Diario de Discursos – Journal of Discourses V. 20

Fidelidad a Jesucristo y perdón ante el martirio

Por el élder George Q. Cannon, pronunciado en el Tabernáculo de Salt Lake City, el domingo 3 de agosto de 1879 por la mañana.

La muerte de Joseph Standing por su testimonio de Jesucristo invita a honrar su fidelidad, confiar en la permanencia de la obra de Dios y responder a los perseguidores con perdón y compasión.

Muerto por el testimonio de Jesús—Servicios fúnebres de Joseph Standing


Leeré una parte del capítulo 23 de Mateo, comenzando en el versículo 34:

«Por tanto, he aquí, yo os envío profetas, y sabios y escribas; y de ellos, a unos mataréis y crucificaréis, y a otros azotaréis en vuestras sinagogas y perseguiréis de ciudad en ciudad; para que venga sobre vosotros toda la sangre justa que se ha derramado sobre la tierra, desde la sangre de Abel el justo hasta la sangre de Zacarías hijo de Berequías, a quien matasteis entre el templo y el altar».

Hay otro pasaje de las Escrituras que leeré. Se encuentra en el capítulo 6 del Apocalipsis de Juan:

«Y cuando él abrió el quinto sello, vi debajo del altar las almas de los que habían sido muertos por causa de la palabra de Dios y por el testimonio que tenían. Y clamaban a gran voz, diciendo: ¿Hasta cuándo, Señor, santo y verdadero, no juzgas y vengas nuestra sangre de los que moran en la tierra?».

De manera muy inesperada se me ha pedido que les dirija unas palabras esta mañana. Naturalmente, preferiría permanecer sentado y reflexionar sobre el triste acontecimiento que nos ha reunido. De la lectura de estos pasajes de las Escrituras que han oído se desprende claramente que la sangre inocente —la sangre de los siervos de Dios, de los profetas, de los sabios, de los escribas, de todos los que tienen el testimonio de Jesús y son portadores de la palabra de Dios—, cuando es derramada inicuamente, permanece como una pesada deuda por la que los habitantes de la tierra deberán responder en algún momento. También se manifestó, en las visiones que tuvo Juan el Revelador, uno de los Apóstoles del Señor, que todavía habrían de ofrecerse más vidas por la causa de la verdad antes de que la sangre derramada pudiera ser vengada sobre quienes moraban en la tierra. Sin duda, a los habitantes de Jerusalén les pareció extraño que Jesús les dijera que a aquella generación se le pediría cuenta de toda la sangre justa derramada en generaciones anteriores, desde la sangre de Abel el justo hasta la de Zacarías hijo de Berequías. Había razones para ello que Él comprendía bien. Ahora existen razones, y seguirán existiendo y obrando, por las cuales la sangre de quienes fueron muertos en la antigüedad por la palabra de Dios y el testimonio de Jesús habría de ser vengada sobre alguna generación futura, contando desde el tiempo en que Juan habló y escribió la revelación que había recibido. Jesús dijo cuando estuvo sobre la tierra: «Y esta es la condenación: que la luz vino al mundo, y los hombres amaron más las tinieblas que la luz». Se les exigía una estricta responsabilidad después de habérseles revelado la luz. A la generación en la que Él vivió se le exigía una responsabilidad más estricta que a cualquier generación anterior, porque Él mismo, el Hijo de Dios, estaba entre ellos, realizando obras poderosas, predicando el Evangelio del reino en su pureza y poder, y comunicándoles la disposición y la voluntad del cielo. A toda generación que tiene el privilegio de oír predicar el Evangelio puro de Jesús en su plenitud se le exige una responsabilidad semejante. Su situación es diferente de la de las generaciones que no tienen ese privilegio. A las generaciones que transcurrieron entre el tiempo en que vivió Zacarías y la venida del Hijo del Hombre en la carne no se les exigió la misma estricta responsabilidad que a los contemporáneos del Salvador. ¿Por qué? Porque no se les reveló la verdad en su plenitud; no tuvieron entre ellos a los profetas, Apóstoles y hombres justos que les comunicaran la voluntad del cielo, como los tuvo la generación en la que vivió el Salvador; y, por la misma razón, a las generaciones que han vivido desde la muerte del Salvador y desde las visiones que tuvo Juan el Revelador no se les exige la misma responsabilidad que a esta generación, a la cual se ha revelado la plenitud del Evangelio sempiterno. Cuando Dios comunica Su disposición y Su voluntad a Sus hijos por medio de ángeles, de profetas y de hombres santos que Él ha levantado, quienes oyen ese testimonio, aquellos a quienes se comunica ese mensaje, quedan sujetos a la estricta responsabilidad de obedecerlo o de incurrir en gran condenación por rechazarlo. Si leen la historia de la manera en que Dios ha tratado con los hijos de los hombres a lo largo de todas las épocas, encontrarán que invariablemente los juicios y las calamidades, la ardiente indignación del Todopoderoso, siguen al rechazo de Su verdad cuando esta es proclamada por Sus siervos autorizados, como los Apóstoles y los profetas. Si Nínive no hubiera oído la voz de Jonás, a los ninivitas no se les habría podido exigir la misma responsabilidad que a aquellos a quienes se había proclamado la palabra del Señor; y cuando surgían profetas en medio de Israel, profetas a quienes Dios levantaba para declarar Su palabra, si los hijos de Israel se arrepentían de sus pecados y obedecían la voz de amonestación de los siervos de Dios, las bendiciones de Dios siempre seguían a su obediencia. Pero, por otra parte, cuando los hijos de Israel rechazaban el testimonio de los siervos de Dios, cuando los profetas predicaban en vano, cuando testificaban y amonestaban al pueblo sin que este obedeciera sus testimonios ni sus advertencias, entonces invariablemente seguían los juicios de Dios; Su ira e indignación se encendían contra ese pueblo o esa generación, descansaban sobre ellos y, en muchos casos, los llevaban a la destrucción.

Esta es nuestra situación hoy. A este respecto, los Santos de los Últimos Días ocupan una posición singular entre los habitantes de la tierra. Los hombres se asombran con mucha frecuencia de los testimonios que damos. Expresan sorpresa de que un pueblo tan reducido en número como el nuestro imagine que los testimonios que damos o el Evangelio que predicamos tengan tanta importancia. Pero es un hecho notable, ampliamente corroborado por la historia del trato de Dios con los hijos de los hombres, que Él no considera inocente a la humanidad porque sean pocos los portavoces de la verdad que haya entre ellos y que tengan autoridad para proclamarla. Si hubiera un solo profeta sobre la faz de la tierra, y no tuviera seguidores, sino que estuviera solo en medio de las naciones de la tierra, sus advertencias tendrían consecuencias terribles si quienes las oyeran las desatendieran. El Señor no considera a los hombres según su número; la importancia de Su obra y de Su trato con los hijos de los hombres no debe medirse por el número de quienes se adhieren a los principios que Él proclama. Cuando José Smith estaba solo, cuando tenía apenas dos o tres seguidores y declaró a quienes lo rodeaban que Dios le había hablado desde los cielos, que Dios había revelado el Evangelio sempiterno en su antigua pureza y poder, que Dios le había enviado Sus santos ángeles y que esos ángeles habían puesto las manos sobre su cabeza y sobre la de Oliver Cowdery y los habían ordenado al sacerdocio sempiterno, su testimonio imponía a quienes lo oían la misma obligación que si millones de hombres hubieran testificado de esas mismas verdades. Su testimonio fue vinculante desde el momento en que comenzó a darlo a quienes lo rodeaban, y la responsabilidad de las personas que lo escuchaban y oían su voz y su testimonio comenzó desde el momento en que abrió la boca y testificó de estas cosas. Y así ha sido desde aquel día hasta hoy: dondequiera que los élderes de esta Iglesia han ido y han dado testimonio a los habitantes de la tierra acerca de la obra que Dios ha comenzado, desde ese mismo momento ha comenzado la condenación de la generación si no ha obedecido esos testimonios y advertencias. A algunas mentes esto no les parece del todo apropiado; es decir, a muchos les parece que atribuimos demasiada importancia a lo que puedan decir uno o dos hombres cuando afirmamos que la condenación sigue a su testimonio. Pero hay algo que debe considerarse en relación con el testimonio de los siervos de Dios, tanto en la antigüedad como en los días en que vivimos: Dios no ha dejado a los habitantes de la tierra sin un testigo; Dios no los ha dejado sin algún testimonio que puedan obtener para asegurarse de que las palabras de los siervos de Dios —es decir, de los verdaderos siervos de Dios— que oyen proceden de Él. Cuando llamó a José Smith y a Oliver Cowdery, y cuando envió a Sus ángeles para que pusieran las manos sobre sus cabezas y los ordenaran a ese sacerdocio que había sido retirado de la tierra, también envió Su Santo Espíritu para acompañar sus palabras y sellar el testimonio con poder en el corazón de todos los que fueran honrados y procuraran, mediante la oración, recibir de Dios conocimiento acerca de la veracidad de sus palabras. Cuando José Smith y Oliver Cowdery pusieron las manos sobre las cabezas de otros hombres y los ordenaron al mismo sacerdocio que habían recibido del cielo, Dios confirmó la ordenación otorgándoles el Espíritu Santo; y cuando salieron y proclamaron la verdad, el Espíritu Santo acompañó sus palabras, y quienes deseaban saber de Dios acerca de la veracidad de su testimonio tuvieron la oportunidad de recibir directamente del cielo el conocimiento de que era de Dios. Y precisamente por esta razón comienza la condenación: porque la luz ha venido al mundo y, cuando los hombres la rechazan, lo hacen porque aman más las tinieblas que la luz. Dios no hace responsables a las personas por aquello que no conocen o que no han tenido oportunidad de conocer. Donde no hay ley, no hay transgresión. La transgresión comienza cuando se recibe la ley y los hombres la rechazan. ¿Cuál es el deber de los habitantes de la tierra cuando oyen a un hombre ponerse de pie y proclamar, con el poder y la autoridad del sacerdocio y con toda solemnidad, que Dios ha hablado desde los cielos, que Dios ha revelado el Evangelio sempiterno, que Dios ha establecido Su Iglesia con su antiguo poder y su antigua pureza, y que Dios ha investido al hombre para salir y administrar las ordenanzas de vida y salvación como en los tiempos antiguos? ¿Cuál es el deber de los habitantes de la tierra en tales circunstancias?

Tal como se encuentra el mundo hoy, no hay voz de Dios. Si recorren toda la cristiandad, encontrarán un silencio ininterrumpido entre el cielo y la tierra; ninguna voz que perturbe la solemnidad de la eternidad. Visiten todas las iglesias y a todos los ministros de las diversas denominaciones, y hablen con quienes profesan ser seguidores de Jesucristo; pregúntenles: «¿Saben algo acerca de Dios? ¿Les ha comunicado Dios Su disposición y Su voluntad?». Y la respuesta universal de todas las sectas es: «No, la revelación ha cesado; Dios ya no habla al hombre; dependemos de Su palabra escrita en la Biblia para nuestro conocimiento de Dios. Estamos divididos en sectas, separados en agrupaciones, y todos tenemos nuestra propia manera de adorar a Dios, pero no hay voz de Dios; no ha habido revelación de Dios que perturbe el silencio de los siglos desde la muerte de los Apóstoles, y nuestro conocimiento acerca de los planes y propósitos de Dios procede de la Biblia». Siendo así, ¿cuál es, entonces, el deber de los habitantes de la tierra cuando viene un hombre como lo hizo José Smith, y como lo están haciendo los élderes de esta Iglesia, proclamando las verdades a las que me he referido? Puesto que desconocen a Dios, que no tienen revelación de Él, que no han oído la voz de ángeles, que están separados en agrupaciones y sectas, divididos y disputando acerca de los puntos de doctrina que Cristo reveló, al encontrarse en esta situación deberían humillarse y pedir a Dios, en el nombre de Jesús y mediante una oración ferviente, que les revele si el testimonio de esos hombres que vienen con esta nueva revelación es verdadero o falso. Ese es el deber de toda alma viviente sobre la faz de la tierra que oye el testimonio de los siervos de Dios acerca de esta verdad; y nunca ha habido, desde que José Smith hizo su primera proclamación hasta hoy, 3 de agosto de 1879, una ocasión en que un hombre que haya seguido este curso no haya recibido un testimonio de lo alto, el testimonio de Jesucristo, de que estas verdades proclamadas por los siervos de Dios son divinas y proceden del cielo. Dondequiera que los élderes de esta Iglesia han ido y han elevado su voz con humildad y mansedumbre, exhortando a los habitantes de la tierra a arrepentirse —y han ido a muchas tierras y hablado en muchos idiomas—, y las personas se han arrepentido y han acudido a Dios en el nombre de Jesucristo para recibir un testimonio de la verdad, nunca ha habido un solo caso en que no hayan recibido ese testimonio; ni uno solo. ¿Quiénes han rechazado este Evangelio? Los indiferentes, quienes no quisieron tomarse la molestia de investigarlo, quienes no quisieron tomarse la molestia de inclinarse en sumisión ante el Señor y pedir Su testimonio acerca de él, quienes lo consideraron indigno de ellos, quienes han sido demasiado orgullosos, demasiado ricos o demasiado bien acomodados, o quienes, por alguna otra razón, no han mostrado interés alguno en esta obra; estos son quienes no son miembros de esta Iglesia y no han obedecido este Evangelio cuando lo han oído predicar en su sencillez y pureza entre las naciones de la tierra. Pues bien, ¿escapará esta generación a la condenación? Les digo que no. Una grave condenación caerá sobre esta generación a causa de su desatención a estas cosas. Los habitantes de la tierra serán visitados con juicios y calamidades por desatender la palabra de Dios escrita en las Escrituras, así como la palabra de Dios a Sus siervos en estos días. El profeta José Smith, su hermano Hyrum y muchos otros han sido muertos. ¿Por qué? Porque, según dijeron los integrantes del populacho que lo mató, no podían alcanzarlos por medio de la ley. Fueron llevados ante los tribunales, particularmente José Smith, como todos ustedes saben, una y otra vez, pero no lograron encontrar causa alguna de condenación contra él y, al final, su sangre fue derramada. Selló su testimonio con su sangre. Al igual que otros Apóstoles y profetas, dio su vida como testigo ante Dios y ante todos los hombres de la veracidad del testimonio que daba. Otros han hecho lo mismo.

Nos hemos reunido aquí hoy, en esta triste ocasión, para rendir los últimos honores y ofrecer el último testimonio de respeto a los restos de alguien que, de igual manera, ha dado su vida por la verdad, uno de los muchos que han sido muertos por el testimonio de Jesús y por la palabra de Dios que proclamaba. ¿Había algo malo en el testimonio que declaró mientras vivía? ¿Era malo exhortar a los hombres a arrepentirse de sus pecados, a ser bautizados para su remisión y a que se les impusieran las manos para recibir el Espíritu Santo? ¿Era malo suplicar a los hombres que abandonaran el pecado y llevaran una vida mejor, que fueran más puros, más santos, que vivieran cerca del Señor, que buscaran conocimiento de Dios y contendieran por la fe que una vez fue dada a los santos? Si estas cosas eran malas, entonces nuestro hermano, cuyos restos están ante nosotros, fue culpable de hacer lo malo. Ese fue todo su delito, y nada más. Procuró persuadir a los hombres a llevar una vida más pura y más santa, y proclamó que los días del juicio de Dios estaban cerca. Salió a declarar estos principios, lleno de celo y de buenos deseos, ejemplar en su vida, puro en su conversación, admirado por todos los que lo conocían, el gozo de la casa de su padre, un ejemplo para todos sus compañeros de la misma edad e incluso para los mayores que él, un joven en quien todos habíamos depositado grandes esperanzas y cuyo futuro considerábamos prometedor. Al leer sus cartas, escuchar los relatos de sus labores y oír a sus compañeros de trabajo, no podíamos menos que sentir satisfacción. Abrigábamos brillantes expectativas para su futuro, no por su nacimiento, ni porque sus padres fueran ricos, ni por algún talento extraordinario que poseyera, ni por ventajas terrenales, sino porque en su juventud se humilló ante Dios y obtuvo conocimiento acerca del Evangelio de Jesucristo y, ardiendo de celo, tenía el sincero deseo de proclamar las grandes verdades que Dios le había revelado a un mundo caído, y procuraba salvar a los hijos de los hombres del abismo en el que corrían el riesgo de ser sumergidos. El mismo espíritu que animaba el corazón del Salvador animaba el corazón de Joseph Standing; es decir, él tenía una porción de ese mismo espíritu. No daba importancia al cansancio corporal ni al trabajo; no tomaba en consideración su salud ni la debilidad de su cuerpo; ninguna de estas cosas tenía peso para él. No pensó en cómo podría beneficiarse y obtener ventajas mundanas si permanecía en casa atendiendo sus negocios; no tuvo en cuenta ninguna de estas cosas, sino que, en cuanto fue llamado a dejar su hogar, lo dejó todo. Aunque su salud era algo débil y ya había cumplido una misión honorable, sintió que era su deber ir cuando se le llamara, ir sin bolsa ni alforja, sin esperanza de recompensa terrenal, poniendo su confianza en Dios y trabajando con celo desinteresado por la salvación de sus semejantes; y así trabajó hasta caer víctima del odio impío de quienes no lo conocían, de quienes no comprendían los objetivos por los que trabajaba ni el propósito que animaba su noble corazón.

¿Quiénes deben lamentarse hoy? ¿Los Santos de los Últimos Días? No. ¿Quiénes deben lamentarse hoy? ¿La familia y los amigos del élder Joseph Standing? No. Sería difícil, y no sería correcto, reprimir las emociones naturales de nuestro corazón y sofocar esos afectos naturales; es justo y apropiado que derramemos lágrimas de compasión, que permitamos que el afecto del corazón se manifieste de esta manera y encontremos alivio en las lágrimas que derramamos. Pero hoy no hay motivo de aflicción en este Tabernáculo. Un siervo de Dios que ha permanecido fiel, que ha sido leal, recto e irreprensible, ha caído como víctima: víctima de ese odio que el adversario de las almas procura infundir en el corazón de todos los hijos de los hombres que se dejan conducir y guiar por él; y quienes deben lamentarse hoy son los hombres que han sido culpables de este vil acto. La tierra que debe lamentarse es la tierra que ha sido empapada con su sangre. Si el gobernador, los jueces, la legislatura y los demás funcionarios del estado de Georgia sienten como deberían, no descansarán satisfechos hasta que se haya hecho reparación y los miserables culpables que participaron en este gran crimen hayan sido llevados ante la justicia. Pero sería algo sumamente extraordinario que ese fuera el resultado. No es que no crea que el gobernador sea un hombre recto y que, hasta donde lo conozco, haría todo lo que estuviera a su alcance para castigar a estos asesinos; pero hay otras influencias que obran con más fuerza que la influencia del gobernador, hay prejuicios más difíciles de vencer que cualquier otra cosa que pueda encontrarse, y hay cientos, y probablemente miles de personas que piensan que al matar a los «mormones» están prestando servicio a Dios. ¿Debemos odiarlos por esto? No; son dignos de lástima. Los hombres que se entregan a tales sentimientos llevan su castigo en su propio pecho y experimentarán un castigo aún más severo antes de que todo termine.

Mis hermanos y hermanas, cuando abrazamos este Evangelio, quienes tenían edad suficiente para comprenderlo sin duda consideraron todas las consecuencias que podrían seguir; quienes no tenían suficiente edad o han nacido en la Iglesia han tenido bastante experiencia en estos asuntos para ver y comprender cuáles pueden ser los resultados de abrazar la verdad. Al Salvador le costó la vida. A la mayor parte de Sus Apóstoles les costó la vida. A casi todos los profetas que han vivido les ha costado la vida proclamar la verdad. Ha costado la mejor sangre de esta Iglesia y de esta generación poner los cimientos de esta Iglesia. Hemos sido atacados por turbas, expulsados, perseguidos y odiados; nuestros nombres han sido desechados como malos; no hay crimen ni mal del que los hombres puedan ser culpables del que no se nos haya acusado, y todos sabemos cuán falsas y carentes de fundamento han sido esas acusaciones. Esto forma parte de las consecuencias que debemos afrontar al abrazar la verdad. El hombre que tiene su vida por preciosa y la valora más que la verdad es indigno de la verdad. Si valoramos la casa, las tierras, el buen nombre, los bienes, a nosotros mismos e incluso la vida misma más que la verdad, somos indignos de la verdad. Pero Dios nos ha dado la verdad; vale más que todo lo demás. Él se nos ha revelado. Cuando le oramos, sabemos que nos oye. Cuando le pedimos una bendición que necesitamos, tenemos el testimonio de lo alto de que escucha nuestras oraciones, de que está dispuesto a responder y concedernos los deseos justos de nuestro corazón. Estas cosas compensan la pérdida de todas las demás ventajas; tenemos este consuelo que nuestros perseguidores no tienen.

Los profetas que nos han precedido han sido muertos generación tras generación; han partido de esta vida. El Salvador y Sus Apóstoles también partieron, y la obra cuyos cimientos pusieron fue vencida y destruida por el adversario de sobre la faz de la tierra. Previeron que, durante mucho tiempo después, la apostasía seguiría a sus labores y administraciones, y fue algo doloroso de contemplar para ellos; pero en nuestro caso es diferente. Vivimos en el umbral de una nueva era; la obra que Dios ha establecido en nuestros días nunca será dada a otro pueblo. El sacerdocio que Dios ha restaurado, la autoridad mediante la cual los hombres pueden administrar las ordenanzas de Dios, ese sacerdocio nunca será quitado de la tierra. José Smith, Hyrum Smith, David Patten y otros mártires pueden caer, entre ellos el hermano Joseph Standing; su sangre puede ser derramada, y la sangre de otros que aún viven también puede ser derramada para confirmar el testimonio que se ha dado; pero, aunque así sea, hay algo que nos consuela a quienes vivimos, que nos consuela al contemplar el futuro para nosotros y para nuestra posteridad: no hay poder en la tierra ni en el infierno que pueda destruir la Iglesia que Dios ha establecido ni borrar nuevamente el sacerdocio de la tierra como fue borrado en la antigüedad. Cuando esta Iglesia comenzó, fue necesario que vinieran ángeles para restaurar lo que había sido quitado, el sacerdocio sempiterno, pero en el futuro ya no habrá necesidad de ello. Estamos en el umbral de mil años de paz; estamos poniendo los cimientos de una obra que permanecerá para siempre, no solo durante los mil años, sino mientras dure el tiempo y mientras perdure la tierra misma. Este es el consuelo que tenemos y que nuestros predecesores no tuvieron, y podemos regocijarnos al contemplar el glorioso futuro de esta obra. En cuanto al hermano Standing, ningún héroe podría desear una muerte más gloriosa que la suya. Será coronado entre el glorioso ejército de mártires, como uno que estuvo dispuesto a dar su vida por la verdad sin retroceder, sin temor y sin vacilar cuando llegó el momento. Ha dado un testimonio noble e incansable en todo momento de la verdad de Dios, y hay reservada para él una corona gloriosa junto con quienes han sido igualmente fieles en esta obra.

Que su compañero, el élder Rudger Clawson, esté vivo y entre nosotros hoy se debe a la maravillosa providencia de Dios. He creído que, si la turba hubiera comenzado a azotarlos, ambos habrían muerto. Sin duda, la muerte del hermano Standing salvó la vida del hermano Clawson.

Ruego a Dios el Padre que consuele sus corazones y derrame el espíritu de consuelo y paz sobre la familia y sobre todos los amigos del fallecido. Oro por sus enemigos y por quienes derramaron su sangre. No les haría daño alguno aunque pudiera. No hay en mi corazón, ni debería haber en el corazón de los Santos de los Últimos Días sobre quienes descansa el verdadero espíritu del Evangelio, sentimiento alguno de venganza. Debemos estar, y creo que estamos, muy por encima de tales sentimientos; y si no lo tenemos, deberíamos tener el sentimiento que tuvo Jesús cuando estaba en la cruz y que lo llevó a decir: «Padre, perdónalos, porque no saben lo que hacen». Lo habían tratado con la mayor ignominia, como si hubiera cometido el mayor de los crímenes, pero en la hora de Su muerte pudo implorar sobre ellos la bendición de Su Padre. Y así podemos hacerlo nosotros por quienes procuran destruir esta obra. Piensan que están prestando servicio a Dios; los mueve un espíritu del que nada saben. Son dignos de lástima y debemos lamentarnos por ellos; y llegará el día en que, al comprender los sufrimientos de quienes cometieron estos actos, nuestra alma se llenará de piedad, compasión y pesar por su desdichada condición. Ruego que el Espíritu del Evangelio descanse sobre todos nosotros y que la paz del cielo esté y permanezca en todos nuestros corazones, lo cual pido en el nombre de Jesús. Amén.

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