Diario de Discursos – Journal of Discourses V. 20

La responsabilidad de servir a Dios y procurar el bienestar de toda la humanidad.

por el presidente John Taylor, pronunciado en la conferencia trimestral de la Estaca Salt Lake de Sion, en el Teatro de Salt Lake, el domingo 6 de enero de 1879 por la tarde.

John Taylor enseña que Dios se interesa por todos Sus hijos y que quienes reciben el sacerdocio deben servir con humildad, respetar a los demás y vivir con rectitud para alcanzar la gloria celestial.

No debemos jactarnos de ser superiores a nuestros semejantes—Dios se interesa por el bienestar de toda la humanidad—La relación de todos los hombres con las leyes de Dios y su responsabilidad ante ellas—Debemos ser corteses con quienes tienen opiniones diferentes de las nuestras—Los siervos de Dios son mensajeros de salvación—La restauración del sacerdocio—Los juicios del Todopoderoso—Las teorías absurdas de los hombres instruidos—Solo los justos entre los santos serán salvos en el reino de Dios


Me ha interesado escuchar las palabras de los hermanos que nos han hablado durante esta conferencia, y me propongo ofrecer algunas reflexiones que han pasado por mi mente mientras escuchaba las enseñanzas y la instrucción que se han presentado.

Existe un sentimiento que prevalece, en mayor o menor grado, entre todas las ramas de la familia humana: que la nación o el pueblo al cual pertenecen es superior en muchos aspectos a otros, ya sea en el gobierno, en la moral, en la ciencia, en la industria, en las artes o en la religión, según sea el caso; y los Santos de los Últimos Días no están exentos de este sentimiento. Sentimos que Dios nos ha bendecido más abundantemente que a otros con sabiduría y conocimiento acerca de Él mismo, de Sus caminos, de Sus leyes y de las cosas eternas, mediante nuestra obediencia a Su voluntad, y que nos desenvolvemos en un plano más elevado que el resto de los hijos y las hijas de Adán. Admitiendo que esto sea correcto, no hay nada de lo cual debamos jactarnos, ni individualmente ni como pueblo. Si hemos recibido alguna inteligencia o conocimiento concerniente al presente o al futuro, ha sido únicamente mediante las comunicaciones que Dios ha tenido a bien darnos a conocer. Porque, por naturaleza, somos muy semejantes a los demás hombres: no mucho más altos ni mucho más bajos, no mucho más inteligentes ni mucho más ignorantes que ellos. No hay tanta diversidad entre los pueblos como algunos imaginan, siendo iguales las demás circunstancias; quizá nos convenga reflexionar un poco sobre la posición que ocupamos en relación con los demás, con nuestro Dios, con el mundo en el que vivimos y con los pueblos que nos rodean; reflexionar sobre el pasado, el presente y el futuro; y comprender, si es posible, nuestra verdadera condición ante el Todopoderoso y ante todos los hombres.

Es ciertamente verdad que Dios nos ha conferido muchas bendiciones grandes y especiales por las cuales estamos en deuda con Él; pero, al mismo tiempo, el Señor se interesa por el bienestar de todos los hombres y de todos los pueblos de todas las naciones, de todos los credos y de todas las religiones; no por sus religiones como tales, sino por las personas que profesan creer en ellas; y conoce las ideas, los hábitos, las disposiciones y los sentimientos particulares de los hombres en todas partes. Uno de los antiguos apóstoles, al hablar de estas cosas, dice: “Y de una sangre ha hecho todo el linaje de los hombres, para que habitasen sobre toda la faz de la tierra; y les ha prefijado el orden de los tiempos y los límites de la habitación de ellos, para que buscasen a Dios, si en alguna manera, palpando, le hallasen; aunque ciertamente no está lejos de cada uno de nosotros”. Se dice, además, “que somos todos su linaje”, y también “que él es el Dios y Padre de los espíritus de toda carne”; y, por consiguiente, se interesa por el bienestar de toda la familia humana, en todas partes, entre todos los pueblos, todas las naciones, todas las tribus y todas las lenguas.

Ahora bien, si este es el caso, de lo cual no tenemos razón para dudar, entonces Él se interesa por toda la familia humana y procurará promover su bienestar y felicidad hasta donde pueda hacerlo, de acuerdo con ciertas leyes por las cuales Él mismo se rige, al igual que todas las cosas de la Creación; y el saber del que tanto hemos oído hablar es simplemente el conocimiento de algunos principios relacionados con esas leyes que generalmente se denominan leyes de la naturaleza. En cuanto a las naciones o los pueblos, el Señor hará por ellos todo el bien que le permitan y hasta donde lo permitan las leyes por las cuales Él se rige, exactamente como nosotros lo haríamos con nuestros hijos. Nosotros, padres y madres, tenemos hijos; no siempre hacen lo que quisiéramos que hicieran, pero deseamos pasar por alto sus flaquezas e imperfecciones tanto como sea posible; sin embargo, cuando se llega a ciertos puntos, tanto el padre como la madre tienen que detenerse. Si nuestros hijos violan las leyes del país, tienen que ser juzgados por esas leyes, y nosotros no podemos impedirlo ni debemos intentarlo. Aun así, nuestros sentimientos se inclinan hacia nuestras familias, y es correcto y natural que así sea, porque el Todopoderoso ha plantado estos sentimientos paternales en el corazón humano. Por tanto, es apropiado que sintamos afecto y manifestemos bondad, tolerancia y longanimidad hacia todos nuestros hijos y todos aquellos con quienes nos relacionamos. Dios tiene esta clase de sentimientos hacia Sus hijos; y es una porción del espíritu que emana de Él la que inspira este afecto y consideración por nuestra descendencia.

Estas cosas también están relacionadas con otros asuntos. Procuramos velar por el bienestar de nuestros hijos; procuramos —es decir, quienes no están completamente depravados— guiarlos por las sendas correctas, influir en su mente y en su conducta moral y enseñarles correctamente tanto en lo relativo a la religión, la educación y la moral como en los asuntos seculares, para que lleguen a ser hombres y mujeres inteligentes, capaces de sostenerse por sí mismos, para que desarrollen los talentos que Dios les ha dado y puedan comprender al menos algunas de las leyes por las cuales se rigen las creaciones y los mundos, y los principios que nos rodean en este mundo, así como conocer las leyes de la vida. Todo esto es muy apropiado; y también es apropiado que los hombres cultiven relaciones agradables y tengan sentimientos buenos y bondadosos hacia los demás. Uno de los mayores males a los que se alude en las Santas Escrituras, y que, según se dice, se manifestaría en los últimos días, se describe así: “en los postreros días vendrán tiempos peligrosos. Porque habrá hombres amadores de sí mismos”; en lugar de tener ese sentimiento bondadoso, fraternal y afectuoso hacia los demás, serán “amadores de sí mismos, avaros, vanagloriosos, soberbios, blasfemos, desobedientes a los padres, ingratos, impíos, sin afecto natural, implacables, calumniadores, sin templanza, crueles, aborrecedores de lo bueno, traidores, impetuosos, envanecidos, amadores de los deleites más que de Dios, teniendo apariencia de piedad, pero negando la eficacia de ella”. Se habla de esto como uno de los mayores males que podrían existir entre los hombres.

Como dije antes, tenemos consideración por nuestros hijos, y Dios también tiene consideración por nosotros. Deseamos formar a nuestros hijos en el camino que queremos que sigan; otras personas desean hacer lo mismo. Hablemos de los católicos, metodistas, presbiterianos, bautistas y otras denominaciones: no importa cuáles sean sus ideas o sentimientos, no importa cuán incongruente e insensata consideremos su manera de adorar, muchos de ellos son muy sinceros al procurar beneficiar a sus hijos. Y Dios es sincero al procurar promover la felicidad y el bienestar de ellos, así como los nuestros, tanto en lo que respecta a este mundo como al venidero. Por tanto, hará lo mejor que pueda por todos los pueblos. Pero, como dije antes, puesto que se rige por leyes, solo puede tratarlos “según lo que hayan hecho mientras estaban en el cuerpo, sea bueno o sea malo”. Y cuando tenga lugar ese juicio, todos los hombres tendrán que acatar su sentencia; no hay apelación contra ella. No hay tribunal al cual puedan acudir para cambiar el decreto del Todopoderoso. El Señor lo sabe y ha preparado ciertas clases, por así decirlo, en Su escuela aquí sobre la tierra, para Su pueblo y para todo el mundo. Y ha dispuesto un medio de instrucción para los habitantes de la tierra, considerándolos seres eternos e inmortales, relacionados con el tiempo y la eternidad. Pero todas las cosas, como señalé, están bajo la influencia, el control y el gobierno de la ley, tan ciertamente como el sistema planetario con el cual estamos relacionados se rige por leyes. No importa lo que algunos de nosotros hagamos ni cómo actúe el mundo: el sol sale y se pone con regularidad, la tierra gira sobre su eje, y así ocurre con todos los sistemas planetarios; no hay confusión ni desorden en ninguno de los movimientos de los cuerpos celestes. Se rigen por una ciencia y una inteligencia que están fuera del alcance de los hombres en la vida mortal; sin embargo, se mueven estrictamente de acuerdo con ciertas leyes por las cuales todos ellos han sido, son y serán gobernados. Y estas leyes están bajo la supervisión y el control del gran Legislador, quien administra, controla y dirige todos estos mundos. Si no fuera así, se moverían por el espacio en desenfrenada confusión, y un sistema chocaría contra otro, y mundos y más mundos serían destruidos junto con sus habitantes. Pero se rigen por un poder sobrehumano, por un espíritu y una inteligencia que moran en el seno de los Dioses, de los cuales la humanidad sabe muy poco. Así sucede con todas las fuerzas de la naturaleza: la tierra sobre la cual estamos, los elementos de los que se compone, el aire que respiramos, el agua que bebemos y todo cuanto hay en la naturaleza se rige estrictamente por leyes inmutables, eternas e inalterables, prácticas, filosóficas y estrictamente científicas, si se prefieren estos términos; pero, no obstante, fueron establecidas allí por el Todopoderoso.

Ahora bien, en cuanto al mundo y a la posición que ocupamos en él, hay algo particular en la relación que tenemos con el mundo de la humanidad que nos rodea. No es apropiado que seamos censuradores, que reprendamos a las personas por cosas que no comprenden y que están más allá de su entendimiento; debemos ser corteses y caritativos con todos, y no criticar a los hombres porque no comprendan las cosas como nosotros las comprendemos. Antes bien, procuremos comprender nuestra verdadera posición y la relación que tenemos con nuestro Padre Celestial, con Sus leyes, con los pueblos con quienes nos relacionamos y con el mundo en que vivimos.

Leemos de muchos hombres destacados que han existido en el mundo en diversas épocas. Por ejemplo, estuvieron Adán, Set, Enoc, Matusalén, Noé, Abraham, Moisés, los profetas, Jesús y Sus discípulos, las personas que vinieron a este continente, Éter y el hermano de Jared, Lehi y Nefi, Alma, Moroni y muchas otras personas destacadas que se comunicaron con el Todopoderoso, a quienes el Señor colocó en una posición que les permitía recibir comunicaciones de Él, conocer Su voluntad y enseñarla a otros. Consideramos a estos hombres grandes, y con razón; hombres sabios, inteligentes y filantrópicos; hombres que se interesaban no solo por su propio bienestar, sino por el bienestar de los pueblos que los rodeaban y del mundo en que vivían. Estos hombres no vinieron como censores del mundo; no vinieron para engrandecerse ni elevarse a sí mismos, ni para controlar o coaccionar a otros. ¿Cuál fue la gran bendición que se confirió a Abraham? “Y serán benditas en ti todas las familias de la tierra”; no maldecidas, ni destruidas, ni aniquiladas; sino como mensajero de Dios, como escogido del cielo, como hombre a quien Él había elegido para realizar Su obra y a quien utilizaría, mediante aquellos principios que existían en la eternidad, para derramar bendiciones sobre la humanidad caída. Ese fue el sentimiento que se manifestó, según lo entiendo. Es cierto que Abraham, cuando llegó una banda de ladrones en forma de una confederación de reyes, se llevó a su sobrino y a otros y los despojó de sus bienes, reunió a los de su casa, los persiguió, hirió a muchos de ellos, liberó a aquellos a quienes se proponían oprimir y devolvió a los cautivos a sus propios lugares. Y cuando lo hubo hecho, ¿qué ocurrió entonces? Pues le dijeron: Abraham, has hecho una buena obra, nos has librado y has recuperado este botín; toma lo que quieras. Pero les dijo que no quería nada de ello: “Ustedes fueron agraviados, robados y despojados, y llevados cautivos; estos hombres vinieron sobre ustedes y los despojaron fraudulentamente de sus bienes; y aquí está mi sobrino Lot, que es un hombre honorable y alguien por quien tengo un interés particular, y yo solo estaba haciendo por ustedes lo que un hombre debe hacer por otro; no tomaré nada del botín. Aquí están estos jóvenes que estuvieron conmigo; pueden darles lo que quieran, pero no tendrán motivo para decir que hicieron rico a Abraham”.

Los hombres destacados que fueron descendientes de Abraham actuaron de la misma manera; la verdadera benevolencia hace de todos ciudadanos del mundo. Ha sido el sentimiento y el propósito de todos los hombres buenos beneficiar a sus semejantes; e incluso la filosofía de los paganos ha defendido esto hasta cierto punto. ¿Cuál fue el mensaje de Moisés cuando fue enviado como libertador a los hijos de Israel, a quienes los impíos egipcios habían oprimido y hecho esclavos? Él, como enviado de Dios, entregó un mensaje: Así dice el Señor: Deja ir a mi pueblo Israel. Un mensaje de misericordia para Israel, y que ni siquiera perjudicaba a los egipcios, a menos que estos se opusieran. ¿Los libró por alguna sabiduría o inteligencia inherente a él? No, sino por el poder del Todopoderoso, por las revelaciones de Dios y por la inteligencia que Dios le dio. Su labor era especialmente un mensaje para librar a Israel de la servidumbre y de la opresión injusta. Los sacó, y Dios obró con él. Y cuando sus enemigos los persiguieron, Él los protegió; abrió el mar e hizo que las aguas se mantuvieran en pie mientras ellos cruzaban sin mojarse los pies. Algunas de estas personas dadas a la filosofía —no las llamo científicos, sino ignorantes— dicen que eso es contrario a las leyes de la naturaleza. Pero no es contrario a las leyes de Dios ni al poder de Dios, porque Él puede hacer las cosas como le plazca y dirigirlas de acuerdo con Su propia voluntad y Sus propósitos; y conoce otras leyes de la naturaleza de las cuales los hombres son ignorantes. Se nos dice que Moisés era extranjero en tierra extraña, donde vio una zarza que ardía con fuego y no se consumía —también podría decirse que esto era contrario a las leyes de la naturaleza—; y una voz le habló desde la zarza, diciéndole que se quitara el calzado de los pies, porque la tierra sobre la cual estaba era santa; y también le dijo que era un mensajero escogido del Señor para realizar cierta obra. Y el Señor le enseñó y lo instruyó. Y Moisés fue ante el rey de Egipto y sus poderes, y entregó el mensaje que Dios le había dado. No era un mensaje muy agradable para ellos de escuchar ni muy placentero para él de comunicar. Pero era un hombre de Dios y tenía presente el temor de Dios; el Señor lo había escogido como instrumento y, aunque comprendía sus debilidades, no rehuyó la responsabilidad, sino que salió en el nombre del Dios de Israel para cumplir la misión que se le había confiado, y liberó a los israelitas. Es cierto que eran rebeldes e ignorantes, que eran obstinados y que muchos de ellos eran muy corruptos; es cierto que no podían soportar la luz de las bendiciones del Evangelio; y también es cierto que, cuando Dios quiso hacer de ellos un reino de sacerdotes, no pudieron recibir ese sacerdocio ni regirse por su influencia. Entonces les quitó el Sacerdocio de Melquisedec, dejándoles el sacerdocio menor o Aarónico, porque no querían ni estaban capacitados para magnificar los deberes del mayor, y necesariamente fueron privados de él. ¿Qué ocurrió entonces? Dios hizo lo mejor que pudo por ellos, como lo ha hecho por toda nación y todo pueblo; sin embargo, les envió profetas de tiempo en tiempo.

Ahora continuemos. ¿Cuál fue el mensaje que Jesús vino a proclamar al pueblo? ¿Un mensaje de destrucción? ¿Un mensaje de muerte? ¿Un mensaje de condenación? No, no; fue un mensaje de buenas nuevas de gran gozo para todos los pueblos. ¿Y qué dijo a Sus discípulos que fueran a predicar? ¿Destrucción a todos los pueblos? No; Su comisión para ellos fue: “Id por todo el mundo y predicad el evangelio a toda criatura”. ¿Adónde? A todo el mundo. ¿Y cuál era la naturaleza de ese Evangelio? Fe en el Señor Jesucristo, arrepentimiento y bautismo para la remisión de los pecados, y la imposición de manos para recibir el Espíritu Santo, lo cual pondría a los hombres en una posición que les permitiría comunicarse con Dios, su Padre Celestial, teniendo una esperanza floreciente de inmortalidad y vida eterna que entraba hasta dentro del velo, adonde Cristo, su precursor, había entrado. Por tanto, era un mensaje de misericordia, salvación y exaltación para todos los que quisieran recibirlo. “Id por todo el mundo y predicad el evangelio a toda criatura. El que crea y sea bautizado será salvo; pero el que no crea será condenado”. Si eran condenados, si sufrían la ira de Dios, no era porque no se les hubieran ofrecido la vida y la salvación; era porque rechazaban esa vida y esa salvación mediante la predicación de Su palabra y la expiación de Su Hijo Unigénito. ¿Había algo perjudicial en esto? No, nada de eso. Era en beneficio de la humanidad; era para el bienestar del mundo; era para enseñar al hombre, mediante aquellos principios celestiales que Él había comunicado, las leyes de Dios, para poner a su alcance aquellos ricos tesoros de vida eterna, abriendo el reino de los cielos al creyente que obedeciera Sus leyes y se rigiera por ellas. Este es el mensaje que Dios siempre ha proclamado al pueblo.

Cuando vino José Smith, ¿qué predicó? Exactamente lo mismo que todos los demás habían predicado. ¿Fue por alguna filosofía particular o alguna inteligencia notable que tuviera por sí mismo al principio para comprender aquellos principios que reveló? No. Es cierto que era un instrumento escogido del Todopoderoso para ese propósito; es cierto que, siendo de la descendencia de Abraham, aquella bendición particular le pertenecía. Es cierto que Abraham, en años anteriores y por medio de su genealogía, llegó a conocer los derechos pertenecientes al sacerdocio, y que José Smith tenía esos derechos en común con Abraham por ser de su descendencia. Y es cierto que fue escogido para este propósito; pero hasta que el Señor se le dio a conocer y reveló Sus propósitos, no sabía más de las cosas de Dios de lo que sabíamos ustedes o yo. Sé esto porque he hablado con él sobre estos temas. Pues bien, ¿cuál fue la naturaleza de su misión? Fue restaurar el antiguo Evangelio; fue sacar a luz el registro del Evangelio en este continente, que las personas que vivieron aquí en años anteriores habían perdido a causa de sus transgresiones; fue para que el palo de José, en las manos de Efraín, pudiera unirse al palo de Judá en su testimonio, sus pruebas, sus profecías, sus doctrinas y sus ordenanzas, dando a conocer principios correctos, para que las cosas tal como existen en los cielos se hicieran más claras a los hombres sobre la tierra y para que por boca de dos o tres testigos se estableciera toda palabra. ¿Era para condenar al mundo? No, a menos que el mundo lo rechazara. ¿Cuál fue el Evangelio que enseñó José? Exactamente el mismo que enseñaron Jesús y Sus discípulos. Exhortó a las personas a arrepentirse y ser bautizadas en el nombre de Jesús para la remisión de los pecados, y recibirían el Espíritu Santo. ¿Y salieron él y sus hermanos a predicar esta doctrina? Sí. ¿Y se cumplió la promesa que hicieron a quienes creyeron y obedecieron? Se cumplió; y ustedes son hoy mis testigos de que estas cosas son verdaderas, pues nos han sido dadas a conocer por el Santo Espíritu de la Promesa, el Espíritu Santo, que toma de las cosas del Padre y las revela al hombre. ¿Y resulta alguien perjudicado por esto? ¿Qué se daña? ¿En los derechos de quién se interfiere? ¿Los principios de quién se pisotean? ¡Los de nadie! ¿Se obliga a alguien a obedecer este Evangelio? ¡No! ¿Se ha coaccionado a alguien para que adopte alguna medida relacionada con estos asuntos? ¡No! Siempre se ha proclamado, y se proclama hoy: “Todo es gracia concedida libremente; todo es libre voluntad”. ¿Restringiría usted los derechos religiosos de alguien? De ninguna manera; lo dejaría con su Dios. Si no pueden comprender, o si comprendiendo no tienen la inclinación de obedecer principios correctos, los dejaría con su Dios, en cuyas manos estamos todos y en cuyas manos están los asuntos de la vida y de la muerte. Si los hombres no aman la verdad, no podemos evitarlo; si los hombres se vuelven corruptos e injustos y se llenan de incredulidad, no podemos evitarlo; nosotros no los pusimos en esa condición, es obra de ellos mismos. ¿Pueden encontrar hoy en todo el ancho mundo un grupo de hombres llenos de más filantropía y benevolencia, o mayores benefactores de la humanidad, que estos élderes que me rodean? No pueden encontrarlos en esta pequeña tierra; no pueden encontrar en ninguna parte hombres que hayan hecho y estén dispuestos a hacer los sacrificios por los principios que han hecho los élderes de esta Iglesia. Veo a mi alrededor a quienes han recorrido cientos y miles de millas sin bolsa ni alforja, en medio de persecución, desprecio y oprobio, para entregar al pueblo el mensaje de vida, porque Dios lo había mandado y porque deseaban promover el bienestar y la felicidad de la familia humana. ¿Cómo han sido tratados? Tal como fue tratado Jesús; tal como fueron tratados Sus apóstoles y los profetas de la antigüedad. Los hombres siempre han matado a los profetas y apedreado a quienes les fueron enviados. Pero ¿qué importa eso? Tanto peor para quienes lo hicieron; ellos tienen la tarea más difícil, porque, al igual que nosotros, todavía han de comparecer ante el Juez de toda la tierra, y Él dirá: Llamé, pero rehusaron; extendí mi mano, pero no hicieron caso; por tanto, “también yo me reiré de vuestra calamidad, y me burlaré cuando os venga el temor”. Así es como lo expresa. Les ofrecí luz; les ofrecí verdad; les ofrecí inteligencia; deseé promover su felicidad y su bienestar, pero no quisieron aceptarlo y, por tanto, quedan sin excusa. ¿Son Sus hijos? Sí. ¿Le entristece verlos actuar así? Sí; pero no puede evitarlo, Él se rige por leyes, y esas leyes son inexorables y justas, y no se puede apartar de ellas.

¿Qué sigue? Como seres eternos, todos tenemos que comparecer ante Él para ser juzgados; y Él ha preparado diferentes grados de gloria —las glorias celestial, terrestre y telestial—, que se han dispuesto de acuerdo con ciertas leyes inmutables que no pueden ser contradichas. ¿Qué hará con ellos? Para quienes están dispuestos a escucharlo y a someterse a la influencia del Espíritu de Dios, a ser guiados por los principios de la revelación y la luz del cielo, y que están dispuestos a obedecer Sus mandamientos en todo momento y llevar a cabo Sus propósitos sobre la tierra, y que están dispuestos a cumplir una ley celestial, ha preparado una gloria celestial para que estén con Él para siempre jamás. ¿Y qué hay de los demás? No están más preparados para ir allí de lo que está el plomo para soportar la misma prueba que el oro o la plata; y allí no pueden ir. Y hay una gran sima entre ellos. Pero Él hará por ellos todo el bien que pueda. Muchísimas de estas personas del mundo, miles y cientos de millones, estarán mucho mejor mediante la intervención del Todopoderoso de lo que imaginan. Pero no pueden entrar en el reino celestial de Dios; adonde están Dios y Cristo, ellos no pueden ir.

Dios se ha valido de diversos medios, en distintas épocas del mundo, para enseñar a los hombres y guiarlos por el camino correcto. Envió a Sus siervos en diferentes épocas a la viña y recogió a unos pocos aquí y a otros pocos allá que quisieran obedecer Su ley, para que fueran salvos en Su reino. Y permítanme preguntar: ¿Qué tienen que ver con ello las demás personas del mundo? No quisieron escuchar las palabras de vida; ¿pueden evitarlo los mensajeros de Dios? No, no pueden. La posición de estos no es muy envidiable. No fue algo muy agradable para Moisés ir ante el rey egipcio a comunicarle el mensaje que debía llevar, ni ver que las plagas se sucedían una tras otra. Pero Dios le encomendó la tarea y él la hizo. Fue el Señor quien dirigió aquel asunto; él era simplemente el instrumento. ¿Quién inspiró a los profetas a predecir muchas cosas que eran muy desagradables de oír? Fue Dios. ¿Podían ellos evitarlo? No. Y cuando vino José Smith, por ejemplo, ¿podía evitar nacer? No. Y habiendo nacido, ¿podía evitar ser llamado por el Todopoderoso? No. Tenía que hacer lo que Dios requería de él, o no hacerlo y sufrir las consecuencias; y, si él no lo hubiera hecho, otros lo habrían hecho, porque la obra de Dios está destinada a realizarse. Pero él hizo su parte y la hizo bien y fielmente, y yo lo sé, porque estuve allí cuando fue asesinado por algunos de nuestros muy reverendos hermanos cristianos.

Ustedes, élderes de Israel que se reúnen en calidad de conferencia, han recibido el sacerdocio. ¿De dónde vino? Del Señor. El Sacerdocio Aarónico fue entregado por Juan el Bautista, quien lo poseyó en tiempos anteriores sobre la tierra. Él lo comunicó a José Smith y a Oliver Cowdery. Y luego Pedro, Santiago y Juan, que habían ejercido el Sacerdocio de Melquisedec en su época, vinieron y se lo confirieron; después se organizó el apostolado y se nos manifestó el orden del sacerdocio tal como existe en los cielos. ¿Por qué? Para que se nos diera posesión de principios que emanan de Dios y para que pudiéramos desempeñar nuestra parte en el cumplimiento de los propósitos de Dios, no solo en lo concerniente a nosotros mismos, sino más especialmente a las naciones de la tierra, y luego obrar por los muertos, así como por los vivos. ¿Tuvimos nosotros algo que ver particularmente con ello? Yo no lo introduje, ni Brigham Young, ni Parley P. Pratt, ni Orson Hyde, ni Heber C. Kimball, ni José Smith; ningún hombre lo introdujo sino en la medida en que Dios lo dio. Se utilizó a José Smith como instrumento para introducirlo; y luego se organizó la Iglesia en todas sus diversas ramas, con presidentes, apóstoles, patriarcas, sumos sacerdotes, setentas, élderes, presbíteros, maestros y diáconos, con obispos y sumos consejos, y todas las diversas organizaciones de la Iglesia. ¿Para qué se nos dieron estas cosas? ¿Para satisfacer nuestra ambición? ¿Para permitirnos dominar y pisotear a nuestros semejantes? ¿Para conferirnos poder y autoridad? No, no para ningún asunto personal, ni para el beneficio económico o el engrandecimiento de ningún hombre. Aunque no hay nada más honorable, nada más digno, nada a lo que un hombre deba aspirar tanto como a ser siervo del Dios viviente y recibir de Él la comisión de hacer Su obra sobre la tierra. ¿Y para qué es? Para difundir principios correctos entre los hombres; para combatir la superchería sacerdotal, las maquinaciones políticas, la opresión, el fraude y toda clase de iniquidad, e introducir entre los hombres aquellos principios puros y santos por los cuales se rigen los Dioses en los mundos eternos. No es particularmente para ustedes ni para mí; el Señor podría prescindir muy bien de nosotros, si nosotros pudiéramos prescindir de Él. Pero Dios y el santo sacerdocio detrás del velo, que han vivido y obrado sobre la tierra y que obran en la eternidad, se interesaban por las cosas con las cuales estamos relacionados y por el bienestar del mundo. Hablamos de la sabiduría de los hombres. ¿Qué sabiduría o inteligencia verdadera tiene el hombre que no reciba del Todopoderoso? Les diré en qué terminará la sabiduría de los hombres dentro de algún tiempo, y no está tan lejos en el futuro como muchos piensan: cuando perezca la sabiduría de sus sabios y se desvanezca el entendimiento de sus prudentes, su poder y su gloria se desvanecerán, y verán sus tronos tambalearse hasta sus cimientos; no pasará mucho tiempo antes de que vean la guerra, la desolación, la matanza y la muerte desatarse por las naciones, y las plagas, la pestilencia y el hambre despoblar la tierra. ¿Y dónde estarán entonces su sabiduría, su filosofía y su inteligencia? Los hombres adquieren un conocimiento superficial del saber, de la filosofía y de algunas de las leyes menores que Dios ha establecido en la naturaleza, y se dan gloria a sí mismos, como hizo el monarca babilonio que dijo: “¿No es esta la gran Babilonia que yo edifiqué?”. No saben que son pobres, ciegos, necios, ignorantes, desnudos, desamparados y que van por el camino de la muerte. Las naciones de la tierra, con su falsa filosofía, su riqueza, sus corrupciones, su poder y su fuerza, llegarán a ser con el tiempo como el tamo de las eras del verano ante el viento, tal como lo representó el profeta Daniel. ¿Por qué? Porque la justicia eterna clama al gran Dios con respecto a todos los pueblos de la tierra. Esa es la razón, y por sus propios actos y sus propias corrupciones. Escuchen lo que el Señor ha añadido a Su comisión a Sus siervos en estos nuestros días; y, cuando lo dijo, dijo lo que ciertamente es verdadero: Salgan y den su testimonio al mundo; y después de su testimonio viene el testimonio de guerras, fuego, espada y derramamiento de sangre, y de las olas del mar que se precipitan allende sus límites, etc. Él les da una clara advertencia y ellos no hacen caso; pero estas cosas deben venir y vendrán con toda seguridad.

¿Qué sigue? ¿Los destruye a veces para su bien? Sí. Después de que Noé había predicado el Evangelio al mundo antediluviano, y después de que la copa de su iniquidad se hubo llenado y Sion y sus ciudades hubieron huido, siguieron los juicios de Dios; entonces vinieron la desolación y la destrucción. ¿Y por qué esta eliminación general de la humanidad? Para impedir que propagaran una estirpe corrupta. ¿No era eso correcto? Sí, lo era. Él dijo: Los talaré; prepararé una prisión para ellos, en la cual estarán confinados durante generaciones, donde no tendrán poder para propagar su especie; porque estos espíritus puros de los mundos eternos no serán contaminados con sus corrupciones; los quitaré de la tierra y levantaré a otro pueblo. Y lo hizo. ¿Qué ocurrió entonces? Aun así fue misericordioso. Cuando Jesús fue muerto en la carne, los recordó. “Fue”, dice Pedro, “y predicó a los espíritus encarcelados, los que en otro tiempo fueron desobedientes, cuando una vez esperaba la paciencia de Dios en los días de Noé”, etc. ¿Qué predicó? El Evangelio. ¿Y qué nos ha dicho que hagamos hoy? No solo predicar el Evangelio y recoger al pueblo, sino construir templos. ¿Para qué? Para administrar en ellos. ¿Por quiénes? Por los muertos que fallecieron sin conocer el Evangelio, para que pudieran participar con nosotros de las bendiciones que no tuvieron el privilegio de disfrutar en la tierra. Estamos haciendo esto; por tanto, estamos haciendo más que predicar el Evangelio a los vivos: estamos preparando lo necesario para salvar a los muertos, conforme a la palabra de Dios.

Esta mañana se hizo referencia a la sabiduría y al saber del mundo. No sé dónde están. He viajado bastante por diversas partes de la tierra y debo decir que no me he encontrado con su inteligencia. Les diré con qué me he encontrado muy frecuentemente: he presenciado mucha ignorancia, superstición e iniquidad, y toda clase de corrupción; y, a pesar del pequeño progreso que unos pocos han hecho en los verdaderos principios de la ciencia, ¿qué saben de las cosas tal como existen ante Dios? A unos caballeros dedicados a la ciencia con quienes me encontré hace unos días les conté algunas cosas que José Smith, aquel muchacho sin letras e ignorante, me había dicho acerca de los cuerpos celestes y de ciertos asuntos relacionados con ellos; y, cuando terminé, uno dijo: Señor Taylor, esas son algunas de las ideas más amplias que he oído en mi vida. Le dije: Estas ideas son de José Smith, aquel hombre sin instrucción; pero Dios se las dio por revelación. Otro comentó: He leído mucho y he estudiado mucho, pero todavía tengo muchísimo que aprender. ¿Era algo que yo supiera? No, simplemente les conté algo que José Smith me había dicho. Tenemos muchísimos necios instruidos que son ignorantes; pero cuando se encuentran hombres sensatos e inteligentes, como lo eran estos, reconocerán un principio cuando se les presente. Pero muchos hombres no tienen el entendimiento para hacerlo. Hablando de salvarse a sí mismos, ¿quién de los filósofos puede salvarse? ¿Quién sabe algo de Dios o del cielo? Saben muy poco de la tierra en la que moramos, y mucho menos de las cosas concernientes a los cielos, a Dios o a la eternidad. Y permítanme decirles, además, que ningún hombre conoce las cosas de Dios sino por el Espíritu de Dios; o, para usar el texto tal como se da: “Porque, ¿quién de los hombres sabe las cosas del hombre, sino el espíritu del hombre que está en él? Así tampoco nadie conoce las cosas de Dios, sino el Espíritu de Dios”. Y no pueden obtener ese Espíritu sin obedecer primero los primeros principios del Evangelio de Cristo. Hablan de su inteligencia; para mí es una clase curiosa de inteligencia. ¿Qué hacen cuando tienen que enfrentarse al aguijón de la muerte y este los mira de frente? Pues dan un salto a la oscuridad. Y esta oscuridad es el fin de toda su filosofía y de toda su ciencia. Y lo poco que saben al discernir las leyes de Dios se refiere únicamente a unos poquísimos principios fundamentales de aquellas leyes que Dios ha establecido por todas partes en el universo; por tanto, no siento esa reverencia por sus teorías, nociones y extravagancias, ni atribuyo a su inteligencia la importancia que algunas personas le dan.

Recuerdo que, en cierta ocasión, mientras estaba en París, Francia —ya me he referido a este asunto, pero no hará daño repetirlo—, un buen número de personas que se consideraban filósofos me visitaron y presentaron tantas ideas insensatas, fantasiosas, intangibles, misteriosas e incomprensibles, y tantas teorías quiméricas, que pensé que, de todos los ignorantes con quienes me había encontrado, ellos superaban a todos. En esa ciudad tienen cierta clase de pan, una especie de pastel ligero que hacen allí. Es tan ligero que se podría hacer volar con un soplo, y uno podría comerlo todo el día sin quedar satisfecho. Un hermano que estaba allí visitándome me preguntó si sabía el nombre de ese pan. Le dije que no conocía su nombre francés, pero que podía darle un nombre. ¿Qué nombre le daría?, preguntó. Pues, le dije, puede llamarlo filosofía o espuma frita, como prefiera.

El profesor Huxley, al visitar las cataratas del Niágara, hizo algunos comentarios que recuerdo que fueron publicados y reproducidos extensamente en los periódicos, en el sentido de que allí se ofrecía otra prueba de los muchos miles o millones de años —ahora no recuerdo la cifra— que habían sido necesarios para que el agua desgastara las rocas situadas debajo de esas cataratas. Y esta prueba se presentó para apoyar ideas geológicas. Pensé para mí: Sí, el profesor Huxley es un hombre muy instruido. Me pregunto si sabía que aquella roca estuvo una vez en una condición desmenuzable y plástica, cuando, por la fuerza del agua, el estrato blando pudo haberse desintegrado, excavado y removido mediante la erosión en quizá muy pocos días. Hemos visto grandes brechas abiertas por el agua en algunas de nuestras acequias en unas pocas horas. Tales cosas son comunes aquí. Si se produjera un cambio en los elementos que componen esas zonas erosionadas, lo cual podría ocurrir aquí con mucha facilidad, como en cualquier otro lugar, y se petrificaran, existiría la misma condición que puede verse en las cataratas del Niágara, y algún otro filósofo del futuro podría extenderse sobre los años que se necesitaron para remover tanta roca. Si tenemos que someternos a sus teorías, verdaderamente estaríamos en una condición lamentable. Yo, por mi parte, no me postraré a adorar en semejante santuario.

Hablamos de nuestras organizaciones; ¿son correctas según el orden de Dios? Sí. ¿Existirán en los cielos? Sí. ¿Estamos todos magnificando nuestro llamamiento? No, no lo estamos. En verdad tenemos una especie de esqueleto armado; pero a veces pienso que necesita carne sobre los huesos y que se sople en él el aliento de vida, el Espíritu del Dios viviente. Necesitamos comprender la posición que ocupamos y los deberes que recaen sobre nosotros. Vemos esto en casi todo lo que nos rodea y está relacionado con la Iglesia y el reino de Dios. Mientras muchos hombres son diligentes y tienen todo su corazón puesto en la obra de Dios, hay muchísimos que están indecisos, diciendo: Buen Señor y buen Diablo, sin saber en manos de quién caerán. Y, sin embargo, son sumos sacerdotes, setentas y élderes. ¿Cuál será la condición de tales personas? Se nos dice: “Muchos me dirán en aquel día: Señor, Señor, ¿no profetizamos en tu nombre, y en tu nombre echamos fuera demonios y en tu nombre hicimos muchos milagros?”. Sin embargo, a todos ellos les dirá: “Nunca os conocí; apartaos de mí, hacedores de maldad”. Ustedes dicen que eso se refiere a los de afuera. No, no es así. ¿Hacen ellos muchos milagros en el nombre de Jesús? No; si hacen algo, lo hacen en su propio nombre o en el del Diablo. A veces harán cosas en el nombre de Dios, pero eso es simplemente un acto de blasfemia. Esto se refiere a ustedes, Santos de los Últimos Días, que sanan a los enfermos, echan fuera demonios y hacen muchas cosas maravillosas en el nombre de Jesús. Y, sin embargo, cuántos de esta clase vemos entre este pueblo que se vuelven descuidados y tratan a la ligera las ordenanzas de la casa de Dios y el sacerdocio del Hijo de Dios; aun así, piensan que con el tiempo se deslizarán dentro del reino de Dios. Pero les digo que, a menos que sean justos y guarden sus convenios, nunca irán allí. ¡Escúchenlo, Santos de los Últimos Días! ¡Escúchenlo, setentas y sumos sacerdotes! “Todo lo que el hombre siembre, eso también segará. Porque el que siembra para su carne, de la carne segará corrupción; pero el que siembra para el Espíritu, del Espíritu segará vida eterna”. Ustedes tienen el sacerdocio, y si no magnifican ese sacerdocio, Dios les pedirá cuentas por ello. Él espera que todos estemos activos y llenos de energía, honrando nuestro llamamiento, nuestro sacerdocio y a nuestro Dios, porque lo espera de todos nosotros. Ahora escúchenlo, porque tan ciertamente como Dios vive, así será. No se tratará de decir: “¡Cómo flotamos las manzanas!”. Ustedes mismos deben nadar; porque todo hombre será juzgado “según lo que haya hecho mientras estaba en el cuerpo”. Si aspiran a una gloria celestial, deben tener un espíritu celestial y regirse por él. Deben ser honrados, virtuosos y benevolentes; deben ser hombres llenos del Espíritu Santo, que magnifiquen su llamamiento y honren su sacerdocio, si desean entrar en el reino de Dios. Y lo mismo ocurre con las hermanas: se encuentran precisamente sobre la misma base. ¿Qué debemos hacer? ¿Escuchar al mundo y dejarnos guiar por él? No; sino regular nuestros asuntos temporales y espirituales, las cosas del tiempo y las cosas de la eternidad, de acuerdo con la influencia, la ley y la dirección del Todopoderoso.

Volvamos de nuevo a esta inteligencia. ¿Quién sabría hoy, en cualquier lugar del mundo, cómo construir un templo que fuera aceptable para el Señor? Nadie. ¿Quién sabría cómo administrar en ellos de manera aceptable para Él una vez construidos? Nadie. Que presenten a sus sabios, si tienen alguno, y nos digan cómo obtendremos una herencia en el reino de Dios. Esto es algo que no pueden hacer. ¿Por qué? Porque no tienen el Evangelio; y es el Evangelio el que saca a luz la vida y la inmortalidad, y esta es la clase de inteligencia que buscamos: redimir y salvar a los vivos y a los muertos; edificar la Sion de nuestro Dios, para que se prepare un pueblo de corazón puro, preparado para asociarse con las inteligencias que rodean el trono de Dios.

Estas son algunas cosas relacionadas con nuestros deberes y responsabilidades. ¿Tienen deberes que cumplir los apóstoles? Sí. ¿Lo requiere Dios de ellos? Sí. Si no los cumplen, ¿los tendrá por inocentes? No. ¿Tienen deberes los setentas? Sí. ¿Cuáles son? Ir a las naciones de la tierra como portadores del Evangelio. Ese es su deber, setentas; y si no lo cumplen, Dios quitará su candelero de su lugar. ¿Lo oyen, setentas? Y ustedes, sumos sacerdotes y élderes, Dios no les ha conferido el sacerdocio para que sueñen acerca de él, lo tomen a la ligera, jueguen con él o lo traten con desprecio: a muchos de ustedes los vomitará de Su boca a menos que sigan otro rumbo. Dios espera que Su mensaje llegue a todas las naciones, y los poseedores del sacerdocio deben buscar a Dios y ser revestidos del poder de Dios y de la luz de la revelación, para que puedan presentarse como Sus mensajeros a las naciones; y luego, con el tiempo, después de haber limpiado sus vestidos de la sangre de esta generación, ir a administrar por los muertos en los templos del Señor, y seguir trabajando y obrando hasta que Dios haya cumplido Sus propósitos.

¿Qué más van a hacer? Edificar el reino de los cielos sobre la tierra, donde gobierne la voz de Dios, donde tenga dominio la ley de Dios y donde los hombres sean instruidos con las leyes del cielo y enseñados por Dios. Todavía han de tener lugar muchísimas revelaciones y cambios; tenemos que ponernos en una posición en la que podamos ser guiados y dirigidos por el Señor tanto en las cosas temporales como en las espirituales, o nunca obtendremos esa gloria que muchos de nosotros esperamos.

Pues bien, ¿qué haremos? Obrar correctamente, siguiendo los consejos de quienes han sido puestos sobre nosotros. Sigan el consejo de los Doce, ustedes a quienes les corresponde hacerlo; sigan el consejo de sus obispos, ustedes que viven en los barrios; y ustedes, obispos, sigan el consejo de los presidentes de estaca; y ustedes, presidentes de estaca, busquen y sigan el consejo de los Doce. Y ustedes, el pueblo, sean enseñados por sus maestros; y ustedes, maestros, obtengan el Espíritu del Señor para que puedan enseñar correctamente; y ustedes, setentas y élderes, prepárense para ir a las naciones de la tierra. Digan: Heme aquí, envíame; estoy disponible, estoy preparado para cumplir con mi deber y magnificar mi llamamiento, y con la ayuda del Señor alzaré una voz de amonestación a mis semejantes. Y, como sumos consejos, siéntense a juzgar con honradez, verdad, fidelidad e integridad, sin temor ni favoritismo hacia ningún hombre, para obrar y administrar con rectitud. Y ustedes, obispos, actúen como padres del rebaño de Cristo, para que puedan magnificar su llamamiento y, al juzgar, busquen la inspiración del Todopoderoso, a fin de administrar justicia entre el pueblo; para que prevalezca la rectitud en Sion, y se extienda, crezca y aumente; para que la gloria de Dios repose sobre nosotros y podamos regocijarnos juntos en la plenitud del Evangelio de paz. ¿Y seguirá adelante? Seguirá. ¿Se extenderá el reino? Se extenderá, hasta que los reinos de este mundo lleguen a ser los reinos de nuestro Dios y de Su Cristo, y Él reinará para siempre jamás. Y en cuanto a los inicuos y los impíos, protéjanse de ellos lo mejor que puedan; únanse y sean uno, y no se preocupen por sus ideas y sentimientos. Dios nos ha llamado a ser uno, a estar unidos; y aquel hombre que se mezcle con los gentiles y con sus vicios e insensateces descenderá a la muerte. Somos enviados a enseñar los principios de vida, no a ser enseñados por ellos; y se requiere que nos rijamos por los principios, las leyes, la inteligencia y la verdad que vienen de Dios, para que podamos magnificar nuestro llamamiento, edificar Su reino, recoger a los escogidos, salvar a los vivos y redimir a los muertos; y luego, cuando hayamos terminado, unirnos a la multitud congregada en el reino celestial de Dios; y sean atribuidos honor, alabanza, gloria, poder, majestad y dominio al que está sentado en el trono y al Cordero, para siempre jamás. Amén.

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