, cuando se produzcan cambios en las estacas actuales o se organicen otras estacas, estén preparados para servir como presidente y consejeros, como obispos y consejeros, como sumos consejos o en cualquier oficio al que se les llame. Y diría lo mismo a los setentas y también a los élderes: Prepárense para magnificar sus llamamientos. Humillémonos ante Dios, purifiquémonos, andemos con rectitud ante Él, vivamos nuestra religión y magnifiquemos nuestro llamamiento; y seamos prontos, activos, diligentes y enérgicos en el cumplimiento de nuestros deberes, y el poder de Dios reposará sobre el sacerdocio, y sus poseedores estarán preparados para ir a las naciones a proclamar el mensaje del Evangelio a todos los pueblos.
No sé a cuántos tendremos que llamar en nuestra próxima conferencia; he recibido solicitudes de veinte para servir en misiones en los estados del sur, además de muchísimos otros lugares; pero, se necesiten pocos o muchos, debemos estar preparados en todo momento y en toda circunstancia para magnificar nuestro sacerdocio y hacer todo lo que se requiera de nosotros. Construiremos nuestros templos y seremos salvadores en el monte Sion, y el reino será de nuestro Señor. Sal. 22:28 Abd. 1:21
Dios los bendiga y los guíe por las sendas de la vida. Sal. 16:11 Amén.


























