Una misión de influencia, justicia y libertad religiosa
Por el élder George Q. Cannon, pronunciado en la Conferencia General, el domingo 6 de abril de 1879 por la tarde.
Los Santos de los Últimos Días tienen la responsabilidad de influir para bien, preparar a sus hijos, corregir los males de la sociedad y defender la libertad y los derechos de todos.
La influencia de los Santos de los Últimos Días—Su misión—La relación matrimonial—El capital y el trabajo—La libertad religiosa
En ciertos aspectos, preferiría sentarme a escuchar hablar a mis hermanos y participar tranquilamente del espíritu de esta conferencia antes que hablar yo mismo. Pero supongo que sobre mí recae un deber, al igual que sobre mis hermanos, y deseo cumplirlo lo mejor que pueda. La vista de tantas personas, los cantos, las palabras de nuestros hermanos esta mañana y el espíritu que sentí al entrar hoy en este edificio casi me sobrecogieron. Hay una influencia, hay un poder, hay un espíritu vinculado a la reunión de un gran número de personas, como la que presenciamos hoy, que necesariamente afecta a quienes son sensibles a las impresiones, y especialmente cuando uno ha estado ausente entre extraños y siente que está de nuevo en casa, entre sus amigos, entre un pueblo cuyos integrantes son sus hermanos y hermanas, cuya fe es su fe, y que trabaja y se esfuerza por alcanzar los mismos objetivos que él lleva en el corazón. Me regocijo sobremanera, mis hermanos y hermanas, de encontrarme hoy entre ustedes, y estoy agradecido por las agradables circunstancias que los rodean. Estoy agradecido de que sus perspectivas sean tan prometedoras, tan llenas de esperanza y tan gratas de contemplar. Es cierto que hemos tenido enfermedades y muchas muertes; esto ha sido motivo de pesar. Pero la muerte es inevitable y, aun con todo ello, nos encontramos en circunstancias mucho mejores y en una situación más favorable que la mayoría de los hijos de los hombres. Los Santos de los Últimos Días se están convirtiendo rápidamente en un pueblo grande e importante. La influencia que nos acompaña se deja sentir cada vez más ampliamente; nuestro poder para hacer el bien aumenta, y nuestra fortaleza, nuestra unión y las demás cualidades que poseemos y que hemos manifestado a lo largo de nuestra trayectoria son reconocidas cada día más. Siempre he sostenido con especial convicción que ningún ser humano que decida ejercer una influencia para bien entre sus semejantes ha hablado o actuado jamás en vano, sin que su influencia, su ejemplo y sus palabras surtan efecto en aquellos con quienes ha entrado en contacto. Si esto es cierto de un individuo, ¡cuánto más cierto será cuando se aplica a un conjunto de individuos, a una comunidad, a cientos de comunidades, a un gran pueblo que se extiende por estas montañas y llena estos valles! No hemos vivido en vano. No hemos procurado dar ejemplo de templanza, laboriosidad, frugalidad, abnegación y rectitud, teniendo el temor de Dios ante nuestros ojos, ni hemos llevado esa vida durante los últimos 49 años, sin que su efecto se haya hecho sentir, no solo entre quienes nos rodean, sino en el mundo en general. Hay algo en el ejemplo de un pueblo así que eleva a los hombres y a las mujeres por encima del fango, del cieno y de la abyecta ruina en que, en demasiados casos, están sumidos, para que contemplen a la humanidad en sus mejores aspectos, en sus manifestaciones nobles, con sus atributos divinos, su poder para hacer el bien y su capacidad para lograr grandes resultados. Hay algo en el solo hecho de que un pueblo crea en Dios en estos días de ateísmo y absoluta incredulidad que lleva a los hombres a reflexionar seriamente. Dicen con mucha frecuencia que es fanatismo, pero hay algo en el fanatismo que resulta saludable, refrescante y vigorizante por su ejemplo, pues ningún hombre ha logrado jamás cosa alguna en esta tierra sin exponerse, por sus acciones, su empeño, su entusiasmo y su celo, a que se le acuse de fanatismo. Estoy dispuesto a que nos llamen fanáticos. Tengo derecho a ser fanático si así lo deseo, siempre que mi fanatismo no interfiera con los derechos de mis semejantes. Ese es un límite que no debe permitirse que mi fanatismo traspase.
Es alentador ver a un pueblo que no solo cree en Dios, sino que está dispuesto a demostrar su creencia sufriendo por Su causa: dejando a sus amigos y sus hogares, padeciendo el exilio, la persecución, las privaciones, las dificultades e incluso la muerte por Dios, por la religión y por los principios. ¿Qué sería de la vida si no existieran tales personas y tales caracteres? Su singular manera de vivir ilumina las sombrías tinieblas de las épocas; son puntos luminosos en la historia. Cuando miramos hacia atrás y recordamos a los hombres que han sufrido y muerto por sus principios, aun cuando hayan muerto injustamente, encontramos en sus vidas heroicas algo glorioso de contemplar. Y cuando puede encontrarse un pueblo entero, como el que habita en estas montañas, capaz de hacer los sacrificios que ha hecho, hay algo, como he dicho, en su ejemplo y en su vida que influye en los hombres, que los impresiona y que los hace sentir, cualesquiera que sean sus sentimientos respecto a las creencias de este pueblo, un respeto profundo y sincero por él; porque ningún hombre ni ninguna mujer de disposición recta ha dejado jamás de respetar la devoción a los principios, el valor moral y las cualidades que se manifiestan en la vida de los santos. Por tanto, digo que no hemos vivido en vano; no hemos predicado en vano; no hemos sufrido en vano; no hemos protestado en vano. Los frutos de estas labores nuestras, que aparentemente han tardado tanto en llegar, se recogerán en la gran cosecha que aún ha de recogerse sobre la tierra.
Deseo dirigir estas palabras de aliento a mis hermanos y hermanas, muchos de los cuales probablemente sienten que sus vidas y luchas poco conocidas, su combate con la pobreza y sus historias humildes y llenas de vicisitudes tienen a veces tan poco valor que son casi inútiles en la tierra. Al que lucha humildemente, al hombre o a la mujer que quizás se conforme con la pobreza, cuya vida tal vez parezca carente de acontecimientos a sus propios ojos, que puede permanecer oculto a la mirada pública y no figurar en el escenario del mundo, digo a cada una de esas personas, como Santo de los Últimos Días: Tienes una misión grande e importante que cumplir, y si cumples debidamente los deberes que recaen sobre ti, tu influencia se hará sentir; y en los días venideros, en aquel gran día del Dios Todopoderoso, tu valor será plenamente reconocido y brillarás como una joya en el reino de nuestro Redentor.
Hay algo que todo padre puede hacer. Puede procurar que sus hijos e hijas estén mejor capacitados y preparados que él para la gran lucha de la vida, y que sean más capaces de cumplir su parte en esta gloriosa obra que Dios ha establecido; eso es algo que pueden hacer los padres de la nueva generación de estas montañas. Nunca había sentido como hoy, y como lo he sentido recientemente, la gran importancia de formar y educar a nuestros hijos de la mejor manera posible, sin dejar de hacer nada de nuestra parte para prepararlos para la gran obra que deben realizar. Esta es una labor que podemos llevar a cabo. No depende tanto del conocimiento de los libros; muchas personas imaginan que para educarse solo hacen falta libros, pero, en mi opinión, el hombre mejor educado es el que más ha reflexionado y lo ha hecho correctamente. En lo que respecta a la teología, mediante la bendición de Dios, la luz del Espíritu Santo y el poder de la verdad, hemos podido salir sin instrucción, sin estudios y sin preparación en cuanto a la educación del mundo; y, en virtud del conocimiento que desciende de lo alto, los élderes de esta Iglesia han salido y se han enfrentado al mundo cristiano. No hablo por vanidad ni con espíritu de jactancia cuando digo que nunca han sido vencidos. Los eruditos, los instruidos y quienes se presentan como teólogos, cuando se han enfrentado a los élderes de esta Iglesia con la Biblia en la mano, se han visto obligados a retroceder ante el poder de la verdad proclamada por hombres sin instrucción, pero inspirados. ¿Hemos cumplido nuestra misión por haber hecho esto? Considero que, como pueblo, apenas estamos en el umbral de la gran obra que tenemos por delante. Ante nosotros se extiende un inmenso campo de labor. Cuando miran hacia adelante y procuran ver sus límites, el campo de servicio que se extiende ante este pueblo llamado Santos de los Últimos Días está más allá del alcance de la visión humana; es ilimitado y se prolonga hacia un futuro lejano. ¿Hay en la tierra alguna injusticia que deba corregirse? Si la hay, es nuestro deber ineludible intentar corregirla. ¿Existe algún principio falso? Es nuestro deber ineludible procurar erradicarlo. ¿Hay tiranía en el mundo, tiranía sobre el cuerpo, tiranía sobre la mente, tiranía física o mental? Nos corresponde, como Santos de los Últimos Días, derrocarla. ¿Hay problemas sociales que resolver? ¿Quién los resolverá? ¿Quién puede hacerlo? Si se apartara a los Santos de los Últimos Días de este campo, ¿quién podría resolver estos problemas que reclaman con urgencia la atención de todas las personas reflexivas? Toda la tierra está llena de violencia, injusticia, opresión, mal gobierno y otros mil males que no puedo enumerar ahora. Nos corresponde corregirlos y eliminarlos tan pronto como podamos ocuparnos de ellos. En primer lugar, tenemos que corregirlos y eliminarlos de entre nosotros mismos. Es una labor lenta formar a un pueblo como el nuestro, procedente de todas las naciones, educado en todos los credos, que habla casi todas las lenguas y es heredero de todas las tradiciones. Llevamos arraigadas tradiciones falsas o verdaderas, costumbres antiguas y los males de siglos, transmitidos de generación en generación hasta llegar a constituir una parte muy firme de nuestro propio ser. Es una labor lenta, digo, educar a un pueblo como el nuestro. Llevamos ya 49 años haciéndolo y, en comparación con lo que tenemos por delante, apenas podemos percibir el crecimiento y el desarrollo que se han producido. Pero hemos crecido, nuestra mente se ha ensanchado, nos hemos emancipado de muchas insensateces antiguas y ha surgido entre nosotros la libertad de pensamiento; sin embargo, la gran labor que nos corresponde es educarnos a nosotros mismos, y entonces pronto podremos educar al resto de la humanidad, porque, como he dicho, nuestro ejemplo se hace sentir; su influencia se extiende y produce fruto entre otros pueblos. Pero es sumamente difícil lograr que estos Santos de los Últimos Días comprendan principios que son tan claros como el sol del mediodía y que deberían aceptar de buena gana. ¿Y por qué? Porque, como he dicho, son herederos de tradiciones de siglos que les han llegado a través de las épocas de oscuridad. Es algo maravilloso lo que hemos hecho con respecto a la mujer. Miren lo que ha hecho la monogamia. Miren sus efectos; sigan su influencia desde la muerte de los Apóstoles, o poco después, hasta este siglo XIX, ¿y qué contemplamos? En cada generación, un gran porcentaje de nuestras hermanas ha sido relegado a esa condición innombrable de la que da vergüenza hablar, o ha muerto sin llegar jamás a conocer las alegrías de la maternidad. Cuando pienso en ello, cuando leo la historia de la tan alabada civilización de los griegos y los romanos, y pienso en la tan alabada civilización de nuestros días, heredada de aquellas naciones, y observo sus efectos, me pregunto cómo se atreve el hombre, de pie ante los cielos, a mirar a la mujer y hablar de ser su protector. Lean la historia de la mujer y de los espantosos males que han recaído sobre nuestras hermanas por causa de las malditas tradiciones y maldades del hombre. Si se le contara esto a otro pueblo, situado en circunstancias distintas de las nuestras y con tradiciones diferentes, no podría creer que un hombre inteligente albergara tales ideas ni por un momento, o que las mismas mujeres, en vista de lo que han sufrido las de su sexo, apreciaran y se aferraran a las deplorables tradiciones que han prevalecido en la cristiandad y que, hasta cierto punto, todavía prevalecen entre nosotros.
Sé que ahora estoy tocando lo que muchas personas consideran un punto delicado. Dicen: «La decisión del Tribunal Supremo ha resuelto todo esto». Sí, pero no quedará resuelto así. Permítanme decirles que la injusticia puede prevalecer y lo justo puede parecer aplastado; pero lo justo debe finalmente prevalecer y reclamar lo que le corresponde, a pesar de las leyes, las decisiones, los mandatos y todo cuanto el hombre pueda pronunciar. Ahora no estoy hablando de la ley; no estoy hablando de la tradición; no estoy hablando del matrimonio plural «mormón» ni del matrimonio patriarcal; estoy hablando de hombres y mujeres, de hermanos y hermanas como tales. Vengan, razonemos juntos; conversemos, no como religiosos, ni como «mormones», ni como monógamos, ni como polígamos, ni como ciudadanos de la cristiandad, sino como hombres y mujeres, hijos de Dios, hermanos y hermanas de una sola familia. Conversemos cara a cara, con claridad y sencillez, sin permitir que la tradición tenga peso sobre nosotros hasta cegar nuestro entendimiento. Con ese espíritu deseo hablar de este asunto.
Aquí hay una familia, una familia compuesta por hombres y mujeres, y diremos, para ilustrar el punto, que este tabernáculo contiene a toda esa familia de Dios sobre la tierra. Aquí hay hombres y mujeres en igual número y proporción, sin que un sexo supere al otro: un hombre para una mujer y una mujer para un hombre, sin que sobren mujeres ni hombres. Si se casaran, cada uno tendría su pareja; cada hombre tendría una esposa y cada mujer tendría un esposo; cada uno sería completo, porque el hombre no es completo sin la mujer, ni la mujer sin el hombre. Entonces hacemos una ley, como la que existió en cierta época en Roma, según la cual todo hombre debe casarse con una mujer. En cierta época se promulgó en Roma una ley así, dirigida contra el celibato. Iba dirigida contra cierta clase de personas, como la ley de 1862 iba dirigida contra nosotros. Una fue promulgada para impedir el matrimonio y la otra para obligar a contraerlo, de modo que no surgiera en la comunidad una clase de hombres sin esposas y que no se permitiera a ninguna mujer apartarse del hombre y convertirse en monja. Supongamos que tenemos una ley así en este tabernáculo. Eso funciona muy bien. Cada mujer cuenta con un esposo y cada hombre con una esposa. Pero, después de un tiempo, llega alguien y dice: «No me gusta esta ley; es opresiva. Conozco, por ejemplo, casos en que funciona muy mal; conozco hombres que no quieren tener esposa». Prefieren una vida de solteros y, después de un tiempo, logran derogar la ley, como sucedió en Roma. La ley es derogada y los hombres quedan en libertad de casarse o no, según les plazca. Además de esto, se promulga otra ley que dispone, en efecto, que cada hombre tendrá una sola esposa y no se le permitirá tomar dos o más. Las mujeres, por supuesto, tienen que hacer lo que digan los hombres; no pueden obligarlos a casarse con ellas, sino que deben esperar hasta que se les proponga matrimonio. Esta ley satisface a muchas personas. Muchos hombres dicen: «Prefiero no tener esposa, especialmente si ustedes promulgan una ley que limite a los hombres a casarse con una sola mujer cada uno. Eso me agrada mucho, porque entonces no tendré la necesidad de mantener a una esposa. Si quiero una compañera, una acompañante, puedo tenerla sin pasar por la molestia ni por el gasto de mantenerla como tal. Porque, si limitan el matrimonio a un hombre y una mujer, necesariamente habrá una proporción de mujeres que no podrá casarse; esto es, si los sexos son iguales en número. Entonces podré hacer lo que me plazca. Conozco la naturaleza confiada de la mujer; sé cómo ama, cómo se aferra al objeto de su amor. Esta será mi oportunidad». Pero ¿qué debe decirse de las mujeres? Los hombres, por su parte, tienen derecho a casarse o no, según les plazca. Pero aquí hay un gran porcentaje de mujeres a quienes esta ley, hasta cierto punto, priva de casarse, aun suponiendo que los sexos sean iguales en número. Surge un conflicto civil. Los hombres van a la guerra, se hacen a la mar, se dedican a actividades comerciales, dejan sus hogares, desempeñan ocupaciones peligrosas. El resultado es que, aunque al principio los hombres y las mujeres eran iguales en número, por los efectos de la guerra y por dedicarse a ocupaciones peligrosas que las mujeres no ejercen, los hombres mueren o son muertos, mientras las mujeres sobreviven y llegan a superar en número a los varones. La aplicación de una ley como la que he descrito aumenta entonces las dificultades y el porcentaje de quienes no están casadas ni tienen oportunidad de casarse. Llega un hombre, después de presenciar los males que han surgido entre sus hermanos y hermanas, y dice: «Tengo un plan que proponer, que creo que remediará los males que existen entre nosotros. Veo que un vicio espantoso llamado prostitución se ha introducido entre nosotros, y de él surgen enfermedades terribles, enfermedades que no puedo describir; son tan espantosas que el solo pensar en ellas hace que el corazón retroceda horrorizado. Han aparecido en nuestro círculo familiar y están destruyendo a nuestros jóvenes y a nuestras jóvenes. Pues bien, el plan que propongo a nuestra familia es este: que los hombres se casen hasta que todas las mujeres estén casadas, hasta que toda mujer que desee un esposo lo tenga, de modo que los hombres que no quieran casarse no dispongan de una clase de mujeres solteras de quienes aprovecharse, con quienes cometer actos de violencia o a quienes prostituir. Ahora bien», dice él, «si permiten que todos estos hombres y mujeres se casen, habrá algunas mujeres que no quieran casarse, pero esa proporción será muy pequeña; y de este modo detendrán este terrible mal que está creciendo entre nosotros».
Ahora permítanme plantearles esto; razonemos sobre ello cara a cara, como he dicho. ¿Cuál será el mejor plan? Según mi juicio, hablando como uno de los integrantes de esta familia, no como miembro del Congreso, no como «mormón», sino como uno de los miembros de la familia que he descrito, la última ley es muy superior a la otra. Como padre, si tuviera una familia de esa clase, diría: Por supuesto, permitan que mis hijas se casen; permitan que toda mujer que desee un esposo lo tenga. Entonces, si cada hombre se casa con una mujer, tendrán solo una esposa cada uno; pero si hubiera algunos de los muchachos que no quisieran esposa, las muchachas no tendrían necesariamente que quedarse sin esposo.
Considero que nuestra falsa tradición sobre este asunto es uno de los mayores males que existen actualmente sobre la tierra. Nos ha llegado de los griegos y los romanos, y jamás vivió sobre la tierra un conjunto de personas más abominable que ellos. Leer sus libros basta para hacer que un hombre con el más mínimo sentimiento de pudor se sonroje y se avergüence de su especie. Sin embargo, se los incorpora a nuestra literatura. Quien lea a Horacio, a Salustio y a muchos de esos autores sabe bien cuán llenos de corrupción están. No solo los delitos, sino también los delitos contra la naturaleza fueron justificados por algunos de los mejores y más célebres filósofos griegos, y practicados por Sófocles, Sócrates y otros; y, sin embargo, esa es la filosofía que nos ha llegado. Tenían entre ellos una clase de mujeres a quienes se remuneraba y sostenía regularmente como cortesanas; se las mantenía para que la pureza del círculo doméstico permaneciera incontaminada. Y esto nos ha llegado en la cristiandad, en Europa y en América, hasta el tiempo presente. Las más hermosas hijas de la tierra caen cada año como víctimas de las abominables pasiones de los hombres. ¿Cómo se preserva hoy el círculo doméstico en los países monógamos? Solo se preserva a expensas de esa clase a la que me he referido, de estas sacerdotisas de la humanidad, arruinadas por los pecados del pueblo, que viven vidas breves y llevan consigo los efectos de la abominable lujuria del hombre.
Ahora bien, hoy no quiero hablar de la ley; no quiero hablar hoy de sus efectos con relación a este asunto: el matrimonio patriarcal «mormón»; no quiero hablar de la ley de 1862 ni de la decisión del Tribunal Supremo de los Estados Unidos que la afecta, sino que quiero ocuparme de los hechos que tenemos ante nuestros ojos. ¿Corregiremos estos males? «Ah», dice alguien, «siempre han existido». ¡Fuera semejante doctrina! No la creemos. No puedo creer que el gran Creador, Aquel que formó el universo, que puso el sol en el centro de nuestro sistema solar e hizo que esos planetas giraran a su alrededor; que ese Ser que creó estas cosas y produjo orden del caos, que dijo: «Sea la luz; y fue la luz»; que hizo surgir del caos los elementos de los que está formada nuestra tierra y la creó como una morada gloriosa para el hombre; que Él, poseyendo, como sabemos que posee, sabiduría infinita, haya puesto a hombres y mujeres, a Sus hijos e hijas, sobre la tierra en medio de males como los que he mencionado brevemente, sin proporcionar remedio alguno para ellos. No podría creerlo, como tampoco podría creer que esta luz es oscuridad. Pero sí creo que en el seno del Padre hay sabiduría para crearlo todo, llevarlo todo a cabo y hacer de esta tierra un cielo donde prevalezcan la paz, el amor, el gozo y la felicidad, y donde no haya pecado, ni pesar, ni angustia, ni dolor; donde el hombre y la mujer vivan juntos en perfecta paz, amor y armonía, y los niños crezcan en pureza, rodeados de todo lo celestial.
Probablemente ya he dicho bastante sobre este asunto. Solo deseo señalar y mostrar que existen ciertos males y que necesitan corregirse. ¿Cómo se corregirán? ¿Quién indicará el remedio? Creo que Dios lo ha hecho y continuará haciéndolo; a Su manera y en Su debido tiempo llevará a cabo todas las correcciones necesarias para cambiar todo esto. Este asunto por sí solo, puesto que afecta la felicidad, el bienestar y la prosperidad de la familia humana, es de una importancia que casi eclipsa todas las demás. Pero hay otros males bajo los cuales gime la humanidad. Hay males relacionados con la riqueza y la administración de los bienes, la organización del capital y la organización del trabajo, las relaciones que el trabajo debe guardar con el capital y el capital con el trabajo. Hay cuestiones de esta clase que reclaman la atención de los estadistas y de todo hombre que piensa y reflexiona, y este ve que hay lugar para ejercer la más profunda sabiduría y el mayor talento a fin de corregir estas cosas. Nos corresponde a nosotros, los Santos de los Últimos Días, ayudar a realizar esta obra. Nos corresponde, y nos corresponderá de manera más particular en un futuro cercano, mantener en este continente y a lo largo de esta vasta tierra instituciones republicanas puras y la libertad constitucional en su sentido más amplio. Porque no está lejano el día en que se necesitará un poder como el que está creciendo en las montañas. Los conflictos entre partidos, el aumento del partidismo y una disposición cada vez mayor a apoderarse del poder por cualquier medio, sea cual sea, se están generalizando en los Estados Unidos. Esto es tan evidente que ningún hombre, a menos que esté completamente aferrado a la idea de que esta nación existirá perpetuamente, puede dejar de ver por sí mismo que se aproxima una crisis en los asuntos de nuestra nación. Ya prevalece la idea de que, para lograr ciertas cosas, el fraude es justificable. Se utiliza dinero para obtener determinados resultados en los asuntos gubernamentales y en la política hasta un grado que ustedes, como pueblo que vive en estas montañas, apenas pueden concebir. Y esto va en aumento. No es difícil predecir cuál será el desenlace. El republicanismo deja de ser republicanismo cuando el fraude interviene en la resolución de las cuestiones y no puede determinarse debidamente la voluntad del pueblo.
En cuanto a la libertad religiosa, hasta ahora hemos librado esa batalla con un éxito razonable; pero todavía debemos luchar más por una libertad mayor, no solo para nosotros mismos, sino para todo ser humano que habita en esta tierra, de este a oeste y de norte a sur. Debe mantenerse el principio, el principio que animó a los fundadores de nuestro gobierno cuando pusieron su piedra fundamental: que, en asuntos de religión, ningún hombre tiene derecho a interponerse entre su semejante y su Dios. Yo puedo adorar ídolos; puedo quemar incienso a los ídolos; puedo adorar al sol y rendirle homenaje, a esa gran lumbrera del día; puedo hacer otras cosas que parezcan igualmente impropias, pero ¿acaso no tengo derecho a hacerlas conforme a nuestra Constitución? ¿No fue la intención de quienes establecieron nuestra forma de gobierno que todo hombre tuviera ese derecho? Ciertamente lo fue; y puede demostrarse claramente que esa era su intención, que ese era el espíritu que los animaba e impulsaba.
En Salt Lake City, si los «mormones» tuvieran el dominio supremo —digo «mormones», pero debería decir Santos de los Últimos Días—, si tuvieran el dominio supremo desde nuestra frontera septentrional, Idaho, hasta la frontera meridional, Arizona, y desde nuestra frontera oriental, Colorado, hasta nuestra frontera occidental, Nevada; si tuviéramos el dominio supremo y la posesión indiscutida de esta tierra, sin que se cuestionara el derecho de gobernarnos, no tendríamos autoridad, conforme a la Constitución bajo la cual vivimos, para decirle a ningún ser humano dentro de estos límites cómo debería adorar, qué debería hacer o dejar de hacer para agradar al Creador. Si el chino viniera aquí, construyera un templo a su deidad y quemara incienso ante ella, si se postrara en adoración ante las imágenes que considera representaciones de su dios, no tendríamos derecho alguno a interferir con él. Si viniera aquí un Ingersoll y dijera que no cree en ningún Dios, y llevara a la práctica sus convicciones, no tendríamos derecho a interferir con él. En las circunstancias que he descrito, tendría pleno derecho a creer o no creer en Dios. No tendríamos derecho a interferir con un hombre que, creyendo que su sacerdote tiene poder para remitir sus pecados, entrara en el confesionario con el propósito de que le fueran perdonados; ni con el episcopaliano que decidiera rociar a su bebé, ni con el judío por creer en circuncidar a su hijo pequeño, ni con el bautista por creer en el bautismo por inmersión. Pero supongamos que llega un hombre que cree que tiene derecho, y que está de acuerdo con sus convicciones religiosas, a casarse con más de una mujer, y que cuida de sus esposas y provee debidamente para ellas conforme a su religión, creyendo que en la eternidad venidera morará con ellas. Algunos de nosotros podríamos pensar que sus ideas del cielo son muy materialistas; podríamos considerarlo un hombre muy insensato por tener tal creencia y, especialmente, por incurrir en el gasto de mantener a tres o cuatro esposas; esas podrían ser las ideas populares acerca de él, pero si lleva a la práctica su creencia desde un punto de vista religioso, tiene pleno derecho a hacerlo ante Dios e incluso conforme a la Constitución de nuestra tierra. El parsi, el adorador del fuego y los hombres de creencias semejantes todavía pueden venir a esta tierra de libertad; y les digo que, si se mantiene el espíritu de la Constitución, como los Santos de los Últimos Días aún lo mantendrán, tendrán pleno derecho a adorar a su Dios conforme a los dictados de su propia conciencia, sin que nadie los moleste ni los atemorice. El único momento en que se podrá intervenir será cuando sus actos religiosos interfieran con los derechos y las libertades de sus semejantes. ¡Escúchenlo, Santos de los Últimos Días! Cuando un chino venga a vivir entre ustedes, enseñen a sus hijos a respetarlo. Cuando cualquier otro hombre, de cualquier credo, raza o color, establezca su morada entre ustedes, enseñen a sus hijos a respetar su forma de adoración. Y si van a la iglesia de los católicos, de los presbiterianos o de cualquier otra denominación, enséñenles a comportarse y a tratar a todos con cortesía y bondad, y que no les corresponde entrometerse en la manera en que esas denominaciones adoran; enséñenles que infringen el buen orden y las buenas leyes cuando de cualquier forma se burlan de los actos religiosos. Azotaría a un muchacho por eso antes que por cualquier otra cosa. Esa es la libertad en la que creo; esa es la libertad que me propongo enseñar a mis hijos y a todos los hombres hasta donde alcancen mi voz y mi influencia; esa es la libertad por la que pienso luchar y, como he dicho cientos de veces a hombres destacados de esta nación, si fuera necesario, tomaría a mis hijos y les haría jurar que defenderán y mantendrán esta libertad mientras vivan, que lucharán por ella y enseñarán a sus hijos después de ellos a luchar también por ella. Creo en la más plena libertad en estos asuntos. Se nos ha acusado de exclusivismo. Muchas veces nuestro corazón se ha llenado de afecto hacia los llamados «gentiles». Les hemos extendido los brazos de la bondad miles y miles de veces, como lo ha demostrado nuestra historia. Hemos estado llenos de esa disposición. Pero ¿cómo se han recibido nuestros acercamientos? Que quienes están en este tabernáculo y quienes conocen estos asuntos lean los periódicos. He recibido visitas en mi casa a las que se les ha mostrado toda atención y cortesía, y luego se han marchado y, quizás por leer artículos periodísticos compuestos de mentiras abominables, han terminado traicionando a quienes los recibieron y los trataron con bondad y hospitalidad; y esto ha sucedido tantas veces que casi he jurado no volver a hacerlo. No es porque alberguemos sentimientos de hostilidad. Llegará el tiempo en que tendremos poder; por ahora estamos en minoría, y a los escritorzuelos les resulta provechoso escribir sobre nosotros y exponernos al ridículo. Pero supongamos que los Santos de los Últimos Días tuvieran el gobierno; supongamos que sus ideas se cumplieran, es decir, que nosotros, como estamos destinados a serlo, fuéramos el pueblo que sostiene el gobierno constitucional en este continente y que devuelve al gobierno su condición original cuando todos los partidos políticos hayan caído en el caos; ¿nos consideraríamos libres de decir que solo los Santos de los Últimos Días deberían ser elegidos para cargos de confianza y responsabilidad? No. José Smith estableció el modelo; enseñó mejores ideas a los hermanos que estaban con él. Ustedes, Santos de los Últimos Días bien informados, saben que hay dos poderes que Dios ha restaurado en estos últimos días. Uno es la Iglesia de Dios; el otro, el reino de Dios. Un hombre puede pertenecer al reino de Dios sin ser miembro de la Iglesia de Dios. En el reino de Dios, empleando la expresión en un sentido político, puede haber gentiles y paganos, musulmanes y Santos de los Últimos Días, presbiterianos, episcopalianos, católicos y hombres de todos los credos. ¿Legislarán únicamente para La Iglesia de Jesucristo de los Santos de los Últimos Días? ¿Las leyes que promulguen nos protegerán solo a nosotros y no a los demás? No. ¿Por qué? Porque Dios es el Padre de los Santos de los Últimos Días y también de todo ser humano; Dios es el Padre de todos, el Padre del chino, del hindú, del africano, del europeo y del americano; es el Padre de todas las razas de los hombres y de todo credo y nacionalidad. Cuando establezca Su reino, este protegerá a todos en la igualdad de sus derechos; yo, como Santo de los Últimos Días, no tendré poder para pisotear a mi semejante que no sea ortodoxo en mi opinión, por el hecho de ser yo un Santo de los Últimos Días; tampoco mi semejante, para quien yo soy heterodoxo, tendrá poder para pisotearme a mí. ¿No parece justo? Esa es la clase de reino por el que tenemos que luchar; esa es la clase de reino que tenemos que establecer, y ya está contemplado en la Constitución que Dios nos dio mediante la gloriosa labor de los padres que pusieron los cimientos de este gobierno, quienes fueron inspirados y levantados por nuestro Padre Todopoderoso para este propósito expreso. No hay libertad que un ser humano pueda desear, ni derecho que pueda ejercerse debidamente, que no tengamos conforme a la Constitución de nuestra tierra. No necesita enmienda alguna al respecto; es lo bastante amplia, si se interpreta conforme a su verdadero espíritu, para abarcar al individuo, al continente y a todo el globo, y proporcionar libertad a todos.
Ahora bien, Santos de los Últimos Días, si han tenido opiniones estrechas, les digo que las dejen de lado. Con esto no quiero decir que deban recibir a todo el mundo en sus casas. Ahí está la diferencia. He visto al presidente Young decenas de veces actuar conforme al espíritu al que he aludido. Ha invitado a extraños a nuestras reuniones sociales y a nuestras casas, y les ha mostrado cortesías porque era prudente hacerlo. Pero muchos Santos de los Últimos Días son tan ignorantes en estos asuntos que no saben dónde detenerse. Algunos son tan ignorantes que, por un espíritu de bondad, permitirían que un hombre entrara en sus hogares y adquiriera tanta familiaridad que intentara desviar a algún miembro de su familia. ¿No ven que estos son actos de insensatez, que no se nos exige, por la amplitud de miras que debemos apreciar y cultivar, derribar toda barrera y permitir que el vicio se pasee por nuestras ciudades y entre en nuestros círculos familiares para contaminar la pureza que debe prevalecer allí? ¿No pueden ver, Santos de los Últimos Días, por jóvenes y poco informados que sean, que permitir esta libertad sería incorrecto? Por tanto, debemos discernir. En ningún lugar de la buena sociedad se admite a un hombre sin una presentación apropiada. Si un extraño viniera a mí con una carta de presentación de un amigo mío, si fuera necesario iría con él al banco y avalaría un pagaré en su favor, porque tendría plena seguridad al hacerlo. Pero si un extraño viniera a pedirme el mismo favor sin una presentación, no tendría la menor obligación de hacer lo que quisiera, aunque podría hacerlo como un acto de caridad; pero, por supuesto, en tales circunstancias no debería esperarse que hiciera más que eso. Y si yo fuera entre extraños, no pensaría en intentar introducirme entre ellos sin una presentación apropiada. Muchas veces he ido a su encuentro, pero nunca he participado de su bondad y confianza sino a medida que esa confianza se ha establecido por el trato. Así debe ser entre nosotros: un hombre puede venir debidamente recomendado y encontrarse como en su casa. Puede disponer de tiempo suficiente para establecer su buen nombre y mostrar al pueblo qué clase de hombre es. Entonces será recibido como corresponde y se le mostrará el respeto que le es debido.
He hablado mucho más de lo que tenía previsto. Espero que lo que he dicho sea bendecido para provecho de ustedes. Si he dicho algo imprudente, olvídenlo. Si he dicho algo impropio, espero que desaparezca de su mente, y que lo bueno permanezca con ustedes. Aférrense a la virtud, a la pureza, a todo lo que sea bueno, que los eleve y los haga un pueblo mejor. Sobre todo, permítanme decirles: deshagámonos de las viejas tradiciones tan pronto como podamos, aprendamos del Señor y seamos enseñados por Su Santo Espíritu. Que Dios nos lo conceda es mi oración, en el nombre de Jesús. Amén.


























