Diario de Discursos – Journal of Discourses V. 20

La consagración y el cuidado mutuo en Sion

Por el élder Lorenzo Snow, pronunciado en la conferencia de la Estaca Weber, celebrada en el Tabernáculo de la ciudad de Ogden, el 19 de octubre de 1879.

Lorenzo Snow enseña que los principios de consagración y mayordomía requieren que los santos administren sus bienes como siervos de Dios, compartan sus excedentes y procuren el bienestar de los demás.

El espíritu y los principios de la Orden Unida


Como fundamento para algunas observaciones esta mañana, leeré el versículo 18 de la revelación que comienza en la página 337 del libro de Doctrina y Convenios:

«Por tanto, si alguno toma de la abundancia que he creado, y no reparte su porción a los pobres y a los necesitados, conforme a la ley de mi evangelio, con los malvados alzará los ojos en el infierno, estando en tormento».

También leeré algunos versículos del mismo libro, en la página 234, comenzando en el versículo 3, que muestran lo que se requiere de todo hombre en su mayordomía.

«3. Yo, el Señor, los he nombrado y ordenado mayordomos de las revelaciones y mandamientos que les he dado y que en lo futuro les daré;

»4. y les exigiré cuentas de esta mayordomía en el día del juicio.

»5. Por tanto, los he nombrado, y esta es su ocupación en la iglesia de Dios, que administren estas cosas y lo que a ellas concierne, sí, sus beneficios.

»6. Por tanto, les doy el mandamiento de no dar estas cosas a la iglesia, ni al mundo;

»7. sin embargo, si reciben más de lo necesario para sus necesidades y carencias, será entregado a mi almacén;

»8. y los beneficios se consagrarán a los habitantes de Sion y a sus generaciones, si llegan a ser herederos de acuerdo con las leyes del reino.

»9. He aquí, esto es lo que el Señor requiere de todo hombre en su mayordomía, así como yo, el Señor, le he señalado o le señale en lo futuro a cualquier hombre.

»10. Y he aquí, ninguno de los que pertenecen a la iglesia del Dios viviente queda exento de esta ley;

»11. sí, ni el obispo, ni el agente que lleva el almacén del Señor, ni el que es nombrado a una mayordomía en cosas temporales».

Durante el breve tiempo que ocupe esta mañana, deseo hablar de una manera que contribuya a nuestra edificación y mejoramiento mutuo en las cosas relacionadas con nuestra salvación. Con ese propósito deseo la fe y las oraciones de todos los que creen en acudir al Señor en busca de instrucción e inteligencia.

Debemos comprender la relación que tenemos con el Señor nuestro Dios y la posición particular que ocupamos. Para cumplir debidamente las obligaciones que recaen sobre nosotros, necesitamos ayuda sobrenatural. La naturaleza de la religión que hemos abrazado exige cierto proceder que ninguna otra religión que conozcamos requiere de sus seguidores; y la naturaleza de esas exigencias es tal que ninguna persona puede cumplirlas sino con la ayuda del Todopoderoso. Es necesario que comprendamos, por lo menos en parte, las grandes e importantes bendiciones que finalmente obtendremos al cumplir los requisitos de la religión o del Evangelio que hemos recibido. Los sacrificios que se requieren de nosotros son de tal naturaleza que ningún hombre ni mujer podría hacerlos sin la ayuda de un poder sobrenatural; y el Señor, al proponer estas condiciones, nunca tuvo la intención de que se exigiera a Su pueblo cumplirlas sin ayuda sobrenatural, y de una clase que ningún otro grupo religioso profesa tener. Él ha prometido esta ayuda. Las exigencias que se nos hacen son de naturaleza particular y, como dije antes, ningún hombre ni mujer podría cumplirlas a menos que fuera iluminado y sostenido por el poder del Todopoderoso.

La religión que hemos recibido no es una quimera. No es algo ideado por la astucia del hombre, sino algo revelado por el Todopoderoso. Es un hecho. Es algo que verdaderamente existe. Es algo tangible. Es algo que la mente de los Santos de los Últimos Días puede captar. Es algo que puede entenderse directamente y comprenderse plenamente, de modo que no haya duda en la mente de ningún Santo de los Últimos Días acerca de la naturaleza y el carácter del resultado final del camino que se propone seguir al cumplir las exigencias del Evangelio que ha recibido. Pero esas exigencias son de tal naturaleza que quizá resultarían casi aterradoras para la mente de personas que estuvieran en tinieblas, que no tuvieran luz ni entendimiento acerca del resultado que se espera que experimenten los Santos de los Últimos Días, si continúan fieles a los principios que han abrazado.

Estas exigencias no carecen de paralelo en la historia del pueblo de Dios. Se han requerido en toda época y período en que Dios ha llamado a un pueblo para servirle y recibir Sus leyes. Se requirieron en los días de Israel, en los comienzos de aquel pueblo. Se requirieron de Abraham, Isaac y Jacob. Se requirieron de Moisés y del pueblo que condujo fuera de la servidumbre egipcia. Fueron requeridas por todos los profetas que existieron desde los días de Adán hasta el presente. Fueron requeridas por los apóstoles que recibieron su comisión mediante la imposición de las manos de Jesucristo, el Hijo del Dios viviente, y de los seguidores de la religión que los apóstoles proclamaron y enseñaron al pueblo en su época; y ningún hombre, grupo de hombres o clase de personas, desde los días de Adán hasta el presente, pudo cumplir estos requisitos, salvo el pueblo de Dios al ser investido con poder de lo alto, el cual solamente podía proceder del Señor nuestro Dios. Y sería verdaderamente insensato esperar que los Santos de los Últimos Días de estos tiempos cumplieran la ley celestial, la ley que procede de Dios, y Sus designios de elevar al pueblo a Su presencia, a menos que fueran sostenidos por un poder sobrenatural. El Evangelio promete esto. Promete el don del Espíritu Santo, que es divino por naturaleza y del que no disfruta ningún otro pueblo; el Salvador nos dice que este conduciría a toda verdad, inspiraría a quienes lo poseyeran y les daría conocimiento de Jesús, conocimiento del Padre y de las cosas relacionadas con el mundo celestial; que inspiraría a quienes lo poseyeran con conocimiento de las cosas venideras y de las pasadas; y los inspiraría hasta el punto de que disfrutaran de dones sobrenaturales: el don de lenguas y de profecía, y el de imponer las manos sobre los enfermos para que fueran sanados. A quienes recibieran este Evangelio se les prometieron estos poderes y dones sobrenaturales y un conocimiento por sí mismos, para que no tuvieran que depender de ningún hombre ni grupo de hombres en cuanto a la verdad de la religión que habían recibido; sino que recibieran del Padre el conocimiento de que la religión provenía de Él, que el Evangelio provenía de Él y que Sus siervos tenían el derecho y la autoridad para administrar aquellas ordenanzas, a fin de que ningún viento de doctrina los sacudiera ni los apartara de la senda por la que andaban; para que pudieran prepararse para la gloria que habría de revelarse y participar de ella; para que pudieran soportar cualquier prueba o aflicción que fuera la voluntad de Dios que les sobreviniera, a fin de prepararlos más plenamente para la gloria celestial; para que no anduvieran en tinieblas, sino en la luz y el poder de Dios, y fueran elevados por encima de las cosas del mundo y superiores a las cosas que los rodeaban; para que pudieran andar con independencia bajo el mundo celestial y a la vista de Dios y del cielo, como hombres libres, siguiendo el camino que el Espíritu Santo les señalara; aquel camino por el que pudieran elevarse en conocimiento y poder, y así prepararse para recibir la gloria que Dios se proponía conferirles y ocupar la posición exaltada a la que Dios tenía el propósito de elevarlos.

En vista de esto, Jesús le dijo al joven que acudió a Él y deseaba saber qué debía hacer para heredar la vida eterna: «Guarda los mandamientos». El joven respondió que había guardado aquellos mandamientos desde su juventud. El Salvador, al mirarlo, vio que todavía le faltaba algo. El joven había guardado la ley moral, la ley dada a Moisés, y por ello Jesús lo amó, pero vio que le faltaba una cosa. Era un hombre rico y tenía influencia en el mundo debido a su gran riqueza. Jesús sabía que, antes de poder elevarlo a él o a cualquier otro hombre al mundo celestial, era necesario que fuera sumiso en todas las cosas y considerara la obediencia a la ley celestial como algo de suma importancia. Jesús sabía lo que se requería de todo hombre para obtener una corona celestial: que nada debía ser más querido que la obediencia a los requisitos del cielo. El Salvador vio en este joven un apego a algo que no estaba de acuerdo con la ley del reino celestial. Quizá vio en él una disposición a aferrarse en sus sentimientos a algo que le era perjudicial y que haría desagradable o imposible cumplir todas las exigencias del Evangelio; por tanto, le dijo que fuera y vendiera todo lo que tenía, «y lo diera a los pobres, y lo siguiera». Este mandamiento hizo que el joven se sintiera triste y apesadumbrado. Consideraba las riquezas como el gran objetivo de la vida, como aquello que le daba influencia en el mundo y todas las cosas deseables; como aquello que le procuraba las bendiciones y los placeres de la vida, y como el medio para elevarlo a posiciones importantes en la sociedad. No podía concebir que una persona obtuviera las bendiciones, los placeres y los privilegios de la vida, y aquellas cosas que su naturaleza anhelaba, independientemente de su riqueza. Pero el Evangelio era de tal naturaleza que proporcionaba todo lo necesario para satisfacer las necesidades y los requerimientos del hombre y hacerlo feliz. Las riquezas no estaban concebidas para ello; y el Señor deseaba que abandonara esas ideas y las desalojara de su mente y de sus sentimientos, para poder tenerlo como Su siervo en todas las cosas. Deseaba que este hombre se dedicara enteramente a Su servicio, que emprendiera Su obra con íntegro propósito de corazón, siguiera los dictados del Santo Espíritu y se preparara para la gloria celestial. Pero este joven no estaba dispuesto; era un sacrificio demasiado grande. Y el Salvador dijo en esa ocasión: «¡Cuán difícilmente entrarán en el reino de los cielos los que tienen riquezas! Más fácil es pasar un camello por el ojo de una aguja que entrar un rico en el reino de Dios». Los discípulos «se asombraban aún más, diciendo entre sí: ¿Quién, pues, podrá ser salvo?». Pensaron que ningún hombre podía poseer riquezas y ser salvo en el reino de Dios. Esta fue la idea que recibieron de las palabras del Salvador. Pero Jesús respondió: «Para los hombres es imposible, pero para Dios, no; porque todas las cosas son posibles para Dios».

Ahora bien, queremos examinar y ver cómo es posible esto. He leído en el libro de Doctrina y Convenios las revelaciones que se han dado en estos días a los Santos de los Últimos Días, en las que se exponen los requisitos de Dios con respecto a los asuntos temporales. Aquí hay unas palabras bastante directas que he leído en la página 337: «Si alguno toma de la abundancia que he creado, y no reparte su porción, conforme a la ley de mi evangelio, alzará los ojos en el infierno, estando en tormento». Ahora bien, este es un lenguaje directo y quizá parece bastante severo. Cuando el Señor reveló Su Evangelio al mundo en estos últimos tiempos, comenzó a enseñar al pueblo lo que se requería de él en sus asuntos temporales, como enseñó al joven, como enseñó a muchos otros, como fueron enseñados los apóstoles y otros que recibieron el Evangelio bajo su administración. La mayor dificultad que probablemente el Señor haya tenido jamás con el pueblo en cualquier época ha sido en relación con sus asuntos temporales, sus asuntos financieros. Los Santos de los Últimos Días de la actualidad están muy unidos con respecto a sus principios y doctrinas espirituales. Vemos ojo a ojo en cuanto a los principios relacionados con la parte doctrinal de la religión que hemos abrazado; pero cuando se trata de nuestras posesiones temporales y terrenales y de nuestra conducta en relación con ellas, parecemos estar un poco confundidos acerca de lo que es correcto e incorrecto y, en mayor o menor grado, nos sentimos dispuestos a seguir nuestro propio camino en estos asuntos y, como en los días de los jueces, «cada uno hace lo que le parece bien ante sus propios ojos». Parece que olvidamos que el Señor ha señalado claramente nuestros deberes y que hay un pequeño libro, Doctrina y Convenios, que Dios ha dado por revelación directa acerca de estos asuntos y por el cual debemos regirnos; olvidamos estas cosas, como nos es natural olvidar las cosas de Dios. A veces pensamos en las muchas cosas buenas que hacemos y quizá imaginamos que, debido a esos buenos actos, estamos excusados de preocuparnos por algunas otras cosas que no hacemos. Al darnos Sus revelaciones sobre estos asuntos, el Señor tomó a ciertas personas y las puso como ejemplos para los santos, y deseaba que los santos se fijaran en estas personas y siguieran sus ejemplos. Al principio el Señor no se propuso llamar a todo el pueblo a la vez y decirle lo que debía hacer en relación con estos asuntos temporales, porque era muy ignorante y, en mayor o menor grado, codicioso. En marzo de 1830, un mes antes de la organización de esta Iglesia, el Señor comenzó a instruir, o a establecer principios que debían regir al pueblo de Dios en todos sus asuntos temporales. El fundamento fue levantado como un estandarte, o como un faro que brilla en un lugar oscuro, para que todo Santo de los Últimos Días pudiera mirarlo y juzgar por sí mismo lo que se requeriría de él. La primera revelación que recuerdo que se dio acerca de las obligaciones temporales de los santos, o de lo que debía requerirse de ellos, fue dada a Martin Harris. La encontrarán en la página 111 del libro de Doctrina y Convenios. Martin Harris era un hombre que poseía riquezas considerables, o por lo menos se encontraba en una situación bastante acomodada. El Señor le dio una revelación sobre asuntos temporales, tal como Jesús la dio al joven rico. El Señor le dijo a Martin Harris: «Imparte una porción de tus bienes, sí, parte de tus terrenos y todo salvo el sostén de tu familia». Esta revelación se aplicaba solamente a Martin Harris y no a todos, salvo en la medida en que se considere un ejemplo para los Santos de los Últimos Días. Pero en la página 161 del libro de Doctrina y Convenios hay un mandamiento general relacionado con la ley divina que se dio en esta revelación. Se aplica a todos, como, por ejemplo, «No mentirás» es un mandamiento general aplicable a todo Santo de los Últimos Días. Aquí está el mandamiento, en el versículo 55: «Y si obtienes más de lo necesario para tu sostén, lo entregarás a mi almacén, a fin de que se hagan todas las cosas de acuerdo con lo que he dicho». En relación con este asunto, encontramos en la página 233 que el Señor reunió a seis de Sus élderes, les dio mandamientos y revelación y les asignó una mayordomía: «He aquí, escuchad, oh habitantes de Sion, y todos vosotros, los de mi iglesia». Ahora bien, esto era bastante amplio: «Todos vosotros, los de mi iglesia». El Señor iba a decir aquí algo que concernía a todos los santos, dondequiera que estuvieran, ya fuera en Nueva York, Ohio, Misuri, Indiana o cualquier otra parte del mundo. «Escuchad, oh habitantes de Sion, y TODOS vosotros, los de mi iglesia, que estáis lejos». Aquí hay algo que concernía a todos los Santos de los Últimos Días y que el Señor consideraba de enorme importancia para todo el que fuera digno de llevar ese nombre. Deseaba que todos los habitantes de Sion prestaran particular atención a lo que iba a decir a estos seis élderes Suyos. Concernía a todos. El hecho era que tomó a estos seis élderes y los puso como ejemplo para todos los santos. La revelación continúa:

«Oíd la palabra del Señor que doy a mi siervo José Smith, hijo, y también a mi siervo Martin Harris, y también a mi siervo Oliver Cowdery, y también a mi siervo John Whitmer, y también a mi siervo Sidney Rigdon, y también a mi siervo William W. Phelps, por vía de mandamiento a ellos.

»Yo, el Señor, los he nombrado y ordenado mayordomos de las revelaciones y mandamientos que les he dado y que en lo futuro les daré».

Ahora bien, este era un asunto de cierta importancia, especialmente para estos seis élderes: ser nombrados mayordomos de aquellas cosas de las que se derivarían grandes ventajas temporales. Quizá algunas personas sintieran celos, o los sintieron en aquel momento, y supusieran que tenían motivos razonables para sentirlos al ver que el Señor confería ventajas tan grandes a estos élderes, que podrían utilizarlas en gran perjuicio del pueblo de Dios. Pero veremos que el Señor había protegido estrictamente estos asuntos, y que también se pondrían límites a todo hombre nombrado mayordomo en el reino de Dios.

«Y les exigiré cuentas de esta mayordomía en el día del juicio».

Ahora bien, quizá no creo, como algunos, con respecto a la Orden Unida, que todos deban reunirse, poner todos sus bienes en un montón y luego venir y tomar de él cuanto les plazca; ni que deba colocarse como mayordomo de grandes empresas a un hombre que no comprenda en absoluto los asuntos temporales. Creo que hay un orden en estas cosas, un orden grato y agradable, y que el Señor las dispone de tal manera que, cuando las personas las comprendan debidamente, se sentirán satisfechas y las admirarán. Es porque no llegamos a comprender los requisitos de Dios que estamos insatisfechos. Dios dispone y organiza estos asuntos de una manera que contribuirá a la exaltación de todo Santo de los Últimos Días que esté dispuesto a honrarlos. Es a causa de nuestra ignorancia que nos desagradan los requisitos del Señor.

Ahora bien, creo en la independencia de los hombres y las mujeres. Creo que a los hombres y las mujeres se les ha dado la imagen de Dios, que están formados a la imagen de Dios y poseen divinidad en su naturaleza y carácter; que su organización espiritual posee las cualidades y los atributos de Dios, y que hay un principio divino en cada persona. Se ha dispuesto que el hombre actúe como Dios, y que no sea obligado y controlado en todo, sino que tenga independencia, albedrío y poder para extender su acción y actuar de acuerdo con el principio de divinidad que hay en él; actuar de acuerdo con el poder, la inteligencia y la iluminación de Dios que posee, y no que se lo vigile continuamente, se lo controle y actúe como un esclavo en estos asuntos. Por el contrario, la ley de Dios debe proceder de él, y la constitución del Dios Altísimo debe estar en él, y él debe actuar de conformidad con ella. Y, como ha dicho el Señor: «Escribiré mi nombre en el corazón del pueblo»; la ley debe proceder de sus corazones.

Y en cuanto a la ley del diezmo, hay en ella algo que no es de la misma naturaleza y carácter que la ley de la Orden Unida. Fue añadida porque el pueblo no estaba dispuesto a cumplir esta noble y elevada ley celestial, por medio de la cual podía actuar de acuerdo con la luz que había en él y con el poder del Todopoderoso por el que debía ser inspirado. Continúo leyendo:

«Por tanto, los he nombrado, y esta es su ocupación en la iglesia de Dios, que administren estas cosas y lo que a ellas concierne.

»Por tanto, les doy el mandamiento de no dar estas cosas a la iglesia, ni al mundo».

Ahora bien, ¿se tenía la intención de que estos seis hombres fueran y construyeran casas espléndidas, extendieran sus actividades y obtuvieran inmensos tesoros de la tierra, independientemente de las obligaciones que tenían para con los demás? Se les concedió gran libertad de acción, pero debían rendir cuentas al Señor. «Les doy esta libertad para ejercerla, pero recuerden que son responsables; y les exigiré cuentas de su mayordomía en el día del juicio». Algunos de estos élderes habían visto a Dios y hablado con Él cara a cara, y ángeles habían impuesto las manos sobre sus cabezas. Sabían que había un Dios en el cielo. Esto les había quedado claro por el poder del Todopoderoso y por ángeles que se les habían aparecido y habían hablado con ellos como un hombre habla con otro. Ahora bien, cuando consideramos lo que el Señor dijo a estos hombres que habían sido iluminados de tal manera y habían tenido esta maravillosa experiencia, vemos que un hombre tenía que ser un poco cuidadoso en cuanto a su manera de actuar respecto a estos asuntos temporales que le habían sido confiados.

«Sin embargo, si reciben más de lo necesario para sus necesidades y carencias, será entregado a mi almacén». Aquí era donde se les ponían límites. Sin embargo, aun en esto se los dejaba a su propio juicio y filantropía, los cuales debían ser iluminados. Pero su filantropía sería la filantropía de Dios, y su inteligencia, la inteligencia del cielo.

«Y los beneficios se consagrarán a los habitantes de Sion y a sus generaciones, si llegan a ser herederos de acuerdo con las leyes del reino.

»He aquí, esto es lo que el Señor requiere de todo hombre en su mayordomía, así como yo, el Señor, le he señalado o le señale en lo futuro a cualquier hombre.

»Y he aquí, ninguno de los que pertenecen a la iglesia del Dios viviente queda exento de esta ley».

Ahora bien, esta ley debía continuar mientras continuara la salvación. (Véase la página 337, versículo 1). Nunca ha sido revocada. La ley del diezmo no podía revocar esta ley. La ley del diezmo es una ley menor y fue dada por Dios. Pero la ley del diezmo no nos prohíbe obedecer una ley mayor, la ley de la unión celestial en las cosas terrenales. Y el hecho de que no nos sintamos satisfechos con obedecer simplemente la ley del diezmo demuestra que es una ley menor. ¿Se sienten justificados con obedecer solamente la ley del diezmo? Entonces, ¿por qué contribuyen a nuestros templos, a traer al pueblo de los países de origen y a este propósito y a aquel, de miles de maneras, después de haber cumplido debida y justamente la ley del diezmo? El hecho de que hagan estas cosas demuestra que no se sienten satisfechos con obedecer meramente la ley del diezmo. Al hacer estas contribuciones, están actuando tal como Dios dispuso que actuaran: mediante la luz del Espíritu Santo que está en ustedes. Ahora bien, esta ley está expuesta muy claramente, y el Señor la ha hecho tan sencilla que está decidido a que ningún hombre lo malinterprete. Cuando habla, lo hace de tal manera que no puede haber discusión. No se conforma con decirlo una vez, sino que lo dice una segunda y una tercera vez para que se comprenda; de modo que no pueda haber malentendido en cuanto a la disposición del Señor con respecto a esta ley de que el hombre entregue al almacén del Señor todo, salvo lo necesario para su sustento. Él dice que la observancia de esta ley es lo que se requiere de todo hombre en su mayordomía. De modo que, si los Santos de los Últimos Días son nombrados a mayordomías, o están dispuestos a actuar como mayordomos ante el Señor, esta ley está vigente y deben observarla. Creo que muchos viven en cierta medida conforme al espíritu de esta ley, y sin duda la han cumplido de una manera que los justifica ante Dios, mientras que algunos quizá no le han prestado atención alguna. Algunos desatienden estos principios hasta tal punto que llegan a ser muy avaros y codiciosos, y acumulan para sí y para sus familias lo que consideran que necesitan ahora, y luego guardan para las generaciones futuras, mientras hay aflicción a su alrededor y miles de santos en Europa y otras partes gimen en la pobreza bajo la mano de hierro de la tiranía, sin saber de un día para otro dónde obtendrán una comida. Sin embargo, aquí hay hombres entre nosotros que se llaman Santos de los Últimos Días y no reparten de sus bienes de acuerdo con la ley del Evangelio. Digo que a Dios le desagrada tal codicia, y que nunca hará prosperar a los Santos de los Últimos Días que sean culpables de semejante conducta avara.

Pero en cuanto a la ley del diezmo, está vigente tanto para los pobres como para los ricos, y parece que en ciertos aspectos actúa casi de manera desigual. Hay una viuda cuyos ingresos son de diez dólares; paga uno de diezmo y luego tiene que acudir al obispo en busca de ayuda. Aquí hay un hombre rico que tiene ingresos de cien mil dólares y paga diez mil de diezmo. Le quedan noventa mil y no los necesita, pero la pobre viuda necesita mucho más de lo que tenía antes de cumplir la ley del diezmo.

Ahora bien, ¿cómo funcionaría la ley celestial? La viuda no tiene suficiente para su sustento; por tanto, la ley celestial, o la ley de la Orden Unida, no requiere nada de ella. Este hombre rico, con sus noventa mil dólares, continúa aumentando sus riquezas, paga íntegramente su diezmo y, sin embargo, desatiende por completo la ley de la mayordomía o la ley de la unión temporal. No puedo creer que un Santo de los Últimos Días esté justificado al ignorar la ley mayor. Porque, como hemos leído: «He aquí, ninguno de los que pertenecen a la iglesia del Dios viviente queda exento de esta ley». No hay un hombre al alcance de mi voz que esté exento de esta ley, ni lo estará jamás hasta que Jesús, el Hijo de Dios, venga en las nubes del cielo para poner todas las cosas en orden: «Sí, ni el obispo, ni el agente que lleva el almacén del Señor, ni el que es nombrado a una mayordomía en cosas temporales». Esto se aplica a los obispos que presentaron allí sus informes ayer y a todo Santo de los Últimos Días. Estamos sujetos a esta ley. Debemos actuar conforme al espíritu de esta ley, de acuerdo con la luz de Dios que está en nosotros.

Además, en la página 275 leemos:

«Es el deber del secretario del Señor, a quien él ha nombrado, llevar una historia y un registro general de la iglesia de todas las cosas que acontezcan en Sion, y de todos los que consagren bienes y reciban legalmente heredades del obispo; y también su manera de vivir, su fe y sus obras; y también de todos los apóstatas que apostaten después de recibir sus heredades.

»Es contrario a la voluntad y al mandamiento de Dios que los que no reciban su heredad por consagración, de acuerdo con su ley que él ha dado, a fin de diezmar a su pueblo y prepararlo para el día de la venganza y del fuego, tengan sus nombres inscritos con el pueblo de Dios».

Ahora bien, esto podría considerarse un lenguaje bastante fuerte, pero es una revelación de Dios en la que profesamos creer.

«Ni tampoco se guardará su genealogía, ni se tendrá donde pueda hallarse en los registros o en la historia de la iglesia.

»Sus nombres no se hallarán, ni los nombres de los padres ni los nombres de los hijos estarán escritos en el libro de la ley de Dios, dice el Señor de los Ejércitos».

Es decir, quienes no estuvieran dispuestos a sujetarse a la ley de la mayordomía y la consagración quedarían privados de estas bendiciones. Lo mismo sucede hoy, y así ha sido desde los días de Adán con respecto a estos asuntos.

Ahora bien, cuando el Señor estableció esta Iglesia, deseaba mucho llevar al pueblo a este orden de cosas; y encontramos unas trece revelaciones en el libro de Doctrina y Convenios que se dieron para explicar estos principios de la Orden Unida: la ley de la consagración y la mayordomía. Los hombres debían tener su mayordomía, tener posesión de bienes, pero debían administrarlos como siervos de Dios, no particularmente como su propiedad individual; debían ser hechos mayordomos de esos bienes después de haberlos consagrado al Señor, recibir de acuerdo con sus capacidades y administrar conforme a los dones de Dios que había en ellos en cuanto a los asuntos temporales. Si un hombre era capaz de administrar mercancías por valor de cien mil dólares, sería apropiado que se le hiciera mayordomo de esa cantidad. Si un hombre no era capaz de administrar asuntos de gran alcance, sería inapropiado hacerlo mayordomo de un negocio grande. Pero cada hombre recibiría una mayordomía en proporción a su capacidad para supervisarla por el bien general.

A fin de que no hubiera malentendido, el Señor nos informa más acerca de estos asuntos en la página 237 del libro de Doctrina y Convenios. El Señor se esmeró mucho en manifestar Su voluntad con respecto a estos principios. Llamó a unos siete, ocho o nueve élderes y los hizo mayordomos de bienes y de diversos ramos de negocios, y luego les dijo cómo debían actuar. Debían trabajar de acuerdo con esta ley, que se encuentra en la página 343 del libro de Doctrina y Convenios:

«68. Y todo el dinero que recibáis en vuestras mayordomías, por aumentar los bienes que os he señalado, ya sea en casas, terrenos, ganado o cualquier otra cosa, salvo los escritos santos y sagrados que me he reservado para propósitos santos y sagrados, se echará en la tesorería en cuanto recibáis dinero, ya sea de a cien, de a cincuenta, de a veinte, de a diez o de a cinco.

»69. O en otras palabras, si alguno de vosotros obtiene cinco dólares, échelos en la tesorería; o si obtiene diez, veinte, cincuenta o cien, haga lo mismo;

»70. y no diga ninguno de vosotros que es suyo; porque no se le llamará suyo, ni ninguna parte de ello.

»71. Y no se usará ni se sacará parte alguna de la tesorería sino por la voz y el común acuerdo de la orden».

Ahora bien, esto hacía que las cosas estuvieran seguras, bastante seguras. Quizá no resultara tan agradable, a menos que las personas pudieran comprender todo el plan de este sistema u orden en los asuntos temporales, que los hombres dedicaran sus excedentes de esta manera; pero con la otra parte, que leemos más adelante, quedarían perfectamente satisfechos.

Ahora bien, podemos concebir fácilmente que, con una vasta población de santos actuando conforme a esta ley celestial, con el tiempo habría una tesorería inmensa y colmada; y para que no hubiera malentendido acerca de estos bienes y su uso entre quienes hubieran aportado o entregado así sus recursos, el Señor ha aclarado el asunto dando las siguientes instrucciones:

«71. Y no se usará ni se sacará parte alguna de la tesorería sino por la voz y el común acuerdo de la orden.

»72. Y esta será la voz y el común acuerdo de la orden: que cualquiera de vosotros diga al tesorero: Tengo necesidad de esto para ayudarme en mi mayordomía;

»73. ya sean cinco dólares, o diez, veinte, cincuenta o cien, el tesorero le entregará la cantidad que requiera para ayudarlo en su mayordomía».

Ahora bien, todo un pueblo iluminado por los principios de lo alto de los cielos con respecto a estos asuntos, lleno del Espíritu de Dios, del espíritu de entendimiento y del espíritu de filantropía; cada hombre procurando el bienestar de su prójimo, con la mira puesta únicamente en la gloria de Dios, poniendo sus recursos en la tesorería del Señor y sin que nadie dijera que algo era suyo, salvo como mayordomo ante Dios, sería un pilar de fortaleza financiera, una imagen sublime de santa unión y fraternidad, y estaría a la altura de las emergencias más extremas. Entonces, cuando a un hombre le sobreviniera alguna desgracia, como el incendio de sus bienes, un fracaso o una dificultad en su ramo de negocios, podría acudir al tesorero y decir: «Necesito cierta cantidad para ayudarme en mi mayordomía. ¿No he administrado sabiamente los asuntos de mi mayordomía? ¿No pueden confiar en mí? ¿He hecho alguna vez mal uso de los recursos puestos en mis manos? ¿No se han administrado sabiamente? Si es así, denme recursos para ayudarme en mi mayordomía o para desarrollar esta industria que es necesaria para los intereses generales de todos». Pues bien, se le deben dar. Se deposita confianza en él debido a su conducta pasada y al camino que ha seguido. Tiene el debido derecho de ejercer sus talentos de acuerdo con la luz del Espíritu que hay en él. Comprende plenamente las circunstancias en las que se encuentra y se gobierna conforme a las obligaciones que recaen sobre él. Se comprueba que es un administrador sabio y económico, y se le ayuda en su mayordomía hasta la medida de los recursos que deba tener.

Ahora bien, si todos los santos actuaran conforme al espíritu de estas revelaciones, ¡qué comunidad tan feliz seríamos! Todos estaríamos seguros, y ningún hombre tendría que permanecer despierto por la noche pensando qué hacer por su familia para evitar que mendigara el pan o acudiera al obispo, lo cual quizá sea solamente un grado mejor. Y habría una unión acorde con la unión de Enoc y su pueblo cuando fueron llevados al mundo de lo alto: una unión agradable al Todopoderoso y de acuerdo con los principios del mundo celestial.

Pero ¿cómo es ahora entre nosotros, entre el pueblo de Ogden y en otros lugares? Desconfiamos unos de otros. Cada hombre siente que no puede contar con su prójimo en tiempos de desgracia. Desconfiamos de nuestros vecinos porque los vecinos no procuran el bienestar unos de otros. Cada hombre busca cómo puede ayudarse mejor a sí mismo. Esto ocurre demasiado entre los Santos de los Últimos Días.

Ahora bien, esta ley, la Orden Unida, fue dada en 1831–1832. Se mandó a los hombres consagrar sus bienes. El obispo Partridge, viendo que había cierto malentendido, escribió a José para pedir una explicación sobre el asunto. José respondió que, en materia de consagración, debía dejarse al juicio de quien consagraba cuánto debía dar y cuánto conservar para el sustento de su familia, y no exclusivamente al obispo, porque, de ser así, se daría al obispo más poder del que poseía un rey. Debía haber un entendimiento mutuo entre ellos; de otro modo, debía dejarse a un consejo de doce sumos sacerdotes. Ahora bien, ¿dónde está el Santo de los Últimos Días que no pueda ver amplitud y generosidad en este asunto y no esté dispuesto a someterse a este tribunal? Yo estaría dispuesto a someterme al sumo consejo de esta estaca de Sion, o al sumo consejo de cualquier otra estaca de Sion, y decir: «Aquí están mis bienes; digan cuánto debo conservar para mis esposas e hijos y cuánto debe pasar a los bienes comunes de la Iglesia». Pero creo que mi obispo y yo podríamos resolver el asunto de inmediato. José dice en esa explicación: «No es necesario que entren en detalles con respecto a estos asuntos».

Veo que estoy ocupando más tiempo del que me había propuesto. Hay muchas cosas que deberían decirse en relación con estos asuntos. Ha llegado el momento de que los Santos de los Últimos Días despierten. Estas leyes fueron dadas para regir a los santos. Los santos, para su desgracia, no quisieron obedecerlas y fueron expulsados.

Hemos sido hostigados desde el principio hasta el día de hoy y me temo que seguiremos siéndolo hasta que nos ajustemos a esta ley y estemos dispuestos a que Dios gobierne en estos asuntos temporales.

Ahora diré: que todo hombre que ocupe un cargo oficial, a quien Dios haya conferido Su santo y divino sacerdocio, piense en lo que el Salvador dijo a los Doce Apóstoles poco antes de ir a la presencia de Su Padre: «Apacienta mis ovejas». Y continuó diciéndolo hasta que Sus apóstoles se entristecieron de que siguiera llamándolos de esta manera. Pero Él dijo: «Apacienta mis ovejas». Es decir: «Salgan de todo corazón; dedíquense enteramente a mi causa. Estas personas del mundo son mis hermanos y hermanas. Mis sentimientos se vuelcan hacia ellas. Cuiden de mi pueblo. Apacienten mi rebaño. Salgan y prediquen el Evangelio. Los recompensaré por todos sus sacrificios. No piensen que pueden hacer un sacrificio demasiado grande al realizar esta obra». En el fervor de Su corazón los llamó a hacer esta obra. Y ahora llamo a todos los que poseen este sacerdocio, a los oficiales que presiden esta estaca, a los obispos y al sumo consejo, a que salgan y apacienten el rebaño. Interésense por él. ¿Han perdido alguna vez a un hijo y les ha herido profundamente el alma aquella separación? Trasladen un poco de ese sentimiento profundo al bienestar de los santos a quienes han sido llamados a presidir y para cuyo beneficio han recibido el santo sacerdocio. Trabajen por ellos y no limiten sus pensamientos y sentimientos a su propio engrandecimiento. Entonces Dios les dará revelación, inspiración sobre inspiración, y les enseñará cómo velar por los intereses de los santos en los asuntos relacionados con su bienestar temporal y espiritual.

Que Dios los bendiga, en el nombre de Jesús. Amén.

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