Diario de Discursos – Journal of Discourses V. 20

La responsabilidad de edificar un pueblo unido y preservar la libertad

Por el élder George Q. Cannon, pronunciado en la Conferencia Anual, Salt Lake City, el domingo 7 de abril de 1878 por la mañana.

Los Santos de los Últimos Días tienen la responsabilidad individual y colectiva de vivir el Evangelio, defender la libertad civil y religiosa y promover el bienestar de la comunidad mediante la unidad, el trabajo y la educación.

Las ideas de los Santos de los Últimos Días se abren paso—Prosperidad territorial—El Gobierno no favorece al “mormonismo”—Los Santos de los Últimos Días salvarán al Gobierno—Buenos consejos sobre muchos asuntos.


Es un tanto inesperado para mí tener la oportunidad de presentarme entre ustedes esta mañana. Asuntos importantes exigían que regresara a esta ciudad por un breve tiempo; pero, debido a ciertas responsabilidades que recaen sobre mí en Washington, parecía imprudente que me ausentara y viniera aquí. El viernes por la mañana de la semana anterior apenas creía posible que pudiera salir; pero durante el día tuve la fortuna de hacer tales arreglos que sentí que podía ausentarme sin inconvenientes, al menos por unos días. E inmediatamente emprendí el viaje hacia esta ciudad, pasando por Filadelfia.

Me alegra tener la oportunidad de reunirme con tantos de mis hermanos y hermanas, de contemplar sus rostros, de escuchar las instrucciones que se han dado y de participar del espíritu que se ha [p. 1b] derramado y se derramará sobre nosotros. Para quien ha estado ausente durante algún tiempo, entre la gente del mundo, es un gran alivio tener la oportunidad de relacionarse con ustedes, mis hermanos y hermanas; al menos, así lo considero yo. Nunca emprendo el regreso a casa sin experimentar gozo y alegría al pensar que volveré a reunirme con ustedes.

Nunca en mi vida he sentido un interés más profundo en el bienestar, la prosperidad y el progreso de la causa con la que estamos identificados que en el momento presente. Este sentimiento ha pesado mucho sobre mi mente; siento que vivimos en una época sumamente importante. Siento que la misión que se nos ha asignado es una que, en este momento, apenas empezamos a comprender. Los importantísimos [p. 2a] resultados que han de derivarse de ella apenas han comenzado a vislumbrarse en nuestra mente. Al menos, ese es mi sentir personal. Cuando contemplo la inmensidad del campo de labor que tenemos por delante, los males y las injusticias que, según creo, deben corregirse por medio de este pueblo, así como las reformas que deben efectuarse y llevarse a cabo con éxito, me parece que, a medida que transcurren los días, lamento cada hora que pasa; siento que los días son demasiado cortos y que quisiera vivir un milenio para ayudar a aquellos con quienes estoy asociado a llevar a cabo los grandes e importantes planes que han de salvar el alma y redimir el cuerpo, y que deben realizarse para cumplir los designios de la Providencia con respecto al hombre y a la tierra.

Los Santos de los Últimos Días ya pueden ver que la levadura Mateo 13:33 1 Corintios 5:6 que se ha introducido por medio del Evangelio ha ido obrando gradualmente para efectuar cambios importantes. Podría pensarse que, siendo un pueblo confinado a estas montañas y tan reducido en número, nuestra influencia necesariamente debe ser muy limitada y que podemos lograr muy poco. Pero las ideas que han difundido los Santos de los Últimos Días, aunque no han convertido a nuestra fe a tantas personas como debieran, han ejercido una influencia verdaderamente extraordinaria en el mundo religioso, filosófico y científico. Por proclamar ideas en las que los hombres ahora creen y que aceptan de buena gana, José Smith fue perseguido y denunciado. Y aunque hay millones que no creen que él fuera un profeta de Dios, ni que los principios que enseñó fueran revelados por Dios, es innegable que sus enseñanzas, las verdades que expuso y las ideas que difun-[p. 2b]dió han tenido un efecto extraordinario en la mente humana por toda la cristiandad. Si aquellos de ustedes que han tenido experiencia en el mundo y han llegado a la mediana edad recuerdan la época en que escucharon estos principios por primera vez y comparan el estado del pensamiento humano de entonces con el de hoy, no dudo que estarán de acuerdo conmigo en que, aunque los hombres y las mujeres no se hayan convertido en Santos de los Últimos Días, ni la generalidad de la humanidad haya recibido las verdades religiosas en su totalidad, tal como las enseñó José y como las han enseñado quienes le sucedieron, ha habido un progreso muy visible y marcado entre los hombres y las mujeres de todo el mundo, dondequiera que hayan viajado los élderes de esta Iglesia. De modo que no es solo al bautizar a las personas ni únicamente al congregarlas que estamos logrando grandes resultados; también lo hacemos al enseñar al mundo los principios que Dios nos ha revelado e inculcarlos gradualmente, al menos hasta cierto punto, en la mente de la humanidad, elevándola de los prejuicios, las tinieblas y la ignorancia en que ha estado envuelta a un plano superior, para que respire un espíritu más puro y más libre de indagación en el pensamiento religioso y científico. Sin embargo, queda mucho por hacer, y a nosotros, como pueblo, nos corresponde cumplir con nuestro deber, cada uno como si toda la responsabilidad recayera sobre él. Y en esto, probablemente, hay tanto que reprocharnos como en cualquier otro aspecto: que los Santos de los Últimos Días no reconozcan que Dios nos considera responsables a cada uno individualmente; porque a cada hombre y a cada mujer se le ha asignado una labor individual que debe cum-[p. 3a]plir. Por mi parte, sé que la influencia de un hombre, ejercida debidamente, tiene gran poder para hacer el bien a sus semejantes; o, si se ejerce indebidamente, para hacer el mal. La vida de cada hombre, su conversación, su conducta y su proceder ante sus semejantes ejercen una influencia que muy probablemente él ni siquiera empieza a comprender o entender. Y si todos comprendiéramos esto y actuáramos en consecuencia, viviendo de acuerdo con la luz y el conocimiento que poseemos, piensen en la influencia que podríamos ejercer, como un cuerpo unido, entre los habitantes de nuestra tierra y, de hecho, entre los habitantes de toda la tierra.

Considero que nuestra posición política es sumamente importante, mucho más importante que la de cualquier otra comunidad que conozco. Hoy se reconoce por todas partes, y las personas entendidas no lo discuten, que los Santos de los Últimos Días, o, para hablar con mayor propiedad, los habitantes del Territorio de Utah, ocupan una posición superior a la de cualquier otro territorio dentro de los confines de la Unión. Esto se reconoce. Y en cuanto a la templanza, la frugalidad, la economía, el buen gobierno y el sometimiento a la ley —si se me permite exceptuar la referente al matrimonio plural, que viola la Constitución y que fue promulgada como un golpe contra nuestra religión—; en cuanto a la administración honrada de los asuntos financieros y gubernamentales, la preservación del orden y el mantenimiento de la paz, y el fomento de la educación, en todos estos aspectos se reconoce que, si no somos superiores, al menos somos iguales a cualquier otro pueblo de nuestra República. Mientras los estados del este están agobiados por las deudas y gimen bajo los impuestos locales, mientras se producen continuamente quiebras de considerable magnitud y los hombres no saben qué hacer para salir de sus dificultades finan-[p. 3b]cieras, el Territorio de Utah ocupa, puede decirse con verdad, la singular posición de estar libre de deudas: sin deuda territorial digna de mención, sin deudas de los condados. A pesar de las innumerables tentaciones que han existido y a las que nuestros funcionarios podrían haber sucumbido, me complace decir que estamos libres de deudas y que, además, somos la comunidad con la menor carga tributaria dentro de los confines del Gobierno. Cuando mencioné estos hechos al presidente Hayes, él comentó: “Su posición es ciertamente envidiable y singular”. Esto se reconoce por todas partes. Entre nuestros propios territorios vecinos, tomemos, por ejemplo, Wyoming, cuyos habitantes se sienten justamente orgullosos de su situación porque tienen relativamente pocas deudas; sin embargo, sus impuestos son dos veces y media más altos que los nuestros; y lo mismo sucede con todos nuestros territorios vecinos. Nuestro porcentaje de analfabetismo es menor que el de cualquiera de los territorios y también que el de muchos de los estados; no es que el analfabetismo de Utah no deba ser aún menor, pues hay mucho que mejorar en materia de educación. Tenemos 1200 millas de líneas telegráficas de propiedad local en este territorio; tenemos más de 300 millas de ferrocarril local, sin contar los ferrocarriles Union Pacific y Central Pacific. Esta es la situación de este territorio. Si tomamos los datos del último censo federal respecto de nuestra población y aplicamos la tasa de crecimiento de la década anterior —es decir, el crecimiento de 1860 a 1870— a los últimos ocho años, se verá que Utah tiene una población de al menos 150 000 habitantes. Pero nuestra tasa de crecimiento ha sido mayor durante los últimos ocho años que durante los diez anteriores. Los estados están divididos actualmente en distritos electorales para el Congreso con una población de unos 135 000 habitantes; es decir, un distrito que tiene ese número de habitantes tiene derecho a un miembro del [p. 4a] Congreso. En este territorio, nuestra población supera esa cifra. Ningún territorio ha solicitado jamás su admisión en la Unión con tantas ventajas como el nuestro. En 1789 se adoptó la Constitución federal y nos convertimos en una república unificada. Eso fue hace ochenta y nueve años. Hemos vivido en esta región durante más de una tercera parte de ese tiempo. Podría pensarse, entonces, que con una experiencia tan prolongada y tales ventajas, con semejante capacidad de autogobierno, con un territorio tan desarrollado y con una carga tributaria tan ligera, con tan buen orden y sin deudas, Utah sería recibido con agrado en la unión de estados. ¿Por qué no lo somos? Porque somos “mormones”. Esa es toda la razón. Si estuviéramos divididos en facciones, si estuviéramos luchando, un partido contra otro, si hubiera tabernas y casas de mala reputación en todos nuestros poblados, y si estuviéramos muy endeudados, sin tener siquiera la población requerida, y no fuéramos “mormones”, seríamos admitidos en la unión de estados. ¿Qué razón se da para ello? “No queremos dar nuestra aprobación a la poligamia. Si admitimos a Utah, sancionamos, hasta cierto punto, la poligamia”. Esa es la razón que se da. Supongamos, por ejemplo, que uno de cada diez hombres entre estos “mormones” es polígamo; ¿hay más que eso? Si los hay, no lo sé. Nunca he hecho el censo, pero, al considerar a las personas que conozco, creo que ni una décima parte de los hombres de este territorio que han alcanzado la mayoría de edad son polígamos. Y digamos que hay 150 000 habitantes en el territorio; ¿cuántos de ellos son hombres? Si aplicamos el mismo método para determinarlo que empleamos con otras comunidades —y no es aplicable a la nuestra porque la proporción de niños es mayor; pero [p. 4b] aun así aplicaremos el mismo método— y dividimos 150 000 entre cinco, ¿cuántos quedan? Treinta mil. Digamos que hay treinta mil hombres en el Territorio de Utah que han alcanzado la mayoría de edad, y que una décima parte de ellos son polígamos. ¿Qué nos queda? Tres mil hombres. Y por tres mil hombres, el Congreso de los Estados Unidos dice que la gran mayoría del pueblo no tendrá sus derechos políticos. ¿No parece que, mediante su actuación en este asunto, el Congreso está elevando una doctrina relativamente desconocida, si se toman en cuenta los cuarenta millones de personas que viven bajo la bandera de los Estados Unidos, y dándole importancia nacional? Este es uno de los casos más extraordinarios de insensatez que recuerdo haber leído en cualquier historia; sin embargo, tal cosa se hace, y esta es la única razón que puede darse con verdad y exactitud para la negativa de la nación a admitir a Utah como estado. A pesar de todo lo que podamos decir y hacer, parece existir la determinación de dar a esta doctrina del matrimonio plural una importancia nacional y mundial, como a todo lo demás relacionado con este pueblo. Se le ha dado publicidad y se ha hablado de ella como si fuera la práctica de veinte millones de personas, en lugar de la de tres o cuatro mil hombres.

Ahora bien, digo que tenemos que enseñar al mundo una lección en este aspecto. Un pueblo que sigue pacientemente su camino, sin murmurar, sin rebelarse, sin levantarse en disturbios, cuando se le niegan sus derechos legítimos y constitucionales. Un espectáculo como este es digno de admiración, especialmente cuando se entiende que ningún funcionario dentro de los confines de nuestro territorio puede ocupar un cargo de nombramiento federal si [p. 5a] se sabe que es “mormón”, o difícilmente si se sabe siquiera que es favorable a los “mormones”. En cuanto el cargo de administrador de correos llega a valer la pena, el administrador mormón, que quizá lo ocupó cuando no le compensaba por su trabajo, es destituido y se coloca a otro en su lugar. El alguacil federal, el secretario, el gobernador, los jueces y todos los funcionarios federales fueron nombrados durante la administración anterior de entre quienes se sabía que no simpatizaban con los “mormones”. A nuestro actual gobernador le costó mucho conservar recientemente su puesto, porque se le acusó de favorecer a los “mormones”, porque se creía que favorecía a un pueblo al que había sido enviado a gobernar. Esto es sumamente extraordinario cuando se piensa en ello; pero lo más sorprendente de todo es que el pueblo así agraviado lo soporte con la paciencia y la ecuanimidad que manifiestan los Santos de los Últimos Días en estas circunstancias.

Ustedes recuerdan a nuestro gobernador anterior. Comenzó pensando que había sido enviado aquí para gobernar este territorio y a sus habitantes como conciudadanos suyos. Estaba dispuesto a no hacer distinción entre un mormón y alguien que no lo fuera; estaba dispuesto a viajar por el territorio y relacionarse con el pueblo, asistir a sus reuniones públicas y hablarles como lo haría si estuviera en cualquier otro lugar. Así lo hizo, y eso se presentó en su contra como un delito, como una razón por la que no debía continuar en el cargo. Y se envió a un funcionario importante, nada menos que al subsecretario del Interior, para averiguar si estas cosas eran realmente ciertas. Y este funcionario del Gobierno, un caballero cuya eficiencia se reconoce, que había servido tres períodos en el Congreso, honrándose a sí mismo y a sus [p. 5b] electores, que es considerado un hombre de prestigio nacional y cuya vida privada se considera sumamente ejemplar, fue destituido de su cargo por ninguna otra razón que la de relacionarse con el pueblo “mormón” y tratarlo como a sus conciudadanos.

Me refiero a estas cosas, no con el propósito particular de criticar ni de amargar sus sentimientos por el trato que han recibido; ese no es mi motivo; sino para llamar su atención al hecho de que, entre otras cosas que tenemos que enseñar a esta nación y mostrar al mundo entero, está que, aunque somos una amplia mayoría en este territorio, hemos aprendido la gran e importantísima lección que un ciudadano puede y debe aprender, a saber, la obediencia. Me alegra que así sea. Me alegra saber que los Santos de los Últimos Días están dando ejemplo a sus conciudadanos por toda la Unión en este aspecto. ¿Continuará esto? ¿Seguiremos viviendo como vivimos hoy, privados de derechos que nos corresponden? Sin duda lo haremos por algún tiempo, hasta que, por la providencia del Todopoderoso, podamos asumir la posición que legítimamente nos corresponde y recibir aquellos derechos a los que tenemos pleno derecho. El tiempo llegará, y no está muy lejano —aunque en ocasiones podamos cansarnos de esperar y preguntarnos cuánto más se demorará—; pero permítanme decirles que las señales de los tiempos anuncian para nosotros un grado de libertad mucho mayor del que poseemos hoy, o incluso del que nos hemos atrevido a prever. Y, como he dicho a menudo —porque nunca he dejado de declararlo—, los Santos de los Últimos Días, o “mormones”, como se nos llama, esperan que su destino sea defender la libertad constitucional en este continente y preservar nuestro Gobierno y sus formas del derrocamiento [p. 6a] y la destrucción. Desde mi niñez se me ha enseñado que este había de ser el destino de los Santos de los Últimos Días, y este pueblo ha sido instruido en esa misma creencia, y enseñamos a nuestros hijos a esperarlo y a cultivar en su corazón el amor por la libertad civil y religiosa, la tolerancia hacia todos los hombres de todo credo, de toda nación, de toda lengua y de todo color, para que todos los hijos y las hijas de Adán, sin excepción, que habitan esta extensa tierra, puedan disfrutar de la inestimable bendición de la libertad, y que será nuestro privilegiado y honroso destino, en el curso de los acontecimientos humanos, por improbable que hoy parezca, preservar la libertad constitucional en esta tierra que Dios ha dicho que será una tierra de libertad 2 Nefi 1:7 para todos los justos que moren en ella. He dicho, y lo creo firmemente, que con toda seguridad llegará el día en que el pueblo de estas montañas se convierta en un factor de gran importancia para resolver diferencias, para preservar los derechos humanos en el futuro, en las grandes contiendas que parecen estar a punto de estallar sobre nosotros en cualquier momento. ¡Contemplen la situación del este en la actualidad! Los elementos de destrucción están extendidos por toda la sociedad y, en lugar de ser sofocados y apaciguados, son más o menos fomentados y albergados, y están madurando rápidamente; y, cuando surjan ciertas circunstancias, es probable que estallen, causando además la muerte y la miseria de muchas almas. D. y C. 87:1 Piensen en el sentir que existía hace trece meses, cuando no se sabía quién sería el presidente de los Estados Unidos, ni siquiera si tendríamos otro presidente. Fue una época en que los recuerdos de la reciente guerra se impusieron a la atención de hombres serios y reflexivos. Recordaban la sangre, los sacrificios y los terribles horrores de aquella lucha, y retrocedían ante la [p. 6b] sola idea de que se repitieran. Si la gran guerra civil no hubiera sido tan reciente y el recuerdo de sus horrores tan vívido, especialmente entre los habitantes del sur, sin duda habría habido un conflicto armado antes de que el presidente pudiera ocupar la silla presidencial. Pero los hombres retrocedieron ante el terrible recurso de decidir la cuestión mediante la guerra y prefirieron someterse incluso a lo que consideraban injusto, aceptando un acuerdo por considerarlo mejor que la guerra.

Nuestra situación, como pueblo, es en muchos aspectos motivo de profundo agradecimiento. Podemos felicitarnos por estar en estas montañas, una tierra de libertad, una tierra de independencia. Ningún hombre que sea verdaderamente hombre puede respirar este aire y ser esclavo. Cuando contempla esas imponentes montañas, que elevan sus grandiosas y sublimes cumbres hacia el cielo, y respira el aire puro de la libertad, y sus pulmones se ensanchan con él, siente que jamás podría someterse a la esclavitud, ni tampoco sus hijos después de él. Está surgiendo en estas montañas una generación cuya influencia y poder, tarde o temprano, tendrán que hacerse sentir al dar forma al futuro de esta nación. No hay por qué temer al respecto. Sigamos el curso que se nos ha señalado, sometiéndonos, si es necesario, a la injusticia, pero sin dejar nunca de protestar ni de oponernos a ella; que siga oyéndose nuestra protesta de que comprendemos nuestros derechos y que estamos dispuestos a defenderlos hasta donde podamos sin recurrir a la violencia. Sigamos adelante con paciencia y unidad, presentando un frente inquebrantable al enemigo, sin traidores entre nosotros, sin facciones, sin contiendas ni disputas, dejando atrás nuestros pequeños resentimientos y animosidades, con un solo gran y sublime objetivo por cumplir, a saber, el establecimiento de la verdad y la rectitud sobre la tierra, para que final-[p. 7a]mente puedan hallarse un lugar y un pueblo dignos de Aquel que vendrá y cuyo derecho es reinar. D. y C. 58:22 Y al seguir fiel y diligentemente el curso que Dios ha señalado, pueden tener la certeza de que el lucero de la mañana saldrá, 2 Pedro 1:19 y todos los que participen y se dediquen a esta labor presenciarán el amanecer de ese día glorioso. Pero ¡cuántas labores recaen sobre nosotros y cómo se acumulan y nos apremian! La labor de elevar al pueblo y unirlo, de proporcionar trabajo adecuado a los desempleados y a nuestros hijos e hijas, para que no haya ociosidad en nuestra tierra, para que no haya necesidad de organizar sindicatos que enfrenten al trabajo con el capital. Cuán necesario es que escuchemos las palabras de sabiduría e instrucción que se nos han dado, aconsejándonos que nos organicemos y dispongamos nuestros asuntos temporales de tal manera que no haya en toda nuestra tierra una sola persona que desee trabajar y esté desempleada, sino que todos puedan tener este bendito privilegio, porque cuando los hombres trabajan se mantienen alejados de los problemas. Ustedes recuerdan el antiguo proverbio: “La mente de un hombre ocioso es el taller del diablo”. Queremos desterrar la ociosidad; ¿cómo lo haremos? Organizándonos, y haciendo que cada presidente de estaca y cada obispo convierta en el empeño y el objetivo de su vida proporcionar empleo a todo hombre bajo su presidencia inmediata que lo desee. Y así nos preservaremos, y nuestros hijos encontrarán empleo en casa, en lugar de dispersarse y andar de aquí para allá; y nuestras hijas también encontrarán entonces esposos que estén en condiciones de mantenerlas de manera honrada y adecuada, y así se fomentará el matrimonio en la tierra. Nuestros muchachos, cuando lleguen a la madurez y puedan mantener a una esposa, deben casarse, y no debería haber un gran número de [p. 7b] jóvenes que crezcan entre nosotros y que, debiendo estar casados, no lo estén. Aunque no hago esta observación para aplicarla a casos individuales, soy firmemente de la opinión de que un gran número de hombres solteros mayores de veinticuatro años constituye un elemento peligroso en cualquier comunidad, y un elemento que la sociedad debería vigilar atentamente. Porque todo hombre que se conoce a sí mismo sabe cómo es su semejante; y, si los hombres no se casan, son demasiado propensos a hacer algo peor. Por tanto, hermanos, animen a nuestros jóvenes a casarse y procuren que se les proporcione empleo para que puedan hacerlo.

Y luego está la educación de nuestros hijos. ¡Oh, si pudiéramos brindarles, en todo el sentido de la palabra, una educación apropiada, para que llegaran a estar a la altura de cualquier pueblo! Nuestros hijos se destacan por la agudeza de su intelecto. Los maestros que vienen del este y del oeste dicen que nunca han visto niños que adquieran conocimientos con más facilidad que los de estas montañas. Debemos hacer todo cuanto esté a nuestro alcance para educar a nuestros hijos, proporcionándoles los mejores medios, a fin de que nuestras hijas y nuestros hijos sean instruidos y cultivados. Y, al mismo tiempo, enseñarles a trabajar. Les digo a mis hijas que quiero que aprendan a lavar, coser y cocinar, y que lleguen a ser las mejores amas de casa; y que, después, no tengo objeción a todo cuanto puedan saber de música y de otras habilidades, para que estén preparadas para relacionarse con la mejor sociedad y sentirse cómodas en ella. Tanto a las muchachas como a los muchachos se les debe enseñar de tal manera que dignifiquen el trabajo; y debe rechazarse la idea, común entre algunas personas, de que, por ser cultivadas, las muchachas están malcriadas y no son aptas para trabajar o hacer las labores domésticas.

Pensemos en estas cosas después de [p. 8a] separarnos y regresar a nuestros hogares; y esforcémonos por llevar en nuestro pecho el espíritu de esta conferencia y difundirlo entre quienes no estuvieron presentes. Y vivamos de tal manera que continuamente brote en nuestro corazón el deseo, no de cómo engrandecernos a nosotros mismos, sino de cómo enriquecer esta comunidad, cómo beneficiar y [p. 8b] bendecir a este pueblo, cómo elevarlo y hacer que estas multitudes de niños que crecen entre nosotros sean más útiles, para que puedan ser una honra para la sociedad.

Ruego al Señor que nos bendiga y nos preserve en la verdad, en el nombre de Jesús. Amén.

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